Hace 50 años, el corazón vacío y solitario de una mujer se detuvo en la suave madrugada de un agosto californiano. Muy cerca de ella, el teléfono y los barbitúricos, mudos testigos de su soledad. Marilyn Monroe (1926-1962) se encontraba infinitamente sola, enloquecida por el silencio, la nada y la inútil espera.

Tres matrimonios fallidos habían cavado aún más el pozo de su soledad. El primero, con un policía, un hombre bueno. Después, con un celoso jugador de béisbol que había conocido la fama como ella. Y por último, con un antípoda, un escritor que analizaba con microscopio las pasiones humanas.

¿Suicidio? Para algunos está claro. Para muchos, accidente provocado por un exceso de calmantes. Pero para otros, crimen ejecutado por agentes de los servicios secretos. Como resultado, sigue siendo la actriz sobre la que más libros se han publicado en el mundo.

Desde pequeña, Marilyn supo que el cine era la religión de su país. Siendo niña, ponía los pies sobre los moldes de cemento en los cuales las estrellas habían dejado su indeleble huella. Y todavía niña, miraba por la ventana de su dormitorio y lloraba al ver las luces de los estudios RKO a lo lejos, como un paraíso tan cercano y tan difícil de alcanzar.

Su entrada en el cine encierra contradicciones. Primero, llenó un cuestionario de actriz en momentos en que había vacantes de bomba sexual. Después, empezó a actuar por ganar un salario pero de inmediato lo hizo por vocación. Y por último, le dieron papelitos de símbolo sexual cuando realmente era una actriz sensible.

La explicación posible es que no se concebía que tuviera inquietudes artísticas dentro de un cuerpo como el del famoso almanaque. Calendario que fue su tarjeta de presentación, con fotos en traje de Eva, y que en seis millones de ejemplares vendidos dejaron 750 mil dólares para los editores y sólo cinco billetes de a 10 para ella.

Para algunos biógrafos, la explicación de su vida y de su muerte hay que buscarla en el desequilibrio existente en sus tres personalidades: mujer, estrella y actriz. Estrella apenas tiene nada que ver con actriz, aunque no sean incompatibles. Y la indudable sensibilidad de Marilyn y su inteligencia rápida le mostraron, para dolor suyo, esta casi antinomia.

Si no hubo en su carrera interpretaciones redondas, tuvo papeles muy dignos y fragmentados brillantes en casi todas sus películas. Y si de escenas memorables se trata, ahí está la que aparece en La comezón del séptimo año, de Billy Wilder, donde se le ve divertida porque se le levanta el vestido debido a una corriente de aire y hace esfuerzos por mantenerlo en su sitio.

Aunque pudiera decirse también que, en realidad, no fue una intérprete más o menos afortunada de ningún personaje literario inventado, sino que, en cada caso, resultó la intérprete de sí misma. Porque aparecía siempre igual. Era únicamente Marilyn. Idéntica e inconfundible. Ella era el personaje.

Mucho se ha escrito, escribe y seguirá escribiendo sobre esta mujer. Pasan los años y se dice: “Se contonea como Marilyn”. “Mira como Marilyn”.”Se parece a Marilyn”. “No tiene aquello que tenía Marilyn”. Y a consecuencia de esta condición de personaje, pese al constante y ruidoso clamor que la rondaba, vivió desprotegida y sola. No por gusto son suyas estas palabras que revelan su patética soledad: “La celebridad es una cosa maravillosa, pero no sirve para acurrucarse en ella una noche fría”.

Mujer que no aprendió a vivir. Estrella que quería ser actriz. Mito y símbolo de una generación frívola, Marilyn Monroe fue víctima de sus encantos y de la soledad en que vivía. Fruto de la alquimia publicitaria y comercial, en un principio, pronto pasó a ser la última encarnación de Venus, en versión estadounidense.

Antes que ella fueron Jean Harlow, la rubia platinada. Greta Garbo, la “divina”. Marlene Dietrich, el ángel azul de alas lúbricas. Diosas que reinaron en la pantalla, se pasearon por el mundo envueltas en resplandores artificiales y cumplieron fielmente su destino, no otro, en definitiva, que el de enriquecer a sus creadores.

Rara combinación de ingenuidad y lucidez, víctima y sustentadora de su propio mito, al entierro de Marilyn sólo asistieron 31 personas por decisión de su segundo marido, el celoso jugador de béisbol, que se encargó de los funerales.

Los otros dos maridos no asistieron. Como tampoco ningún actor, ningún productor o ningún director con los que había trabajado. Sólo los Stranberg, del Actor‘s Studio, fieles amigos hasta el final, tenían que ver con el mundo del espectáculo.

Durante el servicio religioso, Lee Strasberg leyó unas palabras. Entre otras cosas, dijo: “A sus ojos y a los míos su carrera no había hecho nada más que empezar. La maravilla de su talento no era un espejismo. Cuando vino a mí por primera vez, me sorprendió la extraordinaria sensibilidad que poseía, y que había permanecido fresca e incontaminada, luchando por mostrar lo más sincero de sí misma, a pesar de la vida a la que había estado sometida”.

“Otras eran físicamente tan hermosas como ella, pero obviamente había algo más, algo que el público veía y reconocía en sus interpretaciones y con lo que se identificaba…”.

Muchos protestaron por habérseles excluido de los funerales. A lo cual el celoso jugador de béisbol contestó públicamente que, si hubiesen sido verdaderamente amigos, ahora no estarían reclamando un sitio en el entierro.

* Historiador, crítico cubano de cine y colaborador de Prensa Latina.