Gobierno irresponsable y gente violenta

Jenny Ybarnegaray Ortiz

septiembre 22, 2012Publicado el: 11 min. + -

De un tiempo a esta parte he pretendido hacerme “a la de la vista gorda”, mirar de costado los acontecimientos que suceden cotidianamente en la vida política de mi país, como si no me afectasen, como si no me importasen… Pero, por mucho esfuerzo que hago, no lo logro, y es que sí me afectan, y es que sí me importan.

Anteayer, una “marcha pacífica” de cooperativistas mineros de Colquiri cobró la vida del ciudadano boliviano Héctor Choque y provocó al menos media docena de heridos que se debaten entre la vida y la muerte. Para colmo de las paradojas, hasta hace sólo tres meses atrás, Héctor era un compañero suyo. De no mediar una decisión tan personal suya –la de cambiar su filiación laboral de la Cooperativa 26 de Febrero a la COMIBOL– ¿quién sabe dónde estaría Héctor hoy? Casi de seguro, no hubiesen sido velados sus restos en las puertas de la FSTMB. Como en tantas otras ocasiones, una vez más se advierte que las decisiones personales suelen ser bastante azarosas.

Se supone, en cambio, que las acciones gubernamentales no debieran de serlo, éstas debieran de ser planificadas, debieran de responder a programas y políticas, debieran de contener cierta coherencia entre el discurso y la práctica. Pero, eso no suele suceder en este país, menos aún en este periodo de gobierno. Aquí, el problema de fondo parece ser que tenemos un gobierno irresponsable, un gobierno que frente a semejante desenlace sale a los medios a través de uno de sus voceros a declarar “nosotros no somos responsables, de nada”.

Está bien, les creo, no son responsables, ergo ¡son irresponsables! Me pregunto ¿por qué, viendo venir este desenlace, no actuaron a tiempo?, ¿por qué no desviaron la marcha de los cooperativistas desde el Obelisco por la Avenida Camacho?, ¿por qué resguardan la Plaza Murillo con tanta parafernalia cada vez que se asoma una protesta social y no son capaces de colocar las mismas barreras para impedir un enfrentamiento de esta naturaleza? No se me ocurre otra respuesta que la que dio su propio vocero: ¡porque “no son responsables, de nada”!

Sin embargo, tampoco ahí acaba la explicación del desenlace (eventual) de este conflicto. Este gobierno no sólo es irresponsable, actúa bajo la dinámica de la más absoluta improvisación, teniendo como único horizonte de futuro su propia prolongación en el poder. Ya nada más le interesa, ya nada más le importa.

A estas alturas/bajuras del “proceso”, sus marcas de identidad, sus promesas de cambio han quedado tan desdibujadas que nada queda por recuperar de su discurso original. Veamos.

De “descolonizar” y “despatriarcalizar”, no escribiré en esta oportunidad porque sobre el tema ya me pronuncié largamente. Simplemente señalaré que la mentada carretera sobre el TIPNIS es un gran ejemplo de aplicación del modelo colonialista interno y que el re-lanzamiento de la candidatura de Jessica Jordán a la Gobernación del Beni es un excelente ejemplo de aplicación de la más grosera política patriarcal: para ser candidata del régimen hay que gozar de atributos “muy femeninos”, como por ejemplo una “cinturita de avispa enamorada”, además, por supuesto, de una predisposición obsecuente a los mandatos de LOS jefes-patriarcas del partido.

¿Gobierno anti-neoliberal? En el frente internacional, el ministro de finanzas del régimen está entre los más mimados y premiados del FMI, no me imagino que lo sea por dirigir la cartera de gobierno que define las políticas económicas más anti-neoliberales de la época. Y en el frente interno los “cooperativistas mineros” -junto a los militares, dicho sea de paso- están entre los más mimados del régimen, seguramente lo son por representar al anti-neoliberalismo en acción.

¿Gobierno nacionalizador? ¡Cómo no! “Nacionalizan” (léase recuperan para el Estado) la mina de Colquiri; pero, “hasta por ahí no más”, dejan parte de la veta más productiva a los cooperativistas anti-neoliberales y hacen caso omiso de la demanda sindical de los trabajadores asalariados de la COMIBOL –empresa estatal “recuperada” de los escombros neoliberales– de “nacionalizar el 100% del yacimiento”.

Pero, el gobierno “no es responsable, de nada”. Los conflictos aparecen seguramente por acción perversa del “maligno” –léase, imperialismo yanqui, oligarquía, derecha y hasta el “tío de la mina”– sin que el gobierno tenga algo que ver con esa dinámica, porque ¡claro! están en campaña electoral hace casi siete años y todavía no se han percatado de que SON GOBIERNO, vale decir, que tienen responsabilidad sobre al menos un periodo de la historia de este país.

Y yo, como tanta otra gente en este país, también me declaro irresponsable: yo voté por Evo en cuatro oportunidades, pero tampoco soy responsable, "de nada". Tendré que vivir con mi irresponsabilidad a cuestas, ni modo.

Gente violenta

En contrapartida perfecta a un gobierno irresponsable, en Bolivia se acrecienta –cada vez con mayor virulencia– una perniciosa tendencia hacia la expresión incontrolada de la violencia en sus múltiples manifestaciones.

La violencia empieza en los hogares, pasa por las instituciones y termina en las calles. Dentro de los hogares –tema sobre el que no profundizaré en esta oportunidad– sus víctimas más frecuentes son las mujeres y las niñas, los niños y adolescentes de ambos sexos. Ahí se aprende la violencia como recurso ineludible del ejercicio del poder, el mensaje que la gente recibe ahí cotidianamente es “si no es por las buenas, entonces será por las malas”, y “las malas” comienzan con la denigración, el insulto, el menosprecio, escalando progresivamente hasta las formas más brutales de agresión que, con demasiada frecuencia, terminan con víctimas tiradas en la morgue de las que “la justicia” rara vez se toma a cargo.

En las instituciones y los servicios públicos también se aplican con harta frecuencia formas violentas de ejercicio de la “autoridad” y el disciplinamiento que la gente aprende como formas “naturales” de relacionamiento entre sí. Las instituciones donde se ejercita con mayor frecuencia estas formas de relación suelen ser aquellas donde se instruye a los hombres (sobre todo, aunque también a algunas mujeres) en el “legítimo uso de la fuerza”: la policía y el ejército. El servicio militar obligatorio es, entre otras, una perversa escuela de aprendizaje de la violencia en sentido vertical, donde el “mostrenco” resulta ser la víctima por excelencia; pero, con no más de seis meses de antigüedad, éste se convertirá en el agresor del nuevo recluta.

De ahí a las calles sólo hay un paso, la gente que ha aprendido en esos espacios que la violencia tiene recompensa satisfactoria para el agresor (también para la agresora), sale a las calles con ese comportamiento aprendido para ejercitarlo en cualquier oportunidad que se le presente. Uno de los ámbitos donde las agresiones son absolutamente cotidianas es, por ejemplo, el del transporte público (y privado). Haga el ejercicio, párese por media hora en cualquier esquina y comprobará lo que le digo, el insulto y la agresión está a “flor de boca” de cualquiera que conduzca un vehículo, ante el menor incidente escuchará lo que se dicen entre sí; o aborde un “minibús” y compruebe cómo tratan los conductores a los pasajeros, éstos a los primeros, y los propios entre sí. Obviamente, estar sentado frente a un volante y con los pies puestos en los pedales, otorga un poder inaudito, ¡ni se le ocurra reclamar un mal comportamiento del conductor –como el frecuente hábito de partir sin esperar que los pasajeros tomen asiento– que ya le lloverá la sarta de insultos del “jefe” del volante!

Entonces, tampoco debiera de extrañarnos el cotidiano ejercicio de la violencia –más aún en la ciudad de La Paz– cuando de “reclamar derechos” se trata. Todo conflicto se expresa con ribetes de violencia física y verbal. Ante cualquier situación, la gente ya ha aprendido que siempre se consigue lo que quiere “por las malas” y nunca “por las buenas”. ¿El alcalde no cumplió con la obrita prometida en su barrio? ¡No pierda el tiempo reclamando por la “vía regular”! Salga a la calle, bloquee el paso de quien tenga la mala suerte de pasar por ahí, méntele la madre a la autoridad y ya verá cómo, en un santiamén, aparece algún funcionario para “resolver” el problema, resolución que por lo general no pasa de un documento de compromiso firmado que terminará en algún basurero de la oficina pública, hasta que usted se vuelva a “calentar” para repetir el procedimiento –cada vez con más bronca y ejercicio de la violencia. Entonces, y sólo entonces, aparecerá la cuadrilla de obreros para empedrar la calle de su barrio. ¡No falla!

¡Ah, y un detalle que olvidaba, no menos “contundente”! Repita el ejercicio cuantas veces se le ocurra, hágase “mirar”, aparezca en los medios con frecuencia, hágase nombrar dirigente barrial, zonal, comunitario, o representante de su gremio, grite fuerte, ¡hágase “respetar”! Le prometo que en menos del tiempo que se imagina, vendrá algún representante de cualquier partido o agrupación ciudadana a ofrecerle un carguito de “diputado” (o de lo que sea) desde donde tendrá la oportunidad de cumplir con el rol inverso, sólo que esta vez ¡con sueldo del erario público! ¡Eso tampoco falla!

No importa la cantidad de personas y el motivo que tengan, cualquier asunto comienza con la declaración “contundente” de “no vamos a permitir” y se manifiesta con las habituales “medidas de presión” que siempre amenazan arribar “hasta las últimas consecuencias”. Tampoco importa a quién perjudiquen, porque aquí todos tenemos derechos y nadie tiene obligaciones, porque “mis derechos” siempre estarán por encima de los de los demás y el resto “que se aguante” (por decirlo de la manera más “elegante” que se me ocurre).

Lo triste del escenario que acabo de describir es que parece no tener fin, muy por el contrario, parece responder a la tendencia de la repetición y la escalada –con consecuencias cada vez peores– para convertirse en una característica más del “ser boliviano”, a la que nos vamos acostumbrando sin darnos cuenta cuánto se deteriora cada día nuestra cotidiana convivencia que, al decir de gente “vieja”, no siempre fue así como la presento.

¿Es posible revertir estas formas de acción y reacción? Espero que sí, pero me temo que si cada uno de ustedes (varones) y cada una de nosotras (mujeres) no tomamos a cargo nuestra cuota de responsabilidad en este asunto, no lo lograremos. En esto TODOS y TODAS tenemos algo que hacer, algo que decir, algo que aportar. Empiece por casa, enseñe a sus hijos e hijas que las cosas se resuelven mejor “por las buenas” que “por las malas”. Tome el volante de su vehículo sin meterse en la cabeza la idea de que es usted el mejor conductor del planeta. Sea amable con la gente, salude a sus vecinos, asuma sus responsabilidades sin esperar que el resto lo haga. Si el mundo no cambia con esos comportamientos tan personales suyos, al menos le garantizo que usted lo pasará un poco mejor que los demás.

Sin embargo, más allá de los necesarios cambios de actitudes personales, cabe preguntarse ¿desde cuándo observamos esta escalada de comportamiento violento en nuestra gente? ¿Es éste un “signo de los tiempos” que venimos viviendo? Y el gobierno ¿qué está haciendo frente a este escenario tan preocupante? ¿Estará pensando en ello, estará buscando formas de enseñar a la gente que las cosas se resuelven mejor “por las buenas” que “por las malas”? O, por el contrario ¿estará fomentando estas formas de acción-reacción que no sabemos a que extremos puedan conducirnos? ¿Con qué propósitos?

Ahí les dejo mis preguntas que, estoy segura, no son sólo personales, porque mucha gente se está haciendo preguntas similares y está buscando las respuestas que mejor expliquen lo que pasa.

Atrás