El atletismo, el llamado deporte rey, vivió díasesplendorosos bajo el reinado de figuras estelares como Edwin Corley Moses, Carl Lewis, Javier Sotomayor y Florence Griffith, que en su momento establecieron un dominio casi total de sus especialidades.

El imbatible Moses

(Reinaldo Wossaert).- Los seguidores del atletismo disfrutaron a lo largo de una centuria la actuación de extraordinarias figuras, quienes en su momento establecieron un dominio casi total de sus especialidades, entre ellos el ucraniano Serguey Bubka, los rusos Yelena Isinbayeva y Yuri Sedich, la alemana Marita Koch, el checo Jan Zelesny o el estadounidense Michael Johnson. Cada uno tuvo la posibilidad de liderar sus eventos durante un buen tiempo, pero ninguno logró hacerlo como el estadounidense Edwin Corley Moses, quien dominó durante diez años y 122 competencias los 400 metros con vallas.

Moses, nacido el 31 de agosto de 1955 en Dayton, Ohio, inició la espectacular hazaña en agosto de 1977, cuando venció al alemán Harald Schmidt, en Dusseldorf, con lo cual tomó desquite del revés sufrido ante el germano el 26 del propio mes en Berlín. De ahí en lo adelante Moses eslabonó una de las cadenas de victorias más impresionantes del atletismo y de cualquier deporte, hasta que fue superado por su compatriota Danny Harris, el 4 de junio de 1987.

Antes de inclinarse definitivamente por los 400 con vallas, Moses compitió en otras pruebas, entre ellas los 110 metros con obstáculos o los 400 planos, en su tiempo de estudiante en la Universidad Morehouse College de Atlanta, donde cursó física e ingeniería.

Su consagración la consiguió el 25 de julio de 1976 durante los Juegos Olímpicos de Montreal, al conquistar el oro de su especialidad con registro de 47,64 segundos, para sorprender al mundo cuando apenas tenía 21 años de edad. De esa forma el joven corredor afroamericano dejó atrás la anterior cota del ugandés John Akii-Bua desde los Juegos de Munich-1972, y desbancó literalmente a su compatriota Mike Shine, medallista de plata, y al soviético Gavrilenko, bronce.

Casi un año después, el 11 de junio de 1977, batió su propio récord mundial en Westwood, California, al parar los relojes en 47,45 segundos. El boicot de Estados Unidos a los Juegos de Moscú-1980 privó a Moses de su segunda corona olímpica, en momentos en los cuales disfrutaba plena superioridad sobre sus rivales, sin embargo, aún tuvo fuerzas para rebajar por tercera ocasión la plusmarca planetaria y dejarlo en 47,13 durante una competencia en Milán, Italia.

En el I Campeonato del Mundo de Atletismo de Helsinki, Finlandia, en 1983, Moses volvió a imponerse y el 31 de agosto de ese año implantó en Coblenza, Alemania, su cuarto y último primado universal, al parar los relojes en 47,02 segundos. Sólo casi una década después otro corredor pudo borrarlo de los libros, su compatriota Kevin Young, quien dominó en Barcelona-1992 con 46,78.

Para Moses su segundo oro olímpico llegó en los Ángeles-1984, por delante de su compatriota Danny Harris y el alemán Schmidt, el primero de los cuales quebró su cadena el 4 de junio de 1987, en Madrid. Pese a la derrota, y cuando muchos se imaginaron una caída estrepitosa del astro, Moses demostró su jerarquía al obtener el título mundial en Roma-1987 con tiempo de 47,46 segundos.

En 1988 compitió por última vez, ya con 33 años de edad, y en la carrera por el oro en los Juegos de Seúl llegó delante hasta los 350 metros, pero al final cedió ante su compatriota Andre Phillips y el senegalés Mamadou Día Ba, ocupantes de las dos primeras plazas.

Carl Lewis, el “Hijo del Viento”

(Reinaldo Wossaert).- Como una centella sobre la pista el estadounidense Frederick Carlton Lewis derrotaba a sus rivales, su propia historia y sus espectaculares triunfos le hicieron merecedor del sobrenombre “Hijo del Viento”. Nacido el 1 de julio de 1961 en la ciudad de Birmingham, Carl Lewis como se le conoció en el mundo deportivo, comenzó a practicar el atletismo a los siete años junto a su hermana Carol y sus entrenadores eran sus padres William Lewis y Evelyv Lawler. Sin embargo, estaba muy lejos de pensar que con el transcurso del tiempo le aclamarían las multitudes y conquistaría los éxitos más relevantes de su época.

Sus 1.90 metros de estatura y 81 kilogramos de peso le impidieron tener una arrancada explosiva, pero, tras superar los 60 metros, desplegaba una velocidad impresionante para alcanzar y sobrepasar a sus contrincantes. Ferviente admirador del velocista Jesse Owens y del saltador de largo Bob Beamon, Lewis representó a su país por vez primera en los Juegos Deportivos Panamericanos de San Juan, Puerto Rico-1979.

Allí, con solo 18 años de edad, ocupó la tercera posición del salto de longitud con marca de 8.13 metros y fue vencido por el campeón defensor y recordista mundial de triple, el brasileño Joao Carlos de Oliveira (8.18) y el cubano David Giral (8.15). Sin embargo, ocho años después, en la cita continental de Indianápolis-1987, Lewis logró una plusmarca para la competencia con 8.75. También consiguió el oro en relevo 4 X 100 metros junto a Lee McRae, Lee McNeill y Harvey Glance.

El año 1983 fue el despegue definitivo del ídolo de Birmingham y la estrella de Santa Mónica Track Club, en el I Campeonato Mundial efectuado en Helsinki, Finlandia, en el que conquistó tres de sus ocho medallas de oro en esas lides. En esa ciudad el bólido estadounidense se impuso en 100 metros, salto de longitud y el relevo corto, en un precedente del éxito que conseguiría un año más tarde en la ciudad estadounidense de Los Ángeles, sede de los Juegos Olímpicos de 1984.

Ante más de 80 mil espectadores que se congregaron en el estadio olímpico, Carl Lewis conquistó cuatro títulos e igualó la hazaña de su compatriota Owens durante los Juegos de Berlín-1936. Corrió el hectómetro en 9.99 segundos, cerró los 200 metros con 19,80, saltó 8.54 en longitud y junto a otros tres compañeros ganó el relevo 4×100 m, con récord mundial de 37.83 segundos.

Cuatro años después, en la cita olímpica de Seúl-1988 se adueñó de la presea de los 100 metros, luego de que el canadiense Ben Johnson fuera despojado de ella por dopaje, y en la estatefa corta. Durante la temporada de 1991, Lewis y su compañero de equipo Leroy Burrell, dominaron las pruebas de velocidad. Meses antes del Campeonato Mundial en Tokio, Japón, Burrell logró récord mundial de 9.90 segundos, pero ya, en la lid universal, el “Hijo del Viento” lo hizo mejor, marcó 9.86, en la que se consideró entonces la carrera del Siglo XX, pues seis de los ocho competidores bajaron de nueve segundos.

Un año después, en la justa bajo los cinco aros de Barcelona-1992, Lewis se hizo con su tercer metal dorado en salto de longitud y volvió a repetir en el relevo, y cuatro años más tarde en la lidia olímpica de Atlanta-1996, cuando ya era notable su descenso, desbancó a todos sus rivales en el cajón de salto, para agenciarse su cuarto éxito en esta competencia de manera consecutiva. Este constituyó su noveno título olímpico y el último a nivel competitivo en la historia del atletismo mundial.

Entre sus galardones se encuentran el Premio Jesse Owens (1982 y 1991) y el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes en el año 1996. Desde el 2009 es Embajador de Buena Voluntad de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y es considerado el mejor atleta del siglo pasado por la Federación Internacional de Atletismo.

Florence Griffith, la mujer biónica

(Frank Guiral).-Sus registros en la Olimpíada de Seúl en 1988 fueron insultantes. Florence Griffith quebró records mundiales y olímpicos como si batiera huevos para hacer un flan. Dijo que se mantendría activa hasta 1990 y haría trizas la plusmarca de los 400 metros lisos. Sin embargo, no volvió a competir y falleció inesperadamente 10 años más tarde.

Todavía embargada por los éxitos deportivos en Seúl-88, recibió diversas ofertas para desarrollar otras actividades, desde hacer publicidad hasta trabajar de actriz. No obstante, en la fría y brillante mañana del 25 de febrero de 1989 anunció en una conferencia de prensa en el Madison Square Garden de Nueva York que abandonaba el atletismo “para empezar a correr en una pista diferente”.

La entonces mujer más rápida del mundo, de 170 centímetros de estatura y 59 kilogramos de peso, cuyos récords se mantienen imbatibles durante varios años, decidió rentabilizar la fama mundial que alcanzó en el atletismo. Dejó de entrenar desde que concluyó la Olimpiada y en los siguientes meses se dedicó a viajar y a firmar contratos publicitarios por un monto superior al millón de dólares, según confesó.

Flo Jo, como se le conoció en los medios deportivos, consideraba que ya no tenía nada que hacer en el atletismo. He logrado todas mis metas, dijo, y darle una carrera más a la afición es seguir un año más y otro después. A los 24 años, Florence Griffith fue subcampeona olímpica en Los Ángeles-1984 en 200 metros y ganó medalla de oro en el relevo corto. A los 26 pensaba que el futuro no le ofrecía perspectivas en el atletismo y estaba dispuesta a regresar a su puesto de secretaria.

En realidad alcanzó el estrellato a una edad relativamente avanzada, cuando a los 28 años pulverizó todas las marcas en pruebas de velocidad. En 1987 había contraído matrimonio con Al Joyner, campeón olímpico en triple salto en Los Ángeles, y entrado en el clan familiar de los Joyner-Kersee. Su antiguo entrenador Bob Kersee se había casado con Jackie Joyner, una estrella del heptalón y del salto de longitud.

El dúo técnico Joyner-Kersee consideró que los días de gloria en el atletismo aún no habían acabado para aquella secretaria y la sometieron a entrenamientos sin fin y frenéticas sesiones de pesas. Hasta 1987 Florence fue una buena atleta, pero no la mejor. En 12 meses la transformación fue espectacular.

En julio de 1988 rebajó en 27 centésimas el récord mundial en 100 metros lisos en Indianápolis, durante las eliminatorias del equipo olímpico norteamericano, y en septiembre en Seúl el de los 200 en 37 centésimas. Ya en las series clasificatorias de la Olimpiada había mejorado su marca personal de 21,77 segundos a 21,72. La semifinal la corrió en 21,56. Una hora y 40 minutos después fue capaz de ganar la final corriendo 22 centésimas más rápido que antes, y dejó el récord mundial en 21,34 segundos.

Famosa por correr con uñas larguísimas y multicolores, maquillada en extremo, con alhajas en orejas y dedos, y extravagantes atuendos que ella misma diseñaba, muy ajustados al cuerpo, también llamó la atención la corpulencia, en especial en la musculatura, que adquiría rápidamente. La fantástica progresión de sus marcas en apenas un año crearon desconfianza en algunos atletas y técnicos, entre ellos el brasileño Joaquim Cruz y el norteamericano Carl Lewis.

Sin tapujos la acusaron de ingerir la misma sustancia anabolizante que le costó la descalificación y posterior suspensión al canadiense Ben Johnson. Ese tipo de hormona era particularmente difícil de detectar y solo con los sistemas más modernos la Comisión Médica del COI ha logrado atajar su uso indiscriminado. El aumento de la masa muscular por estos métodos deja su secuela, en especial roturas tendinosas parciales o totales.

Flo Jo siempre negó aquellas acusaciones. No he usado drogas, nunca lo he hecho y no creo en ellas, afirmó. Y Lewis le presentó sus disculpas, aunque dejó sembrada la semilla de la desconfianza. Con su prematura muerte, a los 38 años, se convirtió en un ejemplo elocuente de los peligros inherentes al dopaje, aunque nunca pudo demostrarse de manera fehaciente que utilizara esos recursos.

Sin embargo, el anuncio meses después de Seúl-88 de que abandonaba la competición, en plena gloria, después de conseguir tres títulos olímpicos y dos plusmarcas mundiales, el mundo del atletismo creyó ver confirmada la extendida sospecha de que la mujer más rápida del mundo no quería arriesgarse a seguir la suerte de Ben Johnson.

Javier Sotomayor: Londres desde las alturas

(Fausto Triana).- Mirar los Juegos Olímpicos de Londres-2012 desde las alturas es un privilegio exclusivo del único elegido en el mundo: Javier Sotomayor, de Cuba, el único humano en la historia que ha saltado 24 veces por encima de 2,40 metros. Hay otro que pudiera disputarle la supremacía, el ucraniano Serguei Bubka, pero con ayuda de la pértiga. Para duelos, ambos son literalmente lo que en el argot deportivo se denominan como extraclases o fuera de serie.

Sotomayor (Limonar, Matanzas, 13 de octubre de 1967), es capaz de sentarse en una grada del estadio Panamericano de La Habana, al lado de uno de sus tres hijos, para contemplar como un aficionado más una lid de atletismo. Sin aspavientos, como bien pudiera hacerlo a partir de su relevante palmarés: campeón olímpico de Barcelona-92, subtitular en Sydney-2000; recordista del orbe en salto alto con 2,45 metros al aire libre y 2,43 bajo techo.

“Veo bien el atletismo cubano, con grandes potenciales. Hay credenciales promisorias en el quehacer de varias figuras en el comienzo de la temporada este año. Confío en resultados importantes en Londres”, comentó en exclusiva con Prensa Latina. De su especialidad, admitió que tras la lesión su compatriota Víctor Moya no ha vuelto a ser el mismo y en general las marcas que se registran en la arena internacional no son muy alentadoras. “Por supuesto que hay muchos jóvenes y otros con experiencia que intentarán conquistar el oro olímpico. Sin embargo, a primera vista los saltos de mayor rango se antojan distantes. Dependerá bastante de la preparación”, reflexionó.

Apodado el Príncipe de las Alturas, el espigado coloso de antaño del deporte rey dijo que la mirada desde el retiro siempre guarda un poco de melancolía, “porque no estoy presente y debo ver los eventos desde los graderíos”, apuntó. Ante la insistencia de Prensa Latina, Sotomayor aceptó asimismo que es placentero saber que cuando logró el extraordinario 2,45 metros en Salamanca, España, el 27 de julio de 1993, estaba plantando una cota para la posteridad.

“Claro que seguir siendo el plusmarquista del mundo es una satisfacción tremenda. Tampoco es que me mantenga pendiente del asunto. Pienso que un día me despertaré y en alguna parte se hablará del nuevo récord. ¿Cuándo? No lo sé”, destacó.

Premio Príncipe de Asturias en 1993, aunque no pudo disfrutar del sabor de las preseas en los Juegos Olímpicos del Centenario, en Atlanta-1996, el cubano de 1,95 metros de estatura debió saber que su hazaña estaba en un sitio de lujo en la capital de Georgia. Entonces, en la entrada principal del estadio Olímpico de Atlanta, había un listón que señalaba los ocho pies de altura hacia arriba (en el sistema de medición estadounidense) y el nombre de Javier Sotomayor para significar los 2,45 metros de su primacía.

Cauteloso en torno a pronósticos, se mostró esperanzado, no obstante, en las perspectivas del atletismo cubano como uno de los llamados “buques insignias” junto al boxeo en la XXX cita olímpica de verano en el Reino Unido. Hace 11 años que decidió poner fin a su carrera. Sólo que muy pocos se han acercado en este lapso a sus saltos de gigante.

En Europa se dio un espejismo el pasado año durante el Campeonato continental de sala en París. Allí algunos creyeron que el ruso Ivan Ukhov iba a sobrepasar los 2,40 metros para consolidarse como el potencial candidato a acercarse a Sotomayor. Pero nada de eso. No ha vuelto a acercarse a los 2,40 que consiguió en Grecia en 2009. Ni tampoco sus compatriotas Andrei Silnov (monarca olímpico de Beijing-2008) y Alexei Dmitry, o el número uno del ranking actual, el norteamericano Jesse Williams.

Faltarían por mencionar al checo Jaroslav Baba, el griego Dimitrios Chondrokoukis y la interrogante alrededor de Yaroslav Rybakov. “No me atrevo a señalar a un saltador en particular. Lo mismo digo que en estos momentos no hay figuras ascendentes en Latinoamérica”, recalcó sin referirse a los bahameses Donald Thomas y Trevor Barry, de discreto rendimiento en los últimos tiempos.

La valoración es muy respetable. Sotomayor es por mucho, quien podrá mirar a Londres desde un promontorio hasta ahora infranqueable de 2,45 metros.

* Periodistas de Prensa Latina.