La milenaria asociación entre humanos y perros convierte a ambas especies en un caso casi excepcional en el reino animal, pero ello no nos ayuda a saber qué pasa por la mente de nuestras mascotas. Un grupo de especialistas de la Universidad de Emory investiga el cerebro de los perros en su interacción con los seres humanos, y analizan si estos animales hacen empatía con las personas, la forma en que nos representan y si nos ven como seres individuales.

Cualquier persona podrá decir que su perro está contento o que quiere comer, por los ladridos de alegría o los insistentes gemidos que emite cuando escucha el sonido de platos y tenedores. Sin embargo, nadie podrá ni imaginar remotamente lo que el fiel can tiene en su cabeza cuando se sienta y nos contempla con ojos melancólicos.

Desde luego, no sólo los perros caen actualmente en la categoría de mascotas, pues en este campo tenemos en segundo lugar a los gatos, y mucho más abajo en las preferencias a ejemplares exóticos como periquitos, tortugas, iguanas, serpientes y hasta monos.

A pesar de que los pequeños felinos nos acompañan en muchos hogares, su carácter receloso y hasta arrogante (los gatos no han olvidado que eran adorados por culturas antiguas), los mantienen una categoría aparte entre las mascotas. Tal vez la excepción sea el glotón gato Garfield, porque hasta en los ratos de sueño se adivinan sus pensamientos: una enorme y suculenta lasaña.

Pero dejando a un lado las especulaciones, uno puede preguntarse si algún día podremos saber si por la cabeza de esos perros que nos observan están pasando pensamientos en algo parecidos a los de los seres humanos. Esto parece una tarea casi imposible, puesto que sin un lenguaje abstracto, del que carecen los animales, incluso los más avispados, no se vislumbra cómo se puede definir su manera de pensar. Es más, todavía la humanidad está lejos de saber lo que piensa una persona como no sea a través de la palabra.

A pesar de todo, un grupo de investigadores de la Universidad Emory, en Atlanta, decidió recientemente tratar de arrojar alguna luz para estas interrogantes, utilizando la Resonancia Magnética Nuclear (RMN). Los investigadores teorizaron que el método de la RMN podría mostrar qué zonas del cerebro del animal se activan en presencia de un estímulo y, en especial, ante una orden o un gesto comprensible para él por parte de su dueño u otro ser humano.

Pero se presentaba un problema: ¿cómo mantener tranquilo a un perro durante la resonancia sin tener que anestesiarlo, lo cual echaría a perder el objetivo mismo del experimento? Sencillo: igual que se entrena para responder a órdenes, se les puede enseñar a permanecer quietos durante una decena de minutos.

Los investigadores pudieron realizar con éxito es procedimiento y obtener unas interesantes vistas del interior del cerebro del can usado para el experimento e identificar la especialización de algunas de sus zonas. A continuación los científicos pusieron en práctica la parte activa de la experiencia al obtener imágenes del encéfalo mientras se procedía a hacer gestos de manos perfectamente reconocibles por el animal, una perra llamada Callie.

Los gestos significaban dos cosas muy sencillas: te voy a dar una recompensa comestible o no te voy a dar una recompensa. En el primer caso se lograron vistas de una zona específica del cerebro relacionada con la satisfacción tan pronto Callie veía el gesto manual, incluso sin detectar ningún alimento. Este procedimiento se repitió para garantizar que no se trataba de la casualidad.

Los responsables del experimento están convencidos de que esta línea de investigación posibilitará otros avances en el futuro en la comprensión de cómo trabaja el motor de los sentimientos de nuestros amigos más cercanos en el mundo animal. Por supuesto, nuestras mascotas caninas no nos ven tan sólo como fuente de su alimento y suministro de agua. Es evidente que también se sienten complacidos en nuestra compañía, participando en juegos o simplemente cuando es objeto de caricias.

Muchos habrán oído repetir esta frase: “A este perro lo único que le falta es hablar”. A esta convicción nos lleva, entre otras cosas, la comprensión que nuestros perros muestran respecto a nuestro lenguaje corporal y también al lenguaje hablado. Pero también al entendimiento de las mascotas sobre palabras, términos y expresiones, aunque esa comprensión no llegue hasta el punto de asimilar conceptos abstractos, que hasta ahora es un atributo exclusivo del Homo sapiens.

De todas formas, algunos estudiosos del tema estiman que algunas de las razas de perros son capaces de entender un vocabulario de unas 160 palabras y otros llegan a comparar su capacidad cerebral innata con la de un niño de tres años.

Pero tal vez las resonancias magnéticas todavía no nos ayuden a entender historias conmovedoras de perros que no se van de junto de la tumba de sus amos, a quien están unidos por sentimientos más profundos que sus necesidades de alimento y agua.

* Periodista de Prensa Latina

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Las mascotas prestan valiosa ayuda a los niños autistas

Un grupo de especialistas de la Universidad de Emory investiga el cerebro de los perros en su interacción con los seres humanos, y analizan si estos animales hacen empatía con las personas, la forma en que nos representan y si nos ven como seres individuales, difundió la revista PLoS ONE.

Para ello, los investigadores entrenaron a dos de canes para que entraran sin miedo a un tomógrafo y captar imágenes de su cerebro. También se les enseñó a llevar protectores en los oídos por el ruido que hace el aparato.

Los científicos, liderados por el experto en neurología Gregory Berns, obtuvieron las primeras imágenes de estos animales alertas. “Hasta donde sabemos, nadie había logrado hacer esto. Y esperamos que la metodología abra todo un nuevo capítulo en las investigaciones sobre la cognición de los perros y su relación con los seres humanos, desde una perspectiva canina”, explicó.

Los perros pueden prestar una valiosa ayuda a niños autistas para que mejoren su comunicación y relaciones afectivas, según un estudio presentado durante una Conferencia de la Royal Society of Medicine por investigadores de la Universidad de Lincoln, Estados Unidos.

Los científicos basaron las conclusiones en la comparación de 20 familias con niños que padecen autismo y tienen mascotas, con las de niños que sufren ese trastorno pero no gozan de la compañía de animales. Grabaciones de video muestran como los menores con perros mejoraron la comunicación afectiva, hábitos de alimentación y de sueño.

El autismo es un trastorno que afecta la imaginación, comunicación, emociones y se caracteriza por conductas repetitivas e inusuales. Los padres entrevistados manifestaron que la relación con los perros ayudó a los niños al desarrollo del lenguaje, de hábitos y a la concentración.

Durante la conferencia de la Royal Society, expusieron un caso en que la mascota ayudó a que un niño saliera de su casa, algo que antes sus padres no habían podido lograr. Los investigadores anunciaron también que se utilizará un perro en el caso de una niña que sufre narcolepsia, un trastorno de sueño severo. Esta no es la primera vez que se recurre a animales para ayudar a niños autistas, pues delfines y caballos se han convertido en medios inestimables para su tratamiento.

Perros rastreadores pueden oler el cáncer pulmonar

Perros rastreadores pueden ayudar a diagnosticar el cáncer pulmonar al oler una muestra de aliento. Los animales entrenados pudieron identificar con éxito 71 casos de 100 pacientes con la enfermedad, lo cual sugiere que en un futuro podría emplearse su fino olfato para el diagnóstico temprano del tumor, publicó la revista European Respiratory Journal.

En la pesquisa intervinieron 220 participantes, entre los que se encontraban pacientes oncológicos, con Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) e individuos sanos. Según el autor principal del estudio, Thorsten Walles, es posible que los canes puedan detectar indicadores específicos del cáncer, los compuestos orgánicos volátiles (VOCs en inglés) vinculados a la presencia del tumor en el soplo de personas afectadas.

“En el aliento de los pacientes con cáncer de pulmón, es probable que haya sustancias químicas diferentes al de una muestra de aliento normal y el agudo sentido del olfato de los perros puede detectar esta diferencia en una etapa temprana de la enfermedad”, señaló.

En la actualidad se aplican diferentes técnicas de pruebas de este tipo cuyo uso es difícil en la práctica clínica porque a los pacientes no se les permite fumar o ingerir alimentos antes de efectuarlas. Tampoco en estos casos el análisis puede demorar mucho tiempo y existe un alto riesgo de interferencia, indicaron los científicos.