En los años 70 y 80 del siglo pasado, el gobierno mexicano regulaba la producción de drogas y supervisaba el traslado hasta la frontera a cambio de una especie de impuesto. La tragedia que vive México en la actualidad involucra a los gobiernos del PRI, del PAN y al de EE.UU.

Durante los años setenta y ochenta, bajo los gobiernos de Echeverría y López Portillo, no existían los cárteles de la droga: había pequeños grupos que se dedicaban a sembrar, transportar y cruzar a Estados Unidos marihuana y heroína. Para el Estado representaban entonces mayor peligro los grupos guerrilleros que los narcotraficantes, con los que se tenía un acuerdo: el gobierno regulaba la producción y supervisaba el traslado hasta la frontera a cambio de una especie de impuesto y del cumplimiento de ciertas reglas: no se permitía que los traficantes anduvieran armados ni que vendieran droga en el país.

Ese “impuesto” se empleaba, en parte, para financiar el combate a los grupos subversivos, y para lograr la buena voluntad de Los Pinos. En el sexenio de De la Madrid empezó a cambiar todo. Según un informante de Anabel Hernández, “el pago de impuestos por parte de los narcotraficantes comenzó a transformarse en dinero directo para los policías y funcionarios”. Nació entonces la organización de los hermanos Arellano Félix (que controlaba el paso de Tijuana), se fortaleció la organización de Juan García Ábrego (suyo era el paso de Nuevo Laredo) y comenzó a despuntar el cártel de Juárez.

Un nuevo elemento intervino entonces, que llevó el negocio a otra escala. En Nicaragua se habían hecho del poder los sandinistas, luego de la revolución que derrocó a Somoza. El gobierno de Reagan ideó una fórmula (conocida luego como Irán-Contras) que consistía en la venta de armas a Irán para, con los recursos, financiar a la contra antisandinista. Menos conocida es, hasta ahora que Anabel Hernández reconstruye minuciosamente la historia (Los señores del narco), la conexión México-Contras: la CIA llegó a un acuerdo con grupos de narcotraficantes mexicanos –con la tolerancia del gobierno de De la Madrid– para que se transportara cocaína de Colombia a México y de aquí se llevara hasta Estados Unidos. Parte del dinero de esa operación se destinaría a financiar a los contras.

El negocio, con el transporte de cocaína, creció exponencialmente.

El asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena es solo una muestra del poder que comenzaron a tener los grupos delictivos, tanto como para retar a Estados Unidos. Para 1989 la DEA calculó que el 60% de la cocaína consumida en Estados Unidos venía de Colombia vía México. Se consolidó entonces el gran cártel mexicano –el del Pacífico, con Amado Carrillo,el Señor de los Cielos, a la cabeza–, por sus conexiones con los cárteles de Cali y Medellín y por su habilidad para corromper a los políticos y a los policías encargados de combatirlos.

La situación no varió con la llegada al poder de Carlos Salinas de Gortari: aunque existen señalamientos de que Raúl, el “hermano incómodo” del presidente, cobraba “derecho de piso” a todos los grupos, se privilegió en los hechos al cártel del Golfo, tal vez por la vieja amistad de Raúl Salinas Lozano con Juan García Ábrego. Con el arribo de Ernesto Zedillo a la presidencia cambió la correlación de fuerzas. Quizá como reacción al favoritismo salinista al cártel del Golfo, se privilegió desde el poder al cártel rival, el del Pacífico. (Puede parecer que estoy hablando con ligereza, pero los tres libros, sobre todo el de Anabel Hernández, ofrecen muchos detalles de la complicidad de las policías federales con este o aquel cártel.)

En 1995, para poner un ejemplo significativo, se permitió el traslado de Joaquínel ChapoGuzmán, recluido en Almoloya desde 1993, al penal de Puente Grande, en Jalisco, donde al poco tiempo de llegar se relajaron todos los controles penitenciarios propios de una prisión de alta seguridad. ElChapoconvirtió su estancia en el penal en una fiesta: drogas, alcohol, mujeres. La fuga delChapoGuzmán, ocurrida en 2001, es un hecho que los tres autores reseñados abordan minuciosamente. Al comparar los tres relatos se advierte más claramente la distancia que va del libro de Anabel Hernández –en cinco años de investigación cotejó actas, fatigó fuentes, se entrevistó con multitud de testigos– al de Reveles y al de De Mauleón, que no son propiamente trabajos de investigación a fondo sino, casi, de mera consulta hemerográfica. Así, Reveles y De Mauleón dan por buena la versión oficial de que elChapo se fugó en un carrito de lavandería del penal. Anabel Hernández echa abajo esa versión, con múltiples pruebas y testimonios.

La teoría de Anabel Hernández es que elChapose había ocultado en la sección de enfermería y que, al darse la alarma de que se había fugado y arribar al penal la policía para buscarlo, cambió su uniforme de preso por el de policía y salió por la puerta grande de Puente Grande, con la complicidad de los directivos y custodios del penal. Desde su fuga, elChapoGuzmán se convirtió en el capo consentido de los gobiernos del PAN (que se han dedicado a eliminar a sus rivales, a proteger a sus líderes, a solapar el uso criminal que durante estos años se le ha dado al aeropuerto de la ciudad de México), hecho que le permitió en muy pocos años expandir su negocio y convertir su organización en una empresa multinacional del crimen, con presencia en 43 países, y a él en uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, según la revistaForbes.

* Fuente: Letras Libres, enero de 2011.