A Lucho Revollo, lo conocí defendiendo a los Tsimane´, en San Borja-Beni.La oficina a su cargo estaba haciendo un informe sobre las persistentes violaciones a los derechos humanos que sufren los hermanos del pueblo Tsimane´, especialmente aquellos que viven en situación de aislamiento geográfico y en contacto inicial intermitente con la sociedad nacional.

Nosotros trabajábamos con el Gran Consejo y con la Confederación Indígena, con la CIDOB. Veníamos de hacer un relevamiento de la situación entre las comunidades de la cuenca alta del río Maniqui, y frente a los abusos evidentes, habíamos comenzado a decomisar motosierras e incautar madera, que llevamos hasta las oficinas de la Autoridad de Bosques en San Borja. Uno de los miembros de esa comisión fue Alejandro Cayuba, uno de los fallecidos en ese maldito accidente en Yolosita, durante la realización de la IX Marcha Indígena.

Lucho, encabezó un encuentro donde los directivos del Gran Consejo y otros representantes del pueblo Tsimane´ se reunieron con todos aquellos que, con sus actividades económicas ilegales, estaban invadiendo el territorio tsimane´ y por ende, violando sus derechos.

Era algo inusual ver juntos, en un mismo espacio, en el salón de reuniones de la sede Tsimane, a los indígenas –algunos llegados a la cita tras varios días de navegación en canoa- con madereros, jateteros y oreros, la crema y la nata de los invasores. Los indígenas dejaron en claro que no querían más ser agredidos, humillados y avasallados por el motivo que fuere, y que los aludidos no debían ingresar más en su territorio. Uno de los presentes, del sector de los comerciantes jatateros, cuya historia de violaciones a los derechos humanos de los Tsimane tiene más de medio siglo, llegó a decir entre otras barbaridades que si ellos se iban, los Tsimane´ se morirían de hambre, lo cual originó gritos de rechazo y condena, encendiendo los ánimos.

Lucho, mantuvo la calma durante todo el evento, pero cuando le tocó hablar, tras las acusaciones y los supuestos descargos, fue claro y directo con todos aquellos que creen que los territorios indígenas están de adorno y que los indígenas son simplemente carne de explotación, de engaño, de discriminación y de maltrato. Les dijo con firmeza que la oficina a su cargo respaldaba de manera incondicional la exigencia de los hermanos Tsimane´ y que si ellos decían que debían abandonar el territorio, pues debían hacerlo, que si no debería actuar la fuerza pública en defensa de los derechos de los siempre desprotegidos, y que él mismo haría las gestiones que correspondiesen.

Ese día, donde se me mezclaban las experiencias vividas en la selva con el hecho de haberse logrado convocar a todos los agresores y que estos concurrieran a la reunión de marras –era irreal verle las caras a todos juntos-, sentí que la Defensoría del Pueblo servía para algo y que ese señor que la encabezaba en el Beni, era un hombre cabal, de principios, alguien verdaderamente comprometido en la defensa de los derechos humanos. Ese hombre era Luis Revollo y me acabo de enterar de su fallecimiento.

La última vez que lo vi en persona, fue en marzo de este año, en su oficina en Trinidad. Fue una reunión cargada de acechanzas y de malos presagios, donde Lucho –con la confianza que nos teníamos y la nobleza por delante- anticipó un posible desenlace a su gestión, producto de las circunstancias que son públicas. Ni modo, ahora es la vida la que impuso un desenlace, pero a su destino. Mis condolencias a todos sus familiares, y a todos aquellos que lo estimaban, especialmente sus paisanos del Mamoré.

Lucho Revollo ha partido. Personalmente, seguiré siempre agradecido por los puntuales y esclarecidos favores que me hiciste. Por ello, no te olvidaré, hermano. Te recordaré como lo que fuiste: un defensor de los derechos humanos, un amigo, un buen tipo. Paz en tu tumba, viejo, aunque duela, aunque entristezca, aunque uno se sienta más solo.