Bogotá.- Los historiadores y no pocos politólogos, además de trabajar con fuentes secundarias, que son miradas de otros sobre hechos pasados, tienen las mañas de lanzar pronósticos sobre la evolución de los acontecimientos sociales. Los que predicen muy orondos la paz, la cual estaría a la vuelta de la esquina, o los que vaticinan una guerra de cien años (nos faltarían todavía 50), fundando sus predicciones en tal o cual estrategia militar del Estado, o de la guerrilla, por lo regular se pifian.

Los antropólogos, aunque no faltan los que se alucinan con la astrología y desde el movimiento de los astros también predicen, tienen más oportunidad, aunque tampoco muchos la utilizan, de tener contacto con los fogones indígenas y poder acercarse a la memoria colectiva. Así han llegado a entender la razón por la cual la violencia y exclusión sufridas por estos pueblos, no han sido, ni quieren ser olvidadas. Pero también llegar a comprender la razón de que los indígenas persistan en la idea, que sólo luchando, como lo han hecho sus ancestros durante décadas, pueden superar los impases que se les han presentado en la historia. Lo más importante: de esa memoria colectiva es que derivan su fuerza y su optimismo. Esto que viene de las comunidades, pensado y decidido “desde los fogones de los ancestros”, como dicen los indígenas, es lo que en definitivamente cuenta a la hora de pisar tierra y enfrentar a sus enemigos.

Mantener viva la memoria se constituye en un deber para la sobrevivencia de un pueblo, por aquello de que el olvido es “el triunfo definitivo del enemigo” y “una injusticia absoluta”, como lo consideraba el rumano Elie Wiesel, que como niño judío vivió los horrores del exterminio nazi en Buchenwald. En un hermoso texto de dos cuartillas, “Los peligros de la indiferencia” (1999), comenta que ese niño

“Creyó que nunca volvería a ser feliz. Liberado un día antes por los soldados americanos, recuerda su rabia ante lo que encontraron allí. Y mientras viva, ese joven siempre les agradecerá su rabia y también su compasión. Aunque no entendía su idio­ma, sus ojos le informaron de lo que necesitaba saber: que ellos también recordarían y darían fe de lo que acababan de ver.”

Y concluye su alocución diciendo que “Una vez más, pienso en el chico judío de los Cárpatos. Ha acompañado al hombre anciano en el que me he convertido a lo largo de estos años de lucha y búsqueda. Juntos caminamos hacia el nuevo milenio, impulsados por un profundo temor y una extraordinaria esperanza.”

Las maravillas que hace la memoria. No es gratuito que el poder le tenga tanta animadversión a la memoria de los pueblos.

Hace un par de años fui invitado por la universidad indígena del Cauca, la UAIIN, a dar un concepto sobre su desarrollo. No sabía mucho sobre lo que tenía que hacer. Pero sí tenía en la cabeza ese texto de Elie Wiesel sobre la necesidad de no olvidar. Y fue allí donde encontré el camino para enunciar un concepto sobre el proyecto de educación del CRIC. Todavía no sé si sirvió de algo. Para mi si fue útil, pues me di cuenta de la importancia que ha tenido el proyecto de educación para la recuperación y conservación de la memoria, ante todo para evitar que las nuevas generaciones que entran en escena, borren de la historia, por conveniencia o por indiferencia, episodios esenciales del desarrollo de la política y de las organizaciones indígenas. Un par de ejemplos sirven para ilustrar este fenómeno tan común en la historia de muchos pueblos.

Es muy conocido el hecho de que Stalin quitaba de las fotografías a sus contradictores; el más emblemático caso fue el de Trotsky, que fue borrado de todas las fotos, de la historia oficial y de este mundo. Pero también es conocido el caso de los Astecas, que para esconder y hacer olvidar su humilde origen de pueblos cazadores y guerreros de las praderas del Norte, construyeron sus templos sobre los templos Olmecas y Toltecas, una vez se tomaron el poder en México. Lo mismo hicieron los cristianos, que una vez caída Tenochtitlan, construyeron sus iglesias y catedrales encima de los templos Astekas. Abreviando, esa especie de talibanes de todos los tiempos, que destruyen templos y estatuas, y borran de la historia a sus contradictores los hay a montones en todo el mundo y en todas las doctrinas. Por eso la necesidad de mantener viva la memoria, como la de ese chico judío, o la de las ya “abuelas” de la plaza de mayo en Argentina.

Pero volvamos al Cauca. En esa ocasión y queriendo honrar a la universidad indígena del Cauca, me aventuré a hacer memoria sobre las luchas del CRIC y el papel que había jugado la educación en la formación de sus dirigentes y en el desarrollo de su organización, el CRIC. Hoy quiero volver a hacer memoria, para tratar de entender lo que sucede con las llamadas “revueltas indígenas” en el Cauca.

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En el Cauca indígena se mueven tres proyectos políticos, cada cual pugnando por encontrar el camino para su supremacía sobre los otros, pues son proyectos contrapuestos, están enfrentados y se excluyen mutuamente. Definitivamente no pueden convivir. Son proyectos arraigados en las comunidades, con ideologías propias. Nada más lejano entonces esa idea que sostenía el alcalde indígena de Toribío, Ezequiel Vitonás, que lo que sucedía en el Norte del Cauca tenía su explicación en que todos los actores habían infiltrado a los indígenas. Esa inútil idea de la infiltración y conspiración, ni es cierta, ni explica nada. Es la maniobra del avestruz. Ni nada más torpe que la idea expresada por el senador indígena Marcos Avirama de que “nos mamamos”, para explicar las acciones de la guardia indígena, pues como el resto de burócratas indígenas del país, se entera seguramente por los noticieros de lo que sucede en sus pueblos.

El primer proyecto político que ha habido en el Cauca es el del Estado. Siempre ha estado ahí, agenciado por la iglesia (hoy tenemos que hablar en plural: iglesias), los terratenientes, los comerciantes y los partidos tradicionales (liberal y conservador) que los han representado. Contra este proyecto, dominante en su época, se enfrentó el legendario líder Páez Manuel Quintín Lame y posteriormente el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC). La respuesta que dio este proyecto político del Estado para no perder su hegemonía, fue múltiple. Puso en práctica todas las formas de lucha. Una violenta, que produjo en un lapso de 10 años más de medio millar de muertos indígenas. Combinando esta forma de lucha violenta, Cornelio Reyes, conservador laureanista y ministro de gobierno del presidente liberal Alfonso López Michelsen, puso en marcha la vía desarmada: creó el Consejo Regional Agrario del Cauca (CRAC) para hacerle contrapeso al CRIC y mantener en cintura a los cabildos indígenas, que se escapaban a su control. La promesa del gobierno al CRAC era la entrega de tierras y recursos, siempre y cuando se abandonara la toma de tierras que venía impulsando el CRIC. Este intento del gobierno por reventar al CRIC fue vano y fracasó estruendosamente.

Es alucinante la similitud del CRAC con la creación en marzo de 2009 de la Organización de los Pueblos Indígenas del Cauca (OPIC), impulsada por el ministro del interior Fabio Valencia Cossio, durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Este engendro del gobierno, al igual que el del CRAC, se realizó para contener los avances del movimiento indígena, en este caso de sus marchas. No sorprendió a nadie el hecho de que tras su conformación, la OPIC hubiera declarado su apoyo a la Seguridad Democrática y alabara la Confianza Inversionista, proyectos bandera del presidente Uribe. Lo más representativo de esta organización ha sido sus pronunciamientos en contra de los cabildos indígenas, como formas de gobierno de las comunidades.

El proyecto político del Estado perdió terreno y dejó de ser el dominante, aunque todavía tiene vida en la OPIC, que actualmente se ha convertido en la principal contradictora de los indígenas del CRIC y de la ACIN. La presidenta de esta organización, Ana Cilia Secue, es hábilmente utilizada por la prensa cercana al gobierno, ante todo al expresidente Uribe, para desacreditar este pacífico levantamiento indígena contra todos los actores armados en el Cauca.

El segundo proyecto político en el Cauca indígena es el del Partido Comunista (PC), que tuvo su auge en los años 60 y se fortaleció con la creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Toribio, hoy en el centro del conflicto, fue el baluarte más importante del PC en el Cauca. El gran dirigente indígena del Norte del Cauca, Avelino Ul, pertenecía al PC, en momentos en que las luchas indígenas por la tierra se extendían de la zona Centro a la zona Norte del Cauca. Avelino apoyó las luchas indígenas por la tierra impulsadas por el CRIC , presentándose un distanciamiento de éste con su partido. Y aunque Avelino es asesinado, la movilización por la tierra continúó, dándole la supremacía al CRIC en esa región; el proyecto del PC se desvanece, no sin antes poner en práctica todas las formas de lucha, entregándole a las FARC el liderazgo del proyecto comunista.

En esos años algunos propietarios de tierras de resguardo habían entrado a hacer parte de la Unión Nacional de Oposición (UNO) fundada por el Partido Comunista, con el “combativo respaldo” del Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR). Fue esa la época donde los indígenas recibieron la advertencia de las FARC de no “invadir” (“recuperar” para los indígenas) las tierras de militantes de la UNO. Lo que comenzó siendo una amenaza, terminó con el asesinato (“ajusticiamiento” según las FARC) en febrero de 1981 del líder José María Ulcué y 8 indígenas más. Para esa época el CRIC era tan pusilánime, que el comunicado que emitió decía (no recuerdo bien) algo así como que“… nos extrañaría y deploraríamos que fuerzas que se dicen revolucionarias, tuvieran que ver con este hecho que hoy enluta a las comunidades indígenas del Cauca…”.

Las FARC borraron así de este mundo al primer grupo de autodefensa indígena que surgió en un resguardo para contender las acciones de los “pájaros” (asesinos a sueldo de los terratenientes).

Este hecho acaecido en el resguardo de Munchique-Los Tigres, más el asesinato en 1982 de Ramón Júlicue, líder indígena páez del resguardo de San Francisco en el Norte del Cauca a manos de las FARC y el asesinato del querido sacerdote paéz Álvaro Ulcué Chocué en 1984, ordenado por los terratenientes, a los cuales se les había recuperado la tierra en Toribío y otros resguardos del Norte del Cauca, fueron los hechos más ostensibles para que se fundara el Movimiento Armado Quintín Lame (MAQL), con 139 hombres y mujeres, en su mayoría indígenas paeces.

Hay que recordar que el VI congreso del CRIC en marzo de 1981 (todavía estaban calientes los cuerpos de los asesinados del grupo de autodefensa indígena), se realizó en Toribio, donde el párroco era el paez Alvaro Ulcué. De ese congreso salió el impulso para recuperar las tierras de los resguardos. Esta exitosa recuperación de las tierras de resguardo en el Norte del Cauca no sólo derrotó a los terratenientes, sino que acabó con la hegemonía del PC en Toribío. A Álvaro Ulcué, que había sido el anfitrión y principal promotor del VI Congreso lo responsabilizaron de esta derrota, no sólo del proyecto del Estado, sino del proyecto comunista. Aunque se sabe que entre los que asesinaron a Álvaro Ulcué en Santander de Quilichao se encuentran dos policías del entonces F-2, hoy todavía persisten las dudas, de la misma forma que todavía persisten dudas frente al asesinato de Avelino Ul, después de su acercamiento (“torcida” según el proyecto político del PC) a las luchas del CRIC por la tierra.

Después de muchos enfrentamientos entre el MAQL y las FARC, que causaron más de un centenar de muertos de ambas partes se llegó a un acuerdo de no agresión. Ese acuerdo duerme el sueño de los justos, pues fueron suscritos por Jacobo Arenas, Manuel Marulanda y Alfonso Cano, que ya no viven.

Pero un acuerdo de no agresión no significó que las FARC abandonaran el territorio indígena. Por el contrario, para nadie es un secreto que estrechamente ligada a la ocupación de los territorios indígenas surgen una serie de organizaciones indígenas, cuyo objetivo central es recuperarle al CRIC el terreno político perdido. En agosto de 2006 en Caloto sale a la luz pública un grupo de indígenas provenientes de Caldono y Jambaló, que se hacen llamar “Movimiento Sin Tierra Nietos de Quintín Lame”. Y con indígenas de los resguardos de Miranda, Corinto, Tacueyó, Toribío y San Francisco, las Asociaciones Indígenas Lorenzo Ramos y Avelino Ul, que comienzan a ser muy activos en la recuperación de tierras en la zona plana del Norte del Cauca y en el proyecto de Liberación de la Madre Tierra. Este proyecto político comunista está entonces, como se dice en argot popular, “vivito y coleando”.

El tercer proyecto político al cual queremos hacer referencia y que aquí describimos de último, pero que es el más importante, es el que surge en 1971 en Toribio, con la fundación del CRIC, en un contexto generalizado de lucha campesina por la tierra, que para el caso indígena tuvo que ver con la recuperación de las tierras de sus resguardos, agobiados, como el resto de campesinos negros y mestizos del país, por la miseria debido a la falta de tierras. No extraña que la principal reivindicación del CRIC tuviera entonces que ver con la ‘recuperación de las tierras de los resguardos’. Y tampoco fue casual que los indígenas que más apoyaron la creación del CRIC fueran los ‘terrajeros’, aquellos indígenas sin tierra que tenían que trabajar gratuitamente para el patrón varios días al mes, a cambio de recibir en usufructo un pedazo de su propia tierra. Estos terrajeros provenían de varias zonas indígenas del Cauca. Los más conocidos y combativos eran los de El Credo, en el Municipio de Caloto, pero venían también terrajeros de San Fernando y el Gran Chimán en el resguardo de Guambía (según Álvaro Tombé eran los “más verracos para recuperar tierras”) y de Loma Gorda, en Jambaló.

Este proyecto se fraguó principalmente en el Cauca por ser esta la región que más se ha caracterizado por sus enérgicas protestas y levantamientos protagonizadas por sus pobladores ancestrales contra los poderes que los han dominado; por lo general estos alzamientos eran de naturaleza insurreccional en la medida en que estaban dirigidos contra gobiernos locales, que representaban los intereses de los gamonales, los terratenientes y la iglesia, que en casi todas las zonas estaban aliados o eran los mismos. Esta lucha iniciada por los terrajeros, los más pobres y desposeídos, los más ofendidos, humillados y explotados por una clase semi-feudal, fue una gran lección. Cuando esos terrajeros impugnaron el poder de los gamonales, la iglesia y los partidos políticos para recuperar las tierras de sus ancestros, estaba surgiendo un proyecto político nuevo. Sobre este hecho hicimos memoria (con el corazón que es la memoria más auténtica, más inmediata) en la celebración de los 40 años del CRIC en febrero de 2011:

“Nos lo decía el corazón, que estábamos viviendo una hora americana, de esas insurrectas que le han dado giros radicales a la historia. Hoy sus hijos y nietos tienen la obligación de mantener vivo este legado, no entregar jamás las conquistas logradas, no dejarse doblegar ante la fuerza y continuar el camino abierto por ellos”.

En febrero de 1985 se celebró en el resguardo de Vitoncó una sasamblea del CRIC, donde participaron todos los cabildos indígenas del Cauca (para ese entonces 45). Esa asamblea es de una importancia proverbial para el proyecto político propio, por cuanto fue la primera vez que las autoridades indígenas resuelven unificar sus fuerzas para repeler todos los intentos de menoscabar su autonomía. En este encuentro hizo presencia pública, el MAQL, el cual se comprometió a repeler cualquier ataque a los resguardos y a los cabildos, y a respetar la autoridad indígena en sus territorios. Con la Resolución de Vitoncó se disuadió a aquellos adversarios de los indígenas de continuar con sus acciones punitivas contra los líderes que estaban al frente de la recuperación de tierras. De paso es bueno decir que en esa asamblea de Vitoncó se hizo presente las FARC con dos altos mandos del VI frente, que no se pronunciaron, pero si tomaron atenta nota de las decisiones de los cabildos.

Para los que hemos participado de obra, pensamiento y simpatía de ese proyecto político autónomo de los indígenas del Cauca y admiramos la resistencia de las comunidades, desde la cotidianidad del trabajo en sus huertos, para evitar que se destruyan cosas básicas de su entorno que están conectadas, como la tierra, el agua, los bosques, para proteger su comida, sus semillas y en fin, todo aquello que tiene que ver con la vida misma; y que observamos de cerca los esfuerzos que hacen por sacar adelante sus proyectos de educación y salud, pero también la resistencia que ofrecen para no dejarse quitar sus logros políticos y económicos, que son muchos, nos sentimos orgullosos de que ese proyecto político propio tome nuevos aires y vuelva a ser un referente organizativo para los afrocolombianos y campesinos del Cauca, y por qué no, para los colombianos.

Esos escenarios desde donde operan este proyecto político propio y autónomo, deja así de ser marginal para volverse una fuerza que pueda concluir el proceso de descolonización que se emprendió hace 40 años, y pueda detener, y quizás algún día revertir, los procesos en marcha que continúan mercantilizando los territorios, la madre tierra que llaman los indígenas.

Para terminar me quiero disculpar ante el CRIC, si hace unos meses expresé mi desesperanza en una entrevista (“Hacia dónde va el movimiento indígena colombiano”) manifestando mis dudas de que se ese proyecto propio y autónomo pudiera seguir con vida ante el avance de esos otros dos proyectos políticos, del Estado y de la izquierda. Y digo desesperanza porque del proyecto del Estado, manejado por la derecha, los indígenas no pueden esperar nada; de allí sólo vienen empeños por deshumanizarlos y convertirlos en chivos expiatorios de todos los atrasos del país. Y Dios los salve que el ex presidente Uribe, vuelva por sus fueros con su recién creado partido “Puro Centro Democrático”, que no tiene nada de puro ni de democrático, pero si aspira a ser el centro, alrededor del cual gire toda la vida política del país, un centro fascistoide que si sabe como emplear todas las formas de lucha. Pero tampoco el proyecto político del PC tiene algo que ofrecerles a los indígenas. Son y continuaran siendo dos mundos diferentes en permanente colisión. Lo peor es que este proyecto esta sostenido por un aparato armado que impide cualquier ejercicio democrático en la región. Pero tampoco los indígenas pueden esperar algo de las izquierdas desarmadas. Y quiero reiterar aquí lo que se dijo en la entrevista que ha causado tantas respuestas airadas:

“…las izquierdas de Colombia no son un dechado de virtudes y les falta la grandeza de espíritu, la elevada moral y los gestos nobles, que Rosa Luxemburgo consideraba fundamentales para hacer historia… Son colosos con pies de barro que se desploman al tocar tierra indígena, pues frente a la cuestión étnica tienen demasiadas ideas filosóficas, pero carecen de propuestas políticas prácticas para los pueblos indígenas y afrocolombianos.”

El proyecto político del PC y de las otras izquierdas está declinando y el proyecto propio está con el viento a la espalda, por lo menos así se lo hicieron entender a los colombianos los indígenas paeces con sus bastones de mando. Ese hecho hace que el comportamiento agresivo de Lucho contra el ejército, pase a un segundo plano. El sargento lo entenderá, pero también recibirá una disculpa, pues conozco el talente guerrero, pero también sensato y generoso de lucho.

* Colectivo de trabajo Jenzera, Bogotá, julio 24 de 2012.