Semanas atrás, me adentraba sobre la cubierta de un viejo barco de vapor en los Sundarbans de la República Popular de Bangladés; ese silencioso delta localizado en la bahía de Bengala, donde convergen los ríos Ganges, Brahmaputra y Meghna, que conforman en las orillas bengalíes un manglar de 5.770 kilómetros cuadrados de extensión, que encarnan el 4% de los manglares de todo el planeta, y por ende, el último refugio del tigre de Bengala de esa nación.

A pesar de que los Sundarbans representan un único y variado ecosistema fluyente de colores y vida, irónicamente, lo que más llama la atención al recorrerlos, es el silencio ahí imperante; un magistral silencio, perteneciente a su solitario amo -el tigre de Bengala- que en los últimos dos siglos ha visto su hogar diezmado y reducido a más de la mitad por causa de la invasión humana.

En bengalí la palabra Sundarbans quiere decir bosque hermoso, empero esa silenciosa espesura glauca, hoy más que ayer, se ve perjudicada por la barahúnda que dentro de ella emiten los cañones y las motosierras al espetar un ensordecedor grito, que algunas personas insisten obstinadamente en llamar “desarrollo”, y que ha cercado al tigre de Bengala a la pequeña cifra de solo 400 especímenes libres.

Tal vez nada ha transformado la vida de las ocho subespecies de tigres tanto, como la pérdida del silencio; distorsionado en mortíferos disparos, que condenaron a la de Bali, la de Java y la del Caspio a la extinción. Hoy para vergüenza y preocupación de la raza humana, de los 100.000 tigres que poblaban nuestro planeta hace más de cien años, solo quedan 4.000 ejemplares en libertad, distribuidos en catorce países de Asia, en tanto, paradójicamente, otros 3.000 se encuentran recluidos en zoológicos y circos alrededor del mundo.

Si bien es cierto que el tigre de Bengala es una pieza fundamental de la cultura y la religión en los Sundarbans bengalíes, al poseer los musulmanes locales la certeza de que este animal provino de la sangre menstrual de Fátima az Zahra, la distinguida hija del Profeta Mahoma; mientras los pobladores de origen hindú le atribuyen a la diosa de los tigres Dakshin Rai los designios de sus vidas; estas creencias no detuvieron su desmesurada cacería, que entre los años 1930 a 1974, fue alentada por las autoridades, que ante el aumento de las fatalidades humanas por sus ataques, remuneraban a quienes les dieran muerte.

A la fecha, un promedio de treinta personas anualmente pierden sus vidas en los Sundarbans entre las fauces de los tigres; al ser esos manglares responsables del 50% de los ingresos que capta Bangladés provenientes del sector forestal; lo que suscita en uno de los países más poblados y con mayores índices de pobreza del mundo, un cuantioso flujo de trabajadores hacia ellos; que como especie invasora origina la fragmentación y pérdida del hábitat del tigre de Bengala; desencadenando a su vez un conflicto territorial entre ambas especies causante al año de las muertes de cinco tigres, al ser éstos abatidos cuando se acercan en busca de alimento a las aldeas de leñadores y recolectores de miel.

Es precisamente este conflicto territorial, la principal amenaza para la supervivencia del tigre de Bengala en nuestro tiempo, potenciado en gran parte por el calentamiento global, que según el Panel Intergubernamental del Cambio Climático, para el año 2020 va haber destruido el 20% del área habitable por los tigres en los Sundarbans a causa de las alteraciones en los ciclones y las lluvias durante el monzón, unidas a los incrementos en los causes de los ríos desencadenados por el deshielo de los Himalayas; lo que ya está comenzando a generar la migración masiva de los manglares tierra adentro hacia los poblados, agudizando así el choque entre humanos y tigres.

Sin embargo, hay un par de nubes grises que también se ciernen sobre los tigres de Bengala; que son el tráfico de cachorros y la cacería furtiva; ligada la última a los supuestos poderes “medicinales” que se le atañen a algunas partes de su cuerpo; que a pesar de ser prácticas vetadas en Bangladés y otros países desde el año 1974, siguen vigentes, tal vez no en la cuantía de décadas anteriores, pero sí lo suficiente para que una execrable mafia haga su agosto a base de poner esta especie a caminar por la cuerda floja.

Lo anterior, debido al insaciable apetito humano de tener que lucrar a costa de animales inocentes, cuyas cabezas y pieles terminan en ocasiones realzando el pésimo gusto interiorista de ciertos individuos empeñados en estropear con ellas las paredes y pisos de sus casas; en tanto unos no menos ignorantes, los conducen fuera de sus hábitats a horribles actos circenses y de peleas; o peor, mucho peor, como les acaece a los tigres que acaban en una pagoda tailandesa que llena sus arcas manteniéndolos drogados con un potente sedante para que así los turistas puedan tocarlos tras pagar una cuantiosa suma de dinero.

Durante mi periplo por los Sundarbans, escuché varias veces la leyenda de un afamado cazador local llamado Kinu Gazi, quien en vida llegó a darle muerte a 97 tigres de Bengala, hasta que le tocó a él ser olfateado y cazado por una tigresa que se lo engulló junto a sus cachorros. El silencio de los Sundarbans, y de muchos otros manglares y bosques alrededor del mundo se ha roto, y continua rompiendo día con día; a los culpables de esa afrenta les conocemos en sus espejismos y mezquindades, y es deber de nosotros replantearnos como la especie pensante nuestra ya insostenible sociedad de consumo y su peligrosa posición dentro del planeta tierra; que de permitirle seguir dictando más sentencias de muerte a otros ecosistemas; un día al igual que le sucedió a Kinu Gazi, serán los ecosistemas quines nos cacen para pedirnos cuentas por nuestros actos, si no es que antes, entre tanto destrozar el silencio, nos habremos infringido la autodestrucción.

* Escritor.