Se ha ido a la eternidad Robin Gibb, el segundo miembro del trío británico Bee Gees, casi una década después que lo hiciera su hermano gemelo Maurice. No pudo rebasar los embates del cáncer de hígado y colon detectado en 2011, aunque batalló hasta el final de su vida. Su deceso era casi un hecho tras el coma sufrido en abril último, pero la noticia no ha dejado de sorprender a millones de personas.

Murió el domingo 20 de mayo a los 62 años, tres días después que Donna Summer, otra gloria de la música disco. Al igual que Maurice, Robin padecía una malformación congénita intestinal. Durante casi un mes sus tres hijos, su esposa Dwina y su hermano Barry (ahora único sobreviviente del grupo), permanecieron en vigilia en una clínica privada en Chelsea, en el oeste londinense.

Las esperanzas de su recuperación reavivaron en los últimos días, cuando los familiares le cantaron aquellas canciones que inmortalizó junto a sus hermanos y mostró algunos signos perceptibles de retorno del coma. Eran grandes los deseos de vivir y seguir creando.

Era el más delgado, el más sonriente de los tres, el único que no dejó crecer la barba que los identificaba; el rebelde, como lo apodó la crítica. Con su tónica hippie, sus habituales espejuelos de cristales azules y sus privilegiados falsetes, le imprimió un rasgo distintivo a la banda que hizo bailar a miles de admiradores de los cinco continentes.

Regaló alegría con su música, disfrutó de una fama que también le trajo infelicidad. “Da igual el éxito que uno tenga y el dinero que gane, al final del día, estás siempre solo”, afirmó en entrevistas. “No sé lo que es la suerte”, proclamó.

Haber gozado de la noche a la mañana de tanta popularidad significó, según él, el saldo que tuvo que pagar su familia. Primero la muerte de uno de sus cinco hermanos, Andy, a los 30 años; luego la de su gemelo Maurice. “A veces me pregunto si todas las tragedias sufridas son como un precio kármico que estamos pagando por toda la fortuna que tuvimos”, fue una de sus últimas declaraciones.

Adicto al trabajo, fue fiel a esa música que lo mantuvo en pie hasta el final y que le daba fuerzas todos los días para levantarse, pese a su delicado estado de salud. “Cuando tuve que elegir entre ir de paseo o al estudio, fui al estudio. Cuando tuve que elegir entre estar con una mujer e ir al estudio, también fui al estudio, aunque a veces me llevé a la mujer. Eso sí, ella tenía que saber esperar a que terminara”, dijo en una ocasión.

Aunque el rostro más popular de los “Brothers Gibb” fue el de Maurice, para muchos especialistas Robin constituyó la voz más reconocible desde que comenzaron su camino en su natal Australia, en 1960.

En opinión de Robin, el éxito del grupo radicó en que nunca dependieron de nadie para crear sus propias canciones. “Una banda que dependa de autores ajenos siempre está limitada”, afirmó. “Nosotros éramos tres personas muy competitivas que teníamos que justificar cada canción que traíamos a los ensayos. El hecho de ser hermanos también nos ayudó”.

Robin se mantuvo hasta el final en constante creación. En una de sus más recientes apariciones, en febrero pasado, prometió que los Bee Gees regresarían como dúo, deseo que no pudo cumplir. Su creciente deterioro físico no le impidió seguir componiendo y asumiendo otras responsabilidades, entre ellas la de presidente de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC).

Estaba muy emocionado por asistir al estreno de su primera obra clásica y último proyecto, Titanic requiem, que grabó con el menor de sus tres hijos, Robin John, en homenaje a las víctimas del famoso trasatlántico, pero su creciente gravedad le impidió hacerlo.

Su voz y legado pasaron a la inmortalidad. La misma que los Bee Gees plasmaron en una de sus canciones más bellas (Inmortality), popularizada junto a la canadiense Celine Dion. Para los críticos, él y sus hermanos fueron los verdaderos reyes de la historia del pop e inauguraron la era de la música disco.

“Su aspecto pulcro, la imagen pública de sus integrantes y la suave armonía del acento inglés de sus canciones”, los hicieron llevar nueve temas al primer lugar y vendieron 110 millones de discos, cifra que los situó dentro del selecto grupo integrado por Elvis Presley, The Beatles, Michael Jackson y Paul McCartney en solitario. Marcaron a más de cuatro generaciones y a otras más jóvenes, que no dejarán que piezas como Jive talkin, Night fever, You should be dance y Staying alive mueran.

* Jefa de la Redacción Cultural de Prensa Latina.