El primero que lo hizo fue el guionista Dudley Nichols (1895-1960), autor del libreto de El delator, el célebre título dirigido por John Ford. Historia de un individuo expulsado de un grupo nacionalista irlandés que cede a la tentación de denunciar a la policía a un dirigente revolucionario. El filme obtuvo cuatro estatuillas y Nichols aprovechó la ocasión para rechazar la suya y protestar así por el tratamiento que daba Hollywood entonces a los escritores. El hecho ocurría la noche del 5 de mayo de 1936.

Por aquella época los escritores eran una casta maldita en la Fábrica de Sueños. No ya por la deformación que el cine hacía de sus novelas o piezas teatrales, sino en su misma función de adaptadores dentro de la industria.

Imprescindibles cuando el sonido obligó a una más firme estructura argumental y a escribir diálogos en vez de los lacónicos textos que en tiempos del cine mudo se intercalaban entre las imágenes, no es casual que el Screen Writers Guild (Sindicato de escritores) se creara en la década de 1930.

Muy a menudo los escritores eran despreciados. Dejados de invitar a fiestas y reuniones. Olvidados completamente por la publicidad. Y lo más importante: tachados, enmendados y corregidos. Se les veía como a unos intelectuales encerrados en su torre de marfil que no hacían falta alguna durante el rodaje. Como a unos alucinados que no comprendían el lenguaje visual del cine. Ni se adaptaban a las exigencias industriales que supone un público masivo.

Tales humillaciones han sido documentadas por escritores famosos que alguna vez estuvieron a sueldo en Hollywood, como Raymond Chandler, Scott Fitzgerald o William Faulkner. O por quienes se avinieron mejor a tranzar con la industria, como Ben Hecht, Herman Mankiewicz o Dalton Trumbo. Y siempre lo hicieron con amargura y sarcasmo. O con mordaz ironía. Basta recordar las palabras de Chandler: “Si mis libros hubieran sido peores, Hollywood jamás me habría llamado. Y de haber sido mejores, nunca hubiese ido yo”.

Treinta y cinco años después, la noche del 15 de abril de 1971, se produjo la actitud contestataria del actor George C. Scott (1927-1999) , en la línea de los que manifiestan que las películas y los intérpretes no son caballos de carreras para entrar en competición.

Cuando lo nominaron como mejor actor en Patton, de Franklin Schaffner, el hombre dijo que él no creía en los Oscars ni en la pugna por la supremacía entre actores. Sin embargo, ello no fue obstáculo para que, en la jornada de las premiaciones y pese a su solemne declaración de que no aceptaría el dorado muñeco si se lo conferían, la actriz Goldie Hawn abriera el sobre definitivo y exclamara muy emocionada: “O mi Dios… ¡es George C. Scott!”.

Como es sabido, el candidato indiscutible por su admirable interpretación del personaje del megalómano general estadounidense no apareció por allí y el galardón tuvo que recogerlo Frank McCarhy, productor del filme. Y para que todos supieran que lo suyo iba en serio, que aquello no había sido un jueguito, pocos días después Scott adoptó idéntica postura con la televisión y rehusó de plano el premio Emma acabado de ganar por su actuación en The Price, de Arthur Miller.

Finalmente, está la actitud de Marlon Brando (1924-2004), que aprovecha su Oscar de El padrino, para rechazarlo debido a que Hollywood maltrata a los indios en sus películas y en la televisión. Y lo hace de manera contundente, mediante un discurso escrito por él que lee una joven india sioux y que dice en algunas de sus partes:

“Por espacio de 200 años hemos venido diciéndole al pueblo indio, que lucha por su tierra, su vida, sus familias y su derecho a ser libre, que depongan las armas y entonces estaremos unidos y será bueno para ellos. Cuando depusieron las armas, los asesinamos. Les mentimos. Los despojamos de sus tierras. Los matamos de hambre haciéndoles firmar acuerdos que llamamos tratados y que jamás cumplimos. Los convertimos en limosneros”.

“(…) En lo que a ellos concierne, no tenemos que restituir nada a ese pueblo, no tenemos que cumplirles acuerdos, porque nos es dado por virtud de nuestro poderío violar los derechos de los demás. Quitarles lo que es suyo. Quitarles la vida cuando intentan defender sus tierras y su libertad. Y hacer un crimen de sus virtudes y virtudes de nuestros propios crímenes.

“(…) Tal parece que el respeto a los principios y el amor al prójimo han dejado de existir en este país nuestro y que todo lo que hemos hecho, todo lo que hemos logrado con nuestro poderío está simplemente aniquilando las esperanzas de los países recién nacidos del mundo, amigos y enemigos por igual, concluyendo que no somos humanos y que no respetamos nuestros compromisos.

“(…) La comunidad cinematográfica ha sido tan responsable como cualquier otra por la degradación del indio y por ridiculizar su carácter, describiéndole como hostil, salvaje y malo.

“(…) Yo, como miembro de esta profesión, no creo que pueda aceptar aquí esta noche un premio como ciudadano de Estados Unidos. Los premios en este país y en este momento es inadecuado que se reciban o se den hasta tanto sea modificada drásticamente la condición del indio americano. Si no cuidamos a nuestros hermanos, no seamos al menos quienes los ejecutemos”.

Era el 27 de marzo de 1973 y Brando ya estaba camino de Wounded Knee, sitio donde, 80 años antes, el ejército norteamericano masacró alrededor de 300 indios siouxs entre hombres, mujeres y niños.

* Colaborador de Prensa Latina.