Londres y Washington (PL).- Hace 40 o 56 millones de años atrás la Antártida era una selva tropical con una mega fauna y bosques frondosos, según dos recientes investigaciones de la Universidad de Goethe y del Centro de Investigación del Clima y Biodiversidad en Frankfurt, Alemania; y del Colegio de Medio Ambiente de la Universidad de Leeds.

En el Eoceno, hace más de 56 milllones de años, el polo sur era un bosque casi tropical con temperaturas de hasta 20 grados celsius, concluyeron científicos alemanes luego de analizar el polen, las esporas y otros compuestos orgánicos producidos por bacterias, encontrados en las profundidades de la costa oriental.

Al derrumbarse la corriente oceánica y encontrarse la costa antártica sometida a la influencia de las corrientes frías desapareció el bosque tropical, y el hielo en el polo sur se formó hace 34 millones de años por un descenso de los niveles atmosféricos, explicó el paleoclimatólogo de la Universidad Goethe Jörg Pross en un artículo publicado por la revista Nature.

De manera coincidente, otra investigación del Colegio de Medio Ambiente de la Universidad de Leeds concluyó que en un pasado geológico no tan remoto, hace 40 millones de años, una megafauna se movía en la Antártida, donde abundaban además bosques frondosos y también desiertos.

Altos niveles de dióxido de carbono en la atmósfera hicieron que el lugar tuviera una geografía muy diferente a la que conocemos en la actualidad: una zona gélida con montañas sepultadas bajo el hielo. “Si continuamos emitiendo grandes cantidades de dióxido de carbono, calentando el planeta, podríamos llegar a la misma situación en la que volverían a aparecer animales y bosques en la Antártida”, expresó la autora principal del estudio Jane Francis.

Un tercer estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences indica que las capas heladas que hoy contienen más de dos tercios del agua dulce del planeta comenzaron a formarse hace 38 millones de años, pero la Antártida mantuvo una vegetación tipo tundra hasta hace más de 12 millones de años. El autor principal John Anderson explicó que la región más al norte fue la última parte del continente en cubrirse de hielo.

Los especialistas estudiaron las especies de plantas que existieron en la Península y durante tres años examinaron miles de granos de polen preservados en depósitos debajo del suelo marino, lo que les permitió reconstruir el rápido declive de los bosques durante el Eoceno, hace unos 35 millones de años, y la expansión del hielo en el Mioceno hace unos 13 millones de años.

Sin embargo, científicos de la Universidad de Nueva Gales del Sur creen que la glaciación de la Antártica se produjo en el tránsito del período Eoceno al Oligoceno por una caída del 40% de las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera. Dicha hipótesis se basa en análisis de algas muertas que cayeron al fondo marino, y estudios del desplazamiento continental de la Antártida del resto de los continentes, fenómeno que modificó la órbita terrestre, cambió las corrientes de aire y las oceánicas.

“Los cálculos previos no tomaron estos elementos en consideración, lo que confundió las cifras mostrando un incremento de los niveles de dióxido de carbono cuando en realidad estaban disminuyendo”, explicó el autor principal de la investigación Willem Sijp en un artículo publicado por la revista estadounidense Science.

Por otro lado, científicos de la Universidad de Boulder, Colorado, revelaron que entre los años 1275 y 1300 de nuestra era comenzó bruscamente una Pequeña Edad de Hielo debido a un mecanismo de realimentación en el que intervinieron el hielo marino y las aguas del Atlántico Norte. Fue un fenómeno que afectó a regiones tan lejanas una de la otra como Sudamérica y China, aunque su impacto fue mayor en el norte de Europa. El régimen de bajas temperaturas se mantuvo hasta el siglo XIX.

Los científicos basaron sus conclusiones en pruebas de rediocarbono de la vegetación muerta hace siglos que ahora emerge a la superficie por el deshielo de la capa de hielo que cubría la isla de Baffin, en el Ártico canadiense. Otras evidencias significativas de la pequeña era de hielo proceden de datos extraídos de núcleos de hielo y sedimentos obtenidos en los polos y en Islandia, así como de simulaciones climáticas sobre la evolución del hielo marino.