En la constelación de artistas plásticos de Bolivia tenemos una nueva figura que se suma con calidad, humildad y compromiso. Mónica Rina Mamani es una pintora muy joven, muy talentosa y muy seria. Pinta desde 2005, guiada por su maestro Ricardo Pérez Alcalá, y sólo ahora que tiene en su haber una obra sólida y numerosa, la ha comenzado a mostrar.

Conozco a Mónica desde hace varios años, y la he encontrado muchas veces en el taller de Ricardo en Aranjuez, siempre atenta al ejemplo de nuestro gran acuarelista. No la he visto pintar, porque creo que eso lo hace en El Alto, donde vive. En la casa y taller de Ricardo, Mónica aprende, observa, se empapa de las enseñanzas del maestro, para luego plasmar sus propios trabajos.

En pocos meses el nombre y la obra de Mónica Rina Mamani se han hecho familiares. Tres datos, como ejemplo. Expuso en marzo pasado en la Galería Altamira junto a Julio César Téllez, fallecido en noviembre del 2009. En el número 101 del quincenario Nueva Crónica y Buen Gobierno, se incluyó una muestra de su obra (19 cuadros). Y durante todo el mes de mayo, 41 cuadros de ella se exhiben en dos salas del Museo Tambo Quirquincho de la ciudad de La Paz, bajo el título “Mi tiempo”.

Estuve la noche de la inauguración, acompañando a Mónica y a Ricardo, que ofreció palabras entusiastas sobre su alumna. Ricardo escribió un breve texto donde destaca que se trata de una artista “que en medio de la avalancha y el vértigo que llaman modernidad, logra una ruptura, por ser fiel a su técnica soberbia y su imaginación insondable.” Para Pérez Alcalá, la obra de la pintora alteña “es una reflexión acerca del desamparo, que la artista retrata paradójicamente, haciendo hincapié en los objetos que funcionan como símbolos de eternas esperas, solo descifrables en el realismo mágico”.

De alguna manera, Ricardo habla de sí mismo cuando se refiere a la obra de Mónica en estos términos: “A nuestra artista le interesa la técnica que es parte de su lenguaje, el tiempo, las matemáticas, la geometría, la botánica. Le importa el mundo de los aromas, la cocina. En su formación futura está la arquitectura, sin embargo no se aparta del dibujo que es la columna vertebral de su trabajo.”

Cuando uno observa los cuadros de Mónica Rina Mamani no puede menos que constatar la influencia de su maestro. En la técnica alcanza la excelencia, tanto en acuarela como en óleo, al igual que Ricardo. La finura del detalle en cuadros como “Alcachofas” es impresionante. Mónica rehúye el facilismo que con frecuencia esconde a la arrogancia o a la inseguridad.

Las mazorcas de maíz, los viejos baúles de cuero, las camas que parecen ceder con el peso de la memoria, los paisajes bucólicos, el brillo intenso de los frutos en una naturaleza viva aunque estática, guían el recorrido por la muestra.

Podría decirse que Mónica prolonga la obra plástica de Pérez Alcalá, pero yo creo que la identidad entre ambos artistas es aún mayor y sugiere una comunión filosófica, una visión común del mundo. Mónica no se inspira solamente en los cuadros de Ricardo, sino en su entorno y en sus ideas. La técnica no es sino el complemento de una afinidad ética y estética más amplia.

El gran pintor con más de 70 años de edad, y su alumna aplicada y brillante, que no termina aún de recorrer la segunda década de su vida, muestran un ejemplo hermoso de generosidad y complicidad en el arte. No dudo que al mismo tiempo que Mónica se empapa de la vida y obra de Ricardo, éste a su vez aprende algo de Mónica, aunque ella es extremadamente modesta y reservada.

Mónica empieza bien, pero aún empieza. Quiero decir con esto que su trayectoria está en los albores o primeros hervores. Sobre la solidez que ha mostrado en su pintura hasta ahora, tendrá que ir construyendo paulatinamente una obra propia, como un gajo independiente que brotará en el terreno fértil que ha abonado Pérez Alcalá. Imagino que ambos son conscientes de que el tiempo los irá separando estilísticamente, hasta que Mónica vuele con alas propias y elija sus temas y su manera personal y única de mirar la realidad.

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El arte es el placer de un espíritu que penetra en la naturaleza

y descubre que también ésta tiene alma.

—Auguste Rodin