Guatemala, (PL).- Quizás muchos tengan como libro de cabecera a El Principito, ese clásico de la literatura universal, pero quizás desconozcan la hipótesis de que paisajes guatemaltecos inspiraron a su autor Antoine de Saint-Exupéry, quien convoca a conservar el niño que fuimos. Ignoraba la relación de ese libro con Guatemala hasta que el amigo Miguel Sisay, rumbo al central poblado de Santiago Atitlán, me preguntó si recordaba el dibujo de la boa que se tragaba a un elefante, mientras me invitaba a mirar a mi derecha.

El Cerro de Oro, cercano al impresionante lago Atitlán, tenía gran parecido con aquella imagen del primer capítulo del texto. Aunque quedé asombrado con la semejanza -muchos recomiendan mantener a salvo la capacidad de asombro- me parecía poco para compartirlo con el público.

Algunos tal vez, al leer dirían que esa similitud era fruto de la casualidad. Sin embargo, la observación de Sisay me motivó a investigar. Fue así que encontré varios artículos en los cuales se sugería que aquella montaña con nombre de elemento muy codiciado, pero incomparable a la fortuna de la amistad y el amor, es considerada por algunos como la inspiración de Saint Exupéry para crear su ingenioso trazo de la boa devoradora del elefante.

Asimismo, pude tener acceso a la investigación La Antigua Guatemala es el Asteroide B 612 donde nació El Principito. Comparto diversos argumentos expuestos por Jorge Carrol, catedrático argentino radicado en este país. “Personalmente creo que Saint-Exupéry se inspiró para contar cómo era la patria del principito, en los paisajes que vio y admiró durante una larga convalecencia acompañado de su esposa, la bella salvadoreña Consuelo Suncín, viuda del entrañable Enrique Gómez Carrillo, Príncipe de los Cronistas”, sostiene.

El también poeta expone hechos históricos desde el encuentro de Saint Exupéry en 1930 con Suncín durante una visita a Buenos Aires, capital argentina, y alude a altas y bajas de la vida matrimonial de ambos, basado en las memorias escritas por ella. Luego indica que el escritor de El Principito, acompañado de Andre Prévot, su mecánico y compañero de aventuras, viaja el 16 de febrero de 1938, desde Nueva York con destino a Punta Arenas, donde la Cordillera de los Andes deja lugar al Pacífico sur.

Guatemala, precisa, fue una de sus escalas para abastecerse de gasolina, pero debido a un error de cálculo el avión, demasiado cargado, se estrelló al final de la pista. De acuerdo con Carrol, el aviador pasó cinco días en coma y debido a sus fracturas y quemaduras fue sometido a operaciones, que le dejaron secuelas importantes.

El médico de cabecera fue José Méndez Valle, padre de la poeta guatemalteca y Premio Nacional de Literatura, Luz Méndez, quien impide que le amputen su mano derecha, infectada de una gangrena, relata el Doctor en Filosofía y Letras. Según apunta, parte de su recuperación transcurrió en una casona en La Antigua Guatemala, ciudad curiosamente rodeada de los volcanes de Agua, Fuego y Acatenango, tres, como los del Asteroide B612, donde vivía el principito.

A propósito de esa supuesta coincidencia, Carrol recuerda un fragmento del volumen traducido a cientos de idiomas y dialectos: “¡Oh! Mi planeta -dijo el principito- no es muy interesante, es muy pequeño. Tengo tres volcanes, dos en actividad y uno extinguido; pero nunca se sabe (…) Tengo también una flor”, que al decir del protagonista “tiene cuatro espinas para defenderse contra el mundo”.

Para Carrol resulta evidente que esa flor es una rosa de La Antigua, la ciudad de las perpetuas rosas, con “tres volcanes: uno el Volcán de Agua, extinguido, pero nunca se sabe, y los otros dos, el de Fuego y el Acatenango, activos”. Esto es parte de lo argumentado por el investigador al respecto, con lo cual usted puede concordar o no.

* Periodista de Prensa Latina.