Suiza.- Desde Bogotá, el presidente Juan Manuel Santos y desde La Habana, el líder insurgente comandante Timochenko, confirmaron en las últimas horas su disposición a poner término al último conflicto armado de América Latina y uno de los más viejos del mundo, y anunciaron su hoja de ruta: primero Noruega, luego Cuba. El Programa Suizo para la Paz en Colombia (SUIPPCOL) saluda el anuncio, pide un “preacuerdo humanitario”, que incluya el inmediato cese de hostilidades, y reclama la participación de la sociedad civil en las negociaciones.

¿Es pertinente que las conversaciones de paz se realicen en el extranjero? ¿Los países facilitadores electos son los óptimos? ¿Un cese al fuego es condición sine qua non para el éxito del diálogo? ¿Cómo sería el día después de un acuerdo de paz?

Especialistas en el tema analizan el contexto actual, los antecedentes y las perspectivas de un diálogo de paz que el Gobierno del presidente Santos y la insurgencia (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC y Ejército de Liberación Nacional ELN) iniciarán en la primera quincena de octubre, según el anuncio del martes 4 de septiembre.

Optimismo, pesimismo…

“Soy optimista”, anota Jean Pierre Gontard, profesor jubilado del Instituto de Estudios Superiores Internacionales y del Desarrollo (IHEID ) y otrora mediador entre las FARC y Bogotá. El diálogo “ha sido preparado con mucho cuidado”, en los aspectos políticos y legales, por una y otra parte.

Enzo Nussio, catedrático suizo de la Universidad de los Andes, en Bogotá, alude a los detractores: “Está bien que haya personas críticas porque eso ayuda a ser prudente. Mi optimismo, en parte, se basa en el escepticismo de muchos de los colombianos, porque mientras seamos escépticos de que eso pueda funcionar o no, creo que hay mejores posibilidades de que realmente funcione”.

SUIPPCOL, que reúne a un centenar de organizaciones sociales, considera que la decisión de negociar “es la oportunidad para construir un proceso de diálogo en el cual se involucre, decididamente, a las organizaciones sociales y de víctimas”.

“Los recientes acuerdos (…) son el producto no solo de la voluntad y decisión de esos actores sino también del ambiente y “presión” que sectores importantes de la sociedad civil han venido desarrollando”, asienta Diego Pérez, co-coordinador de SUIPPCOL en Colombia.

Ese esfuerzo ha estado encaminado a que “la razón, el diálogo, la negociación, se coloquen por encima de la fuerza, la militarización y el desconocimiento del derecho a la paz que asiste constitucionalmente a colombianos y colombianas”, puntualiza.

La construcción de la paz desde abajo

Diego Pérez recuerda que desde hace una década, SUIPPCOL trabaja en la construcción de propuestas desde las bases de las organizaciones de mujeres campesinas, indígenas y afrodescendientes que viven en los territorios de guerra.

Entre esas entidades, la Ruta Pacífica de Mujeres y la Red de Iniciativas para la Paz emitieron un comunicado en el que manifiestan su beneplácito por el acercamiento entre las partes beligerantes y sostienen que “en los diálogos de paz la sociedad civil debe participar activamente”.

Desde junio pasado, ambas ONG promueven la campaña “Es hora de parar la guerra, la llave de la paz también es nuestra” para propiciar encuentros con los grupos armados para exigirles el respeto a la población civil y a sus bienes. En particular: “el destierro de toda práctica de violencia sexual, el cese del reclutamiento y vinculación de niños y niñas y adolescentes en el conflicto armado, así como la liberación inmediata de menores de edad reclutados de manera forzada”.

Promueve igualmente la no utilización de minas antipersonal y la erradicación de las minas instaladas así como el no desplazamiento forzado de la población, entre otros temas esenciales que afectan a numerosas comunidades del país.

Para SUIPPCOL es menester “que se acuerde lo más pronto posible un preacuerdo humanitario que incluya el cese de hostilidades y el alto al fuego entre las partes, para blindar el proceso de quienes quieren que esta iniciativa fracase y continuar con el negocio de la guerra”.

A diferencia del Caguán…

Dos analistas destacan el favorable contexto del acercamiento entre las partes. Para ellos, las condiciones son muy otras a las que rodearon las prolongadas negociaciones anteriores (1999-2002) que finalmente naufragaron y cuya “trama” pidió evitar el dirigente de las FARC, Rodrigo Londoño (Timochenko) en su mensaje desde la capital cubana.

Electo presidente en 1998 bajo la bandera de la paz, Andrés Pastrana acordó a las FARC una zona de despeje militar de 42 mil kilómetros cuadrados en el Caguán (en los occidentales departamentos del Meta y Caquetá).

“Las FARC eran mucho más fuertes, más grandes que ahora. Habían pasado de una guerra de guerrillas a una guerra de movimientos, con la ocupación y control de territorios. Estaban tomando pueblos enteros. Hoy, aunque hay un ligero aumento en sus acciones, están mucho más debilitadas”. Precisa Enzo Nussio y agrega que esa fortaleza llevó a Pastrana a entregar lo que pedían “de pronto, el gobierno fue demasiado ingenuo y demasiado generoso”.

Gontard conviene igualmente que los diálogos del Caguán obedecieron más bien a un intento electorero. “Fueron a ver a Marulanda (dirigente entonces de las FARC) y sacaron la foto con Pastrana, y así empezó todo”. En el Cagúan, continúa, ambas partes querían ganar tiempo: el gobierno para desarrollar y modernizar al ejército y las FARC para reclutar más gente y capacitarla.

“No hubo preparación”, subraya y destaca que el papel de la comunidad internacional fue limitado al de mero testigo, amén de que a la opinión pública le molestó el hecho de que las FARC siguieran con sus secuestros y utilizaran la zona de despeje como centro de actividades ilícitas.

Sentimiento de traición

Recuerdan ambos la experiencia del proceso previo al del Cagúan, en 1982, cuando las FARC fundaron un brazo político, la Unión Patriótica, muchos de cuyos miembros fueron asesinados por fuerzas de la derecha y paramilitares. “Las FARC se sintieron traicionadas y llegaron al Caguán con mucha desconfianza”, subraya Nussio.

Hoy, la memoria de esa situación está menos fresca, además de que también se ha resuelto otra exigencia de las FARC: el desmantelamiento de los paramilitares, inclusive si la guerrilla reprocha que ese proceso no ha sido concluido íntegramente.

Nuestros interlocutores celebran igualmente la decisión de que las conversaciones de paz tengan lugar fuera del territorio colombiano (Noruega en una primera etapa y más tarde Cuba). “Eso da más tranquilidad a la opinión pública que podría temer la repetición de los errores del Caguán”, destaca Nussio.

Pragmatismo

Para el gobierno colombiano, la elección de ambos países, también es una señal de buena disposición. Nussio considera que la animadversión entre el ex presidente colombiano, Álvaro Uribe y el dirigente venezolano, Hugo Chávez, habría impedido la participación de Caracas.

“Pero Santos es muy pragmático y quiere hacer la paz usando las oportunidades que le brinda la historia. Me parece loable que reconozca el valor de ambos países (Cuba y Venezuela). Son momentos históricos que hay que aprovechar”.

Con respecto a la posición de que un cese al fuego sería condición insoslayable para el avance de las negociaciones de paz, el profesor de la Uni Andes no está de acuerdo. Considera que, por el contrario, podría resultar contraproducente, ya que podría representar una barrera demasiado alta para empezar las negociaciones”.

“Los que van a negociar son partes de un conflicto y el lenguaje que se habla en un conflicto es el lenguaje de la violencia”, explica. El poder de negociación de cada parte es justamente el de las armas. “Y aunque suene paradójico, es perfectamente racional desde ese punto de vista de un actor armado, en un conflicto armado, mostrar su capacidad militar durante las negociaciones, lo que puede llevar a un aumento de la violencia cuando empiece el proceso”.

* swissinfo.ch