Le decían “el lirio de la pantalla”. De suave candor, de exquisita silueta, parecía una flor delicada. Con menos publicidad y mayor encanto que Mery Pickford fue, sin duda, la primera ingenua que logró meterse en una zona sentimental del público. Y también, tal vez, la mejor actriz del cine mudo.

Lillian Gish (1896-1993) forma pareja en algunas películas con su hermana Dorothy, dos años menor, y tan parecidas que los realizadores debían pedirles vistieran diferentes para poder distinguirlas con facilidad. Pero la primogénita poseía superiores condiciones artísticas y se convierte en actriz dominante de los primeros años del séptimo arte.

Descubierta por David Wark Griffith, su primera actuación es en El enemigo invisible, cuya protagonista era Mary Pickford. Su primer papel importante, en Corazón de hija. Y su primer gran éxito lo obtiene con Judith de Bethulia, primera película estadounidense larga, de cuatro rollos y cerca de una hora de duración.

La consagración le llega con el papel de Hélice, la tierna y dulce muchacha amada por el coronel sudista de El nacimiento de una nación, película de Griffith que obtiene un monumental éxito y la convierte en una de las más grandes, admiradas, idolatradas figuras del cine, representativa de toda una época y una mentalidad.

Según uno de sus biógrafos, el secreto de Lillian Gish es su dominio absoluto del mimetismo. La habilidad de superponer dos máscaras mímicas. Una visible que evoque la invisible, sólo comprensible para aquel a quien va dirigida. Así, en uno de sus primeros filmes, hace el papel de una joven pordiosera que es perseguida y cae desmayada ante la puerta de un chino. El oriental la encuentra. Nota que está enferma. Y la refugia en su hogar y la cuida.

La chica se restablece lentamente pero su rostro permanece triste. Entonces el chino le pregunta si no sabe sonreír. Y ella, que ha comenzado a tenerle confianza, le dice que lo intentará. Toma un espejo y, con los dedos, levanta la comisura de los labios. Obtiene, ante la luna, un remedo de sonrisa. Una máscara atormentada que infunde terror. Se vuelve con su mueca hacia el hombre. Pero la amistosa y expectante mirada de éste hace surgir una verdadera sonrisa.

El aspecto del rostro no ha cambiado. Sólo que ahora está animado por un vivo sentimiento. Por un matiz leve e imperceptible que transforma la mueca en una verdadera expresión. La Gish es el punto humano de expresión de Griffith. Actriz fetiche del cineasta, todas sus concepciones, a la vez simplistas y complejas, se hacen personaje en ella. Es decir, su concepción fundamental de la lucha entre el Bien y el Mal, con el triunfo del primero, encarna en esta jovencita. Bella, débil, ingenua, pura. De mirada cándida, labios en corazón y bucles infantiles. Ella es su obra y nunca podrá desprenderse de esta impronta original que un día la marcó y la hizo.

Algo que se comprueba con posterioridad cuando se separa de Griffith y rueda con otros directores. Como cuando hace Vida bohemia, con King Vidor, y queda para la historia su interpretación del personaje de Mimí, sobre todo la secuencia de la muerte de la protagonista. Momento tan conmovedor que, al terminar de filmarse, provoca que todos en el set acaben con los ojos húmedos.

O cuando trabaja para el sueco Victor Sjostrom durante la etapa hollywoodense de éste y filma La letra escarlata y El viento. La primera, según la novela de Hawthorne, que pinta el intolerante medio de los puritanos del siglo XVII en la Nueva Inglaterra. Y la segunda, una de las cumbres del cine mudo, Historia de una muchacha cercada por las murallas psicológicas de un matrimonio forzado que, en medio del desierto barrido constantemente por el viento y las nubes de arena, acaba por enloquecer.

Con la llegada del sonoro su filmografía se va espaciando, al tiempo que continúa un brillante trabajo en el teatro, la radio y la televisión. Pero ama tanto al cine que no se resigna a irse definitivamente y la vemos en El retrato de Jennie, el poema cinematográfico de William Dieterle. En Duelo al sol, de King Vidor, un western espectacular. La noche del cazador, de Charles Laughton, un siniestro cuento de hadas. Y Los que no perdonan, de John Huston, un western de relaciones interraciales.

Durante sus últimos años obtiene un Oscar honorífico “por el sobresaliente desempeño artístico y distinguida contribución al progreso del cine”. Francois Truffaut dedica a ella y a su hermana el filme La noche americana. Sostiene un magistral duelo interpretativo con Bette Davis en Las ballenas de agosto, el bello filme de Lindsay Anderson. Y deambula, como preciada reliquia, por certámenes y festivales, aspirando el dulce e inolvidable olor del celuloide.

* Historiador y crítico cubano de cine. Colaborador de Prensa Latina.