Aunque nunca nadie los haya censado, porque lo sagrado no se profana con estadísticas, en Vientiane existen más Budas que habitantes: en sus “wats” (templos) las estatuas de la divinidad se cuentan por decenas de miles, de todos los tamaños y formas, y exceden sin dudas a los cerca de 754 mil habitantes de la apacible capital de la República Democrática Popular de Laos.

En la Ciudad del Sándalo la vida discurre alrededor del Patuxai, suerte de arco de triunfo con influencias francesas y khmeres, desde cuya cima se abarca con la vista esta pequeña ciudad que a ratos no parece merecer tal condición, de tan silenciosa, pausada y discreta…

Tanta pachorra flota en el cálido ambiente de Vientiane, que lo mejor es madrugar para toda gestión o visita, porque cuando sube el sol dan ganas de olvidarse de todo y abandonarse a una siesta aunque sea en la endeble hamaca de cualquier “tuk-tuk”, las moto-taxis que también son patrimonio de Tailandia y Cambodia, no así de la vecina Vietnam.

Y en verdad vale la pena levantarse antes del alba para ver las calles inundadas de túnicas azafrán: son los monjes que se postran con su cuenco en espera de limosnas, que nunca faltan gracias a la religiosidad de un pueblo confiado en recibir en la medida que entregue, y desde ahora se busca el favor celestial ayudando a sobrevivir a los representantes del Altísimo.

Aquí las grandes construcciones no son corporaciones ni rascacielos, sino los templos cuyos tejados son grandes paneles –cual libros superpuestos–, de alto puntal, que guardan reliquias vedadas al indiscreto lente fotográfico, y una milenaria cultura que, como el río Mekong, tiene miles de afluentes para agrandar su caudal místico.

Por ejemplo, en Vientiane se vive con intensidad cada año el “Ork Phan Sa”, la tradicional cuaresma budista, que acerca a la juventud a la tradición cultural, ética y religiosa del Budismo en su variante theravada, la más arraigada en este país, que integra junto a Birmania y Tailandia el temido Triángulo de Oro del opio.

El “Ork Phan Sa” también marca el fin de la temporada lluviosa, y los monjes se dedican a meditar, estudiar y enseñar en los terrenos del templo, mientras la gente ordinaria intenta librarse de ciertos hábitos y vicios, como el alcohol y el cigarro.

También son frecuentadas las “stupas”, monumentos funerarios en forma cónica o de obelisco, de los cuales el Pha That Luang dorado es símbolo de Vientiane y sitio de adoración y comercio espiritual: pocas cosas venden tanto como la fé, y aquí lo saben. Pero ya en buenas con los de “arriba”, nada como unos pinchos de cerdo y una cerveza Beerlao junto al Mekong…

Sin el frenesí de Bangkok, Ciudad Ho Chi Minh y hasta Phnom Penh, a Vientiane le sienta bien la demora del desarrollo: hasta el aeropuerto internacional Wattay se las arregla sin tanta sofisticación para recibir a los turistas que llegan en busca de paz, tradición y de Luang Prabang, que fue capital de Laos hasta que el temor a los invasores birmanos forzó el cambio de aires.

Según el Phra Lak Phra Lam, el gran poema épico nacional, el príncipe Thattaradtha fundó esta ciudad cuando le fue negado el trono de Muong Inthapatha Maha Nakhone. Cuenta la leyenda que una Naga de Siete Cabezas, mitológica serpiente fluvial, aconsejó al despechado asentarse en la ribera oriental del Mekong, y así nació Chanthabuly Si Sattanakhanahud, predecesor del moderno Vientiane, capital laosiana desde 1563.

Una historia bonita, sin duda, pero el consenso histórico acepta que Vientiane fue un asentamiento khmer alrededor de un viejo templo hindú situado donde hoy se yergue el Pha That Luang o Stupa Dorada.

Laosianos y tailandeses invadieron la región en el siglo XI, y pronto la ocuparon para contribuir a la mezcolanza religiosa y cultural de la capital más tranquila del mundo.

También existen espacios para generar adrenalina, en rutas senderistas y lugares como las cataratas de Tad Leuk y Tad Xay, o el templo de Haw Phra Kaew, que alojó al Buda Esmeralda hasta que los siameses se lo llevaran por la fuerza a Bangkok.

* Periodista de Prensa Latina. Fue corresponsal en el Sureste Asiático.