Con el transcurso de los años, muchos de los patrones tradicionales de atracción y relación de parejas han cambiado, mientras otros se mantienen en determinadas culturas y hasta se han convertido en moda.

Junto a Hamlet y Macbeth, es Romeo y Julieta una de las obras más populares referidas al amor, todas ellas del escritor inglés William Shakespeare. Romeo y Julieta (1597) cuenta la historia de dos jóvenes enamorados que a pesar de la oposición de sus familias, rivales entre sí, deciden luchar por su amor, y una serie de fatalidades conducen al suicidio de los dos amantes.

Esta relación entre sus protagonistas los ha convertido, a través del tiempo, en una historia increíble de amor, en un paradigma a imitar. Pero con el transcurso de los años, muchos de los patrones tradicionales de atracción y relación de parejas han cambiado, mientras otros se mantienen en determinadas culturas y hasta se han convertido en moda. Así, una estudiante que vivía en el norte de Londres, viajó a Filadelfia para someter sus glúteos a inyecciones de silicona, pero murió tras sufrir dolores en el pecho y problemas respiratorios desencadenados por la operación.

La silicona se ha transformado en una moda para “mejorar” el posible déficit de la anatomía, no importa el peligro que ello implique, ni es exclusiva de las más jóvenes; muchas mujeres maduras también la utilizan, no obstante las prohibiciones que en muchos países existe al respecto.

Al preguntársele a una muchacha el por qué accedía a ese proceso, dijo: “quiero tener uno de esos traseros grandes que hacen voltear las miradas deseosas de los hombres… Vaya, es broma, sólo quiero tener lo suficiente para llenar mis jeans”. Son peligrosos ardides para atraer pareja, cosas increíbles por “el amor”.

El amor y algo más

Un equipo internacional de expertos logró determinar la zona del cerebro donde se originan el amor y el deseo sexual, dos áreas distintas pero relacionadas entre sí. La ínsula de una parte de la corteza cerebral plegada dentro de un área entre el lóbulo temporal y el lóbulo frontal, y el cuerpo estriado, en el interior del cerebro anterior, son los responsables de esos sentimientos.

Para localizar el lugar, investigadores de la Universidad Concordia, Canadá, de Sycaruse y Virginia Occidental, Estados Unidos, y el Hospital Universitario de Ginebra, Suiza, analizaron resultados de estudios que examinaban la actividad cerebral mientras los sujetos observaban imágenes eróticas y fotografías de seres queridos. Nadie había colocado estos dos sentimientos juntos para ver cuáles eran los patrones de activación explica el profesor Jim Pfaus, quien dirigió el estudio.

No sabíamos qué encontraríamos, pensamos que ambos estarían completamente separados, pero resultó que el amor y el deseo activan áreas específicas, pero vinculadas en el cerebro, manifestó. Asimismo destacó que mientras el placer sexual tiene un objetivo muy específico, el amor es más abstracto y complejo y por lo tanto menos dependiente de la presencia física de otra persona.

El área activada por el deseo sexual, también se modifica por cosas agradables, como la comida, en tanto, la zona del amor se ubica también en la parte del cerebro que se asocia con la adicción a las drogas. Pfaus, explica que el amor es un hábito formado a partir del deseo sexual cuando este se ve recompensado, por lo cual funciona de la misma forma en el cerebro como cuando las personas se vuelven adictas.

Ese sentimiento alocado y alegre que es el amor, causa cambios en las concentraciones de testosterona, tanto en hombres como en mujeres, que flexibilizan las características típicas de ambos. Existe una sola clase de amor, pero hay miles de copias, aseguraba el escritor francés François de la Rochefoucauld en el siglo XVII.

Cuatro siglos más tarde, para Semir Zeki, neurobiólogo del University College de Londres: “el desafío es detectar qué determina estas diferentes copias en cada persona”. Cuando se ama a alguien, sea a la pareja, un hijo o a la Humanidad, se cree que es el corazón el mensajero… pero la pluma, el papel y aún el mensaje están dictados por el cerebro y el músculo cardíaco, es sólo eso: fuerza involuntaria, un testigo pasivo. Y es que por más que se resista, el amor también entra por los ojos.

Una investigación de Daniela Schiller, neurocientífica de la Universidad de Nueva York, señala que las mismas regiones que se usan hace miles de años para decidir la importancia de objetos del entorno, son las que hoy permiten hacer una primera impresión de las personas. Y aquí es cuando los científicos se hacen una pregunta: ¿qué hace al amor tan importante como para que un área del cerebro se adapte, evolucione?

En otro orden de cosas, un estudio publicado en British Medical Journal (Revista Médica Británica), los doctores John y David Gallacher, de la Universidad de Cardiff, en Gales, aseguran que, en promedio, la gente casada vive más, las mujeres tienen una mejor salud mental y los hombres un estado físico superior.

El matrimonio y otras formas de relación pueden ser colocados en una escala de compromiso: entre mayor el compromiso con la pareja, mejor el beneficio para la salud. Y qué decir de un ensayo llevado a cabo en la Universidad de Rochester cuyos resultados aseguran que el mero hecho de vestir una camisa de color rojo o estar bordeado por un marco de tonalidad rojiza en una foto, hace a un hombre más atractivo y sexualmente deseable para una mujer y que éstas no son conscientes de este efecto incitante.

Parece que en este campo no hay tantas leyes como en la física ni en la química. Sino, son cosas del amor, se quiera o no.

¿Tiene dueño la escoba?

Un estudio reciente, realizado en parejas de 13 países, destaca una verdad de Perogrullo: las mujeres se sienten más atraídas por hombres colaboradores en casa, aquellos capaces de comprender que los quehaceres domésticos no tienen género. En la Universidad de Oxford, un equipo de expertos llegó a tales aseveraciones, al demostrar que ellas ya no desean compañeros a quienes “atender” como en los viejos tiempos, sino esposos que comparten tanto las tareas hogareñas como el cuidado de los niños.

El informe, que analizó los vínculos de parejas en 13 países, concluyó que Suecia, Noruega y Gran Bretaña son las tres naciones con relaciones más igualitarias entre hombres y mujeres. Consultó el equipo de la Universidad de Oxford a 13.500 hombres y mujeres entre 20 y 45 años sobre temas de género, tareas domésticas y responsabilidades para cuidar a los hijos. Basado en las respuestas, cada país recibió una puntuación por el “índice igualitario”.

Según el informe, las mujeres en naciones menos igualitarias terminaron entre un 20 y un 50% con menos oportunidades de establecerse con un hombre. Y es que las mujeres no desean como estilo de vida matrimonial la carga de todo el andamiaje hogareño sobre sus hombros; ella por lo común también se esfuerza, compite en el mundo público y siente como injusto que en el ámbito privado siga siendo la responsable y la más aportadora.

Ellas quieren terminar con esa historia de las “tareas tradicionalmente asignadas a mujeres”, sostiene el informe. Por ello, es lógico y comprensible para cualquiera que donde los esposos forman sociedades igualitarias en el hogar, las cuales incluyen los deberes para con los hijos, mantengan un vínculo más armónico y reflejen mayor grado de comprensión hacia los problemas del otro.

En Latinoamérica, estos asuntos no se comportan de igual manera. Hoy por hoy, aunque las mujeres constituyen una fuerte competencia para los hombres en el mundo laboral, tienen un prestigio reconocido, incontables aportan tanto o más dinero a la familia que su compañero, en el interior de los hogares muchos hombres siguen reticentes a asumir la parte correspondiente en las labores domésticas.

Hasta mediados del siglo pasado, todo estaba claro para hombres y mujeres: ellos trabajaban en la calle y mantenían económicamente a la familia. Ellas, convertidas en “madresposas”, amantes y serviciales, tenían su reinado en el hogar. Para la familia, la vida transcurría de manera ordenada: ellos, dueños del espacio público y ellas, señoras del otro, de ese espacio privado donde él llegaba a descansar con su famoso periódico debajo de brazo.

Como este patrón denominado por los expertos “modelo patriarcal” resultaba injusto, conocemos lo que pasó cuando ellas rompieron lanzas contra todo cuanto fuera discriminación y subordinación femenina. Aunque una buena cantidad de hombres comprende que es un problema de justicia colaborar con su compañera cuando ambos trabajan fuera, se hacen los desentendidos porque realmente los quehaceres domésticos son tediosos, y no hay creatividad cuando se friega platos o se limpia el piso; físicamente agota, además.

Pero el trabajo hogareño es imprescindible para la existencia de todo ser humano que necesita estar alimentado, vestido y vivir en un ambiente limpio y dispuesto a fin de satisfacer las necesidades vitales. Tanto los hombres como las mujeres necesitan de ello.

Sin embargo, la organización patriarcal, la cual estableció una división sexual de las tareas partiendo la economía en actividades reproductivas no remuneradas (con una menor valoración social) y las actividades productivas asalariadas, es un asunto que sigue en la tradición y se refleja en el imaginario colectivo de muchas sociedades.

Diversos estudios internacionales y cubanos demuestran que el tiempo consumido para la realización de las tareas domésticas es un mucho más amplio que las ocho horas laborales habituales. Comienza desde el despertar y no acaba hasta el momento de ir a dormir. Como resultado de esa realidad, algunos países están reformando la legislación con el objetivo de contemplar la seguridad social para las personas que ejercen este trabajo, sea como amas de casa o como empleadas domésticas.

Lo toman en cuenta igualmente para legislar la distribución de los bienes acumulados durante el matrimonio, en caso de divorcio.

Aunque no cabe dudas que si esta fuera una dificultad fácil de resolver, ya estaría vencida la tarea. El meollo del asunto se encuentra en que es un fenómeno complicado, el cual proyecta sus raíces en un tejido sociocultural muy añejo.

A veces se aprecian progresos en la proyección de las mujeres como trabajadoras y no se “miden” con la misma vara los avances logrados (o no) en la educación doméstica, en la participación igualitaria de las labores hogareñas. He ahí la significativa importancia del estudio reciente de la Universidad de Oxford, al colocar en la agenda pública un tema de total actualidad.

* Colaboradores de Prensa Latina.