Málaga, (PL).- En estos años dos mil, repletos de catástrofes económicas, estafas al por mayor y pobreza que corre por las calles de Europa como agua sucia arrojada desde el cubo purulento de los bancos, los festivales de cine se me antojan algo parecido a las hojas muertas de Charles Trenet.

El cantante francés fue como la seda roja y poco cara que se vendía en el mercado del Petit St. Pierre, allá por Montmartre, donde amas de casa de todo París acudían en tiempos míos en busca del corte de tela que les iba a dar la ilusión de vestirse casi como Christian Dior vestía a sus modelos, con refinamiento y convicción.

Pero hasta eso cambió. Un buen día, en la cercana Place de la République, a la salida de la colina de Montmartre, se instalaron unos populares grandes almacenes que por un puñado de francos, y sin música de Ennio Morricone, vestía a una mujer desde lo más profundo de sus entrañas hasta el rutilante vestido con pretensiones de refinamiento.

Con los festivales de cine ha pasado otro tanto. Me fijo en el de Cannes, el más grandioso, y da pena. Unas cuantas muchachas millonarias de la publicidad que fungen como estrellas han tomado la costumbre de pasear sus últimos modelitos por la alfombra roja de ese pueblo que sin el cine no tendría ni pescadores que no pescan.

Y entonces observas, te subes por las paredes de furor mal contenido, que lo importante para la prensa más vendida no es presentar una película que quite el hipo, sino hacer una mayonesa mundana de las que te servían en el Hotel de la Plage de cualquier pueblo de la Costa Azul.

Da lástima, pero no hay que darle vueltas, es así. Lo importante es que el modelito apabulle a los diarios, televisiones y hasta radio, porque la imbecilidad también es radiofónica. Y la Jolie, la Guapa y la Menos Fea pasean su palmito, a punto de romperse la cabeza en las peligrosas escalinatas que suben al cielo del Festival de Cannes.

¿Qué importa la película si el vestido es bello? Pues, nada, efectivamente, nada. Y la noche de la clausura encuentras en una pantalla de televisión a un “periodista” con cara de querubín abandonado por su amante milanés tras haberle sesgado la vida a espadazo limpio, que no dice nada pero sonríe.

Entonces hasta los menos inteligentes comprenden que el Festival del que llevan hablándoles meses ha sido medio mediocre, que muchas de las actrices son lo que son pero nada más y que algunos de los guiones no han existido nunca. Hasta Brad Pitt les parece de pronto malísimo. Hasta el guapetón hollywoodense que habla y sonríe mejor que un muñequito de cuerda comprado a un senegalés en la playa de Cannes, deja que desear, dicen con estudiado gesto asqueado los pontífices de la crítica cinematográfica.

La verdad es que Brad Pitt, más multimillonario que un futbolista del Real Madrid o de Barça, a mí, de veras, lo juro, siempre me ha parecido la negación de la actuación con pantalones. Pero desde que Chanel lo fichó para ser el cuerpo y el alma de la próxima campaña de ese perfume, el perfume que encarnó a Marilyn Monroe, estamos definitivamente asqueados.

En tiempos de Marilyn, la divina, soñabas con encontrar en esta vida o en la otra una mujer que como la actriz vistiese una simple gota de Chanel 5 a la hora de meterse en la cama. Ahora ya ni con sábanas de seda llegadas por correo de camellos desde Samarcanda. Brad Pitt ha roto el encanto.

Sigo amando a Marilyn. Porque sepan ustedes que el 5 de Chanel no es casual, ni mucho menos. Para los árabes es el Jamsa, el número de la suerte. Y suerte le dio a MM. Y suerte nos dio a todos aquellos que la amamos en el silencio de los parias desde que la vimos en un programa de cine en colores que te daban con la entrada cuando hace muchos años ibas al gallinero del cine de tu pueblo.

Y ahora es cuando tienen que surgir las comparaciones odiosas, malévolas pero en fin de cuentas justas. Después del numerito de este año en la alfombra roja, he renunciado para siempre a mis recuerdos peliculeros de Cannes. Se acabó. Me quedo con festivales “menores”, menos multimillonarios en todo caso, adonde no se les ocurriría poner sus gafas de sol a Brad Pitt.

Festivales que hablan de cine, exclusivamente de cine, donde no hay desfiles de moda estúpida y sin razón en una alfombra que es roja el tiempo que tarda en llover. Como esas revoluciones que consiguen el voto libre y republicano para darle otra vez el poder a los que poco antes echaron a patadas a costa de mucho sufrimiento.

Hojas muertas las de Trenet. Festivales en coma por sobredosis de glamur los de ahora.

* Escritor y periodista francés radicado en España. Colaborador de Prensa Latina.