Alejandría, Egipto y La Habana (PL).- Ni el penetrante tufo a pescado ni sus casas descoloridas opacan el atrayente hechizo de Rhakotis, ese barrio alrededor del cual Alejandro Magno maquilló el rostro más helénico e ilustrado de un Egipto con raigambre faraónica. Situado en la zona este de Alejandría, Rhakotis fue el pueblo de pescadores egipcios que halló el conquistador griego cuando buscaba dónde erigir una ciudad cuya estratégica posición la hiciera un importante centro portuario, comercial y cultural de la Antigüedad. En Portugal, aunque nadie puede precisar a ciencia cierta la procedencia de la palabra Lisboa, la tesis más difundida es que deriva de los vocablos Alis Buna, que significan ensenada buena o segura, con que los mercaderes fenicios bautizaron la población que encontraron en el lejano siglo VI cuando entraron desde el océano Atlántico al caudaloso estuario del río Tajo (Tejo en portugués).

Muy distante de aquel año 332 antes de nuestra era (a.n.e.), cuando se fundó la urbe con costas al mar Mediterráneo, el suburbio sigue fiel a su tradición pesquera y es el sitio por antonomasia para que propios y extraños degusten comida marina y armen tertulias ajenas a todo lujo. Sus calles con tramos maltrechos, unas veces saturadas de escombros y casi siempre emanando olores de pescado fresco o frito, son quizás el lado más auténtico y, a la vez, más decadente de la Alejandría de hoy, pero sus tesoros humanos y patrimoniales lo tornan insoslayable.

Precisamente, a sus calles se volcaron muchos obreros, desempleados y estudiantes egipcios que se sublevaron en Alejandría contra el gobierno de Hosni Mubarak, secundando la revuelta histórica de enero y febrero de 2011 en la plaza Tahrir de El Cairo.

Transpirando historia en cada esquina, en Rhakotis se levanta el templo de Serapis, el dios greco-egipcio que da nombre al Serapeum, un conjunto de túneles, criptas y estatuas mutiladas extendidas a los pies de la imponente Columna o Pilar de Pompeyo (siglo III a.n.e.). En ese recinto hay vestigios de la ineludible y antiquísima relación de los egipcios con el río Nilo, pues el Nilómetro permite entender el método de medición de la variación en el nivel del agua para utilizarla y, además, prevenir inundaciones.

Muy cerca está el área de Kom Al-Dekka con un pequeño anfiteatro romano, formado por 12 gradas de mármol de aproximadamente 800 plazas, con galerías y suelos de mosaico que lo convierten en el único monumento de su tipo en Egipto. Los Ptolomeos habían creado alrededor de ese sitio termas y villas romanas, pero hoy rejas, asfalto, hierbas y edificios modernos reducen ese entorno a un minúsculo espacio próximo a la igualmente atractiva, aunque desvencijada y mucho menos añeja, estación de ferrocarril.

Como toda ciudad costera, sus habitantes viven, crean y sueñan conectados con el mar, de ahí que entre las esculturas ornamentales que se aprecian a lo largo de la extensa Corniche (avenida del litoral), haya alegorías al Mediterráneo y al legado naval de época grecorromana. A la orilla del mar está el Palacio Montazah, que fue residencia de verano de la familia real egipcia y ahora alberga un museo en su honor y un relajante jardín que sirve de alameda a los alejandrinos, así como otros edificios de particular atractivo mundial.

Un paseo en carruaje tirado por caballos o una caminata por la Corniche es la mejor forma de apreciar desde la perspectiva del mar la magnificencia de la Biblioteca Alejandrina, con su diseño futurista y su techo de cristal inclinado con claraboyas que da a la costa. La historia y la valiosísima colección que atesora son cautivantes y siempre un paliativo para visitantes contrariados cuando se les cuenta que el inmueble no se erigió en el mismo sitio donde estuvo la biblioteca original construida en el siglo III a.n.e.

No obstante, la Biblioteca Alejandrina (nombre oficial) tiene cifras de récord: guarda más de ocho millones de libros, 100 mil manuscritos antiguos, 10 mil libros raros, y material electrónico y audiovisual. La original fue considerada la mayor de su tipo en la Antigüedad, y en ella se formaron figuras renombradas como los matemáticos Euclides (300 a.n.e.) y Herón de Alejandría (62 d.n.e.), el médico Galeno, y el filósofo y astrónomo Eratóstenes alrededor de 200 a.n.e..

Otros sellos inconfundibles en la silueta de la milenaria urbe son el puente de Stanley con sus modestas torres gemelas aledañas al mar y la ciudadela Qaitbay, además de la mezquita de Al-Morsy Abu El-Abbas. El de Abu El-Abbas es el edificio religioso más significativo de la ciudad, tanto por sus minaretes y cúpulas de estilo andaluz que parecen tener encima un manto bordado, porque la edificó un jeque islámico español considerado patrón de los pescadores.

El fuerte de Qaitbay toma su nombre del sultán que lo mandó construir en 1480, pero suscita curiosidad por haber sido levantado sobre las piedras que quedaron del Faro de Alejandría, una de las siete maravillas del mundo antiguo derribado por un sismo en el siglo XIV. Todavía el visitante puede tocar algunos bloques de granito que sirvieron de base al faro erigido por el arquitecto Sóstrato de Cnido alrededor de 280 a.n.e. en la isla de Faros, luego unida a tierra firme por un dique que construyó mucho antes Dinócrates de Rodas.

La lista de atractivos de la segunda ciudad de Egipto, con más de cuatro millones de habitantes, incluye el cementerio de Al-Shatby, el monumento al Soldado Desconocido, las tumbas de Anfushi, localizadas entre 1901 y 1921, y la vasta colección de arte faraónico, grecorromano, copto y árabe del Museo Nacional.

Sin embargo, es imperdonable marcharse sin visitar las antiquísimas catacumbas de Kom El-Shoqafa, de los siglos I y II donde se refleja con nitidez la confluencia del arte faraónico, griego y romano. Igual de sugerentes son las ruinas de Taposiris Magna, un templo donde una arqueóloga dominicana excava incesantemente desde hace años, esperanzada en localizar los sepulcros de Cleopatra y Marco Antonio.

Alejandro Magno no alcanzó a ver su sueño urbanístico, pero sucesivas generaciones de egipcios se han empeñado en preservarlo como referencia universal, incluso en tiempos de reducción de su activo comercio portuario o de crispación política tras la caída de Mubarak.

Lisboa: La Ciudad del Encanto

Aunque nadie puede precisar a ciencia cierta la procedencia de la palabra Lisboa, la tesis más difundida es que deriva de los vocablos Alis Buna, que significan ensenada buena o segura, con que los mercaderes fenicios bautizaron la población que encontraron en el lejano siglo VI cuando entraron desde el océano Atlántico al caudaloso estuario del río Tajo (Tejo en portugués). Con una superficie de 84,8 kilómetros cuadrados y una población de apenas 545 mil 245 habitantes (datos del 2011) no es difícil proponerse- y lograr- meterse en la memoria y el corazón una Lisboa particularísima para cada visitante.

Quien la recorre recibe la impresión de que es el área del planeta con más palacios, monasterios y monumentos en general por kilómetro cuadrado y de ahí que por doquier se respire historia, cultura, raíces… La Plaza Marqués de Pombal es un significativo punto para iniciar una experiencia inolvidable.

Nudo importante del a veces caótico tránsito vehicular, se destaca por su gigantesco monumento a aquel primer ministro a quien no le tembló la mano para ordenar derribar lo poco de la ciudad que había quedado en pie después del terremoto de 1755 (mató entre 60 mil y 100 mil personas), diseñar y construir la nueva ciudad, una parte importante de la cual aún es posible apreciar.

Aquí nace la amplísima Avenida de la Libertad , la puerta de la Baja Pombalina, con su abundante vegetación, infinidad de cafés, bares y restaurantes y el memorial a los caídos en la I Guerra Mundial depara infinidad de sorpresas, como la Plaza de los Restauradores, con su monumento a la liberación del yugo español en 1640 y, a la derecha, el bellísimo Palacio Foz, hoy sede de instituciones públicas e instalaciones culturales.

Unos pasos más y se llega a la Plaza Rossio, con otra imponente estatua, la de Dom Pedro IV, el emperador que dio la independencia a Brasil, y el Teatro Nacional Dona Maria II, con una cantarina fuente enfrente. Muy cerca se aprecia el elevador de Santa Justa, construido en 1902 con técnicas utilizadas en la torre Eiffel.

Poco más adelante se abren ante el visitante las calles Augusta, de Oro y de Plata, por siempre colmadas de establecimientos de todo tipo donde aún hoy día se puede adquirir ropa, lencería y otras confecciones hechas a mano y por encargo, a la vez que la vista choca y se deleita asombrada con disímiles objetos que la modernidad ha lanzado al olvido.

Ya se está a un paso de la Plaza del Comercio, con su enorme arco y una no menos portentosa estatua ecuestre del rey José I, erigida en 1775. Este punto, en sus orígenes, era precisamente la entrada a la ciudad cuando los navegantes de épocas pasadas atracaban sus barcos en los muelles del anchuroso y profundo Tajo.

Situado en una de las siete colinas que sirvieron de base a la ciudad, en cuyas empinadas calles se respira la vida de otros tiempos, el barrio de Alfama abre los ventanales de par en par y ofrece las eternas tendederas de ropa secándose al sol, una tarjeta de presentación de Lisboa. En la cima, el castillo de San Jorge, cuyo nacimiento data del siglo V, obra de los visigodos, fortificado por los moros en el siglo IX, saqueado por los cristianos en el siglo XII y hoy centro de esparcimiento para los lisboetas y visitantes, al proporcionar una impresionante vista de la ciudad y el estuario, bajo la sombra de infinidad de árboles, entre ellos centenarios olivos.

Para viajar en el pasado, vale la pena desechar buses, taxis y modernos tranvías climatizados y optar por el viejo carro eléctrico de madera y campana que cubre el trayecto por añejas calles de piedras hasta el barrio de Belén, plagado de maravillas arquitectónicas que rezuman historia.La vista que se ofrece al final del recorrido es majestuosa.A la izquierda, en la ribera, la Torre de Belén, punto de despedida y recepción para todas las expediciones de descubrimientos de nuevos mundos de los legendarios navegantes lusos, entre las más relevantes la de Vasco da Gama a la India (1498) y Pedro Alvares Cabral a Brasil (1500).

Muy cerca se erigió en 1960 un hermoso complejo escultural denominado Padrón de los Descubrimientos, donde están reproducidas las figuras de todos los grandes navegantes y los reyes portugueses que impulsaron las expediciones, mientras en el piso una gran rosa náutica de piedras multicolores tiene en su centro un mapamundi con todas las rutas abiertas desde Lisboa por este pequeño país que impedido de expandirse al este por el poderío superior de sus vecinos buscó su grandeza allende los mares.

Al lado derecho se levanta uno de los orgullos de los lisboetas, el Monasterio de los Jerónimos, mandado a construir en el 1502 por el rey Manuel I para rendir homenaje a Vasco da Gama (su tumba está ubicada allí). También acoge el sarcófago de Luis de Camoes, quien escribió el poema épico Os Lusíadas, exaltación de las hazañas de los descubridores, publicado en 1572. Su amplia fachada y los interiores recogen todos los estilos desde el siglo XVI al XIX, y sus salones son sede de museos y de importantes eventos.

Quienes se interesen menos por la historia y más por la vida de hoy también pueden hallar innumerables placeres en la capital lusa visitando bares, cafés y restaurantes para degustar las innumerables opciones de la gastronomía local, basada fundamentalmente en pescados (hay unos 100 modos de preparar el bacalao) , mariscos, frutos de mar y los más variados platos a base de carne de cerdo, todo rociado con vinos excelentes.

Un momento inolvidable lo proporciona en junio la fiesta de San Antonio, una especie de carnaval en el que los barrios de la ciudad compiten en cantos, bailes y trajes, mientras las calles todas se colman de puestos de comidas y bebidas en los cuales la reina es la sardina asada a las brasas, en tales proporciones que la humareda puede nublar la ciudad y los aromas del manjar demoran días en borrarse de la atmósfera y del olfato.

La noche típíca de los “alfacinhas” (lechuguitas, como se apodan los habitantes de la ciudad por sus antepasados cultivadores de esa apetecida planta) tiene como rey el fado, esas melancólicas melodías con no menos lánguidas letras, abundante en restaurantes y bares para turistas en el Barrio Alto, donde habilidosos comerciantes promueven espectáculos que poco deben tener en común con los conciertos de antaño de la mundialmente famosa Amalia Rodrigues o de la ahora muy popular Dulce Pontes.

Pero, como se dice allí, “o fado é Lisboa e Lisboa é o fado”, y para encontrar el más auténtico, el que llega al alma y al corazón, vale la pena aventurarse en las peñas caseras de Alfama o a un restaurante en el barrio Mouraria, en una vieja calle empedrada, donde además de la buena comida sin afeites, cantan hasta el cansancio -mientras beben vino y fuman sin parar- viejos intérpretes de esas canciones que ya no ocupan páginas de la farándula, y dejan escucharse las voces nada despreciables del dueño del local, el cocinero y sus jóvenes meseros.

Lisboa, que fue capital cultural europea en 1994 y goza de la fama de ser la ciudad que más congresos celebra en el mundo, es todo eso y mucho más.

* Ulises Canales escorresponsal de Prensa Latina en Egipto y Roberto Molina esperiodista de la Redacción de La Habana.