La Habana, Atenas y Moscú (PL).- “La juventud está perdida”, dijo Sócrates, y desde entonces la frase pasa de boca en boca a través de los siglos, y se pronuncia en todas las lenguas y dialectos en el Caribe, donde casi 66% de la población tiene menos de 30 años de edad, y en África, donde habitan 500 millones de menores de 15 años. Los recortes presupuestarios están hipotecando el futuro de las nuevas generaciones griegas y rusas.

África: La esperanza está despierta bajo el baobab

En este quinquenio recién iniciado, millones de africanos dejarán el umbral de la adolescencia para penetrar en esa etapa fantástica y emocionante de la vida que es la juventud. Estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas y de organismos regionales como la Unión Africana (UA) o subregionales como la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC), respaldan que de más de mil millones de habitantes en el continente, casi la mitad tiene menos de 15 años.

Otros no lograrán trasponer esa barrera por diversas razones, en una región donde hoy vivir es un reto y morir un trámite al cual rápidamente se acostumbra el individuo, siempre en peligro inminente. Quienes llegarán lo harán -en su mayoría- en mejores condiciones que sus predecesores, cuyo ámbito estuvo marcado por guerras y la aplicación también letal de programas de ajustes económicos estructurales, tendientes a hundir en la mendicidad a la tierra más rica del planeta.

Tampoco debe excluirse el problema de la expansión del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), y los peligros de enfermedades asociadas al abandono sanitario oficial y a los escasos presupuestos dedicados por necesidad más a la labor curativa que preventiva. El SIDA ha diezmando las escuelas, las comunidades y las familias en todo el mundo, mayormente en África, donde también origina la llamada familia disfuncional, y al aumentar la cifra de huérfanos amplía el segmento de población vulnerable, amenazada por más problemas sociales.

Por su parte, el contexto bélico y la asfixia económica crearon una situación de desorden y reordenamiento, en la cual crecieron individuos portadores de graves traumas humanos, que empujaron a muchos al aislamiento de la realidad para concluir dementes, drogadictos y, en algunos casos, suicidas.

En 1990, tras el fin de la Guerra Fría -en la cual África era objeto de disputa entre el Este y el Oeste ideológicos, y cuando la veleidosa promesa de bienestar neoliberal enmascaraba políticas del desmontaje de Estados considerados inútiles-, los hechos demostraron que el continente permanecía en el sótano del mundo.

Sin embargo, en su lucha por la supervivencia, la región apostó y lo hace hoy por cambiar el panorama y, de hecho, resguardar a sus niños y jóvenes para poder salvar el futuro, lo que es regar el árbol de la vida para mañana bajo su sombra disfrutar de la esperanza. El proceso, sin embargo, es complejo para poder ser resuelto con una sola acción; se requiere desmontarlo en partes y solucionar cada singularidad, pero sin perder de vista al sistema en su conjunto.

La región está enfrascada en uno de los desafíos mayores y decisivos, la lucha contra la pobreza, que, de vencerla, posibilitará retomar vías de mejoramiento socioeconómico y establecer sus prioridades; una de ellas sería ofrecer una opción de vida útil a los jóvenes que están hoy desamparados. Hay una realidad objetiva que se precisa transformar para romper la cadena de pesares y que daría una posible solución al grave asunto del estancamiento educacional.

“Un niño de Etiopía tiene 30 veces más probabilidades de morir al cumplir cinco años que uno de Europa occidental”, según la ONU; igualmente un joven tiene 100 veces menos posibilidades de llegar a la educación superior que un estudiante en el Viejo Continente.

Según un informe de los Objetivos del Milenio, que busca implantar la enseñanza primaria universal para el año 2015, alrededor de 38 millones de niños y niñas en edad escolar de África todavía no habían pisado un aula en 2006. La necesidad de la escolarización continúa presionando, mientras las metas se alejan. Algo similar ocurre con la salud pública.

África tiene los 10 países del mundo con mayor índice de mortalidad infantil, cita un informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef); se calculan en 14 mil los niños que mueren a diario en el continente, donde se espera, sin embargo, incrementar significativamente la mano de obra calificada. Nada de eso escapa al latido de la contemporaneidad internacional, independientemente de sus causas históricas, donde opera el desequilibrio entre los países ricos y pobres.

En la división de funciones, que obedece al orden económico mundial, la fuerza productiva africana en edad laboral aporta el cuatro por ciento del producto mundial y consume menos del dos por ciento, y a la vez exporta capitales para sufragar sus deudas, trágica ecuación que paraliza su desarrollo. Conocer ese estado de cosas permite comprender aspectos sociales derivados como, por ejemplo, por qué en Sudán del Sur existe un altísimo índice de analfabetismo que afecta en forma muy preocupante a niños y jóvenes, quienes en un futuro cercano deberán ocupar plazas laborales calificadas.

No hay que remitirse sólo a códigos culturales tradicionales, con valores imbuidos de historia, como pretenden los seguidores del afropesimismo, sino que ante todo hay que entenderlo como un obstáculo que impide el progreso. Una internauta, identificada como María Linares, sintetizó en Yahoo: “La historia de África es la historia de las guerras, de la devastación y de las hambrunas; calamidades que afligen a las masas africanas como legado directo del colonialismo y del imperialismo”.

Eso refuerza el sello que acompaña al continente y revela su realidad: altos índices de mortalidad infantil, de adolescentes y jóvenes, explica la crisis humanitaria que amenaza a 12 millones de personas en el Cuerno, y la decisión de Occidente de mantener altos los precios de los retrovirales para enfrentar el SIDA. Todo forma parte de un universo armónico y contradictorio en su esencia, en el que a problemas viejos se unen insatisfacciones nuevas que abarcan a toda la comunidad de la región, pero en el caso del segmento juvenil, el cual debe mover la rueda hacia el desarrollo, la incidencia negativa es mayor.

“Si bien el joven concurre a la escuela con deseos de progreso intelectual, muchas veces llega con la carga de problemas familiares que lo preocupan y lo agobian”. De ahí la necesidad de percibir la educación no como privilegio, sino como parte de los instrumentos necesarios para la inserción social efectiva. La pobreza y la inseguridad motivan decisiones de jóvenes para solucionar problemas inmediatos, que repercutirán en su vida y la de sus cercanos, como es la emigración, y emplear la ruta de Lampedusa por donde los subsaharianos tratan de abordar el sueño europeo en sus barcas del desarraigo.

La crisis golpea a los griegos más jóvenes

Con el nuevo memorando de préstamo ratificado por el Parlamento, la crisis financiera en Grecia parece limitarse a la reestructuración de la deuda y al cobro del empréstito, sin embargo, esos cálculos silencian profundos dramas sociales. Los recortes presupuestarios están hipotecando el futuro de las nuevas generaciones griegas, pues tendrán que sortear peligrosos obstáculos desde su nacimiento hasta el momento de entrar en el mercado de trabajo, pasando por su etapa escolar.

La drástica reducción del 40% en la financiación de los hospitales está provocando el rápido deterioro de todo el servicio de sanidad pública, y especialmente grave es la situación del Instituto de Salud Infantil, responsable de las prestaciones sanitarias a los menores. En 2011 este organismo vio reducido en un 55% la aportación de fondos estatales, lo que llevó a la cancelación de numerosos programas de atención infantil y el incremento de su deuda hacia los proveedores, pero recientemente el gobierno anunció la posibilidad de cerrarlo.

Ante la falta de presupuesto se suspendió el plan de revisiones a los recién nacidos, un conjunto de exámenes para detectar hasta 40 trastornos graves que afectan al desarrollo así como desórdenes congénitos o metabólicos, algunos de los cuales solo pueden ser tratados si se detectan a tiempo. La doctora Korina Jatzinikolau, trabajadora de esta institución, alertó ante la supresión de este programa, lo cual provocará en próximos años “la muerte de niños por enfermedades que sabemos cómo detectar y cómo tratar”.

Pero el Instituto también evidenció otras víctimas de la crisis, pues según esta especialista aumentó el índice de acoso escolar debido a que “muchas familias se hallan sometidas a una gran tensión y ello se refleja en el comportamiento de los menores”. Numerosos educadores advierten del bajo rendimiento y del fracaso escolar entre los alumnos, provocado por la masificación en las aulas, la falta de recursos humanos y materiales debido a los recortes, y también a las difíciles situaciones personales en las que viven los niños.

En muchos centros del país se detectaron casos de desnutrición entre los escolares de familias con menos ingresos, lo cual motivó la cancelación de actividades deportivas y la puesta en funcionamiento de programas de ayuda alimentaria, gestionados por los propios maestros o las asociaciones de padres. La caída de los ingresos familiares, un 25,7% desde 2009 según los datos oficiales, provocó asimismo la retirada de muchos estudiantes de las academias privadas, complemento escolar obligado para superar los exámenes de grado ante las carencias del sistema público.

Estas academias pueden suponer entre 300 y 400 euros mensuales para los más pequeños, y llegar a 600 o 900 euros en el último año de secundaria y el consiguiente examen de ingreso en la universidad, lo que significa un altísimo coste para la mayoría de los progenitores griegos. También en este caso surgieron organizaciones altruistas, difundidas por internet, e integradas por profesores voluntarios que imparten estas clases de refuerzo de manera gratuita, pero no es suficiente para contener el desplome de la educación pública.

Mantener alta la moral se convirtió en un reto diario para los educadores, así como la ardua tarea de enseñar enfrentándose a la apatía y la desilusión justificada; ¿para qué estudiar, se preguntan los alumnos, cuando familiares altamente cualificados no tienen trabajo?

Una de estas alumnas, Alexia, de 13 años, expresó con singular madurez que “la vida en Grecia cambió radicalmente para muchas personas en el último año, todo el mundo se vio afectado de un modo u otro por la pérdida del empleo, la reducción de las pensiones o el aumento de los impuestos. Los pobres parecen haber sido más castigados que los ricos, y esta es una de las razones de las protestas y la violencia que vemos en las noticias”.

Pero si esto sucede en las escuelas públicas, tampoco el ingreso en la universidad o el intento de acceder al mercado de trabajo son motivo de tranquilidad para unos adolescentes desilusionados y con una perspectiva laboral ciertamente sombría. A finales de 2011, la tasa de desempleo alcanzó el 51,1% para la franja de edad que va de los 15 a los 24 años, una cifra que se duplicó en los últimos tres años según los datos del organismo griego de estadísticas (ELSTAT).

La educación superior en Grecia, como en gran parte de Europa, se vio afectada por las políticas antisociales de ajuste que, desde 2009, ya mermaron los presupuestos universitarios en un 23%. Las facultades recortaron los sueldos de los profesores, congelaron las convocatorias para cubrir vacantes, y en muchos casos suprimieron el consumo de combustible para la calefacción y los gastos de mantenimiento de los edificios.

A lo largo de este duro invierno, muchos estudiantes tuvieron que asistir a clase con gorros, bufandas y guantes debido a las bajas temperaturas que había en las aulas. La mayoría baraja la posibilidad de marchar al extranjero para encontrar trabajo, como es el caso de Nansy Azanasopulu, estudiante de derecho en la universidad de Atenas, quien decidió aprender sueco con la esperanza de poder vivir y trabajar en el país nórdico al finalizar sus estudios. En su clase de lengua solo tres de 20 alumnos planean quedarse en Grecia.

El caso de Ioanna Panagioto, de 32 años, con un máster en comunicación comercial y experiencia laboral en el extranjero, es un ejemplo de las dificultades que tienen los jóvenes para encontrar un trabajo, aun contando con una sólida formación académica. Tras dos contratos temporales de corta duración al inicio de la crisis, desde 2010 los intentos de la joven resultaron infructuosos pese a haber enviado durante todo este tiempo más de 300 currículos solicitando otros tantos empleos, algunos de ellos no cualificados en almacenes o talleres.

Sin ninguna esperanza de poder desarrollarse profesionalmente en su especialidad, Ioanna se plantea abandonar un país donde “simplemente trabajamos para sobrevivir”.

Y mientras tanto, la Universidad de Tesalónica, segunda ciudad en importancia del país, inició un plan de asignación de terrenos para aquellos que quieran cultivar sus propios alimentos, ofreciendo además asesoramiento gratuito sobre los cultivos.

Empleo, entre más cerca más lejos para la juventud rusa

El programa para la educación, la preparación y el empleo de la juventud resalta en una propuesta del primer ministro Vladimir Putin, como reflejo de uno de los problemas sociales pendientes a resolver en Rusia. La situación caótica de la década de 1990, que llevó a parte de los jóvenes y los graduados universitarios a incursionar en la esfera comercial, convertirse en empresarios, delinquir, darse a las drogas o pasar al segmento empobrecido de la sociedad, parece haber atenuado.

La primera década de este siglo, que podríamos considerar como un periodo de “transición” dentro de la nueva Rusia, sobre todo para la educación, dio paso al incremento de la tendencia de los jóvenes a tratar de obtener un nivel de enseñanza superior. Al menos ocho de cada 10 jóvenes estudia o se prepara para concluir los estudios superiores. Sin embargo, ello genera que sea forme una situación en la cual el mercado laboral es incapaz de asimilar la oferta de especialistas.

Ello da paso a un fenómeno en el que al menos uno de cada cinco jóvenes debe buscar un empleo en nada relacionado con la especialidad estudiada. Pero antes de concluir sus estudios, la gran mayoría habrá trabajado de forma temporal, ya sea por razones económicas o, como en la mayoría de los casos, para contar con un aval laboral al concluir los estudios, algo exigido por los patrones.

Putin señala que ello lleva a otro problema: a partir del tercer año de la carrera, más del 50% del estudiantado asiste a las clases de forma parcial, pues debe presentarse a un puesto laboral diariamente, muchas veces en nada relacionado con su profesión. Tal práctica forma a un universitario con una preparación profesional de mediana calidad, que le suma problemas al interactuar con el mercado laboral.

El jefe de Gobierno señala que por causa de los problemas para coordinar la formación de especialistas y la falta de un verdadero estudio del mercado de trabajo, el estado pierde una cuarta parte de los recursos del presupuesto asignado a la enseñanza superior. Así, serían unos 100 mil millones de rublos (3.332 millones de dólares) que se malgastan al año por la citada causa, advirtió.

Recientes estadísticas afirman que el 30% de los jóvenes egresados debe recalificarse luego para trabajar en especialidades para nada relacionadas con la profesión estudiada. Para Putin, el asunto también está vinculado al prestigio de la educación superior, por un lado, y su carácter masivo, por el otro. Los centros de enseñanza, ya sean institutos o universidades, que pierdan el mercado laboral para sus graduados o que no realicen ninguna actividad de investigación científica deben ser anexados a otros de mayor peso, experiencia y prestigio, propone Putin.

De esa forma, las tres cuartas partes de los trabajadores jóvenes en la economía nacional recibieron preparación profesional, mientras en 2010 la cantidad de jóvenes sin trabajo sobrepasaba el millón de entre los 32 millones que se califican en esa categoría de edad. Ello representa el 22% de la población rusa.

Al mismo tiempo, existen varias aristas del problema del empleo entre la juventud, el proceso de educación y la orientación social de los jóvenes. Cada año, de los egresados de los institutos o universidades, uno de cada cuatro se convierte en candidato para recalificarse y una quinta parte renuncia al año de trabajo porque descubre incongruencias entre la profesión y las aspiraciones personales.

De acuerdo con el Comité Estatal de Estadísticas, uno de cada 10 desempleados posee formación universitaria, uno de cada cinco, una especialidad politécnica (media) y uno de cada seis, una preparación básica. Al mismo tiempo, se observa un cambio drástico en las prioridades de las carreras escogidas, por ejemplo, pues ahora las más codiciadas son las de economía y las de dirección de negocios. Especialidades vinculadas a la construcción de maquinarias, de equipos e instrumentos, la radioelectrónica, la agricultura, y más aún a la cultura y el arte, van en franco descenso entre los estudiantes. Todo ello, cuando la cifra de egresados en los últimos años se duplicó y ahora es superior, incluso, a la de Estados Unidos y China.

Sin embargo, en el último quinquenio, la fuerza laboral se redujo de 3,7 a 2,3% entre los jóvenes de hasta 20 años, de 11,3 a 10,2 en los de 20 a 24 y sólo creció de 11,3 a 13 puntos en la categoría de 24 a 29 años. Al mismo tiempo, de 2008 a 2010, el número de jóvenes dentro de la población económicamente no activa pasó de 11 millones 900 mil a 16 millones 200 mil. El 40% de ese monto lo forman estudiantes de centros de enseñanza superior.

El hecho de que Putin se refiriera a la práctica de conjugar el estudio con el trabajo de los alumnos de los centros de educación superior y otros niveles está dado por las propias exigencias de los empleadores en el mercado del trabajo. Al recién graduado se le exige contar con experiencia laboral y preparación profesional, aunque por naturaleza está más bien por adquirir esas cualidades, de ahí que una buena parte de los jóvenes busque empleos adicionales a su horario docente.

Resulta revelador que el 80% de los jóvenes rusos ganó su primer salario antes de llegar a la edad de 18 años. Los conocimientos y experiencias adquiridas, por lo general, de nada sirven en el estudio de las carreras universitarias pues los empresarios emplean poco a los adolescentes y éstos deben buscar trabajos temporales en el sector de servicios y el comercio informal.

Pese a todos los esfuerzos estatales, la juventud continúa como el sector laboral y social más vulnerable. Existen tres grandes grupos en los que se puede dividir a los jóvenes rusos. El primero sería de 14 a 18 años, que incluye a estudiantes de secundaria o los que recién ingresan a los centros de educación superior o los politécnicos.

La segunda gran categoría, de 18 a 24 años, incluye a los que terminan o están por terminar estudios medios y superiores, según el caso, y forma parte de uno de los segmentos más vulnerables en la bolsa de trabajo. Más del 50% de los egresados les resulta muy difícil hallar un trabajo acorde a la especialidad estudiada. Una última categoría sería la de 25 a 30 años, donde ya el joven definió la estrategia para buscar empleo, adquirió experiencia laboral y demanda más condiciones, pues por lo general debe atender una familia, aunque la pérdida de trabajo aquí es más dramática aún.

Por otro lado, la falta de una organización correcta del tiempo libre, una inadecuada alimentación y una indefinición de objetivos en la vida también incrementa la aparición de fenómenos negativos como la droga, el delito, el alcoholismo y en los últimos tiempos el suicidio. Durante este quinquenio, se registró un incremento de la delincuencia entre los jóvenes de 14 a 30 años, sobre todo, en la categoría de 16 a 17 años, con un alza de 32%.

Crece la mortalidad entre la juventud. Así, entre las personas de hasta 30 años, Rusia duplica la cifra de fallecidos en comparación con los jóvenes de igual edad en países desarrollados. Tanto la Duma (cámara baja rusa) como el Consejo de la Federación Rusia (senado) crearon sendas comisiones para la atención a la mujer, la familia y la juventud, con más de mil personas encargadas.

El futuro de la juventud rusa lo marca el propio Putin, quien propone un extenso programa de desarrollo social para ese segmento de la población. Su promesa de crear en una década 25 millones de puestos laborales está muy relacionada con el interés de recuperar el potencial humano del país y un cambio de estrategia de la economía para poder asumir la formación de especialistas que requieren empleos con alta tecnología.

Además, Putin se pronuncia por crear complejos de producción de ciclo completo con alto valor agregado dentro del territorio ruso, los cuales creen condiciones para que la bolsa de trabajo pueda asimilar una cantidad enorme de graduados de altos estudios. De igual forma, el jefe de Gobierno ruso propone adecuar y establecer monitoreos por parte de las empresas para vincular ciertas esferas de la producción a determinados centros de enseñanza.

Al mismo tiempo, llama a optimizar los gastos del estado en la esfera de la atención a la juventud y la enseñanza para evitar la graduación masiva de jóvenes que en muchos casos concluyen esos estudios a fin de solo contar con esa condición profesional simbólica. Rusia deberá situar la solución del problema del empleo juvenil como uno de los puntos a resolver para su desarrollo, pero en el camino deberá superar obstáculos, incluidos los que se pone a sí misma la juventud, muchas veces incomprendida en su búsqueda de horizontes.

El Caribe es tierra de jóvenes

Cuentan hoy que lo dijo el viejo Sócrates: “La juventud está perdida”. Desde entonces la frase pasa de boca en boca a través de los siglos y los “perdidos” de otros tiempos la utilizan para denostar contra los de ahora, olvidando que son el futuro de los pueblos. En el Caribe, donde casi 66% de la población la integran personas con menos de 30 años de edad, la frase se pronuncia en todas las lenguas y dialectos del área.

Pero hoy la Comunidad del Caribe (Caricom) se preocupa no por cuán perdida está la juventud, sino en los mecanismos que puede utilizar para integrarla a los procesos sociales del área. “Siempre se cuestiona la orientación de los jóvenes, pero es hora de comprender que ellos son probablemente el recurso más valioso de nuestra región y no un problema a resolver”, asegura el director adjunto de la Secretaría de la Caricom Heather Johnson.

Para este funcionario, los planes de integración de la Comunidad, fundada en 1973, no pueden pensarse hoy sin contar con las nuevas generaciones. Se afirma la importancia de la integración regional, la recuperación y la integración económicas, pero si no tenemos en cuenta a los jóvenes estamos labrando en el mar, ellos son el futuro de la Comunidad, dijo.

Tal vez por eso, la Caricom aprobó este noviembre un plan de acción para avanzar en un programa regional de juventud, que incluye estrategias educativas, de superación e integración al mecanismo. “El tratado se dirige principalmente a la formulación de un marco normativo e institucional para garantizar el futuro de los jóvenes, basados en seis objetivos fundamentales”, indica la Declaración Final. Son ellos seguridad, salud y bienestar integral, educación, empoderamiento económico, participación y gobernanza, asociaciones, cultura, identidad y ciudadanía.

“El plan fue diseñado para abordar estratégicamente el desarrollo humano y el potencial de los jóvenes”, aseguró la coordinadora del proyecto Paula Hidalgo-Sanchis, quien añadió que buscará promover además formas innovadoras para capacitarlos en materia de educación. En ese sentido, los estados miembros pactaron el acceso universal a la enseñanza secundaria para 2016 y la remodelación de las políticas educativas nacionales para 2013.

Asimismo, el establecimiento de programas integrados para el desarrollo de competencias y habilidades empresariales, dentro y fuera de la escuela, centró uno de los puntos fundamentales del programa. En cuanto a la rama laboral, uno de los temas más candentes de los debates, dadas las actuales condiciones económicas, concertaron establecer mecanismos para garantizar el pleno empleo y un trabajo decente, así como la implementación de políticas a fin de garantizar el acceso de los jóvenes a la tierra.

Como otro de los acuerdos de la reunión, celebrada en Suriname, resultó que el ente regional establecerá un grupo de reflexión, equivalente a una red caribeña para promover el desarrollo juvenil. Además, coincidieron en la necesidad de fortalecer los departamentos de asuntos de la Juventud en los países miembros del bloque (Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Belice, Dominica, Granada, Guyana, Haití, Jamaica, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Surinam, Montserrat y Trinidad y Tobago).

“Debemos entender que estos grupos etarios no son receptores pasivos de ayuda, sino agentes activos del cambio. El futuro de nuestra región está en sus manos”, sostuvo Hidalgo-Sanchis.

* Periodistas de Prensa Latina: Julio Morejón integra la Redacción África y Medio Oriente; Antonio Cuesta es corresponsal en Grecia; Antonio Rondón corresponsal en Rusia, y Liomán Lima es periodista de la Redacción Centroamérica y Caribe.