La Habana, (PL).- El 19 de abril el pintor colombiano Fernando Botero cumplíó 80 años en medio de su corte celestial de gordos y gordas bendecidos por el soplo del arte, amables, queribles, acariciables, dispersos por las cuatro esquinas del mundo. Un universo en el que abundan también las criaturas de presuntuosa pomposidad desinflada al calor de una mirada irónica. La desmesura en alianza crítica con la irrisión, humor, sátira.

Lejos están los tiempos en que el artista buscaba una vertiente que lo individualizara, a la cual imprimir un sesgo nuevo, original, propio. Buscaba con pasión explorando, interpelando, hurgando dentro de si hasta rescatar la sensualidad de las formas voluminosas -que prefigurara su antecesor Rubens-, llevándolas a un clímax de expansión, de gracia voluptuosa, redimiéndolas. La gordura, tantas veces execrada, triunfante ahora sobre el lienzo, fijada luego en las esculturas, expuesta al aire libre, sus formas casi levitando.

El volumen y el espacio, lo deforme presente, perceptible incluso, asegura, en los grandes pintores realistas, Rafael incluido. Volumen y espacio a contrapelo de la pintura plana predominante en el siglo XX. Es conocida la anécdota de cómo despuntó esa estética devenida su sello distintivo. Fue en 1957 a bordo de su cuadro Naturaleza muerta con mandolina”. Entonces, “por casualidad, hice un agujero demasiado pequeño para ese instrumento y de golpe, entre el pequeño detalle y la generosidad del trazo exterior, se creó una nueva dimensión que era como más volumétrica, más monumental, más extravagante, más extrema”.

Pero seis años antes, cuando llegó a Bogotá con 19 años para su primera exposición en la galería de arte del fotógrafo Leo Matiz, el crítico polaco Casimiro Eiger, con jucio sagaz, habia vislumbrado su capacidad innovadora. La fuerza de Botero, comentaría entonces, “reside en una cualidad muy rara, el excelente equilibrio de los volúmenes, de las masas plásticas consideradas no solo en sentido espacial, sino en función de esa ceremonia peculiar que les confieren los distintos tonos y colores, vistos en su distinta intensidad”.

Empezó a pintar a los 15 años, pero seis décadas y media después confiesa que todavía no es más que un joven aprendiz asomado cada día al lienzo o a la materia informe, con la misma inquietud y expectativa de un principiante. Yendo más allá tiende un puente audaz, terrenal, con el periodismo: “como los reporteros, uno nunca sabe qué va a hacer al día siguiente”, afirma. Una manera de decir que su materia nutriente no es otra que la vida que bulle en una corriente dialéctica, contínua, infinita. Esa vida, cuya exaltación plasma en los volúmenes de su arte, credo al que guarda fidelidad absoluta; savia nutricia de sus concepciones plásticas y de un estilo que afina cada día con delectación, sin perder el norte que lo distingue.

Mis primeros cuadros, sostiene, mostraban una pincelada muy visible. Los posteriores van evolucionando de manera constante y notoria, pero sin que ello implique un cambio de estilo. Más de tres mil pinturas y 300 esculturas, nacidas de su talento creativo, orlan su trayectoria; algunas de ellas instaladas en 60 museos del mundo, ora itinerantes, ora en salas permanentes. O exhibidas a cielo abierto -en el caso de sus esculturas monumentales- en espacios hasta hace muy poco inéditos como los Campos Elíseos, el canal grande de Venecia o las pirámides de Egipto.

También están diseminadas en su país: su Medellín natal, Cali, Bogotá, Cartagena de Indias, donde una de sus gordas es, más que una forma esculpida, un ser casi viviente a quien los habitantes de la ciudad confían sus sueños, amores y penas más íntimas. Gorda acariciada con denuedo al punto de exigir restauraciones periódicas. Como todo artista que se precie de serlo, varias constantes recorren su vasta parcela pictórica, entre ellas las visitaciones y versiones de obras clásicas cuya apropiación lleva consigo, a la vez que un homenaje, un desmontaje de la técnica -como quien hurga en el revés del bordado-, el aprendizaje de un problema planteado y resuelto, una recreación propia.

Así lo hizo, en opinión de su coterráneo el poeta Juan Gustavo Cobo Borda, con su homenaje a Mantegna o sus variaciones sobre los bufones de Velázquez o las Mona Lisas niñas de Leonardo da Vinci, en su tránsito por piezas de Piero della Francesca, Durero, Rubens, Van Eyck. Hay que citar además “sus grandes telas, donde el color emanado de lo popular y la ironía que desajusta las pretensiones grandilocuentes de quienes se creían heroicos, producen esos retratos individuales o en grupo del señor presidente y la primera dama, de las juntas militares o de los inmensos palacios presidenciales que han quedado como epítome de un continente que padece, en forma recurrente, las dictaduras militares”, precisa Borda.

Botero ambicionando emular a Goya. Denuncia y sátira, en el panorama de esa América Latina de los años 60 , “una América Latina de dictadores, Somoza, Trujillo, las juntas militares y demás; una situación política en la cual había el aliciente o la necesidad de hacer un poco de sátira, pero siempre haciendo pintura”. “Todas esas juntas militares, todos esos grupos de gobierno que yo pinté, en el fondo eran un deseo de poder hacer el cuadro de Goya famosísimo de la familia de Carlos IV”, confesaría en una reciente entrevista.

En dirección similar, aunque de otra índole, cribe otra de su series más recientes con eje en la sórdida carcel de Abu Ghraib, en Irak, y la violencia y abusos de los soldados estadounidenses sobre los prisioneros iraquíes. Se volcó en ella, proclama, impelido por la repugnacia que le produjo “la hipocresía de un país que se presenta a sí mismo como modelo de compasión y defensor de la libertad”.

Vale citar tambien otras colecciones como el Circo, 100 piezas inspiradas en una carpa tendida en Zihuatanejo, en el estado mexicano de Guerrero. O su Víacrucis compuesto por 27 óleos y 23 dibujos en pequeño formato realizados en 2010; un Víacrucis reflejado desde la visión de un artista moderno que se permite incluirse a si mismo -o a su madre- en las obras.

A los 80 años que estrena hoy, Botero sigue pintando con la misma pasión incontenible, incrementada por la certeza realista de que el tiempo se le escapa demasiado de prisa sin que le alcance tal vez para concretar sus más secretas y entrañables aspiraciones, sobre todo la de sacar a la superficie la poesía que subyace en toda pintura. Por lo pronto ahí está su fidelidad al volumen, un elemento consustancial al arte desde Giotto a los grandes maestros del Renacimiento, asegura, y tambien su apego a esas formas desmesuradas, inscritas en una realidad improbable, pero al mismo tiempo posible. Hay belleza en lo que hago es su divisa. Y esa búsqueda sin tregua es la que lo mantiene vivo, actuante.

“Es lo que uno siente en su estudio cuando llega por la mañana y se encierra a trabajar todo el día. Es ese pequeño éxtasis en que las horas pasan sin que uno se de cuenta, el placer sensual, maravilloso, de tocar los pinceles, los colores, las telas, pintar, ver cómo empiezan a salir las cosas, todo eso me parece una gran maravilla”.

Con ese espíritu, Botero despeja a paso vivo la frontera palpable de los 80.

* Periodista de Prensa Latina.