Infinidad de anécdotas dejaron una huella en los Juegos Olímpicos de la modernidad, desde la edición inicial en Atenas-1896, y su encanto aún seduce a los seguidores del deporte mundial. La historia de las citas estivales de París-1900, San Luis-1904, Londres-1908, Estocolmo-1912, Amberes-1920 y Ámsterdam-1928 recoge momentos gloriosos, pero también tiene su lado curioso, insólito, raro… que ha dejado un rico legado, perseguido por todos.

Juegos de Paris 1900: Extravagantes e interminables

Marginados como “teloneros” de la Exposición Mundial de París, los segundos Juegos Olímpicos legaron pruebas insólitas y un récord de duración aún sin batir: cinco meses. De entrada, ni siquiera fueron conocidos como Juegos Olímpicos, y los organizadores se referían a ellos como “Reunión Internacional de Ejercicios Físicos y Deporte”, eufemismo kilométrico como la lid. De hecho, entre sus singularidades destacaron el alargamiento del calendario por cinco meses, la inclusión de modalidades nada convencionales y el caos que caracterizó en ocasiones su desarrollo. Pese a ser concebidos como una suerte de exhibición colateral a la Expo, 1.225 deportistas de 26 países respondieron al llamado, aunque la gran estrella fue el estadounidense Alvin Kraenzlein.

El velocista norteño se coronó en las modalidades de 60 metros lisos, 110 y 200 con obstáculos y salto largo, y entre él y tres compatriotas ganaron 11 de los 23 títulos disputados en atletismo. Por cierto, las pruebas de campo y pista fueron programadas para realizarse en apenas dos días, en un área de 500 metros en el bosque parisino de Boloña, cuyo pasto era muy espeso y altamente húmedo.

Entre las pruebas insólitas disputadas estaban los cinco mil metros por equipos y los saltos alto, largo y triple “parados” (sin tomar impulso), todos ganados por el estadounidense Ray Ewry. A su vez, en la natación se compitió por debajo del agua y en 200 metros con obstáculos, ambas disputadas en el legendario río Sena, donde también se compitió en… pesca de caña. Por cierto, nadie recuerda el nombre del campeón pescador, quien fue marginado de la lista de monarcas olímpicos, uno más en la nómina de errores organizativos de esos Juegos.

El húngaro Rudolf Bauer subió a lo más alto del podio tras ganar la prueba de lanzamiento del disco, pero izaron la bandera de Estados Unidos y la banda de música interpretó el himno de ese país. Ante la protesta del magyar, la ceremonia se paralizó hasta que fue encontrada una enseña húngara, pero entonces la banda entonó el himno nacional de Austria. Nadie recuerda qué hizo entonces Bauer…

San Luis-1904: Los Juegos allende los mares

Ocho años después de efectuarse en Atenas el relanzamiento de los Juegos de la Antigüedad, la ciudad estadounidense de San Luis acogió los III Juegos Olímpicos de la Era Moderna que por vez primera se disputaron fuera de Europa. Entre el 1 de julio y el 23 de noviembre se reunieron 687 atletas (681 hombres y 6 mujeres) de 13 países para competir en 17 deportes y 104 especialidades.

La liza se realizó como parte de la Exposición Universal de San Luis, por ello los organizadores distribuyeron las pruebas deportivas durante más de cuatro meses. A pesar de las enormes inversiones de dinero en la organización, el número de atletas participantes procedentes de otros países sólo fue de 42; los organizadores apenas lograron interesar a los atletas de Europa en cruzar el Atlántico para participar en el evento.

En estos juegos se inició la tradición de dar medallas de oro, plata y bronce a los tres primeros puestos de cada competición. Se incluyeron por primera vez la lucha estilo libre y el boxeo como deportes olímpicos. La justa fue desafortunadamente marcada por la segregación racial. El desfile inaugural, con el título de El Día Antropológico, mostraba a los espectadores miembros de razas supuestamente inferiores que luego competirían en eventos paralelos sin registro oficial. El barón de Coubertin calificó estos hechos como un espectáculo bochornoso.

El estadounidense Archie Hahn, conocido como meteoro de Milwaukee, ganó 60 m, 100 m y 200 m, fijando el récord olímpico para esta última especialidad en 21,6 segundos. Este récord perduraría durante 28 años. En el lanzamiento de disco, los estadounidenses Martin Sheridan y Ralph Rose empataron en la final lanzando el disco a 39,28 m. Los jueces les concedieron una oportunidad de desempate, que aprovechó el primero de ellos. Anton Heida, gimnasta anfitrión, logró cinco victorias en caballo con arzones, barra fija, salto largo, combinado y sexatlón por equipos, y un segundo puesto en paralelas. George Eyser consiguió 3 victorias en sexatlón por equipos, paralelas y subida de cuerda de 25 pies, dos medallas de plata en salto largo y caballo con arzones, y una medalla de bronce en barra fija.

Pero el hecho más curioso e impactante tuvo como protagonista al cubano Félix “El Andarín” Carvajal, especialista en maratón. Carvajal se presentó a la línea de salida del maratón con unos viejos pantalones largos, una deteriorada camisa de mangas largas y unos zapatos que no eran propios para la carrera. A su llegada a Nueva Orleáns, el cubano perdió todo el dinero que llevaba por lo cual tuvo que realizar el viaje hasta San Luis con la ayuda de muchas personas.

El estadounidense Jhon Sheridan, vencedor de la prueba de disco, acudió en su auxilio y con unas tijeras le cortó los pantalones a la altura de las rodillas, para que se sintiera cómodo durante la competencia. Sin embargo, en un momento de la carrera, y cuando cortejaba la primera plaza, el cubano, muerto del hambre, hizo un alto para comerse unas manzanas verdes que le provocaron una indigestión con lo que dejó pasar su gran oportunidad. Las simpatías que despertó entre los concursantes, su esfuerzo y la demostración de coraje de la que fue protagonista hicieron que sus colegas atléticos costearan su vieja de regreso a Cuba.

También en estos Juegos hubo un tramposo y fue el neoyorquino Fred Lorz, que llegó en primer lugar en el maratón tras cometer un fraude descubierto poco después. Cansado por el esfuerzo, el estadounidense se subió a un auto y recorrió una buena parte de la ruta de esa forma. Descubierto el engaño por los jueces, no tuvo ningún problema en reconocer su error, por el cual fue descalificado, dando por ganador al también norteamericano, Thomas J. Hicks, atleta cuestionado por presunto intento de dopaje.

La trampa se llamó Frederick Lorz

Conocido por su “descarnado engaño” durante la lid de San Luis-1904, el albañil estadounidense Frederick Lorz pasó a la historia como uno de los mayores tramposos olímpicos. Tras su entrada triunfal al estadio como ganador del maratón, Lorz tuvo momentos de felicidad extrema. Los fotógrafos le persiguieron y él, solícito disfrutó de cuanta celebración espontánea se sucedieron. Tanta era su euforia que hasta se tomó una foto con Alicia, la hija del presidente Roosevelt, y saboreó la gloria de los grandes triunfadores. Lorz estaba feliz. Sin embargo, más rápido se coge a un mentiroso que a un cojo y la verdad se supo minutos más tarde.

A los 10 kilómetros de la carrera Lorz marchaba de último y decidió dejar de correr. Poco después se sentó en la parte trasera del automóvil de su entrenador y cuando éste arrancó, descubrió que seguía la misma ruta de la competición. Cinco kilómetros antes de la meta, Lorz bajó de auto y comenzó a correr como si nada hubiese pasado. Llegó al estadio en primer lugar, sin apenas signos de cansancio. Los aficionados le aclamaron como el gran vencedor.

Sin embargo, su compatriota Thomas Hicks, que entró en segunda plaza, muy extenuado, dijo que era completamente imposible que Lorz le hubiera adelantado sin que él le viera, con lo cual sembró dudas el éxito de su connacional. Quizá en un acto de “mea culpa”, el ganador acabó confesando cómo consiguió ganar la prueba y huyó del estadio mientras el público le manifestaba su descontento.

El hecho, insólito en Juegos Olímpicos y de un carácter estrafalario, inmediatamente fue reprimido. Abucheado y apedreado, al tramposo albañil se le retiró su presea de oro. Finalmente Hicks, un payaso de profesión, resultó entonces el medallista de oro del maratón con un tiempo de 3 horas y 28 minutos, el más lento de la historia. En la sofocante jornada, llegó a la meta con inyecciones de estricnina, hoy una droga prohibida, y sorbos de brandy.

Tan decepcionante fue la maratón de San Luis que Félix Carvajal, un cartero cubano, fue cuarto pese a correr con ropa de calle e intoxicarse con unas manzanas que recogió en el camino. Tras una sanción de por vida, Lorz fue perdonado y en 1905 ganó la Maratón de Boston, y algo de honor. Murió de neumonía en 1914, con apenas 29 años.

Londres-1908: Los Juegos exhiben otro rostro

Después de tres fracasos y con los errores bien aprendidos, los ingleses lograron con la disputa de los IV Juegos Olímpicos brindar un modelo al mundo de estructuración y de organización que perdura hasta nuestros días. La justa bajo los cinco aros fue concedida a la capital del Reino Unido tras la erupción del volcán Vesubio que privó al gobierno italiano —Roma sería la sede–, de los recursos financieros necesarios que se destinaron a la reconstrucción de Nápoles, la ciudad más dañada.

La liza se disputó del 27 de abril y el 31 de octubre con la presencia de 2.023 atletas (44 mujeres) de 22 países, y acciones en 21 deportes y 109 pruebas. Por primera vez, los Juegos contaron con su propio estadio para albergar la mayoría de las pruebas. En tan sólo nueve meses, del 31 de julio de 1907 al 1 de mayo de 1908, se construyó el estadio de Shepherd’s Bush -actual White City- con capacidad para 80 mil espectadores. Contó además, con una pista de cemento para la competición de ciclismo, otra de ceniza volcánica para atletismo y una piscina de 100 m. de longitud.Un amplio terreno de hierba se ubicó al centro del estadio para el rugby, fútbol, hockey, saltos, lanzamientos, lucha, gimnasia y tiro con arco.

Los Juegos Olímpicos de Londres fueron los primeros que contaron con una ceremonia de inauguración, a la que acudieron 15 mil espectadores para presenciar el desfile de todas las delegaciones tras sus banderas, la mayoría de ellas seleccionadas a nivel nacional. En el programa de los IV Juegos Olímpicos se incluyeron infinidad de pruebas nuevas como los relevos 1 800, los 3 500, las cinco millas y las diez millas de marcha. Los 100, 400 y mil 500 metros libres, 100 espalda, los 200 braza y relevos masculinos también tuvieron su estreno olímpico en la natación, así como el tiro al blanco-retorno, el hockey, polo acuático y el tenis. Igualmente los concursos de zambullida y de los torneos de hockey-sur-gazon.

Los arqueros británicos William de 41 años de edad, y Lotie Dod se convirtieron en los primeros hermanos medallistas de los Juegos, al ganar oro y plata, respectivamente. El también local Oskar Swahn, de 60 años, resultó el deportista de más de edad que ganó medalla de oro olímpico en tiro sobre ciervo corriente. En un gesto notable y deportivo, la final de los pesos medios de lucha grecorromana entre los suecos Frithiof Martensson y Mauritz Andersson fue aplazada por un par de días. La recuperación de una pequeña herida de Martensson, finalmente ganador del oro, fue la causa del aplazamiento.

Ray Ewry ganó el salto de altura y en longitud sin arranque por tercera vez, convirtiéndose en el único atleta de la historia olímpica que gana un total de ocho medallas de oro en pruebas individuales. Pero sin dudas, el acontecimiento que más llamó la atención del mundo entero fue la llegada dramática del maratón.

El italiano Dorando Pietro fue el primer atleta en entrar al estadio, pero debido al gran esfuerzo realizado se cayó en la pista a menos de cinco metros de la meta. Levantado por el personal del estadio fue ayudado a llegar a la raya de sentencia, por lo que fue descalificado. En resumen el maratón de los Juegos Olímpicos de Londres-1908 lo ganó el estadounidense Johnny Hayes, de la ciudad de Nueva York.

En la cena de clausura de los Juegos, tras las dos semanas donde se concentraron las principales pruebas, el francés Pierre de Coubertain, creador de los Juegos Olímpicos de la era moderna, pronunció una frase, que ha pasado a formar parte de la historia, no sólo del Olimpismo, sino del deporte en general: “Lo importante no es ganar sino participar”. La historia recoge que se la escuchó al arzobispo de Pensilvania, en el acto religioso que ofició en la catedral de San Pablo, con motivo de la celebración de los Juegos.

Estocolmo-1912: El Rey Gustavo el mayor animador de los Juegos

Ni el ambiente prebélico europeo por la inminencia de la I Guerra Mundial ni el temor prevaleciente de viajar al Viejo Continente, evitaron que el Rey Gustavo de Suecia se convirtiera en el mayor admirador de los V Juegos Olímpicos de Estocolmo-1912. La presencia del soberano sueco además de prestigiar el magno evento, fue el motor impulsor de un proyecto votado por unanimidad en el décimo congreso del Comité Olímpico Internacional celebrado en Berlín en junio de 1909, tras retirar la capital alemana su candidatura por no poder contar con su estadio en el plazo señalado.

El Comité Organizador puso en marcha toda una campaña propagandística, a base de folletos, programas y carteles que anunciaron tanto la celebración de los Juegos como las excelencias de la ciudad anfitriona. Veintiocho naciones estuvieron representadas por 2.490 atletas que compitieron en 102 eventos, y hubo una cifra record de participación femenina con 55 especialistas.

Por primera vez la justa bajo los cinco aros tuvo un cartel alusivo, y del cual, según recoge la literatura histórica, se imprimieron un total de 88 mil ejemplares. Pero la lid fue también el escenario ideal para la realización de un concurso de arte que intentó mostrar las obras que mejor reflejaran la actividad deportiva con la presencia de pintores, arquitectos, músicos, escritores y escultores, para dotar a la capital sueca de intensa actividad cultural durante varios días.

El estadio Olímpico de un aforo para 32 mil espectadores fue diseñado por el arquitecto Torben Grut, y semejó un castillo medieval. En la actualidad se le reconoce el hecho de ser una de las instalaciones en el mundo mejor concebida para la actividad deportiva. La edición del 1912 resultó también un modelo de eficiencia y organización durante décadas y se introdujeron los cronómetros electrónicos para las pruebas de pista, así como el de sistema de megafonía.

Debutaron en el programa de los Juegos el pentatlón moderno, la natación femenina y el clavado, pero los suecos no permitieron el torneo de boxeo por su aversión al deporte de las cuerdas. La prueba de ruta del ciclismo tuvo una extensión de 320 kilómetros, la carrera más larga de cualquier tipo en la historia de los Juegos Olímpicos y su ganador, el surafricano Okey Lewis, registró un tiempo de 10 horas con 42 minutos y 39 segundos.

El finlandés Hannes Kolehmainen ganó cuatro medallas y se consagró como el gran especialista en las pruebas de fondo en las que logró tres oros: en 5 mil, y 10 mil metros lisos, y 8 mil a campo a través; y una plata por equipos también en 8 mil. Entre las féminas, la británica Edith Hannam con dos metales dorados en tenis fue la mujer que mayor número de medallas consiguió, y en 800 metros planos para hombres el estadounidense Ted Meredith impuso récord mundial con tiempo de 1:52.19 minutos.

Quizá el empate más peleado en citas olímpicas ocurrió en el combate de lucha greco-romana entre el sueco Anders Ahlgren y el finlandés Ivar Bohling que tras nueve horas de combate los jueces declararon la igualdad. Y el desafío semifinal más largo del que se tenga conocimiento hasta ahora ocurrió igualmente en ese estilo de la lucha con el enfrentamiento del estonio Martin Klein y el finlandés Alfred Asikainen, ganado por el primero después de once horas de pelea. Klein terminó tan exhausto que no se presentó en la discusión de la medalla de oro.

Shizo Kanakuri: el maratonista durmiente de Estocolmo-1912

Pese a ser favorito por retener un primado mundial, el japonés Shizo Kanakuri protagonizó, en la V edición de los Juegos, la anécdota más curiosa de la historia tras finalizar la maratón 50 años después. Luego de establecer un destacado resultado de 2:32:45 horas (40 kilómetros) y mejorar el registro anterior por 27 minutos, nadie dudaba del representante nipón como indiscutible preferido para la medalla de oro en la larga distancia de esa cita estival.

Los organizadores de la lid de Estocolmo-1912 se alarmaron mucho cuando la delegación japonesa denunció la desaparición de Kanakuri, quien después de rebasar el kilómetro 30, víctima del agotamiento por calor excesivo, recibió la ayuda de algunos pobladores de Tureberg para continuar la competencia. Pese a los esfuerzos puestos en su búsqueda, los organizadores jamás dilucidaron lo ocurrido allí, cuando el corredor se durmió tras beber unos zumos y despertó avergonzado horas más tarde para emprender el regreso furtivo a la tierra del sol naciente.

Nadie volvió a acordarse de él hasta 1962 cuando un periodista sueco lo localizó en su ciudad natal de Tamana como un apacible profesor jubilado y publicó su peripecia. Las autoridades suecas lo consideraban desaparecido a pesar de competir en el maratón olímpico en 1920, donde ocupó el lugar 16 (2:48:45), y no completar una vez más los 42.195 kilómetros en la cita de París-1924.

En 1967, ya con 76 años, la televisión sueca lo invitó a Estocolmo para finiquitar la distancia que se le resistía desde hacía poco más de medio siglo, y fuera ganada en un principio por el sudafricano Kenneth McArthur (2:36:54.8). Así con 54 años, 8 meses, 6 días, 8 horas, 32 minutos y 20.3 segundos, logró la increíble marca de mayor tiempo recorrido en un maratón. “Ha sido una carrera larga pero, entre tanto, he tenido una esposa, seis hijos y diez nietos, y eso lleva su tiempo” declaró entonces. Kanakuri falleció a los 93 años de edad en 1984, en su haber quizás coexistieron igual cantidad de fracasos y éxitos, mas siempre será recordado por los amantes del olimpismo como el maratonista durmiente de Estocolmo-1912.

Amberes 1920: Adiós a la guerra, bienvenida la paz

Concluida la Primera Guerra Mundial, el mundo comenzó una reorganización geopolítica importante en la que los Juegos Olímpicos de Amberes-1920 cumplieron un papel trascendental para devolver la paz y la estabilidad regional. Desde la Era Antigua los Juegos Olímpicos marcaban un período de “alto al fuego” entre conflictos bélicos, sin embargo esa idílica tradición se vino abajo en tiempos modernos cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, cuya mecha fue el fatídico asesinato de los archiduques de Austria, en Sarajevo. Esa contienda de gran escala imposibilitó la celebración de los Juegos de Berlín-1916 y provocó el traslado de la sede del Comité Olímpico Internacional (COI), desde la capital de Francia, París, a la urbe suiza de Lausana, donde radica en la actualidad.

Finalizada la guerra varios países exigieron la exclusión del COI de Alemania y el resto de los perdedores, momento en el que emergió la omnipresente figura de Pierre de Fredy, o Barón de Courbertin, quien sentenció: “La política no debe interferir dentro del Movimiento Olímpico”. Sin embargo, las grandes presiones surtieron efecto y Coubertin dio su brazo a torcer, aunque encontró una solución magistral que dejaba al COI limpio de polvo y paja, al delegar en manos del Comité Organizador la formulación de las invitaciones.

Así, tras la concesión a Amberes de la sede de los Juegos estivales de 1920 -llamados los Juegos de la Paz-, quedaron automáticamente fuera del certamen multideportivo Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria, Turquía, Rumania y Polonia, además de Rusia que estaba en medio de una cruenta guerra civil que llevó al poder a la Revolución Socialista de Lenin. Una Olimpiada puede no celebrarse, pero su período le pertenece y en la historia debe figurar como cancelado, esa fue la definición del Barón Coubertin para catalogar los de Amberes como los VII Juegos Olímpicos de la Era Moderna, dejando los VI para Berlín pese a su cancelación.

Si hoy día organizar unos Juegos Olímpicos implica el derroche de billones de dólares en fastuosas instalaciones y enormes centros de prensa, en Amberes la historia fue diametralmente opuesta debido a la resaca de la guerra, que dejó a Bélgica sumida en la quiebra. En Amberes todo fue muy modesto. Un estadio olímpico con capacidad para solo 30 mil espectadores que rodeaba la pista de ceniza de 400 metros; las pruebas de natación se disputaron en uno de los fosos de las fortificaciones que se llenaron de agua; además de los aceptables recintos del “Palais de la Glace”, el polígono de tiro de Basschaert, y Country Club de Hoogboom para las pruebas de equitación.

Varias de las novedades de esta cita tuvieron lugar en la misma ceremonia de inauguración, por cierto, presidida por el rey Alberto I, la reina Elizabeth y el cardenal Mercier. Por primera vez en la historia de estas lides cuatrienales ondeó la bandera de los cinco anillos: azul, amarillo, amarillo, verde y negro, entramados sobre fondo blanco simbolizan a los cinco continentes unidos y, a la vez, a todos los colores de las banderas nacionales del mundo.

Además se pronunció el primer juramento de los atletas, honor que correspondió al esgrimista belga Víctor Boin y versó así: “Juramos que nos presentamos en los Juegos Olímpicos como participantes leales, respetuosos de los reglamentos que lo rigen y deseosos de participar en ellos con espíritu caballeresco, por el honor de nuestros países y la gloria del deporte”.

A la cita se presentaron 2.669 atletas, de 31 países, de ellos 2.591 hombres y 78 mujeres, y se compitió en 25 deportes. Estados Unidos conquistó el primer lugar por naciones, con 41 medallas de oro, 27 de plata e igual cantidad de bronces, seguido por Suecia (19-20-25) y Reino Unido (15-15-13).

Entre las actuaciones más descollantes pueden contarse las del fondista Paavo “el finlandés volador” Nurmi, dueño de tres preseas áureas; los hermanos italianos Nedo y Aldo Nadi, esgrimistas, ganadores de ocho de las 15 medallas de oro; y la plata del tirador sueco de 72 años Oscar Swahn, convirtiéndose en el medallista de mayor edad de todos los tiempos.

Ámsterdam-1928: A mal tiempo buena cara

Los IX Juegos Olímpicos de Ámsterdam-1928 hicieron válido eso de que “a mal tiempo buena cara”: el clima fue nefasto, pero los éxitos deportivos abundaron, y terminó el boicot contra Alemania. Los teutones, marginados tras la primera Guerra Mundial, fueron readmitidos en el seno de los cinco aros, para redondear unos 3.900 competidores de 46 países.

Estados Unidos lideró nuevamente el atletismo con ocho títulos, aunque solo uno en pista (400 metros), cuando Raymond Berbuti sobrepasó al canadiense James Ball, quien perdió el ritmo por mirar hacia atrás a solo 10 metros de la meta. No obstante, Canadá golpeó a sus vecinos del sur donde más les dolía, en los 100 y 200 metros planos, ambas pruebas dominadas por Percy Williams, un estudiante de Vancouver que hizo autostop hasta Toronto para luchar su cupo olímpico.

Finlandia se impuso en las carreras de fondo con cuatro preseas doradas, una de ellas (10 mil metros) para Paavo Nurmi, quien llegó a su novena en tres versiones olímpicas consecutivas. Nurmi cayó en los cinco mil metros ante su compatriota Ville Ritola, conocido como el “finés volador”, vencido en tres mil metros con obstáculos por el también finlandés Toivo Loukola.

Amsterdam hizo honor a su reputación de ciudad de libertades e iconoclasia, y en franco desafío a las objeciones del Papa Pío IX realizó las pruebas de campo y pista para mujeres. El nadador argentino Alberto Zorrilla aprovechó que los favoritos Andrew Charlton y Arne Borg se vigilaban y no lo cuidaron, para ganar los 400 metros libres, sin el campeón anterior Johnny “Tarzán” Weissmuller.

Con su bronce en los cuatro mil metros persecución, los ciclistas británicos Harry, Percy y Frank Wyld se convirtieron en los primeros tres hermanos que ganan una medalla olímpica en el mismo evento y en unos mismos Juegos. El jinete checoslovaco Frantiscek Ventura ganó el Grand Prix ecuestre de saltos con un récord que perduró hasta Montreal-1976, al realizar un recorrido inmaculado, sin una sola falta.

En otro incidente sui géneris, Uruguay y Argentina tuvieron que repetir la final del fútbol, pues en el primer enfrentamiento jugaron el tiempo reglamentario y dos extras empatados a un gol. Al día siguiente, los uruguayos triunfaron 2-1 para retener la corona alcanzada en los Juegos Olímpicos anteriores.

Japón debutó en estas lides y consiguió la primera medalla para Asia, cuando Mikio Oda derrotó al favorito estadounidense Levi Casey en el salto triple, mientras el haitiano Silvio Cator ganó plata en el salto de longitud. Por naciones, Estados Unidos continuó su racha exitosa con 22 medallas de oro, 18 de plata y 16 de bronce.

* Periodistas de Prensa Latina.