“A” es militante de la Liga de Jóvenes Comunistas, un joven revolucionario dedicado y capaz, que peleó como voluntario en el Ejército Rojo. No obstante, su educación marxista y su experiencia política son en alguna medida insuficientes. “B” es un camarada con mayor tradición política.

A: Por supuesto, nadie puede objetar la resolución del Doce Congreso sobre la cuestión nacional. (1) Aún así, esta cuestión fue introducida en la discusión artificialmente. Para nosotros, los comunistas, la cuestión nacional no tiene una importancia aguda.

B: ¿Por qué dice eso? Después de todo, recién dijo que estaba de acuerdo con la resolución, ¿o no? La idea principal de esta resolución es que la cuestión nacional no existe para beneficio de los comunistas, sino que los comunistas existen para resolver el problema nacional como parte constituyente de la cuestión más general de la organización de la vida del hombre sobre la tierra. Si en su grupo de estudio de autoeducación, con la ayuda de los métodos del marxismo, se ha liberado de los diferentes prejuicios nacionales, esto es, por supuesto, una cosa muy buena, y un gran paso adelante en su desarrollo personal. Pero la tarea que enfrenta el partido en el poder en esta esfera es de más largo alcance: tenemos que permitir que los muchos millones de personas que componen nuestro pueblo, y que pertenecen a diferentes nacionalidades, hallen a través del estado y de otras instituciones dirigidas por el partido, una satisfacción práctica viviente para sus intereses y requerimientos nacionales, para así permitirles deshacerse de los antagonismos y prejuicios nacionales—todo esto no a nivel de un grupo de estudio marxista, sino al nivel de la experiencia histórica de pueblos enteros. En consecuencia, hay una contradicción irreconciliable entre su reconocimiento formal de la resolución y su afirmación de que para nosotros, los comunistas, la cuestión nacional no es de gran importancia. De este modo está demostrando que no reconoce la resolución, o para decirlo de un modo tajante—en un espíritu puramente de camaradería y sin querer ofenderlo— no comprende el significado político de la resolución.

A: Usted me malinterpreta

B: Mm…mm…

A: Todo lo que quiero decir es que la cuestión de clase es para nosotros los comunistas incomparablemente más importante que la cuestión nacional. En consecuencia, debemos mantener el sentido de las proporciones. Me temo, no obstante, que la cuestión nacional ha sido recientemente exagerada mucho por nosotros, en detrimento de la cuestión de clase.

B: Quizás lo malinterpreté otra vez, pero con esta afirmación me parece que ha cometido otro error todavía mayor de principio. El conjunto de nuestra política —en la esfera económica, en la construcción del estado, en la cuestión nacional y en la esfera diplomática— es una política de clase. Está dictada por los intereses históricos del proletariado, que está peleando por la completa liberación de la humanidad de todas las formas de opresión. Nuestra actitud hacia el problema nacional, y las medidas que hemos tomado para resolverlo, constituyen una parte esencial de nuestra posición de clase, y no algo accesorio u opuesto a ella. Ud. dice que el criterio de clase es supremo para nosotros. Esto es absolutamente verdadero. Pero sólo en la medida en que sea realmente un criterio de clase; esto es, en la medida en que incluya respuestas para todas las cuestiones básicas del desarrollo histórico, incluyendo la cuestión nacional. Un criterio de clase sin la cuestión nacional no es un criterio de clase, sino sólo el tronco principal de tal criterio, que inevitablemente se aproxima a una perspectiva sindicalista o artesanal.

A: ¡Según Ud., entonces, la preocupación por resolver la cuestión nacional, esto es, por las formas de coexistencia de los grupos y las minorías nacionales, es tan importante para nosotros como que la clase obrera mantenga el poder en sus manos, o como la dictadura del Partido Comunista! Desde una posición semejante sería fácil deslizarse al oportunismo completo, esto es, a subordinar las tareas revolucionarias a los intereses de los acuerdos entre las nacionalidades.

B: Tengo el presentimiento de que hoy voy a ser tachado de “desviacionista”… No obstante, trataré, mi joven amigo, de mantenerme en mi punto de vista. El conjunto del problema, tal como se nos presenta hoy, si lo formulamos políticamente, tiene esta significación para nosotros—¿cómo, esto es, mediante qué medidas y métodos de acción, mediante qué enfoque, podemos mantener y consolidar el poder de la clase obrera en un territorio donde muchas nacionalidades viven lado a lado, con el núcleo central gran ruso, que antiguamente jugaba el papel de gran potencia entre estas nacionalidades, constituyendo menos de la mitad de la población total de la Unión? Es precisamente en el proceso de desarrollar la dictadura proletaria, en el curso de toda nuestra actividad de construcción del estado y de nuestra lucha cotidiana para mantener y consolidar el poder obrero, que en este momento nos vemos enfrentados de un modo más urgente que nunca con la cuestión nacional en toda su realidad viviente, sus manifestaciones concretas cotidianas en el estado y en la vida económica, cultural y de todos los días.

Y justo ahora, cuando el partido de conjunto está comenzando a presentar la cuestión en esta forma—y no puede ser presentada de otra manera— Ud. (pero desafortunadamente no es el único) declara con doctrinarismo ingenuo que la cuestión de la dictadura del proletariado es más importante que la cuestión nacional. Aún así, es precisamente en pos del destino de la dictadura del proletariado que estamos ahora en la práctica metiéndonos más profundamente (y en el futuro profundizaremos todavía más) en la cuestión nacional. ¿Qué significa la contraposición que Ud. hace? Sólo gente que no comprende la importancia de “Los factores nacionales en el estado y el partido” (2) puede presentar la cuestión de esta manera. Y, en todo caso, todos aquellos que adoptan una actitud nihilista o despreciativa hacia la cuestión nacional de muy buena gana echarán mano a formulaciones como la suya. Volverle la espalda a las exigencias y a los intereses de las antiguas nacionalidades oprimidas, especialmente a aquellas que son atrasadas y están compuestas centralmente por campesinos, es una cosa muy simple y perfectamente fácil de hacer, especialmente si esta especie de indiferencia desganada puede ser recubierta con frases generales acerca del internacionalismo, acerca de que la dictadura del Partido Comunista es más importante que cualquiera de los problemas nacionales…

A: Como quiera, pero al presentar la cuestión de esta forma me parece como que estamos retrocediendo de una manera intolerable en dirección de las aldeas campesinas atrasadas de la periferia, y así corremos el riesgo de infligir un gran daño al centro proletario, sobre el cual nuestro partido y el poder soviético se apoyan. O bien yo no entendí nada de lo que dijo, o realmente Ud. se está desviando hacia las nacionalidades atrasadas, predominantemente campesinas.

B: Aquí está, por fin llegamos a ella—mi desviación campesina; y yo esperaba esto, ya que todo bajo el sol, incluyendo los errores políticos, tiene su propia lógica… “una desviación en favor de las masas campesinas atrasadas”— ¿pero escuchó lo que el Doce Congreso dijo sobre eso?

A: ¿Sobre qué?

B: Sobre las relaciones mutuas entre el proletariado y el campesinado—sobre el “nexo” (3)

A: ¿El “nexo”? ¿Y qué tiene que ver eso con esto? Estoy absolutamente de acuerdo con el Doce Congreso. El nexo entre el proletariado y el campesinado es la base de todo. La cuestión del nexo es la cuestión del destino de nuestra revolución. Quienquiera que está en contra del nexo está…

B: Sí, sí. ¿Pero no piensa que la dictadura de la clase obrera y de nuestro partido es más importante para nosotros que el problema campesino y, en consecuencia, que la cuestión del nexo?

A: ¿Cómo es eso?

B: Es muy simple. Nosotros, el Partido Comunista, la vanguardia del proletariado, no podemos subordinar nuestros objetivos social-revolucionarios a los prejuicios, o incluso a los intereses del campesinado, que es una clase pequeño burguesa en toda su tendencia. ¿No es esto así, mi amigo izquierdista?

A: Pero discúlpeme esa sofistería—eso es un asunto muy diferente, y no tiene nada que ver con esta cuestión. El nexo es nuestra base, nuestro cimiento. Lenin escribió que sin el nexo con el campesinado no llegaremos al socialismo; todavía más, que sin los logros debidos al nexo económico, el poder soviético será inevitablemente derrocado.

B: Eso es, precisamente. En consecuencia —¿creo que estará de acuerdo?— es absurdo, una muestra de analfabetismo político, contraponer el nexo con el campesinado a la dictadura del proletariado. Por supuesto que la dictadura del proletariado es la idea básica de nuestro programa, el criterio básico de nuestro estado y de nuestra labor de construcción económica. Pero el punto es que esta misma dictadura del proletariado es impensable sin ciertas relaciones mutuas y claras con el campesinado. Si Ud. separa el nexo con el campesinado de la cuestión de la dictadura del proletariado, se queda, al menos en lo que concierne a este período histórico determinado, con una forma vacía, una abstracción sin sentido.

A: No tengo diferencias con Ud., ¿pero qué tiene que ver esto con nuestro asunto?

B: Está conectado de un modo muy directo y estrecho. En nuestra Unión Soviética el nexo con el campesinado supone no solamente un nexo con el campesinado gran ruso. Tenemos un numeroso campesinado no gran ruso, y está distribuido entre numerosos grupos nacionales. Para estos grupos nacionales cada cuestión nacional, política y económica es refractada a través del prisma de su lengua nativa, sus peculiaridades nacional-económicas y su idiosincrasia, y de su desconfianza nacional, que tiene sus raíces en el pasado. El idioma es el instrumento más básico, el más ampliamente abarcativo y el que penetra más profundamente, del nexo entre hombre y hombre y así entre clase y clase. Si bien en nuestras condiciones la cuestión de la revolución proletaria está, como Ud. dice, por encima de toda cuestión de las relaciones entre el campesinado y el proletariado, este último problema equivale, en más del 50%, a la cuestión de las relaciones entre el proletariado gran ruso, más avanzado y con más influencia, y las masas campesinas de las otras nacionalidades, que fueron oprimidas implacablemente en tiempos pasados y todavía recuerdan muy bien todo lo que sufrieron. Lo que está equivocado en su posición, mi amigo, es que todos sus argumentos supuestamente de izquierda, pero esencialmente nihilistas y a medio cocinar golpean no sólo a la cuestión nacional, sino también a la cuestión fundamental del nexo entre los obreros y los campesinos.

A: Pero mire, hubo un momento cuando nuestro ejército entró en Georgia para expulsar a los agentes mencheviques de los imperialistas sin esperar a que se lo pidiera primero este pueblo en cuestión, lo que significó una abierta ruptura del principio de autodeterminación. Y hubo un momento en que nuestro ejército avanzó sobre Varsovia…

B: Sí, por supuesto, esos momentos existieron, y yo los recuerdo muy claramente, y no los desapruebo en lo más mínimo. Pero también hubo todo un período, no sólo momentos, cuando le confiscamos a los campesinos todo su excedente, y algunas veces lo que necesitaban para ellos mismos, por medio de la fuerza, sin renunciar a los métodos más extremos.

A: ¿Qué quiere decir con eso?

B: Lo que digo. La revolución no sólo se apoderó del excedente de los campesinos, con armas en la mano, sino que también introdujo un régimen militar en las fábricas y en las haciendas. Si no hubiéramos hecho esto en un período ciertamente muy agudo y muy grave, hubiéramos perecido. Pero si deseáramos aplicar estas medidas en condiciones donde una necesidad inexorable, de hierro, no las reclaman, sucumbiríamos todavía con mayor seguridad.

Esto se aplica también, por supuesto, a nuestra política hacia la cuestión nacional. La autodefensa revolucionaria exigió en cierto momento un golpe contra Tbilisi y una marcha sobre Varsovia. Hubiéramos sido unos penosos cobardes y unos traidores a la revolución (que incluye a la cuestión campesina y a la cuestión nacional) si hubiéramos retrocedido ante el fetiche vacío del “principio” nacional, ya que es perfectamente obvio que no había ninguna autodeterminación nacional real en Georgia bajo los mencheviques: el imperialismo anglo-francés ejercía un dominio irrestricto allí, y estaba gradualmente sujetando al conjunto del Cáucaso, y amenazándonos desde el sur. En la cuestión nacional, como en todas las otras, lo que nos importa a nosotros no son las abstracciones jurídicas, sino los intereses y las relaciones reales. Nuestra invasión militar de la Transcaucasia puede ser justificada, y ha quedado justificada ante los ojos del pueblo trabajador, en la medida en que le dio un golpe al imperialismo, y estableció las condiciones para una autodeterminación real, genuina para las nacionalidades del Cáucaso.

Si por culpa nuestra las masas populares de la Transcaucasia llegaran a contemplar nuestra interferencia militar como un acto de conquista, entonces esta interferencia se transformaría así en un crimen muy grande—no contra el “principio” abstracto de nacionalidad, sino contra los intereses de la revolución. Aquí tenemos una analogía completa con nuestra política campesina. La confiscación del excedente de los campesinos fue una cosa muy dura. Pero el campesinado la aceptó como algo justo, en la medida en que estaban convencidos que, tan pronto como las condiciones lo permitieran, el poder soviético pasaría a cumplir con su tarea básica—un alivio en toda la línea para la vida del pueblo trabajador, incluyendo a los campesinos.

A: Pero aún así, no puede negar que el principio de clase ocupa un lugar más alto para nosotros que el principio de autodeterminación nacional. Después de todo, eso es el ABC.

B: El terreno de los “principios” abstractos es siempre, mi querido amigo, el último refugio de aquellos que han perdido el rumbo sobre la tierra. Ya le he dicho que el principio de clase, si lo entiende de manera no idealista, sino de un modo marxista, no excluye sino que por el contario, abarca la autodeterminación nacional. Pero a este último también lo entendemos no como un principio supra-histórico (basado en el modelo del imperativo categórico de Kant (4) sino como el conjunto de las condiciones de vida reales y materiales que permite a las masas de las nacionalidades oprimidas enderezar la espalda, avanzar, aprender y desarrollarse, obteniendo acceso a la cultura mundial. Para nosotros, para todos los marxistas, debe estar más allá de toda discusión que sólo una aplicación coherente, es decir revolucionaria, del “principio” de clase puede asegurar la máxima realización del “principio” de autodeterminación nacional.

A: ¿Pero no dijo Ud. mismo, al explicar nuestra intervención en la Transcaucasia, que la defensa revolucionaria tiene prioridad entre nosotros por sobre el principio nacional?

B: Posiblemente lo hice, muy probablemente incluso. ¿Pero en qué condiciones y con qué sentido? En la lucha contra los imperialistas y los mencheviques, quienes transforman a la autodeterminación nacional en un absoluto metafísico, en la medida en que va dirigido contra la revolución—mientras que ellos mismos, por supuesto, pisotean la autodeterminación nacional. Nosotros les respondimos a los lamentables héroes de la Segunda Internacional que los intereses de la defensa de la revolución importaban más para nosotros que los fetiches jurídicos. (5); los reales intereses de las débiles nacionalidades oprimidas son más importantes para nosotros que cualquier otra cosa.

A: ¿Pero y qué hay acerca de mantener a las Fuerzas Rojas en la Transcaucasia, en el Turkestán y en Ucrania? ¿No es eso una violación de la autodeterminación nacional? ¿No hay una contradicción allí? ¿Y esto no se explica por el hecho que la revolución es para nosotros superior que la cuestión nacional?

B: Cuando el pueblo trabajador de esos países comprenda (y cuando nosotros hagamos todo lo que podamos para ayudarlos a comprender) que estas fuerzas están en su territorio sólo para reforzar su seguridad contra el imperialismo, no hay ninguna contradicción aquí. Cuando estas fuerzas no se regodean en insultar los sentimientos nacionales de las masas nativas, sino que, por el contrario, demuestran una preocupación puramente fraternal por ellas, no hay contradicción en esto. Finalmente, cuando el proletariado gran ruso hace todo lo que puede para ayudar a los elementos nacionales más atrasados de la Unión a tomar parte de la construcción del Ejército Rojo en forma consciente e independiente, para que puedan defenderse en primer lugar y por sobre todas las cosas con sus propias fuerzas, entonces esto debe significar la desaparición de incluso la menor sombra de contradicción entre nuestro programa nacional y lo que hacemos en la práctica.

Todas estas cuestiones serán resueltas, por supuesto, no sólo en función de nuestra buena voluntad, sino que es necesario que mostremos la máxima buena voluntad para su genuina resolución de una manera proletaria… Me acuerdo que leí hace dos años unos informes de un cierto ex general zarista al servicio del poder soviético acerca de cómo los georgianos eran chauvinistas temerosos, cuán poco entendían el internacionalismo de Moscú, la cantidad enorme de regimientos Rojos que eran necesarios para contrarrestar el nacionalismo georgiano, azerbaijano, y todos los otros tipos de nacionalismo transcaucásico. Era bastante obvio que en el caso de este general, la actitud de gran potencia prepotente de antaño estaba apenas disfrazada bajo la nueva terminología.

Y no tiene sentido esconder el pecado: este general no es una excepcionalidad. En la maquinaria administrativa soviética, incluyendo también a la maquinaria militar, las tendencias de este tipo son poderosas en grado extremo—y no sólo entre los ex generales. Si éstas llegaran a tomar la delantera, la contradicción entre nuestro programa y nuestra política real llevaría inevitablemente a una catástrofe. Esta es la razón por la cual hemos planteado la cuestión nacional en forma aguda, para así concentrar los esfuerzos del partido en eliminar este peligro.

A: Está bien. Pero no obstante, ¿cómo explica el hecho de que aquellos mismos camaradas que comprenden plenamente la significación del nexo con el campesinado toman, al mismo tiempo, al igual que yo, una posición mucho más reservada en lo que concierne a la cuestión nacional, y contemplan a esta cuestión como algo exagerado y preñado de peligros de distorsiones en favor de la periferia atrasada?

B: ¿Cómo explico yo esta contradicción? Lógicamente ésta debe ser explicada por el hecho que no todo el mundo piensa las cosas adecuadamente. Pero una explicación lógica no es suficiente para nuestro propósito. La explicación política es que el rol dirigente dentro de nuestro partido lo juega—y en el período inmediato no puede más que jugarlo—su núcleo gran ruso, el cual a través de la experiencia de estos últimos cinco años ha sido perturbado completamente por la cuestión de las relaciones entre el proletariado gran ruso y el campesinado gran ruso, y la ha elaborado exhaustivamente. Por simple analogía extendemos estas relaciones al conjunto de nuestra Unión Soviética, olvidando o no tomando en cuenta del todo, que en la periferia de Rusia viven otros grupos nacionales con una historia diferente, un diferente nivel de desarrollo, y—lo que es más importante—con una gran cantidad de heridas por lo que han sufrido.

El núcleo gran ruso del partido es, centralmente, todavía no muy consciente del aspecto nacional de la cuestión del nexo, y es todavía menos consciente de la cuestión nacional en todo su alcance. De aquí también se derivan las contradicciones de las que Ud. habla—que a veces son de carácter ingenuo, otras veces estúpidas, y a veces flagrantes. Y esta es la razón por la cual no son exageradas las decisiones del Doce Congreso del partido sobre la cuestión nacional. Por el contrario, responden a las necesidades más profundas de nuestra vida, y no sólo debemos adoptarlas, sino desarrollarlas todavía más.

A: Mientras que los comunistas del centro gran ruso llevan adelante una política correcta en la Gran Rusia, seguro que hay en otras partes de nuestra Unión comunistas locales que están llevando adelante el mismo trabajo en diferentes circunstancias nacionales? Esta es solamente una división natural e inevitable del trabajo. Los comunistas gran rusos deben pelear, y pelearán contra el chauvinismo de gran potencia, mientras que los comunistas de las otras nacionalidades luchan contra su propio nacionalismo local, que está dirigido sobre todo contra los rusos.

B: Lo que Ud. dice contiene sólo parte de la verdad, y las verdades a medias a veces nos llevan a conclusiones completamente falsas. Nuestro partido no es en absoluto una federación de grupos comunistas nacionales con una división del trabajo según sus rasgos nacionales respectivos. Si el partido estuviera construido así, esto sería extremadamente peligroso.

A: No estoy proponiendo nada de eso…

B: Por supuesto que no. Pero su idea llevaría, de ser desarrollada, hacia esa conclusión. Ud. insiste con que los comunistas gran rusos deben luchar contra el nacionalismo de gran potencia, y los comunistas ucranianos contra el nacionalismo ucraniano.

Esto recuerda la fórmula de los espartaquistas al comienzo de la guerra: “El principal enemigo está en tu propio país”. Pero en ese caso era cuestión de una lucha de la vanguardia proletaria contra su propia burguesía imperialista, su propio estado militarista. Allí esta consigna tenía un contenido profundamente revolucionario. Por supuesto, la tarea de los revolucionarios alemanes era luchar contra el imperialismo de los Hohenzollern, denunciar el militarismo francés, etc.

Sería sin embargo una distorsión completa de las perspectivas transferir este principio a las partes constituyentes de la Unión Soviética, ya que tenemos un solo ejército, una diplomacia unificada y, lo que es más importante de todo, un partido centralizado. Es perfectamente correcto que aquellos mejor dotados para combatir al nacionalismo georgiano sean los comunistas georgianos. Pero esta es una cuestión de tacto, no de principio. La raíz del asunto es la necesidad de comprender claramente los orígenes históricos del nacionalismo agresivo de gran potencia de los gran rusos y el nacionalismo defensivo de los pueblos pequeños. Es necesario apreciar las verdaderas proporciones entre estos factores históricos, y esta apreciación debe ser la misma en la mente de los gran rusos y de los georgianos y de los ucranianos, ya que estas mismas proporciones no dependen del enfoque subjetivo—local o nacional—sino que corresponden (y deben corresponder) al real equilibrio de las fuerzas históricas. El comunista azerbaijano trabajando en Bakú o en las áreas rurales musulmanas, y el comunista gran ruso que está trabajando en Ivanovo-Voznesensk, deben tener la misma concepción en lo que a la cuestión nacional concierne.

Y esta concepción uniforme debe consistir en una actitud no uniforme hacia el nacionalismo gran ruso y hacia el nacionalismo musulmán: en relación al primero, lucha implacable, severo desprecio, especialmente en aquellos casos donde se muestra en la esfera gubernamental y administrativa; en relación al segundo hay que hacer un trabajo educativo paciente, atento, y cuidadoso.

Si un comunista en su puesto cierra los ojos a la cuestión nacional en todo su alcance, y comienza a luchar contra el nacionalismo (o frecuentemente, contra lo que a él le parece ser nacionalismo) mediante métodos sumarios y sobre simplificados, la negación intolerante, la persecución, la denuncia, etc., entonces quizás reúna a su alrededor a jóvenes activos, de “izquierda”, revolucionarios, subjetivamente dedicados al internacionalismo, pero nunca nos brindará un nexo confiable y duradero con las masas campesinas locales.

A: Pero son justo los “izquierdistas” de las repúblicas de frontera quienes exigen una solución más revolucionaria, más vigorosa a la cuestión agraria. Y, después de todo, ¿no es éste el puente principal hacia el campesinado?

B: Indudablemente la cuestión agraria, sobre todo en el sentido de la abolición de todos los remanentes feudales, debe ser resuelta en todas partes. Como ahora tenemos un Estado de la Unión ya firmemente establecido, podemos llevar adelante este acuerdo sobre la cuestión de la tierra con toda la resolución que ésta exige; por supuesto la resolución de la cuestión de la tierra es una tarea de las más importantes para la revolución… Pero la abolición de la gran propiedad terrateniente es un acto que es llevado adelante de un solo golpe, de una vez para siempre, mientras que lo que nosotros llamamos la cuestión nacional es un proceso muy largo. Después que la revolución agraria haya sido completada, la cuestión nacional no desaparecerá. Por el contrario, sólo entonces pasará a estar al frente. Y la responsabilidad por toda la escasez y todos los defectos, todas las injusticias y los casos de falta de atención o rudeza en relación a las masas nativas, serán atribuidas en sus mentes, y no sin razón, a Moscú. Es necesario en consecuencia que Moscú, como centro de nuestra Unión, sea invariablemente la iniciadora y la promotora de una política activa impregnada en toda la línea con una atención fraternal hacia todas las nacionalidades que componen la Unión Soviética. Hablar de exageración en esta conexión es realmente dar muestras de una completa falta de comprensión.

A: Hay una buena parte de verdad en lo que dice, pero…

B: ¿Sabe qué? Vuelva a leer otra vez la resolución del Doce Congreso ahora que hemos tenido esta charla, y entonces quizás, uno de estos días, volveremos a discutir estas cuestiones otra vez.

Notas:

1. La resolución del congreso sobre la cuestión nacional fue redactada por Stalin. Cf. JV Stalin, El marxismo y la cuestión nacional y colonial, Londres 1936, ps. 279-87.

2. Esto es, la resolución referida más arriba, en la nota 2.

3. El “nexo” al que se refiere es la alianza obrero campesina, sobre la cual descansaba el poder soviético.

4. El imperativo categórico de Emmanuel Kant (1724-1804) era el instrumento mediante el cual para él la razón práctica afirma su dominio sobre los impulsos naturales. El la describe así como “el deber de aquello que nunca ha sucedido”, la base de su teoría del libre albedrío.

5. La respuesta de Trotsky está contenida en La socialdemocracia y las guerras de intervención, Londres, 1975 (antiguamente titulado El rojo y el blanco).

* Artículo publicado por primera vez en Pravda, 1 de mayo de 1923, reimpreso en Sochineya de Trotsky, volumen 21, Moscú, 1927. Tomado de En defensa de la revolución rusa, una compilación de escritos de los principales líderes bolcheviques del período 1917-1923, realizada por el director de la revista Revolutionary History Al Richardson. La traducción inglesa de “Leonard Hussey” (Brian Pearce) apareció por primera vez en International Socialist Review, volumen 19, número 3, verano de 1958. Traducido al español por Mario Larrea/ http://www.ft.org.ar/estrategia/ei13/ei13lacuestionnac.htmBolpress.