Su vulgaridad sólo podía compararse con su tontería. Era una pobre actriz empeñada en ser rubia. Empeñada en ser estrella. Empeñada en deslumbrar con la exuberancia de su busto. Empeñada en ser noticia. Empeñada en que la miraran. Y para logarlo hacía lo imposible por no apartarse ni un ápice de la línea diseñada para la rubia clásica del cine norteamericano. La rubia tonta. Bobalicona. La rubia ideal para el uso diario de los sueños. Como diría el madrileño Jardiel Poncela: En Hollywood uno no sabe si ha visto 20 rubias ó 20 veces la misma rubia.

Jayne Mansfield (1933-1967) hablaba cinco idiomas. Poseía una licenciatura. Gustaba de la poesía. Tocaba el violín. Recitaba a Shakespeare. Pero siempre lo ocultaba. Era top-secret. Pues podía arruinar su carrera toda vez que la materia gris era un elemento en pugna con el personaje que proyectaba.

Cierto día, le preguntó a la rubia y curvilínea Marie MacDonald si le molestaba el apodo que le habían puesto de “El Cuerpo”. La actriz le respondió que al contrario. Que lo que había que evitar a toda costa era que te llamaran “El Cerebro”, pues nadie llegaba muy lejos en Hollywood si te decían así. No hay que añadir que para Mansfield aquello constituyó un axioma que siguió al pie de la letra. Exhibicionista hasta el exceso, su caballo de batalla eran sus voluminosos pechos. Unos pechos fuera de lo común que no se avenían con la medida estética de un sabio en belleza femenina como Salomón, el rey de los hebreos, que poéticamente los aludió como las “manzanas del Jardín de Alá”.

Porque, que se sepa, en el bíblico vergel no había manzanas de semejantes proporciones, ya que la blonda actriz registraba más de un metro en redondo. O mejor: 41 pulgadas en el susodicho perímetro.

Aunque es bueno aclarar que a la Mansfield no siempre le marchó bien en sus trajines exhibicionistas. Por ejemplo, una de esas ocasiones fue cuando la Fox invitó a 350 personalidades, entre ellas 30 estrellas, para celebrar la llegada de Sofía Loren a Estados Unidos, contratada por la compañía capitaneada entonces por el griego Spyros Skouras.

Eran los días de la muy divulgada guerra de las medidas y se discutía mucho de la supremacía pectoral entre italianas y estadounidenses. La rubia Jayne, “el pecho más glorioso de Norteamérica”, como pregonaba la publicidad del estudio, llegó una de las primeras. Traía el desafío pintado en la cara y venía preparada para la ocasión. Un escote enorme. Un diminuto vestido de satén blanco. Y un perrito chihuahua del tamaño de una naranja en brazos.

La elegante Sofía arribó con 90 minutos de retraso. Vestía un traje negro, sencillo, estricto. Y un bello collar regalo de su esposo Carlo Ponti, famoso productor. Barbara Stanwyck fue a su encuentro y la besó. Cary Grand le dio la mano. Y la Mansfield la siguió sacando el busto y sin perder ocasión de alinearlo con el de la italiana, aunque nadie pensaba establecer la comparación que ella trataba de provocar.

Viendo lo que acontecía, la rubia perdió el tino y avanzó su “glorioso” pecho con el de la Loren en el momento preciso ¿casualidad? en que un fotógrafo disparó su flash. Hubo exclamaciones de distinto tipo y la agasajada se dignó entonces, sólo entonces, darse cuenta de Jayne. Se volvió ligeramente hacía ella y le lanzó una mirada tan helada con sus hermosos ojos que la otra, ruborizada como una colegiala, tartamudeó y se batió en retirada presurosa.

En otra oportunidad el escenario fue la IX Reseña de Festivales Cinematográficos, en Acapulco, México. Bailó y bebió toda la noche. Y en un arranque de euforia etílica dejó al aire, a la vista de los presentes, durante algunos minutos pues continuó bailando, la colosal protuberancia, espectáculo que acompañó con una crisis de gritos, gemidos y lágrimas.

Escándalo que provocó la airada protesta de la prensa, interesada entonces en conocer si la escandalosa rubia era invitada de honor de la Reseña o asistía por cuenta propia. De su filmografía poco se puede decir y se salvan sólo contadas películas. Como Tú sabes lo que quiero y En busca de un hombre, dos magníficas comedias del guionista, productor y director Frank Tashlin, un importante cineasta en lo que se refiere al reordenamiento del sentido del humor en el cine norteamericano.

Jayne Mansfield desapareció de manera espectacular en un terrible accidente automovilístico. A partir de entonces fue historia su cabellera teñida de blanco. Su pequeña nariz. Su boca grande abierta siempre en una eterna sonrisa. Y, sobre todo, el enorme pecho que la hizo famosa en un medio dado a resaltar vanidades y simplezas.

* Colaborador de Prensa Latina.