Posee grandes ojos de un azul glacial y mirada intensa e inquietante. Tiene un rictus turbador y hace gestos extraños. Se mueve entre el delirio y la cordura. Y por momentos parece un orate al que han dado pase por ser día festivo. O un actor al que incluyen en su vestuario una camisa de fuerza.

En 40 años de carrera cinematográfica Klaus Kinski (1926-1991) participó en más de 250 filmes. Primero en pequeños roles o como maleante de rostro patibulario en los spaghetti western, tales como Yo soy la revolución, de Damiano Damián, y La muerte tenía un precio, de Sergio Leone. Pero luego se convirtió en astro después de esos papeles secundarios gracias al realizador alemán Werner Herzog. Un cineasta cuya obra, plena de soledad y de imposibles, está poblada por seres laterales sobre quienes pone sus sensibles y escrutadores ojos.

Un hombre que le hace entrar en la historia del cine con cinco magistrales interpretaciones en los filmes Aguirre, la cólera de Dios, epopeya lírica de un conquistador español ambicioso y brutal. Nosferatu, el vampiro, versión del clásico del expresionismo alemán. Y Woyzeck, historia de un infeliz soldado víctima del abuso de todos los que le rodean. Sin olvidar Fitzcarraldo, asunto sobre un fanático de la ópera que sueña con llevar al gran Caruso a un teatro en el corazón del Amazonas.

Y Cobra verde, argumento que narra el ascenso y caída de un dramático personaje que, ya en la cúspide, pierde todo su poder y sus días finalizan tristemente. Pero quizás el mejor argumento sea la propia vida de Kinski, relatada en su biografía titulada “Necesito amor”. Un libro raro y sorprendente. A veces cínico y con frecuencia insolente. Escrito por un mitómano genial. Por un personaje desmesurado y fantástico.

Como cuando narra que de niño su familia no vive en la pobreza sino en la miseria más absoluta. Duermen seis en la misma habitación y la misma cama. Y las ratas les pasan por encima. Todas las mañanas se levantan devorados por las pulgas. Y se lavan con arena en las fuentes de la calle. O describe etapas de su adolescencia. Años sin ternura ni esperanza. El estallido de la guerra y su deserción del ejército nazi. Los inicios como actor. Cuando rompe todos los cristales del teatro donde actúa porque no cumplen la promesa de darle el papel principal de varias obras y lo despiden y lanzan a la calle.

O los años de vida bohemia y vagabundeo. El regreso al escenario con piezas de Cocteau y de Ibsen. Y su encierro en un manicomio de Berlín donde, según expone, “me aplican electrochoques y sumergen en agua helada. Y donde aprendí a no ceder a la desesperación ni a la tristeza porque eso debilita el odio”.

Cuando sale del hospital pasa de un teatro a otro. Hasta hace giras fuera del país y actúa en Venecia y en París. Unas veces tiene buena situación económica y otras ni un centavo. Entonces friega montañas de platos o trabaja en los muelles descargando mercancías. O le escribe a Cocteau pidiéndole ayuda. Y el poeta le contesta:

“Querido amigo, me gustaría compartir contigo todos mis bienes. Por desgracia, no tengo nada. Vivo gracias a la generosidad de los demás. Estoy enfermo y con un pie en la tumba. Te envío un dibujo que probablemente podrás vender”.

Kinski dice en su libro, revelando así la imagen que tenía de sí mismo, que había nacido como una bestia con garras. Y que si no hubiera sido actor se habría convertido en un asesino o en un mártir. “Soy una especie de catástrofe natural”, añade en otra parte. Y no había exagerado. Así su borrascosa vida privada. Tres matrimonios y tres hijos. Entre ellos la heredera de su talento, la bellísima Natassia. Inolvidable protagonista de Tess, de Roman Polanski.

Así, también, la ruptura con quienes más amaba: su hija y Herzog. Y con el mundo del cine y sus realizadores. A los que vomita palabras de fuego. No escapando ni Kubrick, ni Spielberg, ni Polanski. A quienes, como a Herzog, tilda de idiotas.

Kinski, que se expresó siempre con la máscara de la locura y el delirio. Y las excentricidades eran parte de su personaje apocalíptico, no titubeó incluso en tirarle la puerta en la cara al mismísimo Fellini, acusándolo de proponerle un contrato “indigno de su genio”. Y de definir a Roberto Rosselini, padre del neorrealismo, como “un glotón de espaguetis”.

Nacido en Polonia, naturalizado alemán, los últimos años del actor fueron más apacibles, en su lujosa casa, cerca de San Francisco, en California, junto al menor de sus hijos. Allí, en medio de los bosques, es probable que muriera proyectando, como Aguirre, el alucinado de la jungla amazónica, otras empresas imposibles.

Cuanto a su última película, fue una delirante biografía de Paganini, el legendario violinista y compositor italiano, rodada tres años antes de desaparecer, con la que debutó en la dirección.

* Colaborador de Prensa Latina.