San Salvador, Guatemala y La Habana (PL).- Sobreviviente de terremotos, con un pasado de guerras, golpes militares y escenario aún de una tenaz lucha por un mundo mejor, San Salvador sigue hoy orgullosa como la capital de El Pulgarcito de América. Ciudad de Guatemala tiene sus encantos, aunque a veces sea muy difícil apreciarlos, ocultos como están por un manto sombrío y el ambiente hostil dominante.

Extendida en el valle de Zalcuatitán, San Salvador ha ido trepando los cerros y el volcán que le rodea, con su rostro marcado por la elegancia de las zonas de la opulencia y otras, más, por la vida amarga de la pobreza y el desamparo. Por sus calles circulan a diario cientos de miles de personas que son, con seguridad, su mayor riqueza: gente amable, valiente, laboriosa, comunicativa, con la sonrisa presta y el gesto cortés.

Vista desde lo alto de los cerros, apenas se observan edificios altos, hecho que en alguna medida se relaciona con la frecuencia de los temblores de tierra, lo que condujo a los conquistadores españoles a rebautizar el lugar como El Valle de las Hamacas.

Dos versos del Himno Nacional, correspondientes a la segunda estrofa que dejó de ser cantada oficialmente desde el 7 de octubre de 1992, encajan con su vida y su pasado:

Dolorosa y sangrienta es su historia,

Pero excelsa y brillante a la vez.

Es así desde el principio. Cuando los españoles invadieron en 1524 el Señorío de Cuscatlán, del pueblo pipil, apenas 17 días después se vieron obligados a retirarse, con su capitán, Pedro de Alvarado, herido. De la época, sobrevive en el imaginario popular la leyenda del cacique Atlacatl, por su resistencia a los invasores, y cuya existencia real fue negada siglos después por varios historiadores.

Según la bibliografía consultada, se estima su la fundación de San Salvador el 1 de abril de 1525. En 1546 la lejana corona española le otorgó el pomposo título de ciudad al precario asentamiento, cuya plaza de armas es hoy la Plaza Libertad del corazón histórico de la ciudad.

San Salvador fue el escenario del primer grito de independencia en el entonces reino de Guatemala, el 5 de noviembre de 1811, y también uno de los principales actos del prócer Francisco Morazán en su gesta por la unidad centroamericana. Sus instituciones y calles fueron testigos de los enfrentamientos entre liberales y conservadores a lo largo del siglo XIX y el inicio del XX, además de frecuentes golpes de estado de caudillos de las fuerzas armadas.

También vivió las acciones de una larga lucha popular por alcanzar espacios democráticos frente a las dictaduras militares, cuyo fin llegó en 1992 con la firma de los Acuerdos de Paz, y para lograr mejoras en sus condiciones de vida. En muchas de sus avenidas, iglesias y otros lugares permanece la huella de crueles masacres del ejército y otros cuerpos represivos durante el conflicto armado que sufrió la nación de 1980 a 1992.

Los terremotos también han marcado su historia. Según una detallada cronología de los archivos de El Diario de Hoy, al menos en 15 ocasiones la ciudad fue destruida, total o parcialmente, por pavorosos sismos desde el siglo XVI. Los últimos sismos en gran destrucción y muerte ocurrieron el 10 de octubre de 1986 y el 13 de enero de 2001, cuya magnitud alcanzó 7,6 grados en la escala de Richter.

Hoy, ante tanta adversidad provocada por su subsuelo inquieto, cuesta entender la ciudad moderna que existe, si no se conoce la tenacidad y laboriosidad de sus habitantes. En su bullicioso centro, sus edificios emblemáticos, el Palacio Nacional, el Teatro Nacional, la Biblioteca Nacional, entre otros, apenas superan el siglo de construidos o reconstruidos. Incluso, la bella Catedral Metropolitana es de fecha tan reciente como 1999.

En una cripta del templo reposan los restos de monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado por los escuadrones de la muerte el 24 de marzo de 1980 y venerado por los pobres y los sobrevivientes de la represión. A unos cuatro kilómetros al norte, se encuentra el símbolo de la capital y del país, el Divino Salvador del Mundo, una estatua de Jesucristo colocada sobre una esfera terrestre y que con su monolito, alcanza 22 metros de altura.

Según el censo de 2007, el municipio de San Salvador tenía entonces 316 mil 90 habitantes, pero la suma se eleva a 1,56 millones si se abarca toda el área metropolitana. Como un ser vivo, San Salvador se ha ido expandiendo hacia los municipios vecinos. Ahora es una extensa urbe, bajo la mirada de sus eternos vigías: el volcán de San Salvador, su cima, El Picacho, visible desde todas sus colonias, el cerro San Jacinto, del otro lado, y la Cordillera del Bálsamo, en el otro extremo del valle.

Con sus luces y sombras esta es la capital de El Pulgarcito de América, como se asegura llamó a la nación la gran poeta chilena Gabriela Mistral en un viaje a San Salvador en 1931.

Guate tiene sus encantos

Ciudad de Guatemala, o simplemente Guate para los locales, tiene sus encantos, aunque a veces sea muy difícil apreciarlos, ocultos como están por un manto sombrío y el ambiente hostil dominante. En sus calles y en sus casas nadie se siente seguro, en unas zonas más que en otras, pero en ninguna se encuentra calma. Pocos escapan a ese sentimiento de temor incrustado bajo la piel por tanta enfermiza violencia entronizada.

Pero sí, la capital de Guatemala, la mayor de Centroamérica, tiene sus toques mágicos de belleza, a pesar de ser empañados por la contaminación, vías incluso principales en mal estado y otras calamidades. Nueva Guatemala de la Asunción, su nombre oficial casi en desuso, acumula distinción desde su fundación en 1776 cuando adquirió la categoría capitalina después de ser devastada por un terremoto la anterior, Santiago de los Caballeros de Guatemala, ahora Antigua Guatemala, o sólo Antigua.

Ubicada más o menos al centro del país, es actualmente una urbe con más de dos millones de pobladores, doblados al considerarse toda el área con las localidades aledañas del propio departamento (provincia), como son Mixco y Villa Nueva. Está certificada como la aglomeración urbana más poblada y extensa del istmo, y por eso mismo presenta la dificultad del exagerado número de vehículos diariamente en circulación, incluidos ómnibus de pasajeros obsoletos, ruidosos y muy contaminantes.

Dichos carros forman parte principal del entorno peligroso, por una parte debido a la temeraria imprudencia de sus choferes, por la otra al ser blanco constante de asaltos o balaceras contra los conductores cuando se niegan a pagar extorsiones.

Pero sí, Guate tiene sus encantos, casi exclusivos para sus orgullosos pobladores y descubiertos sin sobresaltos por los visitantes, sobre todo si son foráneos, beldades algunas endémicas, otras las comunes a toda ciudad de estirpe española.

Resulta palpable la mezcla de lo viejo y lo nuevo de su pertenencia a la América Latina, sin desdeñar las raíces de la milenaria civilización maya. Esas están presentes en los rasgos y actuar de una buena parte de los chapines, en sus ceremonias o rituales sin intromisión del catolicismo y demás religiones, en sus manifestaciones culturales y en su hermosa artesanía, de increíble variedad, formas y colores.

Tiene Guate su parque central, la Plaza de la Constitución, sede lo mismo de eventos artísticos que de plantones y protestas, flanqueada por el Palacio Nacional de la Cultura -antigua morada de los gobernantes- y la infaltable Catedral.Es el corazón del Centro Histórico, donde abundan las edificaciones de estilo colonial, pero invadido por la modernidad, o no tanta, de miles de negocios, instituciones y abundante publicidad comercial.

La propaganda turística recomienda a quienes desean disfrutar de una noche de baile, música y diversión ir a la llamada zona viva, ubicada entre los mejores hoteles de la ciudad. También les aconseja esa área si su deseo es simplemente caminar por sus calles, lo cual nadie más sugiere porque a pesar de toda la vigilancia implementada a esas horas la peligrosidad se multiplica alarmantemente.

Pero igualmente propone deleitarse con la activa vida cultural de esta ciudad, traducida en museos, galerías y exposiciones de pinturas, fotografías, grabados y esculturas de artistas guatemaltecos. ¡Ah!, pero eso debe hacerse en horarios mayormente diurnos, porque en los nocturnos son escasísimas las actividades de ese tipo para evitar los momentos más virulentos en la urbe, la más violenta de toda esta nación.

Pero sí, Guate tiene sus encantos, sólo que deben buscarse hasta encontrarlos.

Pura vida… en San José

“Pura vida” es el saludo más recurrente entre quienes transitan cada día por cualquier parte de la capital costarricense, San José, la ciudad más sencilla y costosa de Centroamérica. El verde intenso de los bosques que rodean a esta urbe, enclavada en el Valle Intramontano Central, atrae a personas de distintas partes del mundo, que al desandar por sus callejuelas disfrutan de una relativa tranquilidad.

De los 51.100 kilómetros cuadrados que abarca Costa Rica, la Capital Iberoamericana de la Cultura (2006) acapara 44,62 kilómetros cuadrados, en los cuales habita casi un millón de personas si se considera la denominada población flotante.

En ella destaca un espacio peculiar, dedicado a los orígenes del ferrocarril y a su influencia en los destinos del país, que convida a adentrase en la historia de esta ciudad distintiva por su alejamiento del patrón damero o cuadrado legado por los colonialistas españoles a otras del continente.

San José creció en torno a su catedral mayor, pero con una prolífica gama de museos, teatros y casas de estilos múltiples copiados por los criollos en Francia y Bélgica, donde casi siempre estudiaban los hijos de los privilegiados desde el siglo XIX. Sólo en 1822 alcanzó su condición de capital, que estuvo en juego durante las tres décadas primeras de esa centuria, hasta mayo de 1838.

El contexto creado a partir del golpe militar protagonizado por Braulio Carrillo incidió en el traslado a la ciudad de las sedes principales del gobierno y allí permanecen desde entonces. Las evidencias de los orígenes, costumbres y luchas de los costarricenses están resguardadas en el otrora Cuartel Bellavista, casona de tejas de barro y madera, devenida Museo Nacional.

Esta atesora mucho más que el pasado de una nación. En sus patios espaciosos tienen refugio seguro especies disímiles de mariposas y aves que cautivan con su trinar, incluso, a quienes transitan por la aledaña Plaza de la Democracia. San José también destaca por ser de esas pocas urbes que rinde culto a la gracia natural en tiempos de anorexia y por sus frecuentes spot publicitarios de quirófanos orientados a la transformación estética de mujeres y hombres.

Perdido entre sus atractivos cualquiera queda sorprendido al tropezar con un altar al sobrepeso, La Chola, mujerona de bronce monumental situada en la Avenida Central, entre las calles 2 y 4. Esta escultura de 2,10 metros y unos 500 kilogramos, saluda a los transeúntes sin signos de complejos, con atuendos apropiados para su estatura y peso corporal y quizás segura de cuanto alcanzó en estos años.

Muchos infantes se asustan al ver a esta mujer descomunal, con rasgos mestizos, pero resulta frecuente ver a los adultos que pasan saludarla, pararse frente a ella para escudriñar sus curvas o tomarse alguna foto, como recuerdo de su estancia en ese rincón de la inolvidable San José.

Fiesta para los bueyes en Costa Rica

Pocos reparan en el esfuerzo realizado desde hace siglos por los bueyes, toros castrados y dedicados de por vida a tirar de arados y carretas en ambientes agrícolas, pero eso cambia en Costa Rica que celebra desde hace casi tres décadas el Día Nacional del Boyero y rinde tributo a esos vacunos, venerados unas veces y sacrificados otras por motivos religiosos, en las culturas antiguas.

Conducidos por sus dueños, y ataviados con lazos de colores u otros adornos, ejemplares de todo el territorio suelen congregarse cada mes de marzo durante el jolgorio celebrado en San Antonio de Escazú, municipio ubicado al oeste de la provincia de San José, donde radica la capital. La caravana contó este año con 200 yuntas de bueyes y reflejó la intención de preservar la tradición del “Boyeo y la Carreta”, declarada Patrimonio Intangible de la Humanidad por el Programa de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en 2005.

El respeto a la vaca mantiene vigencia en la India, pero los historiadores concuerdan en que los egipcios fueron los primeros en rendir culto a los vacunos, mientras los griegos sacrificaban sólo a aquellos cuya cabeza nunca llevó el yugo y los romanos les llamaban “víctimas mayores”. Estos últimos apenas respetaban la vida de los destinados a la agricultura, al mismo tiempo que esculpían imitaciones de sus patas en la base de sus muebles de tablas y trípodes para imprimirles fuerza y estabilidad.

Para los paganos, en época del surgimiento del cristianismo, un buey con cara de hombre simbolizaba la agricultura y en la mitología griega se recoge el combate de Hércules con una deidad capaz de transformarse de serpiente a toro y viceversa. Los macedonios consideraban a los vacunos una ofrenda valiosa, digna del dios Marte, cuando ganaban una victoria por medio de algún ardid.

En tanto el Deuteronomio, en su capítulo XXV, prohibió al pueblo de Israel ponerle bozal a los utilizados para trillar o para los demás usos de la labranza. “Queriendo el Señor que el animal que ayuda al hombre en sus fatigas tenga alguna parte en el fruto de ellas”, precisa esa fuente histórica, pese a la cual hartas son las medallas antiguas donde el buey o el toro con los cuernos cargados de flores recuerdan las matanzas perpetradas en su contra.

En Costa Rica, el empleo de bueyes en tareas agrícolas comenzó con la colonización española y sólo fue a finales del siglo pasado que iniciaron los homenajes masivos a ellos para incitar al turismo y al apego a la tradición. La cita sirve de incentivo a los interesados en conocer la cultura tica, distinguida por íconos como la carreta, la marimba, y esta jornada dedicada a los labriegos y sus bueyes, utilizados todavía en terrenos de difícil acceso para otros animales o transportes, sobre todo en América Latina.

Esos toros son castrados después de la pubertad y destinados a tirar de carretas y arados, lo cual genera doble compasión y solidaridad con animales condenados a servir a los seres humanos sin más retribución que el sacrificio cuando sus fuerzas comienzan a extinguirse.

* Raimundo López es corresponsal de Prensa Latina en El Salvador; Julio Fumero, corresponsal en Guatemala, e Isabel Soto Mayedo es periodista de la Redacción Centroamérica y Caribe.