El gobierno, sus lacayos estalinistas y los burócratas de la COB repiten una y otra vez que el trotskismo es un movimiento marginal e insignificante. Sin embargo, el régimen se ha propuesto como tarea prioritaria destruir físicamente al trotskismo y para ello recurrirá tanto a la represión judicial como a la violencia física. Cree equivocadamente que extirpando a los agitadores del seno de las masas acabará con la convulsión social.

Con mucha frecuencia, a raíz de los movimientos indígenas y del motín policial, la alta burocracia gubernamental ha tratado de vincular al trotskismo con movimientos subversivos y golpistas de la derecha reaccionaria. En reiteradas oportunidades, García Linera y Carlos Romero han señalado que los trotskistas están en un franco afán conspirativo al actuar en el seno de los movimientos indígenas y al haber expresado franco apoyo al motín policial.

El gobierno se empeña en poner en la misma bolsa al trotskismo y a las expresiones de la derecha reaccionaria que buscan “derrocar al gobierno del cambio”. Pero, el golpe es el recambio, por la vía conspirativa, de una camarilla por otra en el control de Estado burgués. Son las diferentes fracciones de la clase dominante las que conspiran entre sí con la finalidad de usar el aparato del Estado en beneficio de sus intereses sectoriales, al margen de la lucha de clases y, por tanto, de las acciones de los explotados.

Algunas veces estos trajines conspirativos de las pandillas políticas burguesas pueden trascender a las clases oprimidas y el golpe convertirse en revolución social como ocurrió en 9 de abril de 1952, cuando los explotados echaron por la borda al viejo Estado feudal burgués e instalaron en el poder al MNR por la ausencia del partido del proletariado.

Consideramos que en la presente coyuntura el MAS se agota políticamente en la misma medida que no puede resolver los grandes problemas nacionales ni satisfacer las necesidades de los diferentes sectores sociales. En ese contexto, una aventura golpista terminaría salvando al régimen de su natural y vertiginoso agotamiento, para que, al igual que Villarroel, caiga con sus banderas vigentes y se convierta en víctima y mártir por mucho tiempo y, de esta manera, en un obstáculo para el desarrollo de la conciencia política de las masas.

Últimamente, el viceministro de Descolonización Félix Cárdenas ha ido más lejos; ha lanzado un furioso ataque contra los maestros trotskistas señalando que son machistas y discriminadores; ha dicho que la educación no debe ni puede estar en manos de esta gente y corresponde hacer una batida inmediata contra ellos para extirparlos de cuajo del seno del magisterio, garantizando así la plena aplicación de la reforma educativa “Siñani – Pérez”, instrumento –según él- “que logrará una efectiva descolonización de los pueblos originarios hasta ahora oprimidos en esta parte del continente y en el Abya Yala”.

En esa línea, la última reunión ampliada de dirigentes de la COB aprobó una resolución condenando a “los ultristas, anarquistas y oportunistas que se cuelan en todos los movimientos sociales para cobrar vigencia”. Lo cierto es que el estalinismo, es decir los militantes del mal llamado Partido “Comunista”, tienen una concepción burocrática del sindicato, al cual intentan controlar verticalmente armando en su interior aparatos de compinches dispuestos a obedecer lo que el jefe ordena a cambio de prebendas.

Controlando por más de 30 años la Federación de Maestros Urbanos de Cochabamba, el Frente de Defensa (estalinista) dio lecciones de cómo funciona un sindicato burocrático engrasado con prebendas y cargos docentes y administrativos. Los favorecidos no podían contradecir en lo más mínimo las órdenes de los jefes; debían ejecutar las tareas más humillantes, y dejar de pensar con su propia cabeza. La experiencia demuestra cómo el contrarrevolucionario estalinismo se ha convertido en un serio obstáculo para la democracia sindical y el surgimiento de nuevos cuadros desde las bases.

Después de ser abucheado y rechiflado por una masiva asamblea general del magisterio cochabambino, el dirigente Federico Pinaya declaró a la prensa que solo las “hordas trotskistas” “aleccionadas” y “politizadas” por la dirigencia de la Federación rechazaron el último convenio suscrito por la CTEUB y el Ministerio de Educación. Consideró que su mala fama y desprestigio político y personal no se debe a su frondoso prontuario de traiciones al magisterio nacional y cochabambino, sino a la campaña publicitaria de los trotskistas.

El gobierno, sus lacayos estalinistas y los burócratas de la COB repiten una y otra vez que el trotskismo es un movimiento marginal e insignificante, cuyas ideas están fuera de la realidad. Entonces, vale la pena preguntarse ¿por qué tan sañudos ataques contra él? ¿Acaso dedicarle tanta tinta a un movimiento tan insignificante no es hacerle una campaña gratuita y propiciar su crecimiento en el seno de las masas?

La realidad es otra; en este momento el programa del POR encarna la lucha por la satisfacción de las necesidades vitales de los explotados, y la necesidad de barrer con toda impostura, como por ejemplo las nacionalizaciones que –en última instancia- significan sometimiento a los intereses de las transnacionales, o la “nueva historia” que se inaugura en Bolivia y que supuestamente garantizará la felicidad de las nuevas generaciones. En esta medida, el trotskismo es un peligro que hay que extirpar de un ambiente social convulsivo y peligroso para los intereses de las transnacionales imperialistas y de la clase dominante nativa, de quienes es sirviente el gobierno del MAS.

La represión de los gobiernos burgueses suele tomar dos direcciones o combinarse ambas: el camino de la persecución judicial pareciera ser el preferido hasta ahora porque mantiene la careta “democrática” de un gobierno francamente dictatorial. Sin embargo, cuando las contradicciones sociales llegan a un punto francamente beligerante, no se descarta que también recurran a la represión violenta y física. En el magisterio, los tres instrumentos usados por el gobierno para controlar a la dirigencia son las llamadas juntas escolares, las direcciones distritales y muchos directores de unidades educativas, quienes, olvidando su condición de maestros, fungen de agentes del gobierno y de verdugos de los trabajadores de la educación.

En una reciente reunión realizada en el SEDUCA de Cochabamba para discutir el problema de las vacaciones de invierno con representantes de las tres federaciones (urbano, rural y del Trópico), la Dirección Departamental, las direcciones distritales y la Junta Departamental de Padres de Familia, ésta última organización ha tenido el atrevimiento de exigir que en aquellas unidades donde han salido cinco o más maestros para cumplir con su obligación sindical de movilizarse por disposición del Consejo Consultivo, el descuento se aplique a la totalidad de los maestros de la unidad.

No somos ingenuos, sabemos que detrás de esta abusiva y provocadora exigencia está la mano negra de las autoridades. Lo que quieren el gobierno y sus esbirros es inmovilizar totalmente al magisterio para después sembrar nabos en su espalda sin que tenga derecho a reclamar nada. Se pretende penalizar la actividad sindical y llenar las cárceles de dirigentes consecuentes y militantes revolucionarios. No cabe duda que el gobierno burgués de turno tiene una mentalidad policíaca, y cree que extirpando a los “agitadores” acabará con la convulsión social, cuyas causas como la miseria, el hambre, la desocupación, etc., son de naturaleza objetiva, ahora mucho más acentuadas por la crisis estructural del capitalismo.

El Partido revolucionario debe estar preparado para repeler todos estos aprestos represivos. La condición número uno es soldarse férreamente en el seno de los explotados para marchar junto con ellos hasta acabar con el Estado burgués; después cerrar filas para impedir que los agentes provocadores se incrusten en su seno con la finalidad de destruirlo internamente; y, finalmente, volver a la tradición de la actividad clandestina para moverse sin ser vistos y burlar el control del Estado.

Los revolucionarios rechazamos el método golpista, como una acción aislada de la movilización de las masas, porque por esa vía jamás se podría transformar el Estado burgués en otro cualitativamente diferente basado en la propiedad social de los medios de producción. Propugnamos la necesidad urgente de la revolución social bajo la dirección política del proletariado. La tarea del partido revolucionario es que este proceso vaya hacia una verdadera revolución social con el objetivo estratégico de acabar con la propiedad privada y el Estado burgués recurriendo a la acción directa de las masas, y conducir el proceso hasta el comunismo superior, borrando toda desigualdad social.

Para que esto ocurra es imprescindible que el proletariado retorne a su condición de dirección política de los explotados y oprimidos, y que el POR, su partido, se potencie política y organizativamente en el seno de las masas. Está claro que el Partido está obligado a consolidar una sólida organización realmente bolchevique para cumplir el papel de estado mayor de la clase revolucionaria a la cabeza de toda la nación oprimida.

* Dirigente de magisterio urbano de Cochabamba y del Partido Obrero Revolucionario (POR).