El Cairo (PL).- Enfundadas en largas túnicas y velos, en jeans y zapatillas o en atrevidas faldas, las mujeres árabes vaticinan como irreversible el protagonismo social tras las revueltas de 2011, aunque admiten que su propia batalla apenas comenzó.

Nadie duda de que ya nunca volverán a ser las mismas después de los levantamientos populares que derrocaron gobiernos en Túnez, Egipto, Libia y Yemen, forzaron reformas en Marruecos, Argelia, Omán y Jordania, y mantienen en permanente convulsión a Siria y Bahrein. “Pagamos la factura más cara de la revolución”, afirmó Maha Omar al hacer balance del rol femenino en la bautizada como Primavera Árabe, donde muchas de sus congéneres abandonaron ese confinamiento doméstico basado en la invocación coránica para tomar la calle junto a los hombres.

Cuando políticos, académicos y gente de a pie empiezan a cuestionar si las revueltas -llamadas revoluciones por los árabes- alentaron la fecundidad de una “primavera” o lo pernicioso de una “plaga”, las mujeres se aferran a la rebeldía para ahuyentar frustrantes espejismos. El escenario atado a siglos de rígida tradición y fervor musulmán hace difícil que el hombre -incluso el autodefinido revolucionario- separe a la mujer del rol de proveer confort, placer y cuidados en el hogar, ser hábil cocinera y garantizar la educación de la prole.

“La mujer árabe siempre necesitó la rebeldía, pero no sabía cómo practicarla, porque antes, especialmente a las de generaciones anteriores, nunca las animaron ni se atrevieron a hacer algo rebelde”, comentó Omar en entrevista exclusiva con Prensa Latina.

La joven hispanista, que como tantas personas de su sexo llenó calles y plazas, reconoció que el año y medio transcurrido desde la inmolación de un tunecino desempleado en Sidi Bouzid ha legado hechos con sabor agridulce, “a veces muy amargo, pero valió la pena”.

Siempre la palabra constante para las mujeres en los países árabes era la obediencia. Algunas cosas sustentadas en tradiciones y costumbres, pero la rebeldía en mi generación es la figura más importante, apuntó. Omar valora a las egipcias entre las mujeres árabes más libres “porque salieron (a las calles bajo el gobierno de Gamal Abdel Nasser) antes que otras”, incluidas las tunecinas, las cuales disputan a las libanesas el calificativo de las más occidentales en el mundo musulmán.

Recordó que animó mucho a los egipcios un video grabado por una chica denunciando la corrupción y animando a la gente a tomar la calle el 24 de enero de 2011, horas antes del estallido de las protestas que 18 días después hicieron dimitir a Hosni Mubarak.

Las mujeres, además del malestar generalizado por la pobreza, el desempleo, la corrupción, la represión y las violaciones a los derechos humanos, necesitaban reclamar su propio espacio y, pese a innumerables cortapisas, Maha Omar cree que “como seres humanos hemos ganado”.

“Logramos ser una de las caras representativas de la rebeldía contra la corrupción en la sociedad árabe. Una yemenita ganó el Premio Nobel de la Paz 2011, y era una cara árabe, musulmana, que llevó la revolución”, citó con desbordante orgullo.

Agregó que Esraa Abdel-Fatah (bloguera y fundadora del movimiento juvenil 6 de Abril) ganó el Premio Mujer del Año por la revista “Glamour” y, “esté o no de acuerdo con ella, no deja de merecer respeto porque llevó adelante las causas de la mujer árabe”. “No puedo decir que no hayamos ganado nada, pero por otro lado, la mujer árabe también ha pagado bien toda la factura, de la muerte, de la pobreza, las responsabilidades de la casa, en un país que ha hecho una revuelta”, acotó.

La mujer joven está ahora desempeñando el papel de crear conciencia política y por eso sería injusto negar que toma su lugar importante en Egipto, pero -insisto- pagó como cualquier ser humano la factura de la rebeldía, de luchar contra la corrupción. Según Omar, la fémina, como el hombre, como el musulmán o el cristiano copto, ha pagado muy bien, pero lo que ocurre es que “todavía nuestra sociedad tiene enfermedades mentales o estereotipos de juzgar a la gente sin hablar”.

Ahora lo que necesitamos es el diálogo. Nadie está hablando con nadie, todo el mundo está luchando para coger un pedazo del pastel, lamentó. Respecto al espacio conquistado, la profesional sostuvo que “la mujer -tanto en Egipto como en otros países árabes- sigue marginada. No hay representación proporcional ni equitativa”, y ello lo atribuyó al resurgimiento del fundamentalismo islámico.

Los islamistas, explicó, están muy bien organizados y financiados desde hace años, y tienen mucho dinero, por eso pueden controlar bien a la opinión pública árabe, en general, mucho más en sociedades que nunca experimentaron el sentido de la libertad. Si bien las revueltas de enero de 2011 llevaron a la calle un debate más abierto sobre leyes que atañen a la familia, círculos musulmanes dentro y fuera del parlamento llamaron a cambiar o eliminar artículos que supuestamente atentan contra los preceptos del Islam.

Al respecto, pidieron anular la Ley No.1 de 2000, popularmente conocida como Ley Khulaa y que da una ruta alternativa para conceder el divorcio a mujeres cuyos esposos se lo niegan, previa devolución de la dote que los hombres pagaron por ellas antes del matrimonio.

Enmiendas en principio progresistas, como las hechas a la Ley de Custodia, otorgan derechos todavía limitados a las madres egipcias divorciadas, pues tienen posibilidad de mantener sus hijos bajo su cuidado hasta los 15 años, en lugar de 10 para los varones y 12 para las hembras. Dicha normativa también permite a los padres atender a sus hijos por 48 horas a la semana, mientras antes sólo podían tenerlos consigo tres horas semanales.

“Ahora estamos probando los planes que los Hermanos Musulmanes nos daban como promesas para la sociedad. Decían que sabían mejor lo que necesitábamos y creen que para esta generación una clase de química es más importante que una de gimnasia”, comentó Omar con irónica metáfora.

Justo en ese sentido, al preguntar qué falta a la mujer árabe por conquistar, la entrevistada lanzó una respuesta lapidaria: “Necesita liberarse de lo que pensaba que era esencial y, en realidad, no lo es”. Liberarse de algunas tradiciones y costumbres que le han dicho cuando niña que era cuestión de la religión, de los buenos modales porque todo el tiempo les señalan que les han dado mucha libertad, pero realmente al practicarla es imposible porque la van a criticar, la van a acusar de muchas cosas muy subjetivas, añadió.

Omar no es la única que cree necesitarán “años, décadas, para que la mujer pueda sentir y hacer lo que quiera sin ser juzgada y criticada fuertemente por la sociedad egipcia, todavía controlada por ideas que no tienen nada que ver con el espíritu real de una revolución, que debe ser en primer lugar una revolución moral”.

En ese sentido, sitúa a la educación como elemento indispensable en todo el mundo árabe. “La mujer tiene que adquirir una calidad de educación muy alta para poder llegar al punto de ser independiente. Una mujer que no esté pagando también por lo que se cree en la sociedad que es importante”.

Realmente las tradiciones en su esencia, en lo profundo, no tienen ninguna contradicción con la libertad y la independencia. Por ejemplo, si la mujer egipcia llega a los 30 años y no está casada, la van a criticar y acosar todos los días preguntándole por qué no estás casada hasta ahora y, por otro lado, la mujer divorciada tiene mala reputación.

Pese a las coincidencias y similitudes en los procesos, Omar sostuvo que en muchos países en los que hubo las llamadas revoluciones, las mujeres tienen diferentes situaciones de libertad y de independencia. “Lo que no va a ser como antes es que la mujer, la cual logró salir a la calle con sus amigos a gritar y exigir cambios para reclamar sus derechos, para liberarse de la corrupción que todavía tenemos, vuelva a la cocina. No va a perder lo que ya logró, no va a ser encarcelada otra vez, al menos, no como antes”.

Y no va a ser encarcelada porque defienda sus ideas sobre sí misma, sobre su cuerpo, sobre su mentalidad, sobre ella como ser humano y el hombre como ser humano. La mujer va a estar en el futuro, y desde ahora, en las primeras filas, logrará mucho y seguirá luchando, aunque no conseguirá lo perfecto, pero ganará muchas cosas.

A una pregunta que en cualquier calle árabe suena a mayúsculo absurdo, Maha Omar asintió con serena certeza: “No estará muy lejos el día en que una mujer árabe llegue al poder y pueda ser presidenta”. Sin embargo, admitió que las sociedades árabes todavía no están preparadas para ello. “Ahora no, no antes de 20 años, pero así como no esperábamos ni pensábamos en revueltas en siete países árabes, tampoco podemos percibir lo que pasará en cinco ó 10 años, muy probablemente habrá cambios radicales en la mentalidad árabe”.

Aunque sin dudas estaba en evidente minoría, lanzó una carcajada cuando reveló qué esperaría de una hipotética mujer árabe presidenta: “Que sea más honesta que cualquier presidente árabe anterior, que haya menos corrupción”.

Con frecuencia comenta a sus amigas que hay que prepararse para hacer un gobierno más limpio y transparente. “Una mujer puede sentir más las necesidades sociales, sensibilizarse más con una persona que está luchando cada día para ganarse la vida”, sostuvo.

“Una mujer puede ver mejor, y tengo mucha fe en que la mujer árabe puede tener una experiencia presidencial más profunda, más humana, que lo que hemos tenido. No espero la perfección, nada es perfecto, y aquí menos, pero confío mucho”.

* Corresponsal de Prensa Latina en Egipto.