Bogotá (PL).- De linaje cordillerano, Bacatá, hoy Bogotá, fue el centro de la cultura chibcha que habitó sus tierras para el momento en que el conquistador español Gonzalo Jiménez de Quesada fundó la ciudad, el 6 de agosto de 1538. Fue también la capital de La Nueva Granada, cuando la Gran Colombia se disolvió en 1830 y desde entonces su expansión, por momentos lenta y en medio de grandes convulsiones sociales y políticas, no ha cesado.

Enclavada en el centro del país sobre una extensa planicie en la Cordillera de los Andes a dos mil 600 metros sobre el nivel del mar, actualmente su población sobrepasa los ocho millones de habitantes provenientes de todas partes del mundo. Tan diversa como lo es Colombia, la capital constituye hoy el centro cultural, político y financiero del país. Su constante transformación y universalidad le ha valido que muchos la consideren la Atenas de Suramérica.

Como casi prácticamente toda ciudad latinoamericana, su diseño es mayormente por cuadrícula, con la peculiaridad de que sus arterias se denominan carreras y calles; las primeras van paralela a los cerros, mientras las otras lo hacen en forma perpendicular. Así quien se adentra en la ciudad por primera vez cuenta con un elemento de referencia para evitar perderse en su inmensidad, sino llega a encontrarse con una diagonal o transversal.

Llegado ese momento, el único recurso que podría rescatarlo es intentar buscar con la mirada el emblemático Cerro de Monserrate, el símbolo por excelencia de Bogotá, y en cuya cima, a tres mil 152 metros sobre el nivel del mar, se encuentra el Santuario del Señor Caído.

Cual faro, resplandeciente y visible de día cuando el clima lo permite e iluminado en la noche, el visitante distraído encuentra alivio y al menos puede ubicarse espacialmente, siempre y cuando no esté en un extremo muy alejado del centro y el cerro esté en su campo visual.

En tanto en dicho centro, La Candelaria, aún conserva la atmósfera colonial del pasado de la ciudad, donde las casas con sus balcones, tejas rojas y aleros, puertas de maderas y calles estrechas se resienten al paso del tiempo. Su punto central es la Plaza de Bolívar, en homenaje al Libertador Simón Bolívar, y donde según las historia la capital comenzó su crecimiento con 12 chozas.

Allí también se colocó la primera piedra de la Catedral Primada de Colombia, al tiempo que alrededor de la Plaza se encuentran las principales instituciones de la República. Estas son el Congreso de la Republica, el Palacio de Justicia, la Alcaldía Mayor, el Colegio Mayor de San Bartolomé y la Casa del 20 de Julio donde se dio el grito de Independencia.

No muy de lejos del centro, declarado Monumento Nacional el 12 de febrero de 1963, se encuentra el corazón financiero de la ciudad con sus edificios modernos, que alberga a empresas de todas partes del mundo, siendo emblemática la Torre de Colpatria, la edificación más elevada de Bogotá con sus 48 pisos y 196 metros de altura.

Otro atractivo de la urbe es que acoge cientos de instituciones culturales y cuenta con zonas de vida nocturna de diferentes estilos y ambientes, al tiempo que la gastronomía que exhibe, tanto nacional como internacional, es un verdadero deleite al paladar. La oferta pasa por todas las cocinas reconocidas del mundo, mientras que de la criolla se pueden degustar platos de las regiones como el ajiaco, el cocido, el tamal, las almojábanas, pescados o la tan solicitada bandeja paisa.

Sin embargo, pese a su cosmopolismo y replanteamientos urbanos y administrativos, la ciudad se divide en dos; norte y sur, donde la brecha entre ricos y pobres es notoriamente visible, más allá incluso por el ingreso de sus ciudadanos. Los espacios urbanos y los bienes públicos son tan diferentes, que a primera vista pareciera que no forman parte de una misma ciudad, donde unos y otros no se mezclan ni interactúan entre sí en sus dinámicas citadinas, aunque el centro se constituye en un eje común.

Es precisamente en ese centro espacial de la ciudad, como si de un lunar enquistado se tratara, donde todos confluyen, pero de manera circunstancial, pues al final del día la inequidad se expresa en toda su dimensión. Mientras al norte se concentra la mayor proporción de hospitales, colegios, despachos oficiales y centros culturales, comerciales y gastronómicos, hacia el sur ocurre todo lo contrario, con elevados índices de insalubridad y hacinamiento.

Asimismo, otros de los grandes problemas de una ciudad en constante crecimiento y expansión de extremo a extremo es su movilidad, pues su capacidad de absorción y asimilación ha sido superada con creces, para dar lugar así a una urbe caótica en términos de movilidad.

Por otra parte, los niveles de inseguridad son elevados, al tiempo que la informalidad laboral es alta y la corrupción carcome a muchas de sus instituciones, mientras la infraestructura y el tema ambiental se suman a los desafíos que debe enfrentar Bogotá en su presente y camino hacia el futuro.

Bogotá sale al paso del siglo XXI

Las parejas de enamorados se besan públicamente en una Bogotá muy distinta a la que conoció García Márquez en las primeras décadas del siglo pasado, cuando era una ciudad lúgubre y conventual sin los aires desprejuiciados que se respiran ahora. Entonces los únicos que andaban por sus calles, cuenta Gabo, eran hombres vestidos de paño negro cerrado, con sombreros duros, que caminaban de prisa, a contraviento de una llovizna insomne que venía desde principios del siglo XVI, como aparece registrado en sus memorias.

No se veía ni una sola mujer de misericordia -lamentaba. En estos albores del siglo XXI el paisaje humano cambió de modo radical. Se diría que las mujeres han tomado las calles. Se les ve de la mañana a la noche, vestidas sin las formalidades tradicionalmente atribuidas a los cachacos o rolos, como se les llama en lenguaje popular a los habitantes de la capital para diferenciarlos de los costeños.

Así como los enamorados se acarician donde los raptos del amor los sorprendan, las féminas no se privan de mostrar las curvas de sus siluetas, las faldas mínimas y los escotes transgresores. A ojos de los forasteros, tienen fama de figurar entre las más hermosas de este costado del Atlántico.

El paisaje físico de Bogotá también se ha transformado al crecer y multiplicarse en modernas construcciones edificadas según los moldes del sistema prefabricado, revestidas de ladrillo cuyo color rojizo les otorga una luminosidad diáfana y las pone al abrigo de las erosiones naturales del tiempo.

Como en toda urbe de la mayoría de los países latinoamericanos, no es posible obviar los cinturones de pobreza que crecen al borde mismo de los Andes milenarios ni tampoco los agujeros de miseria, muchas veces subterráneos pero también visibles incluso en el centro histórico, cuya arquitectura colonial es una de las joyas bogotanas. La miseria esta ahí como un latido perpetuo.

Mientras, los jóvenes imponen su propio sello de identidad, su “pinta”, como se denomina aquí a la apariencia que identifica a un grupo social o, en este caso, a una generación completa. Los universitarios prefieren la comodidad por encima de todo, lo cual se traduce en bluyines en todas las variaciones del índigo -ajustados al cuerpo como una segunda epidermis-, tenis, blusas de algodón o una chaqueta ligera en dependencia de las variaciones de la temperatura.

Tampoco se privan -cuando el frío encarnizado o la situación lo amerita- de las botas de piel hasta media pierna con tacones altísimos, cual estiletes. Así y todo se las arreglan para mantener el equilibrio, el andar armonioso y aguantar los dolores hasta llegar a casa.

Ivonne Parra, estudiante de Ingeniería Industrial de la Universidad de los Andes, responde a quien se lo pregunte: “lo importante es que los colores combinen y me sienta bien conmigo misma”. En fin, cada uno se viste de acuerdo con su personalidad y carácter, a contrapelo de la opinión ajena.

Los negros y grises rotundos ya no abundan con la misma frecuencia de antes, mientras abren su paso desafiante los rojos profundos -impensables en la década del 70 del siglo pasado-, los amarillos y naranja ardientes antes sólo posibles en la costa Caribe, de ambiente bullicioso, parrandas constantes y desenfados.

Bogotá se desalmidona, pierde la tiesura de otras épocas y hay consenso en que devino una ciudad más cordial, pese a las tensiones y corrientazos de una violencia contenida, pero no por eso menos menos perceptible. Hay muchos que consideran casi un desafío salir a las calles pasadas las nueve de la noche.

Los jóvenes constituyen, en opinión mayoritaria, un agente impulsor de los nuevos aires que se respiran en una ciudad que, pese a la herencia católica dominante en casi todas las naciones latinoamericanas, no ha tenido más remedio que acoplarse a los vientos de modernidad y flexibilizar sus costumbres.

Ahora la recorre la esperanza de una paz posible, cercana, en el horizonte.

* Corresponsales de Prensa Latina en Colombia.