La Habana (PL).- La vida de la niña afgana Yasmín sufrió un drástico giro al cumplir los ocho años, cuando la familia arregló su matrimonio con un hombre de 60. A los 16 años, Yasmín fue la esposa legal de un hombre mucho mayor, con quien vivió en una apartada localidad de la oriental provincia de Nangarhar durante cuatro años de maltratos, violaciones sexuales e infelicidad. Por *

La muchacha huyó con otro hombre cuando ella tenía 20 años, pero la pareja fue detenida, y ella embarazada fue trasladada a una cárcel para mujeres, donde tuvo a su hijo. Ya liberada obtuvo alojamiento en un refugio de Kabul, pero aún le ronda el temor de que su familia y la del primer marido la localice y la mate para resarcir el honor mancillado.

Ese es solo un ejemplo de la cotidianidad en las áreas rurales de Afganistán, donde los matrimonios arreglados entre hombres de mediana edad y niñas se consideran un factor determinante dentro del ciclo de la pobreza. Sacadas de la escuela y obligadas a tener hijos antes de que sus cuerpos estén preparados para ello, muchas menores terminan siendo analfabetas, arrastrando problemas de salud y con hijos subnormales.

La escasez es una de las razones por las cuales decenas de familias dan en matrimonio a sus hijas a edades tan tempranas; otro de los motivos es el miedo a que se las lleven de buenas a primeras y las obliguen a casarse. Sin embargo, existen otras razones de índole cultural, sustentadas en la creencia de que una novia joven y virgen puede ser moldeada a gusto y convertida en una esposa obediente.

Desgarrador resulta el caso de Nijid, quien fue arrastrada de su casa hacia los brazos de un hombre de 30 años por su padre Ali Muhammad, un ex barrendero que pide limosna para vivir junto a una parte de su familia, y además ha tenido 16 hijos con dos mujeres. Los problemas para Nijid empezaron en la temida noche de bodas, cuando su marido Faez le quitó la ropa y ella escapó llorando de la habitación.

Pero él la atrapó, la volvió a meter en el dormitorio, la forzó sexualmente y de propina le dio una paliza. Cuando se llevó a cabo la Conferencia de Bonn, Alemania, sobre Afganistán, en diciembre de 2011, las mujeres denunciaron ante la comunidad internacional el grado de discriminación al cual son sometidas.

Selay Gaffar, de la Red de Mujeres Afganas, tuvo solo tres minutos para pedir apoyo en defensa de los derechos de las féminas. La declaración final del evento relacionó la equidad de género con la Constitución en materia de gobierno y negociaciones de paz.

Vísperas de esa Conferencia, el presidente de Afganistán, Hamid Karzai, perdonó a Gulnaz, una muchacha de 21 años atacada sexualmente y luego condenada por adulterio, que dio a luz en prisión a un hijo fruto de esa violación. Pero la gracia presidencial no es lo habitual, y la mayoría de las 700 mujeres recluidas en las prisiones afganas fueron condenadas por adulterio o “zina” (relaciones sexuales entre personas no casadas), un castigo común por escapar de un matrimonio forzado o del abuso.

Durante los últimos años, las activistas lograron crear conciencia sobre los derechos de género y mejorar el acceso a la educación y la salud de las féminas, en especial en áreas urbanas. También se establecieron refugios, que albergan por ejemplo a mujeres como Yasmín, liberadas de prisión y que no pueden volver a su hogar por la estigmatización.

Una encuesta de la firma Thompson, divulgada en junio de 2011, ubicó a Afganistán como el país más peligroso del mundo para las mujeres por la violencia, la pobreza y la falta de atención médica. En 2009, Karzai promulgó la Ley Chiita de la Familia, que incluía la autorización del matrimonio de adolescentes de 14 años y el derecho de los maridos a forzar sexualmente a sus esposas.

Poco tiempo después, ante la presión y las constantes protestas de la sociedad civil y la comunidad internacional, la norma fue desestimada. Ese mismo año, el gobierno aprobó la ley de Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, que penaliza actos como el matrimonio infantil o forzado y la violación.

Un análisis hecho en 2011 por Naciones Unidas sobre la implementación legislativa señaló: “el sistema judicial comenzó a aplicar la ley, pero su uso constituyó una ínfima proporción de la forma en que son atendidos los casos de violencia hacia la mujer”.

La realidad es dura y aún las féminas son condenadas si quieren salirse del círculo vicioso, como Zuhra, quien a los 12 años salió de Kabul para unirse forzosamente a un hombre cuatro veces mayor y con tres esposas más. Este la obligó a prostituirse a diario hasta que la vivienda en la cual habitaba fue allanada por la policía y Zuhra resultó apresada hasta cumplir los 17 años, hace apenas unos meses.

Ahora, la muchacha se halla en un refugio para mujeres afganas y mirando al suelo se pregunta por dónde recomenzar a vivir.

Afganistán: Los más pobres de los pobres

Lo más conocido hasta ahora sobre Afganistán es la presencia de militares de Estados Unidos y de la Fuerza de Asistencia Internacional a la Seguridad de la ONU, bajo comando de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Aunque se sabe, además, de fuerzas insurrectas islámicas que defienden la independencia y soberanía nacionales y cuyo objetivo central, según sus líderes, es aniquilar o hacer abandonar el territorio centroasiático a los ocupantes extranjeros, que lo invadieron en octubre de 2001.

A la orden del día, desde hace más de 11 años, sólo se habla y escribe sobre operaciones, ofensivas, combates, atentados con coche-bombas, ataques suicidas y bombardeos contra la población civil, en especial en las áreas rurales productivas. Esto tiene su lógica. A los órganos mediático internacionales no les interesa divulgar acerca de la existencia de un numeroso elemento o cuarto segmento que habita el país, el cual está amenazado de desaparecer por carecer de los más mínimos recursos para su defensa contra el hambre.

De ahí que la subsecretaria general de la ONU para Asuntos Humanitarios, Valerie Amos, alerte sobre las vastas necesidades que enfrenta la población e instó a la comunidad internacional un mayor compromiso económico para enfrentar el respaldo a las necesidades de los afganos. Debemos continuar movilizando recursos para ayudar a los que se encuentran en necesidad extrema, aseguró en rueda de prensa Amos, quien regresó a Nueva Cork, tras un recorrido de tres semanas por la nación islámica centroasiática, y afirmó que hay millones de personas afectadas por el conflicto y los desastres naturales.

La mayor parte de esos refugiados, unos cinco millones, se asentaron en las vecinas naciones islámicas de Irán y Pakistán, pero otros trataron de rehacer su vida en campamentos de acogida repartidos por el territorio afgano, sin sostén oficial y sólo a duras penas con la escasa ayuda de la comunidad internacional.

En este contexto, la jefa de la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, visitó durante su estancia varias zonas afganas, donde vio las terribles condiciones de vida de las familias en los 42 asentamientos en Kabul, en los cuales malviven “los más pobres de los pobres”. También presenció las condiciones de los desplazados internos en la principal ciudad norteña de Mazar-i-Sharif y subrayó que el número de los que todavía no han podido regresar a sus hogares suma 500 mil dentro de Afganistán.

Amos se hizo eco, asimismo, de la situación que viven de manera general las mujeres en el país asiático, con alta tasas de mortalidad, una de las mayores del planeta; de pobreza extrema y grandes dificultades para acceder a la sanidad y la educación. De ahí que apele a que la seguridad física de los afganos necesita que la comunidad internacional invierta en su desarrollo humano y en la entrega de servicios vitales, como vivienda, educación primaria y sanidad.

La ONU calcula que este año son necesarios 437 millones de dólares para proveer ayuda humanitaria en Afganistán, pero la funcionaria dice que hasta el momento sólo se recaudó el 27 por ciento de esos fondos. Este desamparo prevalece pese a los miles de millones de ayuda económica internacional que recibieron desde el 2002 las autoridades de Afganistán, país que mantiene uno de los índices de desarrollo más bajos del mundo.

A ello contribuye el recrudecimiento del conflicto extendido a diversas partes del territorio antes consideradas relativamente pacíficas, donde el pasado año perdieron la vida tres mil 21 civiles frente a los dos mil 790 de 2010, de acuerdo con estadísticas de la misión de la ONU en Afganistán.

Un gran porcentaje de esas víctimas fatales se debe a los indiscriminados bombardeos aéreos, las operaciones nocturnas y las masacres perpetradas por Estados Unidos y la OTAN. Esa grave crisis se agudiza por la permanencia de más de 130 mil soldados desde 40 estados agrupados en la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad, enviada por la ONU bajo el comando de la OTAN, entre ellos más de 90 mil de Estados Unidos.

Por esto Afganistán sigue siendo el quinto país más pobre del mundo, de acuerdo con el PNUD, con la corrupción generalizada como punta de lanza que estrangula su vida social. A ello se suma que el acceso al agua potable, la electricidad y la asistencia médica es una quimera por la cual la mitad de sus casi 30 millones de habitantes malvive por debajo de la línea de miseria.

Sólo el 10 por ciento de los que residen en ciudades grandes tienen electricidad y el cinco por ciento de la población rural solo alcanza una expectativa de vida de 46 años. Además, la tasa de crecimiento económico previsto para este año es del cuatro por ciento y, de ella, más de la mitad proviene del narcotráfico y el resto de la ayuda internacional suministrada a la administración de Kabul.

* Periodistas de la Redacción Asia de Prensa Latina.