Un fantasma recorre el país: el fantasma de René Barrientos Ortuño. El momento exacto en el que creíamos ahogados los restos del Estado-nación en un mar de retórica post/pluri-nacional, Evo Morales –cachiporra, hacha o tinterillos en mano– regresa para recordarnos cuán incólume está nuestra tradición política más compacta y nefasta: la del nacionalismo revolucionario en su versión conservadora.

a Etienne de La Boétie

Como es sabido, una vez que las masas en movimiento dejan la rebelión y retornan a su recortado destino cotidiano, unos pocos sino Uno –el líder, el jefe, el caudillo– toma(n) el mando y, en nombre de ellas y su épica de arrabal, se abraza(n) a la mentada tríada beneficiosa: poder, prestigio y dinero. Penoso devenir histórico universal, y en nuestra historia la que deviene en el termidor barrientista a pocos años del triunfo de la revolución del ’52, o lo que hoy aparece como esperpento de la reforma estatal recién estrenada.

Recreemos las fases de este tipo de procesos políticos: 1) las masas se organizan y contestan el dominio generalizado, 2) un grupo político se hace portavoz de la sublevación y victoria plebeyas, 3) rápidamente expulsa a los sublevados de las decisiones, y con un saber técnico auto-referido configura, diseña y gestiona las tácticas y estrategias del (nuevo) Estado, 4) jacobinamente, concentra, centraliza y expande su poder, y gobierna con el auxilio casi exclusivo de la policía y el ejército, 5) elabora ideas-fuerza que inflaman las emociones/pasiones de sus seguidores, cuyas lealtades son, además, cohesionadas con incentivos materiales, 6) exalta la figura del jefe, a manera de patética unificación de sus iracundos acólitos, 7) concibe la política como control y disciplinamiento del territorio y de la población para fines de desarrollo económico, según reza –¡oh paradoja!– el desportillado predicamento liberal, 8) mientras las masas obedecen voluntariamente, la revolución es finalmente derrotada por el jefe y su minúsculo séquito que a contramano de la salvación de los irredentos –blandiendo las espadas de la igualdad–, acaban en el fango de la real-politik, de un maquiavelismo elemental y prosaico.

Raudamente anclada en la fase final, la política nacional actual se asemeja –en rigor, como cualquiera en cualquier parte del mundo– al estricto quehacer policíaco y para-policíaco en el que naufraga todo ejercicio del poder. Lo que queda como actividad pública, amén de las dádivas a una sedienta clientela de pobres (incluidos los pobres de espíritu), es la permanente exhibición de fuerza, la afanosa recreación de potestad.

Aún sabiendo que fuerza y potestad son meras ilusiones o leve hojarasca que el viejo topo está presto a deshacer una vez más, pues, como suele suceder, los sin parte del festín acabarán en un tris con tan colorido aquelarre de capitalistas andinos, orates new age y viejos bolcheviques de papel maché.