En Bolivia las luchas que hace 12 años parecían conducir a una transformación estructural y llenaban una sola agenda donde todos los sectores registraban sus propósitos explícitos o abstractos, hoy dividen a los luchadores. Nadie negará que esa agenda boliviana se fue volviendo internacional y hubo más de una organización social o persona de otros países que también escribió sus propias esperanzas o fijó sus expectativas cuando el panorama global es de profundas crisis de liderazgos, ideas y paradigmas.

Acabamos de salir de un Río + 20 infértil que solamente consolidó nuevos productos para el mercado como los servicios ambientales de la naturaleza, comprendiendo una vez más que ella está al servicio de la economía capitalista y los gobiernos de los países pobres reafirmaron al mismo tiempo tanto su título de pobreza como su condición de propietarios de gigantes porciones de esa naturaleza servicial, de la cual ni siquiera controlan los precios en un mercado libreofertero, sino que dejan que se los impongan desde la demanda primermundista y seguramente continuarán haciendo el nuevo negocio con las viejas deudas públicas, es decir, sin recibir nada a cambio.

La versión No. 20 de las discusiones sobre desarrollo sostenible de las Naciones Unidas, recibió a una Bolivia apagada y sin la revolución prometida. El documento final fue firmado por consenso y a ningún gobierno le preocupará si entiende o no los conceptos de soberanía alimentaria, prohibición de la venta de bonos del carbono o transferencia de tecnología[1], porque estas cosas las decide el empresariado transnacional, del cual los gobiernos más poderosos apenas llegan a simples accionistas.

Por su parte la división del mundo hace tiempo dejó de ser izquierda y derecha (términos que han pasado a ser piezas políticomercantiles nada más) para convertirse en urbana y rural o también empresario e indígena o poseedor del capital y poseedor de la naturaleza[2]. En cualquiera de los casos los gobiernos resultan ser simples intermediarios desprovistos de política propia, improvisando y adaptando mecanismos que anoten puntos a su favor para calificar a veces ante la sociedad y siempre ante el primer mundo.

En este contexto la pobreza como tal solamente es un paquete de elementos que se van convirtiendo en bonos comercializables en una economía ficticia cuya ganancia son las cuotas de poder que después se juegan más allá en las guerras.

Así un país no puede ser pobre cuando posee tierra, agua, selva, fósiles y minerales; sin embargo todos estamos convencidos de que lo es. El Presidente Evo Morales tuvo muchos momentos de lucidez cuando discursaba reclamando compensación para los países del tercer mundo porque son los que poseen vida para el planeta y sufren saqueo permanente por los distintos tipos de colonización. Sin embargo él mismo continúa aplicando en el país formas de colonización que solamente pueden ser comprendidas como fruto de fuertes presiones económicas que tienen como base la intervención en zonas estratégicas con carreteras para hacer posible la minería, la perforación petrolera, la hidroelectricidad o el control de la biodiversidad.

Mientras tanto en la ciudad de La Paz[3], los citadinos que no sabemos nada de relacionarnos con la tierra o el árbol y seguimos creyendo que solo el desarrollo de libre mercado nos hará felices, nos ahogamos en falsos debates sobre si debe hacerse una carretera o no por el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure – TIPNIS, cuando en realidad es un tiempo perdido que deberíamos estar utilizando para entender por qué el gobierno insiste en construir una carretera en el corazón de Bolivia que es el corazón del continente y cuya existencia perjudica la expansión económica del Brasil mediante sus exportaciones, importaciones y otras relaciones con el Asia.

En este falso debate estamos ejecutando obedientemente el papel de ejército defensor del capitalismo que nos ha despojado de nuestra condición de personas para convertirnos en consumidores o clientes más firmes que soldaditos. Por su parte los indígenas del TIPNIS intentan hacernos entender con su lenguaje de caminar por meses subiendo desde los 200 hasta los 3800 metros sobre el nivel del mar y llegar a ocupar la ciudad con un campamento de familias en plena puerta de la Vicepresidencia y el Banco Central, que si destruimos su espacio de vida con una carretera[4], destruimos también nuestra vida, porque ellos ya lo han experimentado y ahora quieren remediarlo porque están a tiempo todavía.

Por su parte el gobierno también ha conformado su propio ejército cuyos integrantes son campesinos originarios y migrantes, unos defienden al gobierno porque lleva su sangre en la silla presidencial por primera vez y otros lo hacen porque asumen que les garantiza la ampliación de sus cultivos de coca en la selva del TIPNIS, una actividad que les conviene a tal punto económicamente, que hasta ahora ningún programa agropecuario alternativo gubernamental en los últimos 30 años (financiado por Estados Unidos o Europa), ha logrado sustituir.

Este ejército ha demostrado estar dispuesto a salir a las calles a pelear por el gobierno, enfrentándose a la misma población que antes lo apoyaba y también a las familias indígenas tipnisianas. Pero hasta ahora no han comprendido que la verdadera batalla es contra intereses privados de transnacionales que los aplastarán si así lo deciden por más que defiendan a poncho y chicote la consigna de carretera desarrollera por el medio del TIPNIS. Así la división interna en Bolivia está entre campesinos versus indígenas y también citadinos que apoyan a los marchistas del TIPNIS y los que apoyan la construcción de la carretera.

Este mapa social de contradicciones e intercambios de frentes de batalla ya tiene a sus ganadores que son los indígenas del TIPNIS, porque Brasil ha suspendido el financiamiento para construir la carretera hasta que el gobierno boliviano haga cumplir la ley a través de una consulta, como lo indica el convenio 169 de la OIT. Pero el gobierno no desea declararse perdedor si bien es claro que ha perdido en la evaluación final en todas las movilizaciones sociales que se le han enfrentado. Al final el mensaje central de la marcha de los indígenas del TIPNIS resulta siendo quién es pobre aquí, el que se rinde al mejor postor transnacional o el que consolida su calidad de propietario de un territorio para vivir como decida.

Así, mientras las Naciones Unidas remercantilizan el planeta con un desarrollo sostenible inmaterial, débiles pueblos indígenas están delimitando poderes en las zonas de recursos estratégicos con la bandera de la vida que, aunque para muchos sea un pobre símbolo discursivo, está derrotando de manera clara, objetiva y sin armas de fuego, construyendo un nuevo poder que surge desde esa supuesta pobreza.

Muchos intentan explicar lo que está pasando con fragmentos de revoluciones pasadas, pero lo cierto es que una buena parte de la historia está estrenando escribientes y también páginas.

Notas:

1. Estos tres aspectos observó la representación del gobierno boliviano del documento final.

2. Hay varias formas para distinguir la actual división del mundo que podrían tratarse en otro momento como consumidores y proveedores, etc.

3. Así como en muchas otras del continente que están recibiendo marchas de indígenas y campesinos que reclaman por sus espacios de vida, sus derechos humanos, el agua, el árbol y la tierra que como lo dicen ellos mismos, son para todos no solo para ellos.

4. Ellos también pensaban que una carretera les conduciría al desarrollo, pero las carreteras que tienen hasta ahora solo les han conducido al tráfico y a la invasión y el hecho de haber sido ellos mismos parte del tráfico y la ampliación de frontera agrícola en la selva, les ha convencido de que la carretera no es desarrollo sino destrucción.

* Asociación Inti Illimani, energía solar para la alimentación, La Paz – Bolivia.