(Prensa Latina).- La mujer africana vive un lento proceso de cambio, premisa elemental para transformar un diseño social en el que es multi discriminada. La violencia doméstica o de género se asienta sobre la misma base socio-económica que las demás desigualdades, con la agravante de que se ejerce dentro de la familia. En los países islámicos las mujeres son lapidadas por cometer adulterio y condenadas a una pena de 40 latigazos por vestir pantalones.

Las mujeres africanas viven hoy un proceso de cambios que asumen con plenitud, premisa elemental para transformar un diseño social en el que es multidiscriminada. No se trata de la subordinación a los hombres o a ideas relativas a la conservación a todo trance del monopolio de lo matrilineal, como elemento histórico-cultural, muy observado (y preservado) en el contexto continental.

Las africanas demuestran hoy su capacidad de actuar en todos los ámbitos y ese es tal vez el punto de partida del referido proceso de transformación, el autorreconocimiento de sus infinitas potencialidades. Pero la trayectoria social, llena de acciones y contradicciones, en muy poco ha beneficiado a las africanas, enfrentadas a atavismos en escenarios donde se diluyen muchas de sus demandas de igualdad en todos los campos, un reclamo presente en la historia regional desde antes de los procesos de independencia política.

La equidad es uno de los pasos en la ruta de la emancipación femenina, aunque para lograr ese objetivo no existen modelos únicos. En 1975, la I Conferencia Mundial sobre la Mujer identificó tres objetivos centrales: la igualdad plena de géneros y la eliminación de la discriminación de las mujeres, la integración y total participación de ellas en el desarrollo, y una mayor contribución en el fortalecimiento de la paz.

Esa proyección tendiente a promover la inserción del sector femenino en la sociedad, avanza muy lentamente; parecería que el carácter emancipador de la propuesta va perdiendo fuerzas mientras transcurre el tiempo o peor, hay interés en debilitarla. En África, por causa de su proceso histórico, las metas están situadas más lejos que en otras zonas.

De ahí que se “requiere trabajar en urgencia para hacer frente a los males de la desigualdad de género, la marginación y la injusticia social que hoy sufre la mujer allí”, considera la periodista Belinda Otas al indicar lugares donde la violencia contra ellas “es moneda corriente” y “la violación se ha convertido en un arma de la guerra”. Otas escribe sobre temas de las mujeres para las revistas The New African y New African Woman.

Desde que se adoptó la Plataforma de Acción de Beijing (PAB) en 1995, en las sesiones de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, el avance en la situación de ellas en el continente es muy pausado, con una marcada diferencia entre las promesas y lo materializado. En el ámbito institucional, la Unión Africana (UA) se ha visto impedida de acelerar el plan de inserción femenina en todos los resquicios políticos, económicos, sociales y culturales de la región, afectada por una realidad desfavorable.

“El estado de inseguridad, los conflictos persistentes, combinados con otros factores como la crisis alimentaria, energética y la crisis económica y financiera mundial, operan en contra del ritmo del progreso”, cita un informe de 2009 sobre las condiciones de la integración de la mujer en los asuntos regionales. Existen serios fundamentos para opinar la existencia multiplicada de problemas de la sociedad agravados en los años más recientes, pese a los esfuerzos por detener esa degradación que afecta grandemente a las mujeres en la zona.

“Lo más difícil es que en África con nuestros conflictos y la violencia, el cuerpo de las mujeres ha sido utilizado como un campo de batalla, además, ella ha sido considerada como una pertenencia del hombre”, opinó en mayo pasado Bineta Diop, vicepresidenta del Comité de Mujeres de la UA. Diop es directora ejecutiva y fundadora de Femmes Africa Solidarité y del Centro PanAfricano para Género, Paz y Desarrollo, y lidera el Grupo de Trabajo sobre Paz de las Naciones Unidas en Ginebra.

Pero, en los últimos tiempos se progresa en lo relativo a la promoción de la igualdad de géneros y la capacitación de las mujeres en casi todas las áreas del continente. Sobresale que se han otorgado asignaciones significativas en esas esferas. La Unión trata de dar respuesta a sus desafíos con fórmulas que buscan el equilibrio, con lo cual enfrenta en lo estratégico la década 2010 – 2020 dedicada a las mujeres africanas.

En la práctica política, por ejemplo, la presencia femenina en el parlamento surafricano aumentó un 11% en las elecciones del 2009, para llegar al 45% de escaños ocupados; en Uganda el legislativo cuenta un 30,9% de diputadas y en Ruanda el índice es del 56%, el más alto del mundo. África posee actualmente dos jefas de Estado, Ellen Johnson-Sirleaf, de Liberia, y Joyce Banda, de Malawi, y un gran número de ministras, además de funcionarias de la ONU, un reconocimiento mundial a sus capacidades intelectuales y organizativas.

También en la vida económica se avistan algunas mejoras, aunque persiste el riesgo de una feminización de la pobreza y la mujer, en tanto centro del núcleo familiar, podría por ello ver afectado su rol; se llevan a la práctica ideas para contrarrestar ese efecto disociador, existen proyectos dirigidos a cambiar el diseño del mercado laboral.

El restablecimiento, y más allá la recomposición de la estructura económica regional, tras la implementación de los programas de ajustes neoliberales -que resultaron violentas marejadas contra las frágiles economías de la zona-, es una necesidad del proceso socioeconómico en el que está inmerso la Unión Africana. Se aboga por la potenciación de emprendimientos de proyectos con apoyo financiero mixto o los micro-créditos, por ejemplo, que aunque se vinculan con la pequeña propiedad privada, en las condiciones africanas generan un necesario incremento de las tasas de empleo, con claras repercusiones sociales.

En ocasiones se hacen referencias a grandes ejes en la estrategia regional hacia el sector femenino: educación, sanidad, desarrollo económico, y poder y representación de las mujeres, que en esencia coinciden con los objetivos del milenio establecidos por Naciones Unidas. No obstante, en la esfera social persisten problemas cuyas causas son múltiples y difíciles de solucionar por la gravedad que les asiste y las variadas formas que asumen, lo cual entorpece aplicar doctrinas y regulaciones a partir de generalizaciones, como son los casos de la ablación, la violencia doméstica, la salud reproductiva y otros dilemas.

África y la violencia doméstica

Según datos del Fondo de Población de las Naciones Unidas, la violencia doméstica se ha convertido en la principal causa de lesiones y muertes de mujeres en todo el planeta, aunque muchos países tienen leyes para protegerlas. Puede afirmarse que la historia de la esclavitud, de la Trata y de la explotación occidental de los recursos en África constituye también la historia continental de la explotación de la mujer.

Las convenciones sociales, normas ético-morales como reflejo de la existencia, y, en particular, el machismo africano, que es también un fenómeno mundial, aportaron el resto de injusticia requerido para fijar esa desigualdad. En algunos países del Cuerno Africano, entre ellos Etiopía, es tradición colocar al hombre como principal y después a la mujer, a los niños y a los ancianos. Esa “jerarquía” interna, en parte de origen colonial, está condicionada por el aporte material a la subsistencia familiar, al punto de que en algunos Estados se sitúa al asno o animal de tiro a la cabeza de esa escala. Se trata de algo así como “a quién salvar primero” en caso de incendio.

La más descarnada división de derechos entre hombres y mujeres puede apreciarse cuando el visitante llega a las granjas, fincas o parcelas cultivadas por algunas familias en ciertos Estados subsaharianos. Una imagen típica es el hombre sentado en el exterior de la vivienda, mientras la mujer labora la tierra, en una suerte de “matriarcado” obligatorio. Suerte de animal de trabajo, la esposa suele permanecer casi siempre en esa faena con su hijo pequeño dentro de un saco a sus espaldas y, muchas veces, atendiendo al mismo tiempo el fogón de leña en el cual cocina el almuerzo.

La periodista y estudiosa española Carol Díaz Tapia asegura que “la violencia de género es una realidad cotidiana que los países africanos entienden hoy como una de sus grandes asignaturas pendientes”. “Ello se debe -añade- no solo a sus lagunas legales, sino a la estigmatización de una violencia que generalmente se ha considerado como un problema que debía solucionarse en la esfera privada”.

La violencia doméstica o de género en África se asienta sobre la misma base socio-económica que las demás desigualdades, con la agravante de que se ejerce dentro de la familia. Se trata de uno de los males humanos más dañinos para las africanas, pues sintetiza todos los demás flagelos que afectan a una región o un país, atomizados a escala hogareña. Esa afirmación puede aplicarse, claro, también a nivel global, pero la pobreza y atraso de África, superior a los de otros continentes, impone una mayor y particular presión en el sector femenino.

Las diferencias económicas, sociales, religiosas, tribales, filosóficas y de nacionalidad condicionan el problema en dependencia del país o región de que se trate, aunque la violencia doméstica es casi siempre igual. Ciertos ciudadanos del Magreb, por ejemplo, (mal)tratan a sus esposas de modo diferente a otros de cultos tradicionales en el Sahel. Pero, de todos modos, cada uno de ellos abusa de alguna manera de su cónyuge, la excluye de sus grupos o hábitos “viriles”, la priva de sus derechos legales y, con todo eso, contribuye a su discriminación a nivel social.

Ello sin contar el abuso de varones de comunidades en extremo machistas, donde la violación es frecuente y, en el caso de conflictos bélicos, es considerada como “un arma de guerra”. Soldados, tropas y hasta ejércitos violan a las féminas del bando “enemigo” en zonas en litigio, las preñan, las contagian de enfermedades, las humillan y luego las desprecian por no tener cabida en sus familias. Las causas de este fenómeno son muy antiguas.

La violencia doméstica es más compleja aún en los países de confesión musulmana del norte de África, o en otros donde incide esa religión, pues para el Islam cada individuo puede tener hasta cuatro esposas. Los maridos, de acuerdo con sus posibilidades económicas, pueden vivir con su harén e hijos en una sola vivienda y en ella se desarrolla toda la problemática familiar. Otras veces, sin embargo, puede apreciarse al cabeza de familia viviendo en una casa, mientras las demás esposas habitan otras con su prole alrededor de un espacio central, y entonces el conflicto se difumina en ese entorno.

Las costumbres islámicas inciden también en la auto inmolación. Una joven marroquí de 16 años se suicidó en marzo del presente año en la localidad norteña de Larache porque fue maltratada por su propia familia y obligada a casarse con un hombre 10 años mayor que ella, quien la había violado. El padre se negó a recibirla en su casa tras el hecho y ambas familias la emprendieron a golpes contra la víctima, hasta que prefirió injerir veneno para ratas antes de contraer nupcias. Este tipo de matrimonio es impuesto por tradición, sobre todo en el ámbito rural, para salvaguardar el honor de la joven y “reparar” el daño causado tras la violación.

En Marruecos, miles de niñas trabajan como criadas, con la consiguiente secuela de abuso sexual, ruptura familiar, privación escolar y daños a su desarrollo físico y biológico. La cifra de adolescentes esclavas podría ascender a unas 60 mil en el país, según el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Y qué decir de aquellos países africanos islámicos en que las mujeres son lapidadas por cometer adulterio.

Sudanesas atrapadas en la ignorancia

Ellas son mayoría. Representan casi el 58% de la población, y llevan en buena medida el sustento familiar de muchos hogares. Pero apenas se escuchan sus voces y muchas ni se atreven a protestar ante la violencia, la guerra y el maltrato masculino. Cualquier análisis en torno a las sudanesas pasa por el elevado índice de analfabetismo, que afecta al 90% de ellas. La ignorancia les arrebata las vías y formas de reclamar sus derechos y las hace presa de costumbres, tradiciones y fanatismos, relegadas desde que nacen a un segundo plano.

Las sudanesas viven un verdadero martirio en medio de una cultura patriarcal. Guerras civiles, opresión política y religiosa, desastres naturales y una creciente escasez de alimentos y pobreza generalizada, las castigan cada día. Sudán quedó dividido en dos tras 20 años de enfrentamientos. El conflicto entre el Norte de mayoría musulmana y el Sur cristiano terminó cuando en enero de 2005, a instancia de la ONU, se firmó un acuerdo de paz entre el gobierno de Jartum y el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán del Sur. Un referendo realizado en enero de 2011 aprobó por abrumadora mayoría (98,83%) la independencia de la llamada a partir de entonces República de Sudán del Sur, la cual fue efectiva el 9 de julio del propio año.

Pero ni antes ni después quedaron zanjados los conflictos tribales entre varios grupos étnicos, acentuados por la pobreza crítica. El conflicto en Darfur, en especial por agua dada la aguda desertificación de la región, entre los Yanyauid y los africanos negros tiene ya más de 750 mil víctimas y algo más de dos millones de desplazados, la mayoría mujeres y niños. Otro tanto sucede en Kordofán, dividido en norte y sur tras la escisión de la nación africana, y en Abyei todavía en disputa, lugares donde se acumulan los mayores yacimientos de petróleo del país.

En Sudán del Sur están en guerra al menos siete grupos armados que afectan a nueve de los 10 estados de la flamante nación. En los intentos por desarticular los grupos rebeldes shilluk y murle, muchas aldeas han sido arrasadas, cientos de mujeres y niñas violadas, niños usados como rehenes para hacer claudicar a sus padres y madres, más un número indeterminados de civiles asesinados. Son situaciones aciagas que vulneran los derechos más elementales de las sudanesas, consideradas en cualquier circunstancia como el sostén de muchas familias, y defensora de su prole en las condiciones más adversas de la guerra. Pero, hambre y guerra a un lado, el problema de ellas tiene raíces más profundas.

Tan pronto alcanzó su independencia, el naciente Sudán del Sur se autoproclamó como una república democrática multiétnica, multicultural, multilingüe, multirreligiosa y multirracial. De igual manera estableció la separación entre la Iglesia y el Estado, y la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. La Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, Michelle Bachelet, entonces calificó esa llamada transición democrática como una oportunidad para las féminas sudanesas a fin de fortalecer su liderazgo, su autonomía y sus derechos ciudadanos.

Las referencias históricas permiten establecer cierta diferencia entre el tratamiento a las mujeres del Sur, donde ellas tienen un rol más activo y son tenidas en cuenta en algunos ámbitos sociales y públicos, aunque aun así se encuentran bajo escrutinio y sometidas a los hombres. Pero ningún decreto cambia de súbito la conducta tradicional de los individuos, y menos en una nación dividida, donde en una parte quedó algo sustantivo de la otra; familias, creencias y tradiciones fragmentadas, que pueden a no dudar incrementar las querellas, como realmente sucede hoy.

Oficialmente las sudanesas pueden votar desde 1975 y la discriminación ha ido desapareciendo de los códigos. Las escrituras de leyes y decretos preconizan igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, y desde la Constitución está prohibida cualquier forma de discriminación. La Ley islámica les concede el derecho a disponer de su propiedad sin interferencias, a recibir la herencia de sus padres, aunque a las hembras toca siempre la mitad de la correspondiente a los varones. De enviudar, ella heredará una pequeña parte de las propiedades del esposo y los hijos mayores recibirán la mayor parte de los bienes del difunto. Así lo establece la Ley.

La disolución de un matrimonio no será problema si es el hombre quien decide la separación. Una mujer musulmana no puede casarse con un hombre de diferente religión, a menos que se convierta al Islam, lo cual no ocurre así para ellos. Por lo general las sudanesas no logran su real identidad hasta contraer matrimonio, la mayoría de ellos arreglados durante la infancia y realizados una buena parte en edades muy tempranas. Aunque un decreto gubernamental prohíbe la discriminación por motivos religiosos o por sexo, en la práctica se violan constantemente.

Bajo el supuesto de que ayuda a pacificar los “espíritus malignos”, la ablación o circuncisión femenina se practica a casi la totalidad de las niñas entre cuatro y siete años en Sudán. Desde 1941, según investigadores, está prohibida la infibulación, como la más severa forma de mutilación genital, conocida con el nombre de faraónica, pero en la práctica continúa haciéndose.

La mal llamada ablación suní -contrario a lo que se cree, nada tiene que ver con el Corán-, es la más practicada. Esas prácticas provocan depresión e infertilidad. El índice de mortalidad materna es de 2.054 mujeres cada 100 mil nacidos vivos. Las duras y desfavorables condiciones de vida, sumadas a la escasez de servicios de salud básicos, contribuyen al mal estado sanitario de la población, a juicio de la responsable de la oficina de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Sudán del Sur, Abdinasir Abubakar.

“Cuarenta latigazos por un pantalón” se titula el libro de la periodista sudanés de la misión de la ONU, Lubna Husein, donde narra cómo en julio de 2009, junto a otras 12 compañeras, ella fue condenada a una pena de 40 latigazos por vestir pantalones. Una vestimenta indecente para la ley islámica. Por ello fue conducida a la cárcel de mujeres de Omdurman, donde tras dos meses de fuerzas legales, la pena fue reducida al pago de una multa de 500 libras sudanesas, equivalente a 140 euros. Para esa nación, una fortuna.

Desde entonces Husein dirigió una campaña contra el artículo 152 del Código Penal sudanés de 1991, para quien “cometa un acto indecente, un acto que viola la moral pública o el uso de ropa indecente”. La propia periodista sostiene que el referido artículo viola la Constitución de Sudán y el espíritu de la Sharia (ley musulmana), en vigor en el norte de Sudán.

La joven de 16 años Silva Kashif tuvo menor suerte y recibió, pese a aclarar que ella era cristiana, 50 latigazos en la espalda, las manos y las piernas por vestir una falda que apenas le cubría las rodillas. Algunos medios africanos dan cuenta que en la actualidad unas 700 mujeres cumplen condena en las cárceles de Jartum, capital de Sudán, por ir en contra de la sharia, pese a la libertad de culto preconizada por la Constitución.

Entre las detenidas en Omdurman, en junio de 2012, está Intisar Sharif Abdallah, una joven madre de un bebé de cuatro meses, condenada a morir lapidada, al ser encontrada adúltera por de un juez. Abdallah fue sancionada el 13 de mayo, sin acceso a un abogado y en un juicio que se “desarrolló en árabe, idioma que ella no entiende bien”, acorde con medios informativos.

La mayoría de los medios se encarga en denunciar que de desestimarse los reclamos a favor de Abdallah, su ejecución violaría incluso la Constitución de Sudán, la cual prohíbe la pena de muerte “para mujeres embarazadas o lactantes”. Quiere decir entonces que a esta mujer, en otras condiciones, quizás nada la salvaba de la pena capital.

Somalia: mujeres en el abismo

El derrocamiento del presidente Mohamed Siad Barre no aportóesperanzas al desarrollo socioeconómico de la mujer somalí, sino que le complicó su supervivencia, al apretar un doble nudo, la guerra y la discriminación. En 1991, las acciones guerrilleras contra la administración de Barre finalizaron con la caída y fuga del ex gobernante, quien partió hacia el exilio, tras fracasar sus coqueteos políticos tanto con la izquierda como con la derecha. El final de la autoridad central desembocó en una gran disputa por el poder.

Siad Barre murió en 1995 y pasó a la historia como el último representante del Estado fallido en que devino Somalia, hundida aún en un total desequilibrio económico-político-social, en el camino hacia el colapso y que ahora sufre una etapa en la cual las pugnas políticas son confusas y donde otros atavismos -como los extremismos- cobran fuerza.

En ese ámbito subsisten millones de mujeres somalíes, que tras más de 20 años de conflicto armado intermitente integran uno de los sectores más afectados por la contienda armada, ahora disputada entre una fuerza internacional africana y la organización radical Al Chabab. Si bien la retórica de Siad Barre sobre la igualdad femenina resultó un señuelo demagógico, tras el agotamiento de ese discurso se ahondó física y espiritualmente la crisis de géneros, la continuación de la guerra y la imposición de formas extremas contra las mujeres crearon el ambiente opresivo en que aún se debaten las somalíes.

Ellas nunca recibieron saldo alguno tras el paso de dos décadas, pues con la destrucción del modelo capitalista dependiente de Barre, desapareció también el estatus que en su momento les concedió algún beneficio social, y luego el caos concluyó la historia.

De una población estimada de nueve millones y medio, Somalia tiene una alta cifra de refugiados en el exterior, una de las mayores del continente, la cual puede ser de más de un millón de personas. Datos de 2006 mostraba una relativa igualdad porcentual en la estructura de la población del país entre habitantes de uno y otro sexo en las edades de cero a 64 años, un indicador a tener en cuenta pese a la actual dinámica migratoria.

La más importante afectación climática en años sufrida en la zona del Cuerno de África (Somalia, Etiopía, Djboutí y Eritrea) es la sequía que hace padecer a más de 12 millones de personas, la cual exacerba el éxodo que resta fuerza de trabajo y capacidad de sustento. Conociendo que en la cultura africana las mujeres son ejes permanentes del equilibrio familiar general, ellas y los niños bajo su amparo integran el grupo más vulnerable en las sociedades como Somalia.

Sobre el derecho a la salud reproductiva en ese país, perecen 1.200 mujeres por cada 100 mil niños nacidos vivos, una de las peores proporciones a nivel mundial.Un artículo de Laura Azuara y Eva Pellicer indica cómo la subordinación femenina, sobre todo a la posibilidad económica del hombre y el respaldo que la familia concede al matrimonio, legitima un acto en condiciones anormales que, en definitiva, convierte al amor en transacción comercial.

Así la entrega de una dote, un acto de relaciones de intercambio y cuya formulación parece primitiva, es una compensación en un ámbito en el cual prevalece la inclemencia de la naturaleza, donde se vive pendiente de la escasez de alimentos y largos años de sequía durante la que perece el ganado, base de la reproducción económica rural.

“Las mujeres son actores económicos claves en Somalia y participan en pequeñas empresas a fin de mantener a sus familias, por lo que su participación es vital para el desarrollo económico del país”, destaca Khadija O. Ali, ex miembro del Parlamento Nacional transitorio, al considerar que la exclusión femenina empeora la crisis en el país. Aparejado a la ausencia de una autoridad central, aflora una fuerte economía informal, principalmente en el sector ganadero, también en la transferencia de remesas financieras y en las telecomunicaciones, lo cual algunos podrían considerar paradójico en un ambiente de guerra.

Pero la situación de conflicto, con sus necesidades apremiantes de supervivencia, en la práctica supedita a eso toda demanda de orientar a la sociedad hacia la institucionalidad y la pluralidad en cuanto a la participación femenina en los asuntos decisivos. Todo se percibe ahora como problema de vida o muerte, y lo demás se verá luego, afirman los líderes. Esa promesa encubre una franca marginación del sector en la vida política del país, donde su participación en la consolidación de la paz es un derecho y no un favor que a ellas les conceden.

“El Gobierno Federal de Transición (GFT) excluye a las mujeres de los niveles de decisión. Aparte de la formalidad de mencionar a mujeres y niños como notas al pie de los discursos de las Naciones Unidas y el Gobierno, Somalia lleva a cabo negocios como de costumbre”, dice Khadija O. Ali.

En el articulado del acuerdo de transición somalí se garantiza una cuota del 12% para las mujeres en el Legislativo, pero de los 550 parlamentarios federales, sólo 38 sólo son mujeres, 0,8%. La inclusión femenina en los asuntos oficiales también mejoraría el proceso de reconciliación nacional, partiendo de que las mujeres son actores importantes como elementos de comprensión que han contribuido a resolver conflictos en las comunidades (clanes), claves en la arquitectura de la sociedad en Somalia.

Si bien es cierto que ellas son víctimas de las contiendas armadas y de otros tipos de violencia, ése no es el único protagonismo; su proyección hay que estimarla de alcance multidimensional. En la Revista Pueblos, Fatuma Ahmed reafirma que los roles de la mujer en la guerra son múltiples por la variedad de acciones que puede emprender, los cuales confirman sus potencialidades, fuera del papel de víctimas, de poder promover y construir puentes de paz, así como sugerir con acierto modelos de seguridad en todos los renglones de la vida.

Esa sociedad, básicamente rural, se rige por estrictos patrones internos, a la vez que mantiene las prácticas poco favorables a los derechos de las mujeres. Esto se considera un efecto afín con la ausencia de un gobierno que refuerce la legalidad. En esa cultura moldeada por la guerra, las interpretaciones populares de la ley (sea tradicional u oficial) no son generalmente favorables al sexo femenino e incluyen la aceptación acrítica de la ya muy cuestionada práctica de la mutilación genital.

“Las mujeres están subordinadas sistemáticamente por la cultura patriarcal extendida por todo el país. La poligamia está permitida, pero no la poliandria. Según las leyes aprobadas por antiguos gobiernos, las niñas podrían recibir herencias, pero solamente la mitad de los bienes a los que tienen derecho sus hermanos”, destaca el sitio digital afrol.com. Según esa fuente, entre los problemas del sector femenino somalí está el bajo nivel de instrucción; poco más del 14% fueron alfabetizadas, pero ese índice es de hace siete años, por lo cual se estima que en la situación actual del país esa cifra haya sufrido serias variaciones.

Otra forma de agresión afecta a las mujeres y a la casi totalidad de la población somalí; cerca de ocho millones de personas se encuentran en la pobreza extrema, que se vincula con el hambre y otras necesidades primarias. “La situación sigue siendo crítica”, manifestó la asistente de la Secretaría General de Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios, Catherine Braga. En el contexto somalí, la liberación total de la mujer ha quedado postergada.

Chad: Las adolescentes necesitan protección

El desatinado ir y venir de un grupo de jovencitas que cruzan presurosas grandes avenidas entre vehículos veloces, sin esperar la señal peatonal, es la imagen del conflicto que viven esas chicas africanas en Chad. Numerosas muchachas de las áreas rurales abandonan sus comunidades en busca de un mejor futuro en Yamena, la capital, donde se integran al servicio doméstico.

La República de Chad -perteneciente al Africa Subsahariana- es una nación sin costas situada en África Occidental, rodeada por Libia al norte, la República Centroafricana al sur, Sudán al este y Níger al oeste. Cuna de unas 20 etnias, toma su nombre del lago Chad, la principal reserva de agua del país y el cuarto lago más grande de África. Francia conquistó ese territorio en el siglo XIX, y en 1920 lo incorporó al África Ecuatorial Francesa. En 1960, alcanzó su independencia. En la actualidad el poder lo ostenta el presidente Idriss Déby al frente del partido Movimiento Patriótico de Salvación.

La economía de Chad está ligada a la tierra. El 80% de su población depende de la ganadería y la agricultura, aunque desde 2003, Chad integra la lista de países productores de petróleo. Sin embargo, pese a las prometedoras posibilidades de inversión social derivadas de los hidrocarburos, se mantiene la pobreza que afecta sobre todo a la población femenina.

La Constitución de Chad establece la igualdad de derechos para todos los ciudadanos, pero las tradiciones culturales en la práctica mantienen a las mujeres en un estatus inferior. La educación primaria en ambos sexos es igual. Mientras la cifra de alumnas a partir de la secundaria es menor porque las niñas de 11 y 12 años de edad son destinadas al matrimonio. Con una baja preparación escolar, la oportunidad de la mujer en el mercado laboral es menor.

La situación económica que afecta a esta nación desértica africana, con más de 8 millones de habitantes, coloca a las jóvenes en un sendero pedregoso, afirma Johanne Dunn, Asesora para la protección infantil de Unicef en Chad. Hace poco, durante un encuentro en la Asociación de Sirvientas de Chad (ASCH), la joven Gisele Itno declaró: por cocinar, limpiar, cortar leña, atender a los niños y otras tareas recibo tan poco dinero que no puedo ayudar a mi familia. Mientras, Rosalie Dunde de sólo 12 años, llegada hace poco de la región Borkou en el desértico norte, reveló que trabaja sin descanso todo el día. Añadió: si me quejo, el patrón amenaza con castigos o con no pagarme.

En otras reuniones, las mujeres han indicado que hacen una sola comida al día, viven apretadas en una habitación donde duermen en el suelo. Y varias han denunciado el acoso o abuso sexual de sus patrones, afirma Kaguere Hamit, directivo de la ASCH. El abuso cometido por los empleadores de esas menores de entre 8 y15 años de edad no es sancionado ni por las autoridades ni por la policía, censuró Felicién Ntahiyimana, responsable de protección infantil en Chad.

El empleo de mujeres jóvenes en casas particulares de Yamena y otras ciudades donde son maltratadas y mal retribuidas es una forma no visible de explotación infantil, agregó Ntahiyimana. Por su parte, Constante Thomas, Directora para la eliminación del trabajo infantil en la OIT, indicó que el número de niños víctimas del trabajo infantil ha disminuido en el mundo de forma general. Sin embargo, en el período 2004-2008, la cifra se elevó en África Subsahariana, donde la explotación infantil afecta a uno de cada cuatro menores.

El Gobierno de Chad ratificó la Convención de la OIT para la eliminación de las peores formas de explotación infantil, en 2016. De acuerdo con las autoridades chadianas, para cumplir con ese objetivo, un Comité Interministerial trabaja actualmente en un texto de ley para proteger a las jóvenes sirvientas.

Según Hamit, muchas jóvenes en Chad siguen a Gisele y Rosalie, al salir del autoritario mandato masculino del hogar para trabajar por un salario. En la ciudad dejan de hablar su dialecto nativo “sara” para aprender el árabe, considerado un idioma extranjero que les dará nuevas oportunidades de empleo. Además, se unen en la ASCH donde discuten los problemas sociales del sexo femenino en espera de la ley. Y mientras ese día llega, siguen trabajando para obligar a las autoridades a plasmar en un texto jurídico, el reconocimiento de sus derechos de género y humanos.

* Morejón y Paneque son periodistas de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina; Martínez es jefa de la Redacción de Radio, y Mercedes Pomares es colaboradora de PL.