La Habana (PL).- Madurez intelectual coronaba el latinoamericanismo de José Martí, convencido de su papel histórico en ese momento, cuando las balas coloniales lo alcanzaron en el combate de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895. Aquel cubano universal comprendió, antes que otros, los peligros emanados desde el poderoso vecino del norte y cuanto de común existía entre las naciones continentales del río Bravo a la región de Magallanes y las islas del mar Caribe.

Notable periodista, orador, poeta, maestro y escritor, Martí estaba en la plenitud creativa y política a la edad de 42 años. Víspera de su heroica muerte, en carta inclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado, revela directamente su propósito de impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, la extensión de Estados Unidos por las Antillas y que cayera con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América.

Cuanto hice hasta hoy y haré, es para eso, afirma. … “impedir que en Cuba se abra, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia”. En silencio ha tenido que ser -apunta- y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.

“…aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”, escribió el 25 de marzo de 1895 a su amigo dominicano Federico Enríquez y Carvajal.

Muchos años antes de escribir a finales de 1890 su célebre ensayo Nuestra América, aparece en Martí esta expresión para designar a los pueblos que se extienden del río Bravo a la Patagonia, pero todavía sin el alto vuelo de este publicado en el Partido Liberal, de México, el 30 de enero de 1891. Allí advierte: “El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América”.

“¡Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”. Eran ideas en gran medida programáticas, expuestas por Martí en sus últimos años de vida, como en las bases del Partido Revolucionario Cubano (PRC), redactadas en 1892.

En el artículo primero, dice que el PRC se constituye para lograr la independencia absoluta de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico, y en el octavo, menciona “la fundación de la nueva república indispensable al equilibrio americano”. Este concepto lo amplía en el importante artículo El tercer año del Partido Revolucionario Cubano (Patria, Nueva York, 17 de abril de 1894):

En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, -mero fortín de la Roma americana; -y si libres, -y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora- serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada…

Antes de partir hacia Cuba, donde había estallado, el 24 de febrero de 1895, la tercera guerra independentista, suscribió el Manifiesto de Montecristi, en unión del generalísimo Máximo Gómez, el 25 de marzo de 1895. A la nueva contienda independentista cubana califica en ese texto de “suceso de gran alcance humano y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aun vacilante del mundo”.

Hombre sincero, muy joven Martí expresó, en 1881, “de América soy hijo, a ella me debo”, en carta a Fausto Teodoro Aldrey (1825-1886), en cuyos talleres imprimió en Caracas su Revista Venezolana. “Y de la América -añade-, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, esta es la cuna… Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mi un hijo”.

Desde septiembre de 1889, Martí reportó en cartas a La Nación de Buenos Aires, la historia, detalles y desarrollo de la Conferencia Americana, que inició sus sesiones el 2 de octubre de 1889. En la crónica del 2 de noviembre de 1889, sentenció: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”.

Gabriela Mistral: José Martí, “el gran leal”

La trascendencia del ensayo “La lengua de Martí”, de la escritora chilena Gabriela Mistral (1889-1957), publicado en esta capital por el aniversario 39 de la caída en combate del Héroe Nacional cubano, deviene aún hoy hito de análisis diversos. Con este ensayo se iniciaron los cuadernos de cultura de la Secretaría de Educación cubana; fue presentado el 19 de mayo de 1934 en la Casa Natal de José Martí por el escritor Jorge Mañach (1898-1961), y distribuido gratuitamente a quienes visitaran el recinto de la calle Paula.

“Ninguna ocasión mejor para iniciar estas ediciones que el aniversario de José Martí, bajo cuya inspiración patricia se concibe este proyecto. Y nada, en esta fecha, podrá superar en calidad y fervor a la admirable conferencia que Gabriela Mistral pronunció en La Habana”, afirmó el entonces secretario de Educación.

En la Introducción al cuaderno, Mañach -autor de la biografía “Martí, El Apóstol” (1933)- especificó que el texto era una conferencia dada por la autora chilena en La Habana años antes, hasta ese momento inédita, y aspiraba a que libros y folletos de la colección fueran “exponentes genuinos de nuestra cultura pretérita y presente”, o contribuyeran “al enriquecimiento de la conciencia cubana”.

Que el ensayista, biógrafo, profesor y periodista seleccionara ese ensayo mistraliano para dar comienzo a los cuadernos de cultura “genuina” y a fin de favorecer la “conciencia cubana” en una república mediatizada bajo la órbita de los intereses yanquis, indica la importancia de tal texto.

Bajo la floración, el hueso del pensamiento

Gabriela, en el ensayo “La lengua de Martí”, lo primero que resaltó fue el reconocimiento a la originalidad literaria, que ella situó en el tono, el vocabulario y la sintaxis. Nuestro Martí aparece a primera vista con un cuerpo entero de estilo, pero lo más gustoso de sentirle y saborearle es el tono, senaló. “Veía y vivía lo trascendente mezclado con lo familiar (…) hace una cláusula ciceroniana de alto vuelo y le neutraliza la elocuencia con un decir de todos los días; corrige a veces, y esto es muy común, unos cuantos vocablos suntuosos con un adjetivo ingenuo, del más lindo sabor popular”.

Acerca del vocabulario del Apóstol, para ella entre los más ricos de nuestra literatura, “no será nunca extravagante, pirotécnico ni snob, aunque será ciento por ciento novedoso hasta volverse inconfundible”. Destacó el verbo, que él hace “a la medida de su necesidad”, y el desatado lujo metafórico.

De la sintaxis viva, “es cosa funcional y se ordena adentro. Puede salir abundosa y ágil (…) pero ha de salirle al escritor así, en empellón espontáneo”. Se refirió al “orador nato” que fuera Martí, virtud que le estimuló suficientemente esa “maravilla del tono natural”.

Todo esto sustentado en una sólida formación cultural, “de los de alimento completo, clásico y moderno, y de una formación perfectamente regular, nada hay en él del escritor a dietas de una lengua y de un solo período literario”. Enlazó las bondades del trópico con la prosa martiana como un clima de efusión, la abundancia en el estilo debido a varias causas, y una de ellas es “una especie de conjunción de vitalidades”.

Así, sostuvo: “se hablará siempre de él como de un caso moral, y su caso literario lo pondremos como una consecuencia”. Para ella, Martí “es un proveedor de conceptos, pero como le sobra savia, él puede ocuparse de regar sobre la ideología un chorro de galanura, un camino de metáforas que no se le acaba nunca”, en tanto “conserva siempre bajo la floración, el hueso del pensamiento”, es decir, distingue la correspondencia de contenido y forma, la manera de expresar las ideas en este hombre que “peleó sobrenaturalmente, sintiendo detrás de sí la causa que le quema la espalda”, la independencia de Cuba.

Por eso, “es agradecimiento todo en mi amor de Martí, agradecimiento del escritor que es el Maestro americano más ostensible en mi obra, y también agradecimiento del guía de hombres terriblemente puro, que la América produjo en él…”.

Gabriela ofreció la conferencia “La lengua de Martí” el 26 de junio de 1931 en el Teatro Principal de la Comedia, de La Habana -situado en ánimas y Zulueta, hoy desaparecido-, auspiciada por la Institución Hispanocubana de Cultura, dirigida por su fundador, el antropólogo, etnólogo, pionero en los estudios afrocubanos e historiador Fernando Ortiz (1881-1969), considerado “el tercer descubridor de Cuba”.

Era su segundo viaje a Cuba -el primero fue en 1922. Bajo el patrocinio de esa entidad impartió en 1931 asimismo otras dos conferencias: “El regionalismo de Federico Mistral” y “Autodidactismo”. Igualmente brindó un recital de poemas inéditos dedicado a contribuir a la recaudación de fondos para una edición de la obra martiana por el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, presentación promovida por el poeta cubano Mariano Brull (1891-1956), representante cubano en ese organismo, en París.

En 1927, Gabriela había sido nombrada miembro del comité editorial de la Colección de Clásicos Iberoamericanos, organizada por ese Instituto, con el propósito de dar a conocer a los lectores de habla francesa a los escritores hispanoamericanos de más renombre.

De tal empeño de la entidad resultó el título “José Martí. América” (París, 1935), que contó con palabras preliminares de los intelectuales cubanos Mañach, Juan Marinello (1898-1977) y Félix Lizaso (1891-1967). Durante esa estancia en Cuba, del 19 de junio al 2 de julio de 1931, Gabriela se trasladó a Caibarién, invitada por la filial de la Institución Hispanocubana de Cultura en esa ciudad, y disertó sobre autodidactismo.

Visitó Cienfuegos, respaldada por el Ateneo de esa localidad, donde además de reiterar sus ideas sobre autodidactismo, repitió su conferencia martiana, resaltada también por la prensa municipal.

La conferencia “La lengua de Martí”, impartida en 1931 en Cuba, apareció en la edición de 1934 tal como fue ofrecida por la autora hasta aquellos momentos de “Desolación” (Nueva York,1922), “Lecturas para mujeres” (México, 1923) y “Ternura” (Madrid, 1924), aunque antecedida de propuestas diversas.

Marinello formuló en carta del 6 de febrero de 1933 al ensayista y periodista Félix Lizaso (1891-1967), animar a Joaquín García Monge (1881-1958), director de Repertorio Americano (San José, Costa Rica) a dedicar un número de la revista a Martí.

Y mencionó “la bellísima conferencia de Gabriela, la cual previa consulta podría ser plato fuerte de ese número martiano de Repertorio. Casi un mes después, le comunicó a Lizaso que escribió a la escritora chilena, por esos días en Puerto Rico, para buscar su consentimiento, a fin de incluir el ensayo.

No obstante, Marinello sabe que “hay quien quiere pagar una edición de ella, si antes no se funde el plomo para darla en (otra revista del país) Bimestre Cubana, y se preguntó si la inclusión en la publicación nacional no afectaría la ineditez, pues la aparición sería en distintos lugares, La Habana y San José, al mismo tiempo.

Pidió opinión a Lizaso y a Elías Entralgo (1903-1966), profesor, ensayista y periodista, secretario de redacción de la Revista Bimestre Cubana. Pero en carta a Marinello, finalmente, Gabriela -en abril de 1933- negó su autorización para la inclusión de su conferencia en Repertorio Americano, en el número correspondiente a mayo de ese año, dedicado al Héroe Nacional, al parecer para salvaguardar la ineditez con vistas a la publicación como cuaderno.

Tras la exposición del ensayo en Cuba, dio a conocer dos partes medulares en El Mercurio de Santiago de Chile, en 1932: “El Trópico y José Martí” (24 de junio) y “El Hombre José Martí” (26 de junio). A instancias del crítico literario español Guillermo de la Torre (1900-1971), para una serie, “El pensamiento vivo”, que publicaba la Editorial argentina Losada, Gabriela proyectó la redacción de un breve libro sobre el héroe cubano y le envió hacia 1941, como primer capítulo, “una versión más depurada” de “La lengua de Martí”. (Revista de Occidente, Madrid, May 1966). Al parecer, no continuó el planeado título.

Hallazgo supremo

Mañach, buen conocedor de la obra del Maestro, en carta a Gabriela el 29 de febrero de 1932, escribió a propósito de “La lengua de Martí”: “Nadie hasta ahora -se lo digo yo, que conozco bien la literatura martiana-, ha calado tan hondo ni en puntos tan bien elegidos”.

En carta a Antonio Martínez Bello el 4 de agosto de 1940, Marinello precisó como un hallazgo supremo aquel de la chilena declarando que en Martí lo importante, lo impar, es el tono.

Señaló Marinello: “…Actitudes y sentencias trasvasadas, vueltas a su matriz martiana, transformadas en la maravilla de su estilo, de su tono, aparecen como partes distintas, pero integradoras de un tono alzado y dinámico. Esto, de tan simple realización, enseña mucho; dice que el pensamiento de Martí es a tal punto parte de su vida -de “su sentido de la vida”, que es servicio humano- que su meditación más alta y más subalterna andan unidas por un mismo hilo denunciador”.

Consideró lúcidas y entrañables más de una afirmación hecha por la chilena acerca del Apóstol y legó una hermosa crónica, “Gabriela Mistral y José Martí”, incluida en Literatura hispanoamericana: hombres – meditaciones (Universidad Nacional de México, 1937).

A propósito de dicho ensayo, el periodista Tony de la Osa escribió tiempo después, en correspondencia con las ideas de Marinello: “… Todo Martí está en la crónica de Rubén Darío, ha dicho Juan Ramón Jiménez. Todo Martí, podríamos añadir nosotros, anda por los recados de Gabriela Mistral… Hay que agradecer mucho a Gabriela su conferencia inigualable sobre “La lengua de Martí”. Aunque no lo dice en ninguna página, toda ella es un alegato cerrado y poderoso a favor de la cubanidad literaria de nuestro hombre mejor” (Bohemia, 27 may 1983).

Para la ensayista Zaida Capote Cruz, “su belleza aún nos sobrecoge por la hondura de sus juicios sobre el verbo martiano y su reconocimiento de que Martí -es el Maestro americano más ostensible en mi obra-” (Revolución y Cultura, nov-dic 1999).

Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, en su estudio “La prosa de Gabriela Mistral” (“Gabriela Mistral en verso y prosa. Antología”, Publicaciones Académicas RAE-Santillana, 2010), llama la atención en que en “Lecturas para mujeres” ya ella había adoptado la expresión martiana “nuestra América”.

Barcia refiere tres momentos en la prosa de Gabriela; el primero, de los comienzos de 1904 a 1922, año de “Desolación” (prosas poéticas, poemas en prosa, cuentos, estampas, elogios, motivos y otros). La segunda etapa, de 1922, con su asentamiento en México, a 1934, un período del periodismo y ensayismo con reflexiones e ideas en todos los campos de su interés a partir de los viajes mistralianos a Europa e Hispanoamérica.

Y un tercer lapso de 1934 a su muerte en 1957, “que arranca con el lanzamiento de los recados en prosa, luego en verso, y una activa y madura producción de ensayos sobre temas axiales para la meditación americana”. De los textos dedicados a Martí, Barcia opina que el más interesante es el de la conferencia en Cuba, de 1934.

“Son muchas las razones de coincidencia con el cubano: su atención a la niñez, la fundación de “La Edad de Oro”, revista infantil, poemas para su hijo, la defensa de la independencia americana, la prédica por la patria grande, la consideración de lo mestizo, el “luchador sin odio”, su preocupación social, su honestidad y compromisos políticos, su estilo de prosa, de inimitable baquía sintáctica”, profundiza.

A juicio de Juan Gabriel Araya, escritor y profesor titular de la Universidad del Bío-Bío, Chile, “La lengua de Martí”, desde su estimativa crítica, “representa la manifestación más elevada de la prosa mistraliana (“Mistral en Martí, Martí en Mistral”, en Guardo el signo y agradezco: aproximaciones críticas a la obra de Gabriela Mistral, Universidad de Concepción, 2011).

Explica que “constituye un auténtico â€Örecadoâ€Ö, el cual caracteriza a la propia lengua literaria de su autora; pero por otra, significa la manifestación cumbre del ejercicio crítico de sus facultades. Fija en él con claridad total, el verdadero papel desempeñado por José Martí en el desarrollo de las letras continentales”.

Desde 1932 hasta nuestros días, todas estas opiniones fundamentan el alcance de un ensayo que lejos de olvidarse en el tiempo, cobra nuevas luces bajo el prisma de los estudios actuales. De alguna forma así sucede con Gabriela, volvemos a su escritura en verso y prosa, a poemas y documentos recién presentados, inéditos por años, y encontramos en ellos otras incitaciones, como las que ella tuvo a lo largo a su vida por Martí, a quien llamó “el gran leal”, “mi padre cubano”.

* Marta Denis Valle es historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina. Amelia V. Roque es autora del libro “Con espumas de señales. Gabriela Mistral y Cuba” (Santiago de Chile: Nuevo Extremo, 2011). Conversatorio dado el 18 de mayo en el Centro Hispanoamericano de Cultura a propósito del aniversario 117 de la caída en combate del Héroe Nacional cubano y los 78 años de la publicación de “La lengua de Martí”, de la Premio Nobel de Literatura 1945.