Málaga, España (PL).- Lolita me había citado en la playa de Fuengirola, donde las tormentas de abril se habían disipado para permitir a los ingleses recuperar sus pobretonas inversiones en sol y playa. Lolita es fascinante. Trabajó con Alfred Hitchcock en Los pájaros y después de esperar un megaproyecto, que nunca vio la luz, no quiso saber nada más del cine y se refugió en la Costa del Sol, en lo más huidizo del sur de España.

Lolita, fanática de Vladimir Nabokov, está a la hora en punto tomándose un refresco de piña con nata de cacahuetes en nuestro “chiringuito preferido”. Los ingleses miran con curiosidad, sonríen y pasan de largo. Con el tiempo, el cine nos ha unido. A su manera, se parece a la Juanita Narboni del escritor español Ángel Vázquez, que en su soledad dorada de Tánger, ciudad internacional, donde no se ponía el sol del aburrimiento, se convenció de que el cine, las películas que veía, le condicionaban su vida.

Asi fue para toda mi generación. La generación hallada pero nunca encontrada y menos aún perdida, la que nació después de la guerra civil de España y justo al comienzo de la II Guerra Mundial.Cuando conocí a Errol Flynn y a su esposa Patricia Wymore en un barco que había echado amarras en el puerto de Tánger, refugio de contrabandistas de

tabaco y traficantes de todas las drogas, las duras y las menos blandas, me crei centrifugado en una de las locas aventuras que unos años antes, cuando todavía éramos críos, veíamos en el cine Apolo.

Enorme película fue Tánger. Un plató gigantesco donde los administradores de diferentes países que regían sus destinos según convenio internacional, eran los directores de un filme que terminó ya en 1957, cuando Marruecos

recuperó aquel país de otro tiempo. Los actores pululaban por el Boulevard Pasteur, por las callejuelas de la medina, cerca de donde la multimillonaria Barbara Hutton tenía un palacio de las mil noches, porque allí no había días.

Tánger siempre fue una eterna noche de maravillas mil veces contadas y nunca entendidas. Lucky Luciano, uno de los capos mafiosos de la droga, tenía una oficina en el centro, en el Boulevard Pasteur, que anunciaba con una orgullosa placa de cobre reluciente: Export-Import.

Más de una vez se dijo que Tánger terminaría siendo un enorme estudio de cine y ya las estrellas no dejaban de abarrotar el mítico Hotel Minzah. Más discretamente, agentes secretos de Estados Unidos, Inglaterra y sobre todo Alemania, cuando Alemania era el imperio nazi y, luego, supongo que ya por costumbre, intrigaban como si hubiesen estado rodando en Casablanca o como si Glenn Flord se dispusiera a soltarle la bofetada más sonora de la historia del cine a Gilda, la Rita Haywort que tanto se paseó con un Aga Khan cuajado de piedras preciosas.

Todos los actores que echaban anclas en Tánger aunque fuese el ratito de reposar, Paul Lukas, Errol Flynn, Robert Cumming, y una larga retahíla formada por Elizabeth Taylor, Gina Lollobrigida, Rock Hudson, Orson Welles y tantos otros, parecían convencidos de que un día la ciudad sería el plató que siempre habían ansiado. Tánger la cinematográfica era un poco La Habana que en los años de otra galaxia, años de dictadura dura para los cubanos, hasta que triunfó la Revolución de 1959, acogía a los multicélebres norteamericanos para una fiesta que podía durar otras mil noches.

Leopoldo Ceballos asegura en su excelente libro Historia de Tánger que se hicieron más de cien películas sobre esta particular ciudad internacional. Y agrega: “Quizá la mejor película que se ha basado en el mito de Tánger haya sido Casablanca de Michael Curtiz , que sin embargo noadoptó el nombre de la ciudad internacional.

La trama, con ciertas reservas, podía desarrollarse en Tánger que en aquellas fechas estaba ocupada por las tropas del gobierno de Franco. De hecho, al parecer, la película de Michael Curtiz iba a titularse Tanger. El bar de Rick habría sido inspirado en el del Hotel Minzah en Tánger. Dos o tres años después, el éxito arrollador de Casablanca hizo que se produjera una película con el nombre de Tánger, protagonizada por María Montez y Sabú. La bella dominicana protagonizó esta extravagante cinta de 1946 metida en el uniforme de una exótica bailarina que en el Tánger internacional intenta vengarse de los asesinos de su familia.

Lolita me interrumpe, como sólo ella suele hacerlo. Sólo para contarme que la noche anterior había pasado un rato en el puerto de Fuengirola en un yatecito en el que, según afirma, tomaban copas Clark Gable e Yvonne de Carlo que, agrega ella que es un poquitínn exagerada, estaba más bella que las rosas en el amanecer de Hiroshima amor mío, antes de que los norteamericanos inventaran la dudosa verbena del horror atómico.

Esta Lolita es imposible. Le replico que tanto el Clark Gable como la Yvonne de Carlo murieron tiempo ha. Que me deje de cuentos de tres al cuarto. Que Fuengirola no es Tánger, donde todo ocurría. Lolita, la caprichosa, arroja su vaso de piña por la borda y me da una espantada. Antes de que pueda apartarme sale volando y con su largo pico negro me deja en el rostro el signo del zorro. Luego, cuando ya ha tomado altura de crucero, suelta una de esas risotadas que tanto odio. Esta gaviota mía es el colmo.

* Escritor y periodista francés, radicado en Málaga.