En Sancti Spiritus llegaron a existir 44 ingenios azucareros, 150 hatos, 45 corrales, 299 sitios y 58 estancias y vegas en 1792, operados por unos 1.100 esclavos de ambos sexos. De acuerdo con su comportamiento y actitudes, fueron divididos en negros bozales, ladinos, palanganas, cimarrones y los rancheadores o cazaesclavos.

Sombras y luces están presentes en la historia de las islas del Caribe desde el siglo XVI, cuando las potencias europeas afirmaron su presencia en territorios en gran parte disímiles por las dimensiones, pero similares en características y anhelos. Las ínsulas en sus orígenes tuvieron a los aborígenes como únicos y auténticos pobladores que dejaron su impronta en nombres, usos y costumbres diversas.

El navegante genovés Cristóbal Colón llegó el 12 de octubre de 1492 a la isla de Guaharaní, en el archipiélago de las Bahamas. En agradecimiento el almirante la nombró San Salvador y hoy se denomina Watling Island, y cerró una época en la vida de los siboneyes, taínos, arawaks, guanahatabeyes y otros grupos nativos, que vieron interrumpidos sus ancestrales modos de vida.

Cuba y Quisqueya, ambas voces indígenas, denominada esta última La Española -territorio insular que actualmente comparten Haití y la República Dominicana-, fueron visitadas en ese primer viaje. En su segundo periplo, en 1493, Colón exploró las Antillas Menores, Puerto Rico y Jamaica; y en 1498, durante su tercera travesía, arribó a Trinidad, la desembocadura del río Orinoco y la punta de Paria (Venezuela). Para entonces el marino había estado en lo fundamental en las principales islas del Caribe.

El camino abierto por el navegante genovés sería recorrido en los siglos inmediatos por Reino Unido, Francia, Holanda y España, y las ínsulas caribeñas se convirtieron en el centro de intensas luchas por su posesión. Estas potencias se repartieron un territorio de 235.700 kilómetros cuadrados.

Implantaron un sistema de explotación que tuvo su expresión más cruel, desde el punto de vista humano, en un modo de producción basado en el trabajo esclavo. Como consecuencia de las disputas, en aguas caribeñas navegaron implacables piratas británicos, franceses y holandeses que atacaron a poblaciones costeras en manos de naciones rivales y obstaculizaron el tráfico marítimo. Un ejemplo: La Habana fue saqueada en 1538 y en 1555, Santiago de Cuba en 1562, y en 1688 el pirata inglés Henry Morgan realizó una incursión que le llevó hasta la provincia cubana de Camagüey.

Aunque en la Europa de la época existía un desarrollo de la manufactura, las potencias nunca se pronunciaron por hacerlo extensivo a los territorios, donde se estableció un sistema de plantaciones en las cuales sólo se cultivaban aquellos productos que eran del interés de las metrópolis.

El trato cruel e inhumano hacia las poblaciones autóctonas causó el exterminio de los aborígenes. Los dueños de plantaciones necesitaban fuerza de trabajo para hacer producir sus haciendas. Existían cultivos para los que eran necesarios trabajadores más resistentes: plantaciones de caña de azúcar en Jamaica, Cuba, Bahamas y otras islas, café en Haití, nuez moscada o canela en Granada, también llamada Isla de las Especias.

Esta fuerza de trabajo sólo podía provenir de los esclavos africanos, quienes a pesar de los frecuentes y rigurosos maltratos, se mostraban más idóneos -para esas labores y el trabajo en las minas- que los aborígenes. Todas las potencias europeas introdujeron masivamente esclavos africanos en las islas del Caribe, y estos se convirtieron en la principal fuerza de trabajo en la agricultura.

Los africanos, hombres y mujeres, se cazaban en países de las regiones occidentales de África, desde Senegal o Guinea Ecuatorial, en las zonas que bordean el golfo de Guinea hasta Angola, más al sur, pasando por Nigeria, Costa de Marfil, Camerún, Congo y otras naciones.

Desde lugares como Gorée en Senegal, Santo Tomé y Príncipe, Guinea Bissau o Sierra Leona, los esclavos eran embarcados en los llamados buques negreros, de donde partían hacia América y el Caribe, y eran vendidos a los dueños de las plantaciones. Los especialistas calculan en más de dos millones los hombres, mujeres y niños esclavizados que llegaron a la región. En 1834, por intereses muy particulares de su desarrollo capitalista, Reino Unido impuso la abolición del comercio de esclavos en las colonias.

La norma fue rechazada por los que se beneficiaban con el trabajo esclavo y con el tráfico. El sistema esclavista no se desmanteló de inmediato; en Cuba, gobernada por España, fue abolida en 1886. Con el tiempo los descendientes de los esclavos pasarían a ser la población mayoritaria en no pocas islas del área.

Los africanos no serían las únicas fuerzas importadas para el trabajo agrícola. Reino Unido introdujo trabajadores de su colonia, la India, para esas labores. A las islas del Caribe llegaron chinos, sirios, libaneses, europeos y de otras zonas geográficas.

Fueron colonias de potencias europeas las islas caribeñas; en una lucha que duró décadas, naciones del área alcanzaron la independencia. La gran clarinada independentista fue dada por los esclavos haitianos que derrotaron la prepotencia de Francia y llevaron a cabo la primera gran revolución victoriosa contra el poder colonial. Los revolucionarios dirigidos por Toussaint Louverture proclamaron la República en 1804.

Cuba: Ecos del lamento esclavo

En la bucólica ciudad de Sancti Spíritus, en el cetro del país, también se escuchó el triste lamento de los esclavos en algunos de los ingenios con que contó, mientras primaba la servidumbre para los que en las mansiones y algún que otro palacete cumplían con los más mínimos caprichos de sus amos. Importantes documentos se conservan en el Archivo Histórico Provincial sobre esa nefasta etapa, así como datos acerca de los afortunados que pudieron comprar su libertad, uno de los derechos más sagrados de la humanidad y los nombres de algunos benefactores que desataron las amarras de sus siervos.

Historias hay varias. Está por ejemplo el de una joven esclava de apenas 17 años que inicia la compra de su emancipación, al entregar a su ama una parte de lo que valía en metálico. Doña Josefa Jiménez de Rábago, espirituana del siglo XIX, quien falleció el 24 de mayo de 1862, dejó claro en su testamento que tras su muerte se les diera la libertad a los esclavos que tenía, entre ellos al negrito Gabino de Jesús, de unos 10 años de edad.

En cambio otros encontraban o conquistaban su independencia de una manera radical, propia y colectiva, como lo hicieron algunos del ingenio Teresa, escapándose en masa. Constan escritos con órdenes de captura, mientras otro menciona cómo los arrestados con el uso de las fuerzas del ejército eran enviados al depósito de cimarrones.

Una de estas disposiciones de arresto estuvo dirigida contra José, cuyo dueño era Don Manuel Montejo, y otra contra el negro Agustín Salvador, fechadas entre el 14 de noviembre y el 2 de diciembre de 1861. Hay dictámenes para que los dueños recojan a los esclavos hallados en el depósito de esta ciudad y un documento (1864) de traslado de 12 de ellos desde Sancti Spíritus, a unos 350 kilómetros al este de La Habana, hacia la vecina provincia de Ciego de Ávila.

La ubicación de palenques en la jurisdicción de la villa está asimismo entre los documentos originales que atesora el Archivo. Existe un Pase de esclavos de Banao, en Sancti Spíritus, para trabajar en la construcción de un ferrocarril en otra localidad y suplicatoria de Don Fernando del Valle Iznaga sobre Timoteo, un esclavo de su propiedad. La dotación que poseía este señor era inmensa; aún así él solicitaba se le devolviera dicho esclavo. Esclavistas y terratenientes, de común acuerdo con las autoridades españolas, trasladan a La Habana gran número de negros.

En diciembre de 1792, cumpliendo órdenes del Capitán General, se hace un censo de la población, en el que la villa espirituana, incluyendo las zonas rurales, ocupó el cuarto lugar demográfico. Del total de habitantes de Sancti Spíritus (10.496) sólo eran blancos, entre hombres y mujeres, 4.380, mientras que el resto eran pardos libres y esclavos y morenos libres y esclavos.

María Antonieta Jiménez Margolles, la historiadora de la ciudad de Sancti Spíritus, ratificó a Prensa Latina que en esta villa, fundada en 1514 por el Adelantado Diego Velázquez de Cuéllar -al igual que Trinidad-, hubo esclavos, tanto domésticos como en las áreas rurales. Diego Velázquez de Cuéllar (1465-1524) fue un conquistador español y gobernador de la isla de Cuba desde 1511.

Fundó las siete primeras villas en la Isla, en este mismo orden: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa (1511); Bayamo (1513); La Santísima Trinidad (1514); Espíritu Santo (1514); Santa María Puerto del Príncipe (1515)-hoy Camagüey-; Santiago de Cuba (1515) y San Cristóbal de La Habana (1519). De ellas, Trinidad, Camagüey y la capital del país fueron declaradas por la UNESCO, en distintas fechas, Patrimonio de la Humanidad.

Llegaron a existir en Sancti Spiritus 44 ingenios azucareros, 150 hatos, 45 corrales, 299 sitios y 58 estancias y vegas, cifras que aparecen en el volumen Estudios de Historia Espirituana, de Orlando Barrera Figueroa (fallecido). El historiador refuta a su colega Don Manuel Martínez-Moles, quien decía que “El trato que aquí se le daba a los esclavos en general No revestía la crueldad practicada en otros lugares”.

Argumenta Barrera cómo documentos originales evidencian el trato inhumano que recibían tanto el esclavo doméstico como el que laboraba de sol a sol en el campo, fundamentalmente en las labores cañeras. En 1792 los mencionados ingenios eran operados por unos 1.100 esclavos de ambos sexos.

Excavaciones arqueológicas y descubrimientos en estos sitios han sacado a la luz grilletes, cepos, látigos y otros instrumentos usados para castigar a estos seres humanos como si fueran bestias. Ese mismo año los esclavos explotados por la sacarocracia espirituana, según otras fuentes, ascendían a más de 3.600.

Los esclavistas de esta zona se atemorizaron al saber de la insurrección en el entonces Puerto Príncipe y adoptaron medidas drásticas para impedir hechos similares. De este modo fueron creados en los barrios urbanos y rurales, depósitos de cimarrones o cárceles para la custodia y escarmiento de los esclavos prófugos.

Opina el investigador que en Sancti Spíritus existieron dos grandes depósitos de cimarrones “donde se castigaba cruelmente a los esclavos desertores”. La solicitud de un informe sobre el castigo a una esclava (1864), preservado en el Archivo, prueba este tipo de ultraje.

A inicios de 1650 en Sancti Spíritus había un hospicio de religiosos de la Merced, conocido por los Mercedarios, enclavado en la Calle Real -hoy Independencia- esquina al denominado Boquete del Coco. Luego se convirtió en cárcel de cimarrones y presos comunes. Hasta allí fue trasladado el esclavo Miguel en 1655, después de ser apresado en las calles, y ahí murió.

Aquí se alza la Plaza del Mercado, un sitio muy concurrido hoy por los habitantes de esta ciudad para comprar desde frutas y vegetales hasta carne de cerdo, desconociendo en su mayoría que en una época de infamia muchos esclavos estuvieron prisioneros allí. En 1544 Sancti Spíritus contaba con 18 matrimonios (de origen ibérico), 14 negros, 50 indios domésticos y 58 naborías o “encomendados”. Mucho tiempo después, cuando se realizó el primer censo de población, el territorio espirituano tenía 5.633 blancos y 2.632 negros esclavos, incluyendo algún descendiente de los indígenas.

En LOS INGENIOS DE LA VILLA DE SANCTI SPÍRITUS, de Domingo Corvea Álvarez, se afirma que en 1877 existían en la jurisdicción de Sancti Spíritus 34.852 blancos y 8.839 de color libres, mientras que señala la existencia en 1861 de 43 ingenios y la presencia en ellos de 3.558 esclavos.

De 1859 a 1860 la Jurisdicción contaba con 18 ingenios que producen con máquinas de vapor y 23 lo hacen con fuerza animal. Numerosas fugas de esclavos y culíes chinos, a causa de los maltratos a que eran sometidos, se registran de 1850 a 1870.

Con la llegada de 1876 solo existían en Sancti Spíritus cinco ingenios, dos de ellos con graves afectaciones en sus dotaciones y campos de caña, mientras los otros 38 habían sido destruidos por los mambises durante la guerra de independencia contra el colonialismo español. Otro tanto harían las epidemias de cólera, las cuales diezmaron a la mano de obra esclava de todos los ingenios.

Los estudiosos señalan que de 1850 a 1870 fue una etapa de esplendor, mientras que de 1871 a 1879 acontece la ruina de las plantaciones y la destrucción de las fábricas de azúcar. Según el destacado historiador y economista Julio Le Riverend (1912-1998) en 1774 había en Trinidad 26 ingenios y en Sancti Spíritus 34, mientras que en 1827 en la primera existían 56 y en la segunda 38.

Los negros africanos fueron traídos a Cuba a la fuerza desde las lejanas tierras que los vieron nacer, para suplantar aquí la falta de brazos, ante la cruel explotación de los indígenas, que provocó su exterminio. De acuerdo con su comportamiento y actitudes fueron divididos en negros bozales (los recién llegados); ladinos (hablaban español); palanganas (imitaban posturas de sus amos) y cimarrones (luchaban por su libertad y se agrupaban en palenques). A estos últimos eran a los que más les temían los colonizadores españoles y eran los llamados rancheadores -a sus órdenes-, acompañados por fieros perros, quienes perseguían a los cimarrones.

En varios documentos de la Iglesia Parroquial Mayor de los que se salvaron de ser robados -como sí lo fueron otros-, se hallan datos de interés sobre el origen de los esclavos negros que se asentaron en la zona en el siglo XVIII. Allí están el acta matrimonial de Francisco de Angola y Ana Angola, del 6 de abril de 1642; Antón Angola y Victoria Angola, del 8 de mayo de 1627 y el de Domingo Carabalí y María Lucumí, el 16 de marzo de 1665.

Rancheadores y cimarrones, enemigos a muerte

Con el nombre de rancheador, existió en Cuba una figura recreada hoy en telenovelas brasileñas como el cazaesclavos, que era los ojos y brazos del amo esclavista en la persecución, captura o asesinato de los fugitivos cimarrones. Con perros amaestrados y sus armas, los cazadores de cimarrones aterrorizaban a los perseguidos aunque nunca lograron eliminar totalmente esta forma de enfrentar a los opresores.

Los perros de presa, llamados también de busca, fueron adiestrados para cazar negros y, por su fama, canes de La Habana se emplearon además en Jamaica, Haití, Nicaragua y en Estados Unidos durante la Guerra Civil. Se denomina cimarrón a la planta silvestre de la cual hay otra cultivada y al animal doméstico que se convierte en montés; este término se utiliza aquí desde tiempos remotos e igualmente en otras colonias españolas del Caribe y el continente americano.

En la conquista y colonización, los españoles sometieron a los habitantes aborígenes y luego introdujeron esclavos africanos; a unos y otros llamaron cimarrones cuando huían de su explotación. Los indocubanos cimarrones fueron frecuentes en la primera mitad del siglo XVI y hacia finales de esa centuria se incrementaron los negros cimarrones hasta la abolición de la esclavitud (1880-1886). Se calculan en unos 930 mil los esclavos africanos introducidos en Cuba desde el siglo XVI hasta ese momento.

Presente en la sociedad colonial también de antiguo, el rancheador fue un esbirro esclavista encargado de perseguir a los fugitivos que escapaban y se internaban en lugares apartados (ciénagas, cuevas, bosques y montañas) para vivir en libertad. Debía arrasar los ranchos de los esclavos huidos y, por ello, arranchador constituyó la primera denominación, pero en los documentos que luego se convirtieron en historia, prevalió rancheador.

Al principio, estas cuadrillas eran contratadas por los llamados encomenderos (colonos que recibieron aborígenes) y desde 1542 se oficializó la formación de partidas paramilitares con estos fines, mediante un artículo de las Ordenanzas Municipales, aunque no había reglamento al respecto.

Existían contradicciones entre los propietarios empeñados en recuperar a sus esclavos en buen estado y la actuación de rancheadores que abusaban de sus atribuciones, maltrataban a los fugitivos o les daban muerte alegando la imposibilidad de capturarlos vivos.

Se mantuvo esta práctica hasta finales del siglo XVIII cuando el Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio y Junta de Fomento, de La Habana -entidad que actuó de 1779 a 1877-, propuso establecer un Reglamento que fue sancionado por Madrid.

El denominado Reglamento de Cimarrones, de 1796, definió la condición de tales y estableció normas en cuanto a los rancheadores y su paga. “Todos los esclavos que se encuentren sin papel de su amo, mayordomo o mayoral, o con papel que pase de un mes de fecha, a tres leguas de la hacienda de criar y a legua y media de las de labor, serán tenidos por cimarrones”.

Un reglamento de arrancheadores fue adoptado en Santiago de Cuba, el 7 de febrero 1814, el cual normaba las condiciones y circunstancias de sus actividades. El rancheador debía informar de sus gestiones a la Junta de Fomento y Consulado de La Habana, que con autorización del Capitán General de la Isla de Cuba, disponía la formación de la cuadrilla de buscadores y el pago a los mismos.

Entre la papelería del Archivo Nacional de Cuba se encuentran los fondos de la Junta de Fomento, incluidos los de cimarrones. Existe abundante documentación en los archivos cubanos acerca de los cimarrones, tanto de los que vagaban solos, en pequeños grupos o lograban establecer rancherías conocidas como palenques.

Por ejemplo, en 1797 un grupo de hacendados de la región occidental reportaron la huida de sus propiedades de 216 esclavos; años después se hablaba de unos 500 cimarrones en la región de Vuelta Abajo. Fueron numerosas las solicitudes que atendió Francisco Estévez, jefe de una partida de rancheadores que operó de 1837 a 1842, en zonas de ingenios azucareros y cafetales, peinando constantemente el territorio comprendido desde Guanajay hasta el Cabo de San Antonio, ya fuera montañoso o cenagoso.

Una gran concentración de cimarrones se ubicaba en el oriente del país, en las proximidades de Santiago de Cuba; otro refugio constituyó la Ciénaga de Zapata, en el sur de la actual provincia de Matanzas. Tanto el cimarronaje como la presencia de rancheadores aumentaron su importancia en los años del auge de la esclavitud, en la primera mitad del siglo XIX, en que el 36 por ciento de los esclavos pertenecían al régimen de plantación.

La Corona dispuso la libre contratación de esclavos africanos (1789) y la posterior prórroga, y aunque resultó eliminada la trata oficial (1820), hubo un notable incremento del comercio clandestino (el último cargamento arribó en 1873).

En la década del 40 de esa centuria, la población esclava alcanzaba el 36,02 por ciento de los habitantes de Cuba, de ellos el 55 por ciento trabajaba en actividades agrícolas y el 45 por ciento en labores domésticas urbanas. A los ingenios correspondían 50 mil esclavos (17,4 por ciento), en 1827, y 100 mil (22,9 por ciento), en 1841; mientras que las cifras en los cafetales, en igual período, fueron 50 mil (17,4 por ciento) y 60 mil (13,7 por ciento), según datos estadísticos, de los gobernantes de la época.

Tras las huellas del esclavismo en Cuba

Historiadores y otros estudiosos profundizan aquí sobre las huellas africanas con la pretensión de ampliar el inventario de los lugares asociados a la ruta del esclavo en Cuba. Entre los sitios de memoria vinculados al esclavismo en esta occidental provincia sobresale Viñales, Paisaje Cultural de la Humanidad, pues más de una treintena de sus sistemas cavernarios resguardan vestigios del cimarronaje.

Queremos incorporar nuevos escenarios a la lista de parajes que atesoran evidencias de la presencia africana, adelantó a Prensa Latina el doctor en Ciencias Jorge Freddy Ramírez, coordinador del Comité Provincial La Ruta del Esclavo. Explicó que las características de la zona, donde abundan las cavernas y abrigos rocosos, la convirtió en refugio ideal para los negros rebeldes que evadían los rigores de la esclavitud a lo largo del siglo XIX.

Exploraciones realizadas por arqueólogos, espeleólogos y otros expertos permitieron identificar más de un centenar de espacios donde perduran rastros de los cimarrones o esclavos huidos. Agujas de hueso empleadas para sujetar la ropa, vasijas de uso culinario y camas rústicas, forman parte de los hallazgos reportados. Comentó que ahondar las investigaciones en esas zonas consideradas de alta significación, resulta tarea de prioridad para preservar el legado de los hijos de África.

Proteger las culturas vivas es otra de las urgencias de la iniciativa, que promueve el respeto a la diversidad. Ramírez mencionó entre las manifestaciones más relevantes a la fiesta del tambor yuka, expresión músico-danzaria de origen congo, y ancestrales tradiciones, que se preservan en localidades del municipio de Bahía Honda.

Más de 700 escenarios, muchos de ellos antiguos cementerios, integran hoy la memoria de la Ruta del Esclavo en Cuba. A modo demostrativo abre sus puertas al público el Palenque de los cimarrones, cueva en la cual se conservan aún antiguos camastros y otras señales de la vida en ese agreste escenario, bajo circunstancias de acoso.

Ubicado en el municipio de Viñales, el Palenque de los cimarrones es visitado cada día por decenas de turistas, tanto cubanos como foráneos, atraídos por la historia de la caverna, y de los hombres que la habitaron temporalmente para ocultarse de los rancheadores, encargados de perseguirlos. Constituye una réplica del peculiar asentamiento, donde se exhiben evidencias obtenidas en exploraciones por la zona, refugio de los huidos durante siglos pasados.

Improvisadas camas de madera, pipas de fumar hechas con barro cocido y otras manufacturas artesanales se concentraron en el área. Luego de caminar por una galería subterránea de nombre José Miguel, se llega al paraje, suerte de museo que evoca las costumbres de las colonias negroides ocultas en lugares solitarios de esta demarcación en el siglo XIX.

La Cueva de El Buda es otro de los espacios de prominencia para el estudio del cimarronaje en esta región, aseveran estudiosos. Utilizada como palenque, guarda en su interior vestigios de añejos camastros, calderos y otros objetos, declaró a Prensa Latina Pedro Luis Hernández, uno de los exploradores del recinto. Entre las pistas dejadas por esos grupos humanos descuellan machetes del tipo conocido como calabozo, convertidos por los fugitivos en arma de combate para enfrentar a sus perseguidores.

Recientes búsquedas dentro de la gruta corroboraron el buen estado de conservación de los hallazgos arqueológicos, sentenció. Según estimados, unas 12 personas habitaron el lugar; averiguaciones iniciales realizadas en la cavidad permitieron hallar pipas para fumar de fabricación artesanal con incisiones de motivos geométricos, vinculados a la cultura africana, y restos de hogueras para dar calor e iluminación. Los investigadores corroboraron, además, la presencia de un punto de fogatas, por la cantidad de ceniza acumulada.

Los africanos dejaron también sus huellas en palmeras cubanas, xiloglifos considerados de gran valor histórico y artístico. Esas obras perduran en varias regiones de la Sierra de los Órganos y la Sierra del Rosario, donde existieron en épocas pasadas ingenios azucareros, cafetales o palenques de cimarrones. Los curiosos signos sobreviven en palmas reales cuya antigüedad oscila entre los 150 y 200 años.

Entre los descubrimientos destacan símbolos mágico-religiosos y otros más realistas como figuras humanas y representaciones de plantas, la mayoría muy similares a los dibujos realizados por esas agrupaciones en artesanías y cuevas, en forma de petroglifos o pictografías, atestiguó Ramírez.

El nuevo día de la libertad

En la mañana inicial del octavo mes de 1833, el rumor saltó entre las islas del Caribe y luego los tambores y las danzas de la noche se encargaron de difundir la noticia: los esclavos, al fin, serían liberados. Por ahí decían que las goletas, llegadas días antes desde Inglaterra, traían el anuncio esperado desde las sombras de la Conquista.

Los negros de ojo bien entrenado lo habían percibido antes en las señales de los tiempos. Dicen que el mes anterior, las palomas huyeron de la plaza de Kingston, unos calamares gigantes llegaron a las costas de Anguila y una lluvia de estrellas desgarró las noches del Trópico. Pero ningún cronista de la época describió la alegría de los recién libertos en la mañana del 1 de agosto cuando, por decreto real, quedó abolida la esclavitud en los territorios ingleses del ultramar americano.

Ninguno lo hizo, probablemente, porque nadie creyó en verdad la historia de que esos, hasta el día anterior esclavos, pudieran ser sus iguales en la mañana. O tal vez porque es imposible describir la fiesta infinita de un hombre, esclavo desde antes de nacer, cuando conoce el nuevo día de la libertad.

Lamentablemente, aquel agosto de fiesta y carnaval y baile para el Caribe, no fue más que un simulacro. La corona inglesa se mostraba magnánima frente al mundo, mientras ataba a los antes esclavos con nuevas cadenas. Sólo los menores de seis meses quedaron libres, pero el resto, los que habían cargado toda su vida con el estigma de la esclavitud, continuaron sirviendo a sus dueños. No se llamarían esclavos a partir de entonces, sino aprendices, y por unas cuantas monedas y una vida miserable siguieron trabajando en la agricultura, en la industria azucarera y en las manufacturas, hasta varios años después.

Visto así, muy pocos motivos parecen haber hoy para celebrar aquellas fechas, aunque todo el Caribe anglófono se una en fiesta desde entonces cada agosto para recordar la emancipación que realmente no fue. Sin embargo, para el cubano Jesús Guanche, miembro del Comité científico del proyecto internacional La ruta del esclavo, agosto de 1833 constituyó un punto de partida para luchas posteriores. “Sirvió para comprender que la liberación de la esclavitud no basta, pues se convierte en un nuevo punto de partida”, aseguró durante un simposio en la Casa de las Américas sobre los 179 años del Día de la Emancipación.

Para la embajadora de Trinidad y Tobago en Cuba, Jennifer Jones-Kernahan, el festejo debe verse como un homenaje a los que murieron por la independencia del área. “Celebramos ese día también la vida y la obra de los que lucharon por la liberación de nuestros pueblos”, consideró.

Pero 179 años después de aquella fecha, el drama y la historia del Caribe no son muy diferentes. Nuevas esclavitudes, junto a las mismas de siempre, recuerdan que el drama del látigo y la plantación no es fábula antigua. Según Olga Rufins, de la Oficina Regional de la Unesco en Cuba, la discriminación por el color de la piel es todavía una lacra en la región, un espacio geográfico donde, contradictoriamente, casi 150 millones de personas se auto reconocen como afrodescendientes. “Recordar hoy la tragedia de la esclavitud no puede ser cuestión de memoria, sino de acción para identificar nuevas formas de servidumbre”, afirma.

De acuerdo con la Organización de Naciones Unidas, la situación de explotación en países del área como Haití, República Dominicana, Guyana y Trinidad y Tobago es hoy “alarmante”. La escritora martiniqueña Nicole Cage-Florentiny añade nuevas perspectivas a este drama, cuando se pregunta sobre la medida en que aquel agosto significó también liberación para los pueblos del Caribe.

“Es tiempo de reflexionar cuán lejos hemos llegado como naciones y cuán lejos debemos llegar aún. Me temo que todavía tenemos mucha emancipación por delante”, comentó por vía electrónica a Prensa Latina. Mi país y una decena de naciones del Caribe siguen bajo la tutela de las viejas metrópolis europeas, ¿podemos hablar de emancipación, de libertad, cuando en el siglo XXI seguimos bajo sus faldas?, cuestionó.

La libertad, lo sabrían mucho tiempo después los recién libertos, no es cuestión de decretos, aunque quizás esa noche de agosto de 1833 apenas lo intuían, mientras celebraban frente a la hoguera el primer día de la Emancipación.

Así, aquella fecha de ilusión frustrada, dejó entrever a los esclavos, por primera vez, de lejos, como posibilidad, la violenta sacudida de la libertad. A partir entonces, sabrían que los decretos no bastan, que para ser en verdad libres a veces es necesaria la locura, la sangre misma, llegar al más profundo de los abismos.

* Roberto Correa Wilson es periodista cubano especializado en política internacional y ha sido corresponsal en varios países africanos. Mayra Pardillo Gómez es corresponsal de Prensa Latina en Sancti Spiritus; Marta Denis Valle es historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina;Adalys Pilar Mireles, corresponsal en la provincia cubana de Pinar del Río, y Liomán Lima, periodista de la redacción Centroamérica y Caribe.