El lustrabotas, que todas las mañanas está sentado detrás de su caja de lustrar, dispuesto a cumplir las órdenes del peatón que requiere de sus servicios, parece ya una figura ornamental en la esquina de la plaza del Mercado Satélite de la ciudad de El Alto, donde todos y todos los días lo ven lustrar a sol y sombra; viste casi siempre pantalones de lana, chaqueta envejecida, gorra con visera y un pasamontañas al mejor estilo del subcomandante Marcos, a modo de taparse el rostro y encubrir su identidad, como si ganarse la vida boleando calzados no fuese un trabajo digno, sino un estigma que mella la dignidad humana; razón suficiente para no revelar su nombre, su edad ni su vida privada.

Lo extraño es que este hombre, de mediana estatura y espalda encorvada, que a diario se dedica a embetunar los calzados, limpiarlos y darles lustre, tiene los zapatos remendados por doquier y cubiertos de polvo, como si jamás hubiese pasado un cepillo sobre ellos; un detalle que causa asombro y evoca el dicho popular: “En casa de herrero, cuchillo de palo yencasa de herrero, cuchara de palo”, o, en este caso, “En casa de lustrabotas, zapatos remendados”.

Un mañana, picado por la curiosidad y mientras me lustraba los calzados, no resistí a la curiosidad de preguntarle el porqué escondía su cara detrás de un pasamontañas.

Él levantó la mirada, cepillo y betún en mano, y contestó:

–Para evitar las miradas de menosprecio de quienes se consideran seres superiores y porque no quiero que mis hijos, que están estudiando en el colegio, se sientan discriminados por el simple hecho de tener un padre lustrabotas…

Algunas tardes, cuando nadie requiere de sus servicios, se sienta al lado de su caja de lustrar y lee una Biblia que apenas cabe en la palma de sus manos; es más, su pequeña Biblia, de tanto haber sido leída y releída, presenta los bordes y el lomo manchados por el betún blanco, negro y café.

El día que lo abordé por sorpresa, bajo un cielo despejado y sol radiante, lo encontré leyendo las descripciones del Apocalipsis.

–Cómo estás, cumpa –le dije.

Me reconoció de inmediato por el tono de la voz y guardó la Biblia en el bolsillo de su chaqueta. Después levantó la cabeza, me clavó con la mirada y contestó:

–Estoy apenado, jefe. El Señor nos tiene preparado un castigo atroz.

–¿Cómo así? –le pregunté, acomodando mi calzado sobre su caja de lustrar.

–Sí, jefe –replicó, poniéndose manos a la obra. Luego añadió–: El Apocalipsis será grave, muy grave… Por ejemplo, las profecías advierten que de un abismo de la tierra saldrá mucho humo y que del humo saldrán saltamontes, que cubrirán la tierra y que nos picarán como escorpiones. Estos saltamontes parecen caballos de guerra, listos para entrar en combate. En la cabeza llevan algo parecido a una corona de oro y sus caras son igual que nuestras caras; sus crines son como cabellos de mujer, su cola tiene un aguijón como de escorpión y sus dientes son similares a los colmillos de un león; sus cuerpos están protegidos como por una armadura de hierro y sus alas resuenan como el estruendo de muchas carrozas tiradas por caballos que entran relinchando en la batalla…

–¿Y tú crees en todo eso?

–Cómo no pues, jefe… –asintió con la convicción de todo hombre que posee el alma pura y limpia como los calzados recién lustrados–. Además, este castigo será sólo el comienzo por adorar a los demonios, a las imágenes de dioses falsos y por escuchar a los falsos profetas, porque después vendrán otros suplicios que durarán siete años, como ese castigo en el que padeceremos por quemaduras de fuego y de hambruna. Entonces, de no tener qué comer, los padres se comerán a sus hijos y los hijos se comerán a sus padres, y cada hombre y cada mujer comerán la carne de su prójimo. En las Sagradas Escrituras se dice también que pasaremos por terribles tormentos y que los más pecadores serán arrojados a un lago de fuego…

–¡Pucha, caray! ¡Qué grave! –exclamé.

–Así es, jefe –afirmó–. Esto es lo que más temo y me temo que después vendrán cosas peores, como los Jinetes del Apocalipsis, quienes traerán, como castigo divino, numerosas plagas a la humanidad…

Al cabo de unos minutos, haciendo sonar un trapito en el aire, sacó el brillo a mis calzados, con la misma destreza de quien domina el oficio desde la niñez. No es para menos, este hombre, que se cubre la cara con un pasamontañas para poner a salvo su identidad, ejerce este oficio desde chango, como cualquiera de esos rapaces alteños retratados en el novelín “Ellos no tenían zapatos”, de don Antonio Paredes Candia, quien contó los avatares de un grupo de niños que bajaban como lustrabotas a la ciudad de La Paz, con la esperanza de ganarse el pan del día con el sudor de la frente, pero bajo las miradas muchas veces despectivas de la gente.

Terminada la sesión del boleado, dejé caer la moneda de un peso en la cuenca de su mano, abrigada con un guante de lana destejida y llena de betún, y me dispuse a seguir mi rumbo, tras agradecerle por el servicio y sus palabras. Él me siguió con la mirada y dijo en tono amigable a mis espaldas:

–Que Dios te bendiga, jefe…

No alcancé a voltear la cabeza ni a contestarle, pero sí a esbozar una sonrisa, mientras avanzaba hacia la parada del minibús, con los calzados relucientes como recién salidos de fábrica.

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