(CUBARTE).- El término terrorismo es uno de esos de los que se ha apropiado el poder imperialista global y lo utiliza como garrote para golpear en todas direcciones. Cualquier agresión, ilegalidad o crimen pueden cometerse bajo la justificación del combate contra el terrorismo.

Ahí están para no olvidarlos, la masacre de Irak intentando encontrar “armas de destrucción masiva” que nunca existieron, y la guerra global contra el terrorismo que ha servido, entre otras cosas, para recortar las libertades civiles en Estados Unidos y desatar el terror global con el nombre de antiterrorismo. El fantasma del terrorismo sustituyó al fantasma del comunismo.

Si se trata de ejercer dominio mediante el terror por acciones ejecutadas por minorías, el sistema económico transnacional del capitalismo globalizado neoliberal, posee un arma de destrucción masiva no menos letal que las armas nucleares y ejerce el terrorismo como método permanente de actuación, sin que se le acuse de terrorista.

Por lo general, no se establece relación entre terrorismo y economía. No hay en ésta ataques con bombas, asesinatos, torturas. Ella aparece como terreno técnico, neutral, donde no se advierte que unos ejerzan terror contra otros. El arma de destrucción masiva más destructiva es el sistema financiero liberalizado. El escenario donde el terrorismo económico se despliega con especial eficacia es el de las crisis económicas recurrentes, y sus agentes estelares son los especuladores, ese espécimen que tiene en la liberalización financiera el medio ambiente ideal para crecer y mandar.

Este terrorismo en la economía no mata por bomba o balas, sino por hambre, desempleo y alienación, aunque las víctimas raramente identifican a los victimarios, encubiertos tras la espesa cortina de mercados que matan con apariencia de dictámenes técnicos sin participación de culpables.

El arma de destrucción masiva por excelencia es la masa de capitales financieros que se mueven en el mercado global y que algunos autores colocan en el orden de unos 600 billones de dólares; ante los cuales el PIB mundial es apenas una pequeña fracción. Esa enorme masa financiera –verdadero poder financiero global sin regulación– se mueve a impulsos de los nerviosos estímulos de la especulación y su capacidad destructiva es tan fuerte que puede derribar la tasa de cambio de una moneda como en 1992 ocurrió con la libra esterlina, provocar masivas fugas de capital o poner de rodillas a gobiernos, actuando sobre su deuda soberana, como ocurre ahora en Europa.

Cuando en nuestros oídos resuena la cifra de algo más de 1,000 millones de hambrientos en el mundo o el crecimiento de los suicidios de desesperados jubilados o desempleados europeos, pocos lo vinculan con las finanzas liberalizadas y la pequeña compacta élite de especuladores y banqueros, los verdaderos poderes que establecen los límites de movimiento de los gobernantes políticos.

El escenario del terrorismo en la economía son las crisis económicas que acompañan al capitalismo como su sombra. Terror ante el desempleo, la ruina de pequeñas empresas, la pérdida de la vivienda por el desplome inmobiliario, son ingrediente central de toda crisis y ellas ocurren con implacable frecuencia y en medio de una que parece interminable y desconcertante, se encuentran hoy Estados Unidos, Europa y Japón.

Crisis de la deuda externa para los latinoamericanos en 1982, crack bursátil del viernes negro en Estados Unidos en 1987, crisis inmobiliaria y financiera en Japón en 1990, crisis de la deuda en México 1995, crisis del “corralito financiero” en Argentina 2002, crisis de la “nueva economía” en Estados Unidos 2001-2002, son demasiadas crisis y son todas dosis adicionales del terror económico permanente.

Los agentes del terrorismo en la economía se pueden encontrar en directorios de las grandes empresas transnacionales y de los grandes bancos entrelazados orgánicamente con ellas, y tienen en gerentes de agencias calificadoras de riesgo, hedge funds o fondos de cobertura y en general, en los llamados “inversores institucionales” que manejan importantes masas financieras como son los fondos de pensiones, los agentes operativos que administran el terror económico tras el escudo de objetividad neutralismo de la “mano invisible del mercado”.

El inmenso poder destructivo de las finanzas sin regulación desatadas por el neoliberalismo se revela en la crisis europea de deuda soberana. En Europa, como en Estados Unidos a partir del hundimiento de Lehmann Brothers en 2008, estallaron los conflictos internos del capitalismo globalizado neoliberal.

Estos conflictos pudieran resumirse en una inevitable ruptura de la inmensa masa financiera debido a que la ofensiva salarial y anti laboral impulsada con el nombre de “flexibilización laboral” tuvo un efecto dual: por un lado sostuvo la tasa de ganancia contrarrestando su tendencia decreciente y por el otro deprimió la demanda solvente y lanzó al capital financiero a una huída hacia adelante, multiplicando la especulación, achicando la economía real y manteniendo artificialmente la demanda solvente mediante el sobreendeudamiento de los hogares atrapados en las ilusiones de la especulación con el valor de la vivienda, los espejismos de la Bolsa y la trampa de las tarjetas de crédito.

El terrorismo en la economía se aprecia en sucesos extremos: ola de suicidios en Europa y banqueros exigiendo planes de austeridad que provocarán más suicidios, a los estados que los rescataron de la ruina, de la que fueron responsables por su codicia.

Los estados salvaron a las finanzas privadas aplicando paquetes de rescate con dinero público. En estricto dictamen de mercado, merecían la nacionalización, pero fueron salvados con el dinero de los contribuyentes. Una vez salvados se convirtieron en acreedores de los estados a los que la crisis misma y el costo del salvamento habían colocado en déficit. Actuando ya como acreedores de los estados, hicieron lo que mejor saben: especular y exprimir por tanto las deudas soberanas.

Un paso más ha sido exigir austeridad en el gasto aplicando ajustes que en amarga ironía reproducen los que algunos de esos estados europeos le aplicaron sin compasión a América Latina durante más de dos décadas. La austeridad en el gasto no es igual para todos. Tiene un destinatario definido en el gasto social y significa recortes en seguridad social, salud, educación, servicios públicos, y esto es terrorismo económico ejercido por una minoritaria élite financiera contra los muchos millones a los que se les hace creer además, que son ellos los culpables de la austeridad por haber disfrutado de exagerados gastos sociales.

Este terror tiene otra peculiar faceta. El neoliberalismo ha contribuido sustancialmente a desencadenar la crisis y al hacerlo ha mostrado su propia e irremediable crisis en tanto política económica y modo de plantear el funcionamiento de una economía que no lleve a un callejón sin salida, pero al mismo tiempo ha dado grandes pasos de avance en el desmantelamiento de los restos del estado de bienestar social y el sometimiento de los poderes públicos.

Es evidente que los indignados tienen razones para estarlo y también lo es que sólo una indignación que trascienda los límites de la mera indignación, elaborando un proyecto, articulando un liderazgo y estableciendo un vínculo orgánico con las muchas víctimas de la crisis capitalista, podrá dejar atrás la economía del terror.

* Periodista del periódicoCubarte.