En 1815 Suiza peleó por última vez en un conflicto internacional, pero esa nación, famosa desde entonces por su neutralidad, posee hoy uno de los mayores índices del continente europeo en posesión de armas de fuego y también de suicidios por esta vía. Contrario a viejos mitos de pacifismo, Suiza ostenta un ejército profesional y un sistema de milicia, el cual estipula que los soldados deben mantener en casa sus equipos personales.

Por eso no es de extrañar que en 2007, el 37,5 por ciento de los domicilios del país tuvieran armas de fuego, pues el acceso a estas en Suiza es superior al promedio continental. Ese mismo año, el Ministerio de Defensa, Protección de la Población y Deporte estimaba que los hogares suizos guardaban unos 2,2 millones de armas de fuego y, de ellas, unas 535 mil pertenecían al ejército.

No obstante, otro estudio realizado por el Instituto de Investigación de Ginebra, consideraba que tal cifra alcanzaba un total de hasta 3,4 millones de esos dispositivos en las viviendas helvéticas. En la actualidad, el país posee alrededor de dos millones y medio de armas de fuego en manos privadas, lo que representa la mayor tasa per cápita en Europa, y la cuarta más alta del mundo.

Pero tanto armamento circulante también acarrea consecuencias en un indicador sumamente negativo como lo es el suicidio. En Suiza, más de mil 300 personas se suicidan cada año, mientras más de 300 fallecen en incidentes relacionados con armas de fuego, lo cual como demuestran diversas estadísticas no es algo nuevo.

De 1996 a 2005 se llevaron a cabo 3.410 muertes por esa vía en el país, mientras que en 2006, Suiza se situó segunda en este acápite, sólo superada por Estados Unidos, que encabeza la lista mundial con casi el 57 por ciento de las fatalidades. Hoy día, los cantones con mayores tasas de suicidio son Uri, Obwalden, Nidwalden y Schwyz, que son al mismo tiempo los de más alto índice de posesión de armas de fuego, revela la coordinadora de la organización contra el suicidio Stop Suicide, Anne-Marie Trabichet.

Para Trabichet, la solución al problema empieza por hacer cambios en la vigente legislación y para ello se apoya en los casos de Canadá y Austria. En la década de 1980, Canadá modificó sus leyes y la propiedad de armas se redujo de 31 a 19 por ciento. En consecuencia, el número de muertes autoinflingidas decayó en su conjunto, del 32 al 19 por ciento. Igualmente en 1997, la vecina Austria varió su código legal para restringir el acceso a las armas de fuego. De ese modo, entre 1998 y 2005, el país vio una reducción anual del cinco por ciento en los casos de suicidio.

Cada año en Suiza, mueren cuatro veces más personas por suicidio que por accidentes de tráfico.

Sin embargo, el tema es un gran tabú, reconoció Trabichet, al explicar que la mayoría de las personas no son conscientes de la magnitud del problema.

“La disponibilidad es determinante para la elección del método”, dijo el sociólogo de la Clínica Universitaria de Psiquiatría de Zurich, Vladeta Ajdacic-Gross, al portal swissinfo. “El fácil acceso a los medios letales eleva la probabilidad de que alguien los utilice y en Suiza son descansadamente accesibles”, afirmó.

“Muchos suicidios son de naturaleza pasajera, impulsiva. Eso quiere decir que la decisión de hacerlo es tomada en un brevísimo lapso de tiempo”, subrayó Ajdacic-Gross. Por ello, explicó el experto, la accesibilidad al método desempeña en esos momentos un papel crucial: “si alguien tiene que esforzarse para conseguir el instrumento mortal, ya es en sí un gran factor de prevención”, agregó.

A su juicio, los hombres son más propensos a quitarse la vida con un arma de fuego: en 2010 representaron el 95 por ciento de las fatalidades por esta vía, en tanto un tercio del total de varones suicidas optaron por ese camino. Ello se debe a que los hombres saben utilizar mejor las armas de fuego. En cambio, las mujeres son menos hábiles en el manejo de estas y por eso casi nunca las usan para suicidarse, acotó.

El mercado gris y los excedentes el ejército

El llamado mercado gris deviene también un problema: en 1999, una ley federal estableció que las ventas de armas entre los individuos no tenían que estar registradas. En 2008, el Consejo Federal modificó su decisión, pero una gran cantidad de esos artefactos se perdieron en el camino.

En una reciente entrevista con La Tribune de Geneve, el jefe del Servicio de Armas de la policía de Ginebra, Bernard Bersier, dijo que durante esos nueve años, las autoridades le perdieron el rastro a más de 20 mil armas. En la actualidad, la venta anónima está prohibida, pero es casi imposible controlar todas las transacciones. Las fuerzas policiales sólo actúan cuando alguien denuncia un abuso o sospecha.

No obstante, tanto la policía cantonal, como las autoridades judiciales y el ejército han creado grupos de trabajo para establecer formas de intercambio de información sobre las investigaciones penales relacionadas con los soldados y su equipo. Pero tales medidas responden también a otro problema como el excedente de armas provenientes del Ejército, pues hoy en día, de los 2,5 millones en circulación, al menos 1,5 millones están relacionadas con las fuerzas armadas, ya que los suizos guardan en casa en tiempos de paz sus aditamentos para casos de guerra.

De acuerdo con el psicólogo helvético Philip Jaffé, los suizos tienen una idea romántica de defender su cultura e independencia, como parte de una mentalidad donde cada ciudadano es un soldado y en la que las armas de fuego juegan un papel importante. Ello en parte explica la derrota en 2011 de una iniciativa destinada a crear un registro nacional de armas, que pedía además la prohibición de aquellas consideradas más peligrosas y exigía que los conscriptos guardasen su equipo militar en el cuartel.

Sin embargo pese al revés, persiste la reticencia ciudadana: Cada muerte es una de más, y toda arma que circule por ahí, ya sea controlada o no, es un peligro potencial, dice el secretario político del Grupo por una Suiza sin Armas, Christophe Barbey. No hay ninguna necesidad estratégica de que más soldados mantengan su armamento en casa, dice Barbey. “Esos tiempos han pasado”, añade.

¿Cuántas víctimas más necesitaremos antes de cambiar las cosas?, se pregunta el activista.

* Periodista de la Redacción Europa de Prensa Latina.