Una falsa polémica con tintes racistas intenta ser instalada en Bolivia a propósito del próximo censo de población y vivienda a ejecutarse en noviembre. La categoría mestizo no está incluida en la boleta. Los principales actores, como siempre, son militantes de partidos de derecha, que intentan arrastrar a políticos del gobierno de Evo Morales.

A la hora de enfrentar al espejo y comprobar facciones morenas, mucha gente ha buscado blanquearse a cualquier costo, beneficiando solo a las empresas que prometen semejante milagro. En Bolivia, desde principio hasta pasado el medio siglo XX, los fabricantes de la crema “Bella Aurora” lograron pingües ganancias con el ungüento que prometía evitar las barreras del cutis moreno y garantizaba romance y felicidad en solo cuatro semanas.

El racismo, seguramente fue fundado por el zoólogo Johann Friedrich Blumenbach en 1775 para quien el Cáucaso era la cuna de la humanidad y por tanto la raza caucásica estaba en la cumbre jerárquica de la humanidad. Con esa creencia, este imbécil sostenía el derecho de los europeos a humillar al resto.

Para éste la humanidad estaba formada por una pirámide de cinco pisos. Arriba desde luego los blancos. Tal pureza fue arruinada por las razas de piel sucia. Probablemente se refería a los mestizos. A los blancos, les seguían los australianos, los indios americanos, los amarillos asiáticos y en el sótano los negros africanos.

Durante ese mismo siglo, la depresión de los nacidos en Latinoamérica era tanta, que los reyes de España y Portugal husmearon otro excelente negocio. Comenzaron a vender “certificados de blancura”, que milagrosamente convertían en blancos a los mestizos que pudieran pagar. No importaba que su piel fuera muy oscura. El certificado les garantizaba blancura.

Durante la colonia, los españoles o “chapetones” eran los que mandaban y ocupaban todos los cargos administrativos. Ni sus hijos, nacidos en América de padres españoles, tenían tantos derechos, pues eran solo “criollos”. Los mestizos, hijos de españoles en indígenas, estaban como los africanos en el sótano. Así nos tienen hasta ahora.

En el oriente, los descendientes de españoles, no se animan a decir que son blancos de toda blancura, aunque siguen cantando a la España grandiosa. De vez en cuando se tamborilean el pecho gritando que son cambas, pero a la hora del censo, prefieren echar marcha atrás y registrarse como mestizos. ¿Por qué el temor a decir que son blancos? Tal vez le tienen cierta suspicacia al Estado Plurinacional.

En el occidente, concretamente en La Paz, surgieron los “jailones”. Una clase desclasada, que a fuerza de saquear al Estado o pertenecer a las bandas de contrabandistas, se convirtieron en “adinerados” y se trasladaron desde los puestos administrativos estatales o las laderas a los barrios del sur, para demostrar al resto que son “diferentes” a los que tienen cualquier tinte moreno en el rostro.

Estos desclasados de oriente y occidente, no quieren ser blancos de frente y por tanto hoy están empeñados en ser catalogados como “mestizos” y por tanto pugnan por instalar una falsa polémica. Hasta el segundo político del país ingreso al baile, al declarar que se identificara como “boliviano” cuando le pregunten si se adscribe a alguna de las 36 nacionalidades actualmente identificadas.

¿Por qué hay temores? ¿Estamos todos desclasados? ¿Por qué no amar a nuestra Bolivia o a toda Latinoamérica como deseaba el libertador Bolívar? Otros que ni siquiera nacieron en este continente, le cantan a América y reconocen sus grandiosidades.

La canción “América” dice en sus versos: “Me hueles a merengue y a bolero. A caña y a café. Me hueles ha corrido y a charango, carnavalito y miel. Me hueles a maracas y a guitarra, a gaucho solitario y a sabana, a piel morena y sal. Me hueles a canela y banana, soñando libertad. América, me hueles a guayaba y cordillera helada, a tierra nevada y lluvia tropical. Me hueles a pradera, mi eterna primavera. Me hueles a futuro y libertad”.

No es justo que todos los bolivianos prestemos oídos a la falsa polémica de los desclasados, que antes de identificarse con aimaras, quechuas, mosetenes o guaraníes, prefieran ser “ninguno”.

Si le hacemos caso a los que pretenden iniciar una campaña por los “ningunos”, estaríamos dándole razón al presidente, sobre la urgencia de “descolonizarnos” o alguien tendrá la idea de volver a vender los “certificados de blancura o de mestizaje”.