Quien llegue a Malasia solo con las exóticas imágenes de Emilio Salgari, o el rostro de Kabir Debi y su legendario Sandokan, quizás se decepcione al toparse en Kuala Lumpur con una moderna urbe donde conviven las religiones más básicas con las edificaciones más futuristas, y entre ellas las reinas indiscutibles las Torres Petronas. En Rusia, la emblemática Leningrado, hoy San Petersburgo, muestra hoy todos los colores de la cuna de la intelectualidad rusa.

Para los amantes del deporte el goce es inmediato, al saber que a poca distancia del aeropuerto internacional de Sepang está el famoso circuito homónimo, parada de los Grand Prix de Fórmula Uno y motociclismo, templo que consagró a grandes como Valentino Rossi, y costó la vida a otros, como el carismático Marco Simoncelli.

Los vastos campos de palmeras de aceite flanquean la autopista a Kuala Lumpur, y a medida que el visitante se adentra en el entramado urbano, otea el horizonte en busca de las Petronas, en un tiempo las más altas del mundo, una joya ingeniera que enfrentó a constructores japoneses y coreanos. Después de casi una hora rodando a toda velocidad, se llega al corazón del estado de Selangor, que solía albergar los poderes ejecutivo y judicial de Malasia, hasta su mudanza en 1990 a la recién construida capital administrativa, Putrajaya.

El corazón cosmopolita de Kuala Lumpur -que en Malasia conocen por sus iniciales KL- tiene una población de 1,8 millones de habitantes, distribuidos en una superficie de 243,65 km², mientras que en el área metropolitana viven 7,2 millones de personas.

Como en buena parte del Sudeste Asiático, la convivencia de budistas y musulmanes hacen de esta ciudad un ejemplo de tolerancia y respeto, aunque cada cual conoce sus límites y se cuida de violentarlos, pues las autoridades tampoco son muy permisivas. Sin caer en el extremo de la vecina Singapur, donde botar una colilla en la acera puede costar hasta 500 dólares de multa a la primera, y par de bastonazos a la segunda, en Kuala Lumpur se vela por la limpieza, al menos en las zonas más céntricas.

Aquí uno puede comunicarse en tamil, malayo, chino y un inglés con fuerte acento hindú, incomprensible para muchos, pero socorrido y eficaz para sobrevivir en este enclave fundado en 1897 por buscadores de estaño en la convergencia de los ríos Gombak y Klang, en la península de Malaca, bañada por el mar Oriental.

Salvo en la época del monzón, cuando las inundaciones son un incordio, vale la pena recorrer Kuala Lumpur y descubrir que es más que par de gigantescas torres gemelas, con coloridas mezquitas, el reflejo del lago Titiwangsa, las vidrieras de la calle Sultán Sulaiman, y restaurantes donde más vale tener estómago de hierro y tripas de hielo.

Por ejemplo, el Nasi lemak es un popular plato de arroz cremoso, que suele comerse con postas de pollos fuertemente sazonadas y picantes, igual que la sopa Asam laksa, que hace sudar casi tanto como la Maratón de Boston, pero sin mover un pie… Además, el entramado vial de elevados y autopistas urbanas donde un chofer malasio supera los 100 kilómetros por hora permiten ver aunque sea de refilón obras locales como el teatro Istana Budaza, la antigua mezquita Jamek o el estadio Bukit Jalil.

Por las calles, muchas mujeres usan el reglamentario velo islámico, o van tapadas del todo y de negro, aunque a su lado, su esposo luzca como un turista occidental con bermudas y playeras: su joya nadie se la mira, aunque tampoco nadie luce interesado. Aunque decepcione a los lectores de Salgari, Kuala Lumpur compensa dicha falta de filibusteros, cimitarras y tigres con otras exuberancias no menos exóticas, por ejemplo, una monarquía en pleno siglo XXI, comidas ardientes y mujeres no tanto, pero con una belleza distintiva. Así cualquiera es un Tigre de la Malasia…

San Petersburgo, la cuna de la inteligencia rusa

Aunque muchos la conocieron en la época soviética como la emblemática Leningrado, por su gesta ante el bloqueo fascista, San Petersburgo muestra hoy todos los colores de la cuna de la intelectualidad rusa. Muchos ven a San Petersburgo desde los inicios del siglo XXI como la capital norteña de la Federación Rusa, el lugar de donde salió casi todo el equipo que acompañó a Vladimir Putin en el Kremlin o como el ya superado cliché de ser la ciudad criminal de la nación.

Lo cierto es que la última década resultó para esa ciudad, fundada oficialmente en 1703 por el entonces zar ruso Pedro I, un paso a la modernización y remozamiento de sus principales perlas. Claro que cuando se dice San Petersburgo, también todos recuerdan al Petrogrado de la Revolución de Octubre, cuna de la transformación socialista soviética, una obra que inició en su tiempo Vladimir Ilich Lenin.

Sería difícil recorrer sus calles sin palpar los momentos cruciales de una revolución que dio un vuelco total a la visión y construcción del mundo, una revolución de obreros, campesinos y soldados. La ciudad, tras los sucesos de octubre de 1917, dejó de ser la capital de lo que fuera en su tiempo el Imperio Zarista para retornar como centro del arte y la intelectualidad y fue conocida como Petrogrado hasta 1924, cuando se denominó Leningrado en honor a Lenin.

El 6 de septiembre de 1991, la urbe retomó su original nombre de San Petersburgo en medio de los apabullantes cambios que trajo aparejada la desaparición de la Unión Soviética y el inicio del escabroso camino de la economía de mercado. Claro está, las joyas como el afamado museo Hermitage, con más de tres millones de piezas de arte, la plástica y la historia universal, el teatro Mariinski o lugares como la Fortaleza de Petropavlovsk y la Catedral de Isaac, conservaron y aumentaron su esplendor.

Pero a decir de sus habitantes originarios, San Petersburgo debió sacrificar muchos monumentos de la arquitectura para poder plegarse a los nuevos aires de la modernización. De cualquier forma, la ciudad, edificada casi de una sola vez sobre más de 40 islotes, entre los cuales pasan unos 48 afluentes del río Neva, busca ahora confirmar su nueva imagen de segundo centro político de esta nación y lugar imprescindible para foros internacionales.

Pero la historia de la ciudad se remonta al lejano año 1300, cuando el territorio actual de San Petersburgo y la provincia de Leningrado eran centro de batallas campales de los antecesores de los rusos, los finlandeses y los suecos por la tenencia del delta del río Neva. De hecho, cuando Pedro I decidió crear San Petersburgo como capital del imperio zarista ruso, la urbe debió esperar al menos nueve años para ser oficialmente rusa, con lo que implantó un récord histórico por ser la capital que más tiempo estuvo en posesión de otro estado. De esa forma, al concluir la guerra del norte en 1721, la zona del río Neva pasó al imperio zarista y con ello San Petersburgo.

Lo cierto es que quien visita la ciudad ubicada a la entrada del golfo de Finlandia en los meses de verano, disfrutará de sus famosas noches blancas, cuando empieza a amanecer poco después de la media noche y el Sol apenas se aparta del cielo. Por el contrario, en invierno, el frío de la brisa del mar Báltico y el hecho de estar ubicada en una zona con siete por ciento de agua, cala cada hueso y hace recordar, a la vez, las penurias que enfrentaron los leningradenses durante el bloqueo fascista.

Con gran respeto se conserva en la ciudad donde nació el actual presidente ruso un museo que narra la triste historia de hambre, sacrificio y resistencia de Leningrado, donde murieron más de 800 mil personas en un bloqueo de casi 900 días. Pero la historia de esta ciudad, donde se pueden vivir momentos de la Gran Revolución de Octubre con un recorrido por el buque-museo Aurora, protagonista de esa gesta, va más allá en su diversidad con un teatro Mariinski que atesora gran parte del repertorio universal.

Además, sería imposible pasar por esa urbe sin acercarse a la Catedral de Isaac, un gigante de 101,5 metros de altura y un área de cuatro mil metros cuadrados en lo que constituye su cuarta y última versión desde su surgimiento en 1703. San Petersburgo, además, es famoso por contar con una de las redes de estaciones de metro más profundas del orbe, pues en su gran mayoría deben situarse por debajo del fondo de la cuenca del Neva. Además, la ciudad fundada por Pedro I es la más poblada del norte del planeta, con cuatro millones 879 mil 566 habitantes, en un país en el que sus pobladores tienen fama de ser hospitalarios y bien leídos.

* Charly Morales Valido es ex corresponsal de Prensa Latina en el Sudeste Asiático y Antonio Rondónes corresponsal en Rusia.