La incidencia de la volatilidad de precios globales sobre productos/commodities agrícolas en Bolivia es un fenómeno poco estudiado y merece especial seguimiento debido a que nuestro país no ha podido escapar a las subidas y bajadas de los precios internacionales en los últimos años, así como tampoco ha podido escurrirse de las crisis alimenticias a nivel global.

Además, la relación de la volatilidad de precios con algunos fenómenos específicos que hacen a las crisis alimenticias, como ser la uniformización de los hábitos alimenticios, arrojan elementos importantes que aportan al análisis del modelo productivo que se está imponiendo en el mundo entero: la agroindustria, con vistas a encontrar soluciones al hambre en el mundo. En este sentido, es superlativo que realicemos un breve resumen de lo que significan las crisis de alimentos a nivel mundial como preámbulo, para luego concentrarnos en el caso boliviano.

Crisis alimenticia en el mundo y sus nuevas características

Ya hemos vivido dos crisis en menos de cinco años (2008 y 2011) y actualmente, el mundo se encuentra en la antesala de una nueva crisis alimenticia por razones múltiples. Las lecciones aprendidas no han llegado a aplicarse debido a los intereses corporativos que están íntimamente ligados a impedir revisar y/o formular nuevos mecanismos ligados a superar las dificultades alimenticias y, por ende, el hambre en el mundo, cómo ser: medidas para impedir la especulación sobre commodities agrícolas, desincentivar la producción de agro-combustibles, impulsar una mayor coordinación productiva que evite problemas de abastecimiento debidos a fenómenos climatológicos, etc. La FAO estima que estamos, una vez más, cerca del umbral de mil millones de seres humanos crónicamente hambrientos. Y sin lugar a duda, si más factores llegasen a adicionarse, por ejemplo el aumento prolongado del precio del barril de petróleo, la cifra del hambre seguirá creciendo.

El factor preponderante de la crisis que se avecina es climático, las sequias en particular están afectando la producción en países que dominan la producción agropecuaria. Una sequia importante ya afecta el 60% del territorio de Estados Unidos, la peor desde 1956[i]. A su vez, la ausencia de precipitaciones en Rusia, Ucrania y Kazakstán, importantes productores de cereales a nivel global, deterioran aún más la oferta. Se especula que en un mes, la producción de maíz estadounidense bajó en 75 millones de toneladas y la de Rusia en 30 millones. Ambos importantes productores de cereales para los mercados globales.[ii]

Pero existen otros factores importantes parecidos al contexto del 2008, como el fomento a la conversión de commodities agrícolas en combustible. En 2008 existían mandatos en EEUU y Gran Bretaña para fomentar la producción de biocombustibles, lo que llevó a una especulación de precios que sigue vigente. Al respecto, tenemos la reciente declaración de José Graziano da Silva, Director General de FAO: “Una suspensión inmediata y temporal de la legislación estadounidense, que destina cuotas de las cosechas de maíz a la producción del biocarburante, daría cierto alivio al mercado y permitiría destinar más granos a la alimentación humana y animal”, destacó el director de la FAO.[iii]

El panorama es preocupante: el stock de maíz global se encuentra en el nivel más bajo de los últimos 6 años de acuerdo al Consejo Internacional de Granos (IGC, en inglés)[iv], y éste puede ser rápidamente absorbido si existen futuras contingencias climáticas que impidan lograr niveles óptimos de producción. De hecho, tenemos que los niveles freáticos de la cuenca del río Misisipi en EEUU han bajado de manera considerable y preocupante de acuerdo a la sobreproducción agrícola y, al mismo tiempo, son víctima de altísimas dosis de pesticidas derivadas de la gran producción agrícola de la zona, que es el seno de producción de granos más importante del mundo. Estamos ante factores que hacen insostenible la producción, los que están acompañados de la política que EE.UU ha sostenido desde décadas anteriores para concentrar la producción y crear dependencia alimenticia, a través de subsidios que han hecho imposible competir con las importaciones de alimentos, especialmente en países periféricos. Estos elementos hacen que las bajas productivas en esta zona sean un desastre para países ahora dependientes de la producción norteamericana.

Estos factores, junto a otros, agudizan el problema del hambre en el mundo y aquellos que detentan el poder para frenar esta fuerte tendencia, no hacen más que defender sus intereses políticos y económicos. Por lo menos, esa es la interpretación que podemos darle a las recientes declaraciones del vicepresidente de Cargill, Paul Conway, hechas en la Conferencia de Inversiones de CreditSuisse (AIC), que alegan que el mundo puede proveer de alimentos a 9 millones de personas si los gobiernos aseguran derechos propietarios sobre tierras y afianzan una producción de alimentos globalizada. A su vez, indicó que se necesitaría incrementar la producción global en un 70%, siempre haciendo hincapié en que los mercados agrícolas deben operar de manera más abierta permitiendo mayores flujos de alimentos a través de las fronteras.[v]

Considerando que actualmente ya se produce suficiente para alimentar el mundo, esta apreciación es prueba de que la intención no es realmente alimentar al mundo y, menos aún, asegurar una adecuada nutrición de la población mundial, sino que se busca continuar con la concentración de la cadena de producción en cada vez menos empresas para afianzar los fines de acumulación de capital y poder de las mismas. Las brechas estructurales de pobreza y hambre en el mundo continúan en proceso de crecimiento y no hay intención, desde estas esferas, de quebrarlas. El problema de la producción de alimentos no debe abordarse desde la capacidad del sistema de producción agrícola, ni en el cambio climático – aunque son aspectos cruciales–, sino que debe encararse desde la raíz: el modelo de producción que se caracteriza en esencia por una filosofía de no unidad del ser humano con la naturaleza, que se sustenta en la agroindustria y su lógica de utilización y explotación de la tierra, aprovechando al máximo hasta el último suspiro de fertilidad de la misma, y maximizando la producción en base al monocultivo, a pesar de los problemas ambientales que de ello surgen. Y este modelo, en su forma se basa en un sistema de poder cuyas decisiones políticas apuntan a diezmar con los últimos resquicios de cualquier sabiduría agrícola que atente contra los intereses de este sistema que hacen del hambre, la enfermedad y la pobreza en un negocio.

La importancia del mercado Chino en el marco de las nuevas características de la crisis alimenticia

Según lo recién anotado, no es causal que los hábitos alimenticios en el mundo sean cada vez más uniformes y homologados a la cultura de producción y consumo de alimentos occidental. Y como logro esencial de esta homogeneización, tenemos justamente el caso del gran mercado Chino. Los nuevos hábitos de consumo de corte occidental, cada vez más uniformizados, que se están insertando en el mercado Chino, junto al avance de la agricultura industrial en este país, han generado un proceso de reacomodación del mercado de commodities agrícolas a nivel mundial. El nivel de consumo cárnico en la China, así como la importación de soya para alimentos balanceados, son tan significativos que empresas comerciantes de granos cómo Cargill y Bunge, además de proveedores de insumos y tractores como Monsanto y John Deere, han ganado ingentes cantidades de dinero abasteciendo a este creciente mercado. A su vez, nos encontramos con otro fenómeno, inminente al anterior: la agudización de la lucha por el acaparamiento de tierras para la producción, el que profundiza el problema alimenticio. Este fenómeno se da debido a que el aprovisionamiento de enormes cantidades de forraje y granos para el mercado Chino ha incrementado la búsqueda de tierras en las cuales producir estos commodities agrícolas a precios bajos, en África, el Sudeste Asiático y Sudamérica.

Estas medidas de abasto asumidas por el gobierno chino se tornan en políticas contrarias a su significativa población campesina de alrededor de 800 millones de adeptos. La importación de forraje animal y soya producida por grandes proveedores, da impulso a la desestructuralización de la lógica de auto producción y autosuficiencia alimenticia de este país. El ingreso de commodities agrícolas altamente subsidiados imposibilita competir a su gente,[vi] y, lastimosamente, asegura la tendencia de descampesinización que se da en el mundo entero, que va de la mano de concentración de la producción de alimentos, creando tal dependencia que las resolución de las crisis alimenticias están cada vez más sujetas a la decisión de pocas empresas.

Bolivia en el marco de la crisis de alimentación internacional

Y nuestro país no está lejos de la realidad mencionada hasta ahora. La restructuración de las tendencias de consumo alimenticio que se han dado en la potencia asiática, se transporta hasta nuestro país de modo muy similar, claro que con sus propias características. Las preferencias alimenticias (hábitos alimenticios) en Bolivia han sufrido modificaciones importantes las últimas 4 décadas, concentrándose en el consumo de alimentos o productos derivados de la agro industria nacional muy ligada a los precios internacionales.

Al respecto, una encuesta realizada por el Instituto Nacional de Estadística Boliviana (INE) el 2004 y 2005, nos proporciona información referida a que la dieta boliviana está esencialmente compuesta por un mayor consumo cárnico, de azúcar y aceite[vii].

Por su parte, tenemos la creciente tendencia a la descampesinización en Bolivia. Indudablemente, los cambios alimenticios han modificado el requerimiento de productos en los mercados urbanos (principalmente los mayores mercados nacionales siendo La Paz, Cochabamba y Santa Cruz). La nueva dieta y estética alimentaria occidental se ha tornado en un serio impedimento a la gran variedad genética alimentaria desarrollada por generaciones de campesinos, producción adecuada a la topografía, clima y disponibilidad de suelos. Cabe resaltar que los campesinos disponen de suelos cada vez menos productivos[viii].

Hacia el 2000 la agricultura campesina aportaba (como oferta de alimentos para el consumo interno) sólo el 38,8%. La agricultura empresarial y semiempresarial aportaban con el 44,6% y los importadores con el 18,6%. En la década de los setenta, se estimaba un aporte de la agricultura campesina hasta en un 75%. Estudios recientes muestran que en el año agrícola 2005/2006 la producción campesina concentraba el 25% del total producido, la producción campesina en el periodo 2008/2009 representaba ya solo el 21,6%[ix], mostrando con claridad que la producción de los llanos se torna rápidamente en la región más importante de producción agrícola. Otros estudios actualizados sitúan a la producción campesina como proveedor de menos del 20% de la producción de los alimentos a nivel nacional.[x]

Además, si tomamos en cuenta que las unidades productivas familiares campesinas/indígenas no solamente producen alimentos para el mercado, sino que producen para su autoconsumo, la pérdida de su actividad económica les quita tanto su herramienta para generar dinero en el mercado, como su capacidad de ser autosuficientes en su alimentación, engordando la población dependiente de productos alimenticios industriales y erosionando las condiciones de seguridad y soberanía alimentaria del país en su conjunto[xi].

Consecuencia de esta tendencia ascendente de la agroindustria, tenemos que más del 80% de la producción está en manos de los medianos y grandes productores de Santa Cruz y, en muchos de los casos, en sociedad con la agroindustria. Tomando en consideración lo recabado por Miguel Ángel Crespo (PROBIOMA), Santa Cruz aporta con los siguientes alimentos producidos a nivel nacional: 62% del arroz; 43% del trigo; 40% del maíz; 100% de la soya; (datos 2008);30 a 32% de las hortalizas; 40% de la papa producida (que consiste en tres tipos de papa holandesa introducidas)[xii].

Observando esta tendencia podemos indicar que con cuatro cultivos importantes (arroz, trigo, maíz y soya), Santa Cruz se convierte en el departamento más importante para hablar de seguridad alimentaria dentro de las nuevas tendencias alimenticias.[xiii] Al mismo tiempo, el que la agricultura tradicional se encuentra en tierras deprimidas donde se ha producido procesos de erosión importantes de los recursos productivos, ocasiona una crisis de productividad acompañada de desplazamientos migratorios hacia áreas urbanas y pobreza.

No menos preocupante es que casi un tercio del área cultivada de Bolivia, que oscila entre 3 millones de hectáreas, es producción agroindustrial producida preferentemente para la exportación; además, ésta es producida en las mejores tierras cultivables del país. Nos encontramos con que los suelos más productivos del país se encuentran a disposición del intercambio de commodities agrícolas al mejor postor y no para asegurar la seguridad alimentaria local[xiv].

Finalmente, como anunciamos al iniciar este artículo, la producción de alimentos está cada vez más ligada a los vaivenes del panorama internacional. No es de extrañar entonces que los precios locales de alimentos estén ligados a los precios internacionales, que la inversión sea en extremo reducida y que sea la agroindustria la protagonista de este escenario.

Siendo un país con per cápita de 1687$ de los cuales el 67% se va a la compra de alimentos[xv], y viendo que la tendencia es motivar el tipo de producción agroindustrial y empresarial, el estado se encuentra dificultado de poder controlar los precios a nivel interno, dado a que los precios son impuestos de modo externo. (Por ejemplo, las bolsas de valores de Rosario y Chicago definen precios de intercambio de commodities agrícolas en el contexto local)

A pesar de los esfuerzos realizados por el Estado nacional boliviano para controlar las tendencias globales de los precios, los gráficos 1, 2 y 3 reflejan curvas de precios similares a las curvaturas de precios internacionales crisis mundial de precios del 2008 y la actual. Los precios de aceite de cocina, pollo y carne con hueso, que son alimentos básicos, están muy ligados a precios internacionales. Es importante actuar con cautela y ver si los precios de productos mencionados en nuestro país empiezan a seguir las tendencias desde el nivel global.

Aunque actualmente los costos de harina siguen estables para el consumidor, necesariamente se tendrá que subsidiar aún más por parte del Estado para poder mantener los precios del pan y derivados.

Algunas consideraciones sobre los procesos de homogeneización de los hábitos alimenticios

El diagnóstico que acabamos de exponer revela que nuestro país no está pudiendo escapar a las tendencias de producción, distribución y consumo de alimentos dominada por cada vez menos megaempresas que no tienen en realidad la intención de alimentar a la población, sino que pretenden dominarlas a través del estómago, decidiendo qué se come, a qué precio, cuánto y quién come. La pérdida de nuestro campesinado y una mayor dependencia alimentaria hacia un sistema agro industrial enfocado en la exportación de commodities agrícolas hace de Bolivia un país vulnerable hoy y mañana ante el la incidencia de la volatilidad de precios a nivel global. Es hora de invertir en una agricultura enfocada a satisfacer las necesidades de la población boliviana o tendremos serios problemas para alcanzar la seguridad alimentaria en Bolivia.

La diversificación de nuestros hábitos alimenticios está íntimamente atada a una renovación de un carácter soberano para la sociedad. Si no fortalecemos a nuestros productores que representan el 30% o más de nuestra fuerza laboral, tendremos una dependencia absoluta de comida altamente subsidiada y contraria a los intereses de una masa poblacional campesina importante.

La uniformización de la oferta alimenticia va de la mano de la uniformización de los hábitos alimenticios, y ambos devienen de los procesos de homogeneización culturales y económicos. La producción de alimentos y los procesos culturales de consumo de los mismos se corresponden con modelos culturales y económicos específicos. A nuestro modo de ver, tenemos dos modelos: aquel que en su filosofía propone la unidad del ser con la naturaleza y que incurre en procesos de producción y consumo complementarios con los ciclos, periodos y características de la tierra, con el fin de mantener el equilibrio ambiental. Estos modelos mantienen la diversidad de alimentos, así como mantienen diversidad de hábitos alimenticios. A este modelo corresponde la agricultura tradicional y campesina.

Por el otro lado, tenemos aquel modelo cuya filosofía asume a la naturaleza como un medio para producir al máximo, exprimiendo a la tierra para sacar lo más que se pueda de ella, a través de la homogeneización de la producción y el monocultivo. Este modelo se caracteriza por la homogeneización de alimentos y de los hábitos alimenticios, rompiendo con la biodiversidad y la variedad, y es, además, el que se ha impuesto alrededor del globo terrestre, rompiendo la autodeterminación productiva de los pueblos y de los individuos, y acaparando la cadena de producción en cada vez menos manos.

La pérdida de diversidad de técnicas productivas, así como de la riqueza genética de nuestros productos agrícolas, que son necesariamente un patrimonio nacional intangible, como parte del proceso de uniformización que acabamos de describir, es realmente preocupante. Una producción diversificada aporta con oligoelementos importantísimos para la nutrición y desenvolvimiento de la población, aportándole condiciones fundamentales para mantener una identidad individual y social autónoma-autosuficiente, tanto a nivel de alimentación, como social y económico en general. Lastimosamente, como hemos visto en este ensayo, el proceso que se vive en nuestro país es precisamente el que se está dando a nivel internacional: la uniformización de los modelos de producción, junto a la homogeneización de los hábitos alimenticios, que nos hacen dependientes y nos sujetan a las subidas de precios internacionales.

Notas:

[ii] Bolpress. Se viene la tercera crisis alimentaria. www.bolpress.com/print.php?Cod=2012080901&p=1

[iii] AFP (15/08/2012).La FAO urge a Estados Unidos a suspender la producción de etanol de maíz. http://www.google.com/hostednews/afp/article/ALeqM5jRQCn7H86gDA6ypQRg_enMqacdsw?docId=CNG.e384d9807dd23669de0c0e17437007c2.c81

[v] The Financialist. Food for nine billion? Yes we can. http://www.thefinancialist.com/food-for-nine-billion-yes-we-can/. 17/08/2012

[vi] GRAIN. ¿Quién alimentará a China: Los agronegocios o sus propios agricultores? Las decisiones de Beijing repercuten alrededor del mundo.

[vii] Los datos recabados se distribuyen de la siguiente manera: 20,4% en pan y cereales, 20,2% en carne, un 12,3% en legumbres y un 25% del gasto total en consumo de alimentos fuera del hogar, tendencias que responden a procesos de urbanización (Encuesta Instituto Nacional de Estadísticas -INE- 2004).

[viii] Si a este patrón de crecimiento de cultivos industriales le sumamos el hecho de que las unidades productivas campesinas e indígenas se ubican en su gran mayoría en la zona occidental del país –según datos de Ormachea, 225,000 mil unidades se ubican en la región altiplánica, 164,000 mil en los valles y 57,000 mil en los llanos[viii]–, encontramos entonces que, por un lado, la zona favorecida es la oriental del país y, por otro, la gran mayoría de las unidades productivas campesinas indígenas no tienen las suficientes condiciones para desenvolver su actividad económica, acceso a recursos naturales (agua y tierra) y van perdiendo sus mercados.

[ix] Ormachea Saavedra, Enrique. CEDLA. Soberanía y Seguridad Alimentaria en Bolivia: Políticas y estado de la situación. La Paz 2009.

[x] Crespo, Miguel Ángel. PROBIOMA. El mito de la seguridad y soberanía alimentaria en Bolivia. 6 de Julio 2010.

[xi] Rivera, Arispe, Maya y Sergio. ¿Quién decidirá quién come y a cuánto en Bolivia? Una mirada al contexto internacional y nacional. Le Monde Diplomatique, Bolivia. Mayo 2011.

[xii] Datos proporcionados por Miguel Ángel Crespo en Marzo de 2011.

[xiii] Crespo, Miguel Ángel, Op. Cit.

[xiv] Según datos del INE, contrariamente a lo que generalmente se supone, Bolivia no se caracteriza por tener grandes extensiones de tierras aptas para la agricultura. Los suelos arables tipo I y II, sin restricciones, ascienden a 16,840 km2 (1.5% del total de la superficie del país), y los suelos con restricciones tipo III y IV abarcan 286,780 km2 (26,1% de la superficie total) y mayoritariamente se encuentran en el departamento de Santa Cruz

[xv] Pérez y Medeiros, José Antonio y Gustavo Ignacio. La inversión pública en la agricultura: El caso de Bolivia. La Paz, Enero de 2011.

* Fuente: thunhupha.blogspot.com