Bolivia continúa atravesando por una profunda crisis de Estado. Un poder armado como es la policía y el poder político como el gobierno al enfrentarse nos han dejado al descubierto la continuidad radical del Estado no descolonizado pese a que éste trata de auto-transformase a sí mismo. Las mutuas acusaciones y violencias han tirado por los suelos la idea de la descolonización del Estado, de la revolución del y en el Estado, las aparentes transformaciones estructurales de las relaciones sociales de poder a nivel gubernamental y de la policía boliviana.

La acusación del gobierno del MAS de un golpe de Estado no es nada menor tomando en cuenta el significado de esta palabra y los reales golpes de Estado como la que hemos sufrido con Luis García Mesa o Hugo Banzer Suárez en la década 70 y 80 del siglo XX. Y a la vez tampoco son menores los insultos que la policía ha proferido en contra del gobierno y Evo Morales y en particular con la quema de un poncho verde en la plaza Murillo que es un símbolo de autoridad originaria de los ayllus Andinos.

Así a partir del conflicto gobierno y policía en el contexto de la demanda salarial de estos y el argumento del gobierno de la no predisponibilidad de recursos económico, descubrimos las dos caras del poder del Estado. Y es estos que nos interesa reflexionar. Dado que ésta detonó una realidad insalvable que habla de naturaleza íntima del Estado en general y del Estado boliviano en particular reproducido paradójicamente hoy por un grupo de “revolucionarios” gobernantes.

El enfrentamiento entre el brazo armado y el poder político durante la semana de 22 a 27 de junio de 2012, nos habla de una realidad de un Estado-gobierno que no ha cambiado pese a la propaganda de su descolonización. La policía destruyó las propias oficinas del Estado y el gobierno los acusó a éste de propiciar un escenario de golpe de Estado. En el fondo esto ha sido un enfrentamiento íntimo dentro del propio Estado sin que necesariamente tenga que ser para anularse como es un golpe de Estado. Aunque la sociedad fue preso de este hecho. Esto nos enrostró las dos caras del poder. En otras palabras, es el develamiento social de la naturaleza constitutiva de la lógica interna del Estado expresado en la violencia y la dominación.

A partir de ello se puede sostener que el Estado en Bolivia pese a la gran fuerza de los movimientos sociales indígenas y populares no ha cambiado en su naturaleza colonial y liberal. El Estado sigue siendo el mismo Estado de hace poco porque reproduce la enajenación social y recurre a métodos autoritarios para dirimir sus diferencias internas. Y lo peor, ha sido capaz de poner en vilo a toda una sociedad que quedó preso de esa naturaleza colonial del Estado. Pues criminaliza la lucha social india o cualquier otra lucha social o simplemente las invisibiliza. En este punto se podría pensar que un Estado-gobierno en un sistema democrático y producto como es la boliviana de quince o veinte años de lucha social, podría tener un horizonte histórico distante y radicalmente diferente al cuestionado Estado colonial. Pero la realidad nos muestra hoy que aquello no es posible aunque ciertamente haya logrado hechos interesantes. ¿Por qué se produce esto de este modo? Hay que hacer una mirada a la lógica interna del Estado-gobierno y externa para tener claridad de lo que ocurre.

Pues el gobierno se ha destapado una vez más su profunda cara autoritaria y la policía una violencia sin atenuantes y de primera mano. Podemos parodiar para imaginar de cómo dos amigos se pelean en condiciones íntimas en una misma casa. Uno atrincherado en una esquina y el otro en otra esquina. Y en el medio queda la sociedad atrapado ante las pulsiones intolerantes del poder. Esa es el drama de este hecho. Y lo real del caso es que al final esto no es sino una diferencia mínima de lo mismo. Es la intimidad del poder colonial y liberal en sí mismo. Es el desnudamiento de una realidad de cosas que no ha cambiado. Es la continuidad del mismo Estado-gobierno aunque con actores diferentes al de los años y décadas pasadas.

Aunque la naturaleza del Estado es ésta. Hacemos mal en pensar cambiarla por algo más social y comunitario o por algo más propio. El Estado por su naturaleza es un hecho enajenante de lo social o de lo comunitario; es el espacio y lugar histórico de la exaltación del poder como dominio. En otras palabras es el espacio de una radical contradicción de lo social. Dado que el Estado es antitética a la sociedad que se reproduce de forma más amplio y flexible en su dinámica interna o externa, mientras el Estado congela la pulsión social como fuerza dado y no dándose. Tal vez es mejor decirlo que el Estado es la fuerza bruta de la dominación tanto en su forma de macro-poder y en su forma microbiana del poder.

Además descubrimos que el Estado en Bolivia está entre la frontera de lo colonial y lo moderno. Sufre de una gran ambigüedad histórica. Su modernidad es su radical separación ante la sociedad y lo colonial es su patrimonialismo expresado en los grupos urbanos blanco-mestizo y cierta dirigencia campesina hoy. Dado que los nuevos gobernantes se sienten como se sentían sus “parientes culturales” propietarios del Estado y del gobierno. Es en esa lógica que ejercen el poder y la violencia estatal. Sienten que el poder es un patrimonio que les pertenece exclusivamente a su Yo. No es la violencia legítima como decía Max Weber, sino es el ejercicio del monopolio de la violencia patrimonialista. Por eso se afirma: “sí o sí se va hacer la carretera por el TIPNIS”.

Desde este lugar y lógica el gobierno se enfrenta a la sociedad india y popular como sí la misma fuera el mismo enemigo interno. En el pasado bajo el paradigma de la doctrina de seguridad nacional la sociedad indígena originaria y popular era catalogada como el enemigo interno. Hoy incluso se puede decir que hay una guerra declarada por los ministros blanco-mestizos en contra del indio en Bolivia. Un hecho absolutamente contrario a la lucha india. Esto es así aunque esté en ella el movimiento cocalero en función de gobierno. En resumen, el Estado en Bolivia es la historia colonial y liberal in situ porque es un hecho descarnado de lo social. Por esto nuevamente el indio es el enemigo interno y por tanto es un anti según como lo definían los gobiernos norteamericanos en décadas 60, 70 Y 80 del siglo XX.

Por esto la policía por su sentido de existencia misma al enfrentarse al gobierno hizo lo que sabe hacer: producir violencia. Una violencia de pronto contra sí mismo. Un auto-flagelo contra la naturaleza de su histórica constitución. Ahí se han encontrado de cara a cara los dos rostros del poder. Y nosotros con ello hemos re-vivido los oscuros días de 12 y 13 de febrero de 2003 cuando se han enfrentado policías y militares con un saldo de más de 10 policías y 4 militares muertos en la plaza Murillo y 12 civiles entre El Alto y La Paz. Aunque esto en un contexto histórico y social diferente al actual momento.

Pues la policía y el gobierno estuvieron a punto de repetir aquellos violentas jornadas de febrero de 2003 que además era el preludio de la caída del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada que efectivamente se produjo luego con el levantamiento de la ciudad de El Alto y las provincias aymaras y la llegada de contingentes de mineros de Oruro, movilizaciones en Cochabamba, Potosí y otros centros del país.

En esa lógica se ha observado durante los seis días un espectacular despliegue de fuerzas dentro de la intimidad del Estado. De lo ocurrido al final quedó lo íntimo de lo mismo que es la co-existencia del poder estatal-gubernamental porque se necesitan mutuamente para seguir reproduciéndose. Pues el ejemplo inocultable e inobjetable de ello es que a menos de 24 horas del final de este hecho la policía gasificó a la IX marcha indígena originaria de la Amazonia y los Andes que ingresa a la cuidad de La Paz después de 60 días de marcha esforzada; éste intentó entrar a la plaza Murillo que fue repelido por la violencia policial. ¿Donde está en esto el “Plan Tipnis” como golpe de Estado? El gobierno en la lógica autoritaria y patrimonial del poder había acusado a la marcha indígena de ser parte de una conspiración en contra del gobierno. Aunque nunca se debe descartar una aventura de este tipo por grupos oligárquicos, pero la marcha indígena no está ocupado de esto sino en la defensa de su vida y de su territorio. Si aquello es cierto debe el Estado-gobierno dar mediante una investigación profunda con los autores de tal posibilidad. Además es su obligación hacerlo.

Así estamos ante la intimidad profunda del Estado que produce violencia contra sí mismo y en contra de la sociedad. No estamos ante un Estado-gobierno que tenga un horizonte social más amplio, un Estado social. O de un Estado plurinacional y comunitario. Con esta lógica ha logrado sin duda la división de la sociedad indígena originaria que habita entre lo urbano y lo rural. Lo cual al final puede ser la derrota de la sociedad en tanto un cuerpo histórico actuante.

Si esto es la realidad ¿dónde está entonces la descolonización del Estado? ¿Cómo nos pueden demostrar que el Estado es Plurinacional Comunitario? ¿Cómo saber que el Estado es otro Estado? cuando las evidencias son contrarias a esta posibilidad. Además es ¿esto el Estado plurinacional por la que se ha luchado desde la sociedad, sus organizaciones y en la Asamblea Constituyente? ¿O es el engaño más radical de los últimos 50 años a la sociedad y particularmente a la mayoría sociedad indígena originaria campesina y popular?

Aquí además hay un problema ontológico del poder. Esto es la visión de la centralidad del Estado como sí éste fuera el motor mismo de la historia. Con ello no negamos su importancia histórica. Esta visión de la centralidad del Estado nos está conduciendo a una conspiración en contra de lo que se ha soñado como es el cambio de esta totalidad social por otra totalidad social. El trastocamiento del orden estatal actual por otro orden societal. Así el método planteado como la trasformación del Estado desde el Estado nos resulta hoy como un engaño histórico. Se impuso una visión estadocéntrica. Con ello no estamos negando como suele pensarse de que no sea necesario el Estado como un mínimo sentido de organización de lo social sino estamos aludiendo al Estado como una especie de adoración de ciertos grupos de poder a su lógica, su institucionalidad, su rutina diaria, su gramática dominante.

Sin duda toda sociedad requiere de una organización mínimo para su autogobierno. Es decir, lo nuestro es una crítica a la predisposición de sucumbir ante la cartografía de la dominación estadolátrica, de su narrativa cargado de un eufemismo llamado el cambio y lo más complicado en nuestro caso es que en Bolivia nos hemos planteado discursivamente cambiar el Estado colonial por un Estado Plurinacional. Y si esto no lleva acabo, es decir, la constitución del Estado Plurinacional, esto simplemente será un engaño y un gran fraude histórico y de la que intentará aprovecharse los partidos de la vieja oligarquía como es el Movimiento Sin miedo o Unidad Nacional.

De hecho al parecer desde esta visión estadocéntrica no es posible cambiar el Estado por otro Estado dado que éste esta fundado en la enajenación y en el violeta-miento de lo social. La frase “revolución del Estado” o “descolonización del Estado” es un abuso del lenguaje. Incluso el ideario revolucionario sin realidad revolucionaria es el mayor descaro.

Al final con la visión estadolátrico todos quedaremos derrotados por el Estado colonial porque estamos atrapados por el Estado en tiempos de una gran pre-disponibilidad social como nunca antes de hacer una nueva historia; hecho que no teníamos hace diez años. En palabras más claras, desde la lógica estadolátrica que inspiró García Linera, estamos ante un auto-engaño y a la vez de un engaño de los grupos que se han instalado en él. El movimiento campesino particularmente su dirigencia es la que va salir derrotado de esto por su apoyo a la lógica estadocéntrica que ni siquiera es parte de la lucha de los años 2000, 2001, 2003 y 2005.

Ahí están las dos caras del poder del Estado que no han sido desmontados. Se reproducen nuevamente bajo otros mecanismos. Ello podría ser en que la civilización del Estado sea el derrotero que nos conduzca hacia nuestra propia derrota. Pues ¿un gobierno y Estado que somete a la violencia a su propio pueblo puede ser un Estado revolucionario?. Pues no. Y lo peor el Estado-gobierno los enfrenta al movimiento campesino y el movimiento indígena originario. Es decir, entre el ayllu Andino y el sindicato campesino. Y hoy esta división es radical.

El gobierno favorece al sindicato campesino particularmente a su cúpula y lo declara como enemigo interno a los ayllus y capitanías. No toma en cuenta que estas son las antiquísimas organizaciones sociales del mundo de los Andes y la Amazonía y las que sustentan filosófica y moralmente al Estado plurinacional. El lograr dividir es la vieja trama del poder colonial que en nuestro medio fue expresado: “divide y reinaras”. Con ello destruye el gran tejido social construido durante un largo tiempo y que fue el sostén para resistir y atacar al Estado y gobiernos neoliberales por un tiempo de 20 años y 519 años.

Aunque es indudable que la sociedad indígena originaria redistribuido en todo el territorio del mismo Estado sigue siendo un espacio-tiempo de una real potencia social para continuar en la lucha social como lo muestra la IX marcha de los pueblos de la Amazonia y de los Andes en contra de la destrucción de su habitad y de sus derechos sociales y políticos gravemente quebrantados.

* Responsable de la revista Willka-El Alto; Estudios Latinoamericanos, UNAM-México; pwillka@yahoo.comwww.revistawillka.org