Brasilia (PL).- Si Río de Janeiro es la Ciudad Maravillosa, y Brasilia Patrimonio de la Humanidad, Sao Paulo sobresale en el gigante suramericano por su cosmopolitismo y poder económico, siendo la urbe de los sueños para millones de brasileños y emigrantes del mundo.

La más populosa ciudad de Brasil, del continente americano y de todo el hemisferio sur, Sao Paulo, con casi 19,3 millones de habitantes, ha acogido desde el siglo 19 a millones de emigrantes de los más disímiles lugares del planeta y de todas las regiones del país. Tanto es así que la urbe posee hoy las mayores comunidades italiana, portuguesa, japonesa, española y libanesa fuera de sus respectivas naciones. La influencia italiana es de tal nivel que se calcula que el 60 por ciento de sus habitantes son de ese origen.

Esa presencia multicultural se refleja en todos los aspectos, desde la comida, el arte, las construcciones hasta las costumbres, pero va acompañada también de una de las desigualdades sociales más profundas del país, pues mientras unos pocos son excesivamente ricos, muchos viven en condiciones miserables. Baste el ejemplo de que en Sao Paulo hay seis mil pizzerías, que venden diariamente un millón de pizzas de los más variados sabores y composiciones, en las que se han incluido componentes de los platos típicos de otras zonas geográficas del mundo.

Ya al interior de Brasil, Sao Paulo recibe constantes oleadas de emigrantes de la Región Noreste, la más pobre de Brasil. Precisamente de esa zona llegó el niño Luiz Inácio Lula da Silva, quien años después se convertiría en el primer presidente obrero del país.

La fortaleza económica de la urbe, fundada en 1554 por padres jesuitas, constituye otro de sus signos, reflejado en ser la más influyente en el escenario nacional, con el 12,6 por ciento del Producto Interno Bruto, y ser considerada la décimo cuarta ciudad más globalizada del mundo.

Sao Paulo cuenta hoy con más de 5.600 edificios de 12 pisos o más, superada en ese renglón en el mundo por las ciudades de Nueva York y Hong Kong. De cualquier manera la urbe brasileña da la impresión desde lejos de una verdadera jungla de hormigón. Su poder económico es de tal magnitud que está presente en el lema de la bandera del estado, escrito en latín Non ducor, duco, que traducido es No soy conducido, conduzco. No por gusto los partidos políticos luchan por el dominio de ese estado y de su capital.

A su relevancia tampoco escapa el deporte, pues posee -junto a Río de Janeiro- los principales clubes y estadios de esta disciplina en Brasil, como Corinthians, Santos, Sao Paulo y Palmeiras, entre los equipos y el Pacaembu y el Morumbi, entre los terrenos de juego. Para no ser menos, Sao Paulo también acoge obras del afamado arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, entre las que destaca el Memorial de América Latina.

Plazas, parques, momentos, jardín botánico, avenidas insignes como la Paulista, el metro y sus estaciones emblemáticas, por las que circulan millones de personas diariamente permiten constatar el cosmopolitismo de Sao Paulo.

La Ciudad maravillosa

Río de Janeiro, la llamada Ciudad Maravillosa, constituye símbolo brasileño en el mundo y sitio que todo habitante del gigante suramericano desea visitar al menos una vez en su vida, mientras sus pobladores se resisten a dejar de considerarla la capital del país. Belleza, hidalguía, luces, barrios, playas, montañas y unos cariocas sumamente hospitalarios hacen una mezcla perfecta para que cualquier visitante no sienta la falta del calor hogareño y no precise de nada más que de disfrutar lo que ve, toca y come, pues todo en esa ciudad está listo para encantar.

Montañas y océano se funden de manera excepcional en la Bahía de Guanabara, a la que entraron los portugueses capitaneados por Gaspar de Lemos, el 1 de enero de 1502 y de ahí su bautizo como Río de Janeiro, que los cariocas atribuyen a la confusión de los primeros visitantes del mar con un río.

Capital de Brasil desde 1763 hasta que el presidente Juscelino Kubitschesk decidió trasladar e inaugurar en medio de la nada la ciudad de Brasilia, que pasó desde 1960 a ser, en el papel, la capital brasileña, pero Río de Janeiro continúa hoy, 52 años después, siendo la urbe más querida y añorada de los habitantes del gigante sudamericano.

El Pan de Azúcar, el Corcovado con su impresionante Cristo Redentor en la cima, el Jardín Botánico, la ciudad imperial de Petrópolis, los Arcos de Lapa en la zona bohemia, la más frecuentada por los turistas después de las afamadas playas de Copacabana, Ipanema y Barra de Tijuca, son sitios emblemáticos de la Ciudad Maravillosa.

En ella tampoco faltan las obras del ingenio humano, como los grandes y majestuosos edificios de bancos y de la estatal empresa Petróleos de Brasil (Petrobras), o la Catedral de Sao Sebastiao de Río de Janeiro, de forma cónica, con 106 metros de diámetro y 96 de altura, la cual puede acoger a unas 20 mil personas de pie, o el puente Río-Niteroi.

Tampoco escapa de los turistas los estadios Maracaná, su hermano menor, el Maracanazinho, y el Joao Havelange o Engenhao, así como el Sambódromo Marqués de Sapucaí, sitio principal de los mundialmente conocidos Carnavales de Río, y por el cual desfilan en competencia cada año las escuelas cariocas de samba en un alarde de música, color y baile.

Y para recordar que Río de Janeiro es una ciudad colonial, junto al moderno metro, la urbe exhibe el Bondinho (trencito) de Santa Teresa, una línea férrea que une el centro de la ciudad con el Morro homónimo, hasta hace pocas décadas lugar de reuniones de intelectuales, artistas y músicos brasileños. Esos hombres de las artes y las letras colmaban los bares y cantinas de Santa Teresa y se enfrascaban en tertulias que muchas veces terminaban en la letra de una canción, un cuadro o un libro.

Y para no faltarle nada, en Río de Janeiro, como en cualquier importante ciudad latinoamericana, existen los barrios pobres, que en la Ciudad Maravillosa pasan del centenar y reciben el nombre de favelas, cuna de los más ilustres sambistas y músicos de otros géneros, así como de los más relevantes futbolistas, casi siempre procedentes de las capas más humildes de la sociedad.

Aunque aún son temidas y poco visitadas por turistas debido a la violencia que impera en ellas, desde hace unos años un programa oficial de pacificación permite que algunas de las más emblemáticas favelas sean hoy puntos incluidos en los recorridos de los millones de vacacionistas, tanto nacionales como extranjeros.

Y si los turistas no quedan satisfechos con las playas, hoteles, el Pan de Azúcar, el Cristo Redentor, los Carnavales y demás sitios y distracciones aquí descritas, Río de Janeiro posee museos y bibliotecas dignos de ser recorrido, así como varios teatros de reconocida historia y tradición, como el Municipal, con más de un siglo engalanando el centro de la ciudad.

No por gusto, nacionales y extranjeros quedan encantados con la llamada Ciudad Maravillosa, que un día dejó de ser capital de Brasil, pero solo en el papel, pues en el corazón de los brasileños continúa siendo su principal y más añorada urbe.

La embajadora de Brasil ante la Unesco María Laura da Rocha presentó la candidatura de Río a Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad, bajo el título El proyecto Río de Janeiro, paisaje carioca entre la montaña y el mar. El propósito de la candidatura radica en reunir esfuerzos internacionales en la lucha por la preservación de la cultura y las riquezas naturales de un área que incluye los principales puntos turísticos de la afamada ciudad-balneario brasileña.

El proyecto presentado propone que sean incluidas las áreas que van desde el alto del Corcovado hasta el Morro do Pico, en Niteroi, así como los puntos turísticos Parque Nacional da Tijuca, Paseo Público, Jardín Botánico, Parque de Flamengo, Bahía de Guanabara y las orillas de Copacabana.

* Corresponsal de Prensa Latina en Brasil.