Mucho sol y playa, cultura, historia e infinidad de congresos y eventos anuales reafirman a Cuba como uno de los principales destinos turísticos de América Latina. Destacan las villas coloniales mejor conservadas del continente, los curiosos faros vigías y las joyas naturales de la isla.

La Trinidad de Cuba viaja en el tiempo

Peregrinar por La Trinidad, al centro sur de Cuba, es viajar en el tiempo y conocer una de las villas mejor conservadas de América, declarada por la UNESCO en 1988 Patrimonio Cultural de la Humanidad. Próxima a cumplir 500 años de fundada por el Adelantado Diego Velázquez en 1514, mantiene esa belleza arquitectónica que la distingue, con un pasado de leyendas y realidades inigualables.

Como dice el poeta, entre piedra y piedra, entre mansiones y palacetes se conservan muchas historias, algunas poco conocidas y otras aún por develar. Desde su Plaza Mayor el sabio alemán Alejandro de Humboldt (1769-1859) en marzo de 1801 observó cómo transcurría apaciblemente la vida trinitaria.

Francisco Marín Villafuerte dejó constancia en su libro Historia de Trinidad (1944), como el naturalista alemán vio la villa: se goza allí, como en la mayor parte de las calles, de una vista magnífica al océano. Desde que se conformó el primer núcleo urbano, La Plaza Mayor fue el centro del esplendor de las clases más pudientes. La rodean majestuosos palacetes iluminados con lámparas de aceite de oliva.

Su designación estuvo marcada por las distintas épocas. Así, se denominó Plaza de Fernando VII, Plaza de la Constitución y en los años 1856-57 Plaza Serrano y Plaza de Martí. Especialistas la consideran la segunda en importancia en el país, después de la Plaza de la Catedral, en la capital cubana.

Su aspecto actual viene desde 1857, diseñado por el ingeniero Julio Sagebién, cuando se le pusieron verjas exteriores e interiores, y dos lustros después se le colocaron dos aljibes. En este sitio el expedicionario Hernán Cortés y su tropa acamparon para reparar sus fuerzas antes de partir hacia la conquista de México, en la cual enrolaron a decenas de trinitarios.

A su alrededor se alzan varias construcciones de gran valor arquitectónico: la Iglesia Parroquial Mayor Santísima Trinidad y el Palacio del Conde Brunet (Museo Romántico), con valiosas historias que contar. José Giroud, de procedencia francesa, quien creó una familia en esta ciudad, forjó en el siglo XIX las campanas para el Convento San Francisco de Asís.

Muchas de estas mansiones ofrecen el esplendor de una época, en que la riqueza de unos pocos, basada en la industria azucarera, estuvo sustentada por la más infame ignominia contra el ser humano: la esclavitud. Artísticas verjas, mamparas, vitrales, puertas y ventanas de madera preciosa; el empedrado de sus calles y sus techos de tejas de barro rojo caracterizan la villa.

Trinidad conservó sus atributos de antaño, supo manejar bien los engaños de la modernidad y se mantuvo firme en su decisión de conservar un legado que cada vez más se aproxima a sus 500 años. Versatilidad de sus habitantes para las artes manuales, plásticas y para la artesanía en general; calles estrechas y patios centrales de la mano de la jardinería son atributos locales.

Una ciudad llena de luz, donde se conjugan el sol, las montañas y una infraestructura hotelera que, después de conocerla, lo hará desear volver. Pero Trinidad no existiría sin el Valle de los Ingenios, declarado conjuntamente con la ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Asentamiento de una de las mayores riquezas cubanas de los siglos XVIII y XIX.

Un patrimonio surgido del sudor, el látigo y la mano esclava, llevaron a vivir en la opulencia a los dueños de esos ingenios azucareros. La opulenta arquitectura converge, junto con los techos de tejas rojas que se integran a la influencia árabe, en especial en sus patios coloniales. Los historiadores plantean que la casa de mampostería y tejas más antigua de la villa es la de la calle Real del Jigüe número 51, que perteneció a la familia Martín de Olivera y Vargas-Machuca, la cual data de 1723.

En la cuarta década del Siglo XVIII se manifiesta una variación en la estructura y distribución de las viviendas, y en particular de los patios, como un espacio para la ambientación y la ventilación interior, donde se unen amplias puertas, ventanales y el cuidado jardín.

Los patios trinitarios son por lo general embaldosados y en ellos se diseminan las vasijas de barro o macetas donde crecen diversas plantas ornamentales. Con el auge económico azucarero de la villa comienzaron a transformarse las primeras viviendas, que eran de embarro, guano y madera, en sólidas viviendas con patio central, sin que falte el aljibe, para el agua de lluvia.

El Palacio Brunet es representativo de la época de más esplendor de la burguesía local de 1850. La casa de los Sánchez posee un notable valor arquitectónico. Su patio rectangular está cubierto por macetas y cuenta con preciosas pinturas murales en sus paredes, al igual que otras mansiones de la localidad.

No se puede obviar la belleza de las puertas exteriores o interiores (mamparas), ni tampoco de las verjas, que forman parte de la arquitectura colonial trinitaria, estas últimas decoradas al estilo neoclásico, con símbolos o iniciales de las familias e incluso con un, por estos lugares, inusual instrumento musical: la lira.

Más cerca en el tiempo, en la primavera de 1836, en la casona del médico trinitario Don Justo Germán Cantero se reunía un grupo de amantes de las artes y de las ciencias; allí se encontraba el joven poeta Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, hijo de la ciudad de Matanzas.

En la tertulia donde se disfruta de excelente música, se declaman poemas, el piano lanza sus notas y el Stradivarius acompaña a un solista se habla de cultura y realidad. El sociólogo español Ramón de la Sagra participante en la sita afirmó que era uno de aquellos hombres amables, ilustrados y cultos que merecen ser ricos por el uso que saben hacer de los bienes de fortuna.

A decir de cronistas era un mulato de expresión simpática y juvenil, de rasgos entre audaces y melancólicos, con una voz argentina y palabra elocuente e incisiva, que soltaba versos como una musa viviente. Los que allí se encontraban reían, lloraban, y aplaudían.

Don Justo, atraído por la inteligencia y modestia del poeta; su amor a la naturaleza, al arte, a la belleza y sus ideas independentistas, lo alojó en su palacio, en una de las habitaciones de la torre, donde se divisaba una hermosa ciudad, motivo suficiente para escribir poesía. Según el historiador Manuel Lagunilla, durante la estancia de Plácido en el palacio Cantero, escribió:

Si enemigos inconstantes te hacen a ti padecer

Confórmate con saber que otros padecieron antes.

Cada vez que te levantes, y que estos versos te leas,

Siempre que inocente estés,

Compadece la malicia, que si hoy llora la injusticia,

Otros llorarán después.

En 1843 regresa el poeta a Trinidad, debido a que había decaído en Matanzas y La Habana el uso de las peinetas y otros adornos de carey, labor a la que se dedicaba para el sustento, y también en busca de gallos finos. Sus amigos lo acogieron y se hospedó en una humilde casa hecha de embarro, ubicada en el llamado Callejón del Coco de Trinidad. Allí montó su taller, donde fabricaba hebillas de carey, pendientes de semillitas y joyería de plata y oro.

Muchachas de la aristocracia trinitaria usaron las maravillas salidas de las manos del bardo, quien también dedicó tiempo a escribir poesías para bautizos y bodas. Las ideas independentistas de Plácido se mostraban en sus poemas y, cada vez más, las tertulias eran utilizadas para la causa patriótica y revolucionaria.

Fue detenido en Trinidad, donde permaneció dos meses encerrado. Fue liberado, gracias también a la influencia de sus amigos trinitarios, entre ellos la de Don Justo Germán Cantero. Acusado por el dominio español de participar, junto con otros cubanos, en la Conspiración de la Escalera, fue fusilado el 28 de junio de 1844 en Matanzas.

Mito y realidad en ciudad colonial de Cuba

Aunque ya casi nadie habla de la existencia de túneles secretos bajo el subsuelo de Sancti Spíritus, que se aproxima a sus 500 años de fundada, algunos escritores, historiadores y periodistas legaron sus opiniones al respecto en distintas épocas. Para algunos investigadores la hipótesis pudiera estar respaldada por los continuos ataques de piratas que sufrió la ciudad en los siglos XVI y XVII, los cuales obligaron a construir dichos túneles.

Asimismo, la teoría de su presencia también pudiera estar amparada por el auge alcanzado por el contrabando de los espirituanos y, de los cubanos en general, con comerciantes ingleses, franceses y holandeses. Los de la Isla intercambiaban cuero y tabaco por tejidos, cristalería y bebidas, fabricadas en los países de origen de los mencionados extranjeros. Este tipo de comercio estuvo perseguido por el gobierno español, de ahí que para realizarlo había que ocultarse.

Hace cerca de cuatro décadas un grupo de jóvenes, guiados por Alejandro Romero Emperador, se dedicó a la búsqueda de algunas de las entradas en la zona aledaña al céntrico parque Serafín Sánchez Valdivia, sitio donde se alzó hasta inicios de 1900 la iglesia del Santo Cristo de Veracruz.

Romero Emperador es el delegado provincial de la Fundación la Naturaleza y el Hombre Antonio Núñez Jiménez y del grupo Samá. Es además el actual presidente de la Sociedad Espeleológica de Cuba. Los integrantes del grupo espeleológico Samá excavaron en diferentes sitios para ubicar las áreas del edificio religioso ya desaparecido, pero se vieron imposibilitados de cumplir su propósito fundamental.

En entrevista concedida a Prensa Latina Romero Emperador explicó que en 1954 su familia se trasladó desde Holguín -en el oriente cubano- a Sancti Spíritus y en esa época se estaba remodelando el parque Serafín Sánchez. “Como resultado de dichos arreglos el parque perdió unos cinco metros de ancho”, a lo que añadió que en esa época, “con 14 años de edad, pudo ver un supuesto túnel en el área frente al Hotel Perla, de un metro y medio de ancho, al que le estaban echando tierra”.

“Siempre pensé que era un lugar interesante y en 1970, cuando volvieron a remodelar el parque y quitaron la glorieta que luego fue repuesta, estaban realizando trabajos y aprovechamos y hablamos con dirigentes del entonces Poder Local para que nos permitieran hacer las excavaciones” (al grupo Samá).

“En 1970 aparecieron el aljibe, figuras religiosas rotas y de nacimientos de árboles de Navidad. También encontramos un pozo cartesiano que se alimentaba de un poco de agua de lluvia y tenía unos tres ó cuatro metros de profundidad. “Comenzamos a buscar el túnel en la zona frente al cine Conrado Benítez, pero llegó el momento de la inauguración del parque y tuvimos que abandonar los trabajos”, señaló.

En opinión de Romero Emperador lo que sí existían eran sótanos. Afirma haber visto un gigantesco aljibe (frente a la calle Independencia, antigua Real) y subraya que las labores ejecutadas hasta el momento No permiten confirmar la presencia de túneles, aunque sí de aljibes en forma de arco y sótanos. Añadió que tampoco hay un túnel entre la Iglesia Parroquial Mayor y el parque.

Sin embargo, desde el punto de vista arqueológico, hallaron los nichos donde fueron enterradas muchas personas, el aljibe y vestigios de utensilios empleados por quienes residieron en ese convento. Versiones sin confirmar narran que existía otra entrada frente al antiguo Hotel Perla -hoy una tienda mediante divisas-, y un túnel entre el antiguo convento (de Veracruz) y la Iglesia Parroquial Mayor y otro en el antiguo Cuartel de Lanceros.

María Antonieta Jiménez Margolles, Historiadora de la Ciudad, explicó que el pintor Rogelio Valdivia Aquino le contó la historia de todos los rincones de la villa, fundada en 1514 por Diego Velázquez de Cuéllar. Resaltó que algunas de esas anécdotas fueron comprobadas, mientras que otras no.

La investigadora señaló que Valdivia Aquino le explicó que él se introdujo por el túnel que había en el parque Serafín Sánchez y caminó hasta donde está hoy la Casa de la Cultura -separada del primero por varios metros- y confirmó la existencia de ese túnel, si bien le fue imposible avanzar más por la falta de oxígeno. Indicó que actualmente está inundado por aguas albañales o potables y que resulta muy costoso comprobar si es cierto que se puede pasar de un lado a otro, como afirmó el pintor.

Sí está la entrada de un túnel en el Museo de Arte Colonial, sentenció la investigadora. Además, se refirió a que muchos han creído que en el Convento de las Carmelitas (1924) había un pasadizo que lo comunicaba con la Iglesia de la Caridad, pero en realidad este nunca existió. Apuntó que antes de 1996 se excavó en la letrina del actual Museo Provincial General, aledaño al parque Serafín Sánchez Valdivia, con iguales fines, pero desde entonces ha sido imposible realizar otras investigaciones o búsquedas.

Según el historiador Manuel Martínez-Moles, en su libro Contribución al folklore (1927), el güije espirituano -un personaje de leyenda- es un “ente fantástico que tiene su habitación en el río Yayabo, de donde sale en excursiones por los ríos del término”.

La imaginación popular lo describe pasando por un canal subterráneo, que desde un charco del mencionado río se dirige hacia el altar principal de la Iglesia Parroquial Mayor. Mitos, fantasías, leyendas y realidades adornan los supuestos túneles espirituanos, un tema poco a poco olvidado en medio de la vida cotidiana de los habitantes de esta villa central del país, la cuarta fundada por los conquistadores españoles. No obstante, debajo de los lugares más transitados por los vecinos de esta ciudad se ocultan secretos aún por develar.

Las artísticas verjas espirituanas

Artísticas verjas distinguen a la añeja ciudad central, enclavada a unos 350 kilómetros al este de La Habana, las cuales armonizan con otros rasgos particulares de su arquitectura, sobre todo en el centro histórico urbano. Es la cuarta villa fundada en 1514 por los conquistadores españoles en Cuba y se aproxima a su medio milenio. Tiene de antaño un sinnúmero de detalles, entre ellos las rejas que cubren las altas ventanas de las más sobresalientes casonas espirituanas, habitadas en sus inicios por ilustres personajes o ricos hacendados.

El centro histórico urbano de la ciudad, a 350 kilómetros de la capital, fue declarado Monumento Nacional el 10 de octubre de 1978, y entre sus joyas arquitectónicas figura el puente sobre el río Yayabo, con igual condición y símbolo de esta villa, fundada por Diego Velázquez de Cuéllar.

En reconocimiento a la calidad de las labores de remozamiento a que fueron sometidos -indica en su edición digital el periódico provincial Escambray-, el Parque Maceo y el Museo de Arte Colonial representarán a Sancti Spíritus como nominados a los Premios Nacionales de Conservación y Restauración. Cada 18 de abril se celebra el Día Internacional de los Monumentos y Sitios.

El parque es más conocido aquí como de la Caridad, por encontrarse ubicado en la plaza donde se alza la iglesia de igual nombre, mientras que el Museo es llamado también Palacio de Valle (por el apellido de sus antiguos dueños, considerados entre los más ricos de la época colonial).

Nombrada, además, Casa de las Cien Puertas -cuenta con un poco más, entre ventanas y postigos- la instalación cultural es un ejemplo del uso de las verjas en Sancti Spíritus, desde antaño. Lejos de ser un elemento de la contemporaneidad, los entendidos afirman que estas siempre han estado presentes en la villa, aunque en la actualidad algunas incumplen con la necesidad de vincular utilidad y belleza.

Según los especialistas, en el siglo XVIII comenzaron a perfeccionarse las normas constructivas y se hizo énfasis en la fachada, surgiendo de este modo una nueva tendencia decorativa: la neoclásica. Muchos de los frentes de las casonas espirituanas de antaño exhiben hermosas y trabajadas verjas que en opinión de estudiosos del tema ofrecen protección y una intensa iluminación.

Al decir de un escritor espirituano: “En las mansiones vivía lo más selecto de la burguesía, pero sus calles sentían el paso de los caminantes más humildes que se reunían en diciembre para expresar musicalmente sus alegrías y penas”. Entre las peculiaridades de las verjas espirituanas están en muchos casos su altura y ancho, así como el material empleado: hierro con bella terminación en su extremo superior.

Algunas de las familias más pudientes mandaban a colocar en el centro de aquellas las primeras letras de los apellidos que las identificaban; otras colocaban en el capitel emblemas religiosos, como la cruz. María Antonieta Jiménez Margolles, Historiadora de la Ciudad, comentó a Prensa Latina que las verjas de Sancti Spíritus surgen en el Siglo XIX. Dijo que en la calle Gilberto Zequeira (antigua Santa Bárbara) No.13 existe la única original de madera, ya que las otras son reproducciones. Apuntó que también en el interior de la Iglesia Parroquial Mayor -Monumento Nacional- hay originales.

Otros especialistas opinan que la mayoría eran colocadas en un sobrepiso, lo cual evitaba la entrada de polvo en la residencia. También, las que daban para el exterior combinaban con ventanales interiores protegidos por otras que casi siempre coincidían en el patio interior, como una forma de lograr buena ventilación e iluminación de los palacetes espirituanos, de alto puntal.

Como ejemplo está la vivienda de los Fernández, muy cerca de la Casa de las Cien Puertas, que todavía muestra sus enormes ventanales y puertas, confeccionadas con madera preciosa. Las verjas siempre combinaban con los denominados llamadores o aldabas de las puertas principales, que en su mayoría eran de bronce y se caracterizaban por una mano o cabeza de animal, preferiblemente un león.

Esto incluía faroles a ambos lados de la puerta principal que permitían disfrutar de iluminación a la entrada de las viviendas en la noche. A mediados del siglo XIX y principios del XX algunos ebanistas espirituanos confeccionaron verjas de madera preciosa que todavía se pueden apreciar en la zona histórica de la villa del Espíritu Santo.

Entre las verjas de hierro más bellas están las de la casa donde residió Oscar Fernández-Morera, considerado el primer pintor espirituano, las que datan del siglo XIX. En otras edificaciones al frente de la mencionada se perciben similares detalles en las rejas, que semejan flores grandes o pequeñas, donde asimismo se observa el uso del capitel.

Además, sobresale una casa, cercana a la calle Céspedes, en cuya verja están grabadas la fecha 1908 y dos letras. Pintada de negro, parece un encaje. Ramón Meza, escritor y cronista cubano del siglo XIX, diría: “Las rejas que defienden las ventanas, zaguanes y barandillas se han convertido en la más vistosa filigrana. El hierro, reducido a delgadas cintas que a la vista se presentan de filo a canto, corren y se retuercen por todo el hueco con primorosa y simétrica labor”.

Calles estrechas, con nombres simpáticos o poéticos, adornan esta ciudad cada vez más próxima a los 500 años, pero indiscutiblemente la verja, sobre todo la forjada a fuerza de golpe en el duro metal, quedó detenida en el tiempo, sin rivales -al menos externos- a los cuales enfrentar.

Curiosos faros, vigías del occidente cubano

Tras desafiar a centenares de huracanes, el faro Roncali y su vecino de cayo Jutías, comparten hoy protagonismo como reliquias y centinelas de los mares en el occidente cubano. Edificados en centurias pasadas, son admirados por pobladores y visitantes debido a sus peculiaridades constructivas y perdurabilidad en una región frecuentemente azotada por los ciclones tropicales.

Más de 150 meteoros fustigaron desde 1900 a esta región, nombrada por algunos “tierra huracanada” debido a la asiduidad de esos fenómenos atmosféricos. Quizás el más famoso de los dos vigías es Roncali, situado en Guanahacabibes, una península de farallones y diente de perro, que marca el límite oeste de la isla.

Construido con rocas calizas en la primera mitad del siglo XIX, distingue a la apartada demarcación que lo acoge, al erigirse hasta una altura de 33 metros sobre la extensa llanura cársica. Apuntes históricos revelan las azarosas faenas de sus artífices, la totalidad de ellos inmigrantes chinos y esclavos africanos, quienes sortearon la agreste topografía del terreno.

En las proximidades subsiste aún la cantera original de la que se obtuvo la materia prima para su construcción, con procedimientos similares a los empleados en el Castillo del Morro, símbolo de la capital cubana, declaró a Prensa Latina el historiador Enrique Giniebra. La torre, la cual conserva aún sus elementos originales, es un obligado punto de referencia a las puertas del golfo de México, su luz puede ser apreciada a 30 kilómetros de distancia con una frecuencia de dos destellos cada 10 segundos, aseveran expertos.

Desde los farallones que bordean el faro asoman las dunas de 20 playas y la tupida vegetación de una de las últimas selvas del área caribeña. El añejo guardián añade atractivos a la zona, conocida también como “El Cabo” y declarada Reserva Mundial de la Biosfera en 1987.

A sus pies yacen tesoros de épocas pasadas, entre ellos sitios arqueológicos asociados a la presencia de los llamados mesoindios antillanos. Más al este, en el archipiélago de Los Colorados, reluce el faro de cayo Jutías, con su estructura metálica en forma de esqueleto e inconfundible cúpula plateada.

Conocedores afirman que el centinela goza de buena salud, luego de soportar el vendaval y la cercanía de las olas, las cuales en épocas tempestuosas rozan la base del armazón, compuesta por pilotes de acero. Inaugurado en mayo de 1902 en un islote del municipio de Minas de Matahambre, tiene una altura de 43 metros. Su construcción fue dispuesta por orden real el 3 de enero de 1888 con el propósito de impedir los numerosos accidentes ocurridos antiguamente allí.

En la actualidad es el único sobreviviente de su estirpe luego de la desaparición de dos faros de características similares que funcionaban en el archipiélago cubano a principios del siglo pasado. Pese a sus años se mantiene intacto por fuera y en su interior. Por su originalidad y perseverancia, ambos centinelas figuran entre las riquezas patrimoniales de Cuba.

Faro Paredón Grande: Guía en las costas cubanas

Los cayos del norte de Cuba aguardan un fascinante mundo natural, en que sobresalen la verde fauna costera, y las hermosas playas de fina arena y transparentes aguas con diferentes tonalidades de azul turquesa. Ubicados en la región central de Cuba, los cayos Coco, Guillermo, Paredón Grande, Media Luna y Antón Chico integran el destino turístico Jardines del Rey avileño, conocido en el mundo por visitantes de diferentes naciones que disfrutan del acogedor entorno.

Coco y Guillermo son los únicos islotes que cuentan con una infraestructura constructiva integrada por 14 confortables hoteles ubicados en primera línea de playa, restaurantes, marina y aeropuerto internacional, entre otras bondades. Pero la zona es más que sol y playa, hay otras porciones de tierra que, aunque carecen de instalaciones hoteleras, aguardan una naturaleza mucho más virgen y de gran belleza por sus flora y fauna bien conservadas.

En ese caso está Paredón Grande, distante unos 500 kilómetros al noreste de La Habana, con su sello distintivo: el faro Diego Velázquez, construido a mediados del siglo XIX. La edificación de hierro fundido, con 48 metros de altura, 156 escalones y nueve mil 956 tornillos, constituye un elemento significativo entre las obras ingenieras de alto valor en Cuba, pues revela la llegada de una nueva época arquitectónica.

En 1848 el conde Cañongo presentó a la Real Junta de Fomento una moción para la construcción de la majestuosa obra, por el servicio que prestaría a la navegación próxima a la cayería norte de la mayor de las Antillas. La edificación era muy importante en la región, fundamentalmente para el área comprendida en Jardines del Rey, por la cercanía de la barrera coralina de más de 400 kilómetros y las bajas de arena y arrecifes.

Edificarlo llevó tiempo, fortuna y sobre todo mucho esfuerzo. En 1854 comenzó la construcción, en la cual participaron negros africanos, y ya el primero de noviembre de 1859, a las 22 horas, su luz comenzó a servir de guía a los hombres del mar. Fue el marinero Ángel Tabada quien prendió fuego al mechón de aceite que emitiría sus intermitentes destellos hasta varias millas mar adentro.

Actualmente la linterna, con un exacto mecanismo, lanza tres destellos de luz blanca en forma de relámpago por cada 15 segundos, con un alcance lumínico de 36 millas náuticas. Su iluminación ha evolucionado con el transcurso del tiempo. Primero se utilizaba aceite, posteriormente petróleo y, por último, la corriente eléctrica, que eleva su potencia a 158 mil bujías.

Como un centinela luminoso, Paredón Grande orienta las naves que transitan por el canal Viejo de las Bahamas, importante corredor marítimo internacional, distante a sólo tres millas de la Costa Norte de Ciego de Ávila. Hasta la majestuosa torre se llega mediante vía terrestre a través de un pedraplén (carretera sobre el mar), que los islotes que integran gran parte del archipiélago Sabana-Camagüey a la isla de Cuba.

El faro, que contó con el talento del ingeniero Don Francisco de Albear, creador, además, del acueducto de La Habana, continúa firme sin opacar su luz ante el paso del tiempo y, por su situación, geográfica cubre toda la costa norte de la región central de país.

Cayo Paredón Grande sorprende por sus paisajes tropicales, en que resalta una rica biodiversidad, con ocho kilómetros de hermosas playas y excelentes valores de variada flora y fauna. Debe el nombre a los altos farallones que bordean su extremo norte y que a la vez parecen guardianes de sus costas.

Las bellezas naturales, tanto submarinas como terrestres, impresionan a quienes visitan el islote en busca de un lugar tranquilo y seguro, en el que es posible disfrutar de la playa Los Pinos, uno de los balnearios vírgenes de la región turística. En sus áridos terrenos crecen mangle rojo, hicacos, palma enana, cactus, yuraguano y lirios, mientras que el mundo animal está compuesto por más de 79 especies, entre las que sobresalen garzas, alcatraces, palomas, rabihorcados, sevillas y otras.

Los impresionantes fondos marinos, integrados por sectores de la barrera coralina que bordea el litoral, sirven de hábitat a una gran gama de animales acuáticos y, además, constituyen un escenario divino para la práctica del buceo. A pesar de su longevidad, el monumental faro de Paredón Grande cumple cada día su misión: acompañar al navegante en las claras u oscuras noches, desde una torre cuya fortaleza no ha podido ser doblegada por ciclones ni por otros fenómenos atmosféricos.

Los portales, símbolo de una ciudad cubana

Ciego de Ávila, ciudad ubicada en el mismo centro de Cuba, tiene entre sus características la alineación y amplitud de sus calles y la presencia de portales corridos. Resaltan edificaciones de arquitectura ecléctica, con amplios corredores, rejas muy bien decoradas y una variada tipología de columnas neoclásicas y arcos que la distinguen.

Situada a unos 430 kilómetros al este de La Habana , la localidad devino municipio hace 135 años, condición que obtuvo en marzo de 1877, al contar con la población y la economía necesarias, y una estratégica ubicación geográfica para la defensa. Años antes, este lugar era apenas una pequeña aldea, que disponía de una plaza llana y limpia en su centro, con pequeñas calles y sólo 262 habitantes, según datos ofrecidos por Ángel Cabrera, historiador de la localidad.

Como principal factor para el otorgamiento de la municipalidad se tuvo en cuenta la existencia de la Trocha de Júcaro a Morón, fortificación militar construida en el siglo XIX por el gobierno de España. Las guerras de independencia trajeron el auge a la región, pues, además de la línea fortificada, se encontraban la comandancia española, un hospital y comenzaba la crianza de ganado, lo que determinó el crecimiento de la ciudad.

A partir de entonces las fértiles tierras comenzaron a dar frutos, y se ejecutaron confortables casas, edificios, una iglesia nueva, escuelas y fondas, por lo que florecieron el comercio, los abastecimientos y los servicios. Cuando en 1538 ocurrió la distribución anárquica de las tierras en la isla, esta parte de la geografía cubana asumió el nombre de Ciego de Ávila.

Al consultar el diccionario enciclopédico, “ciego” indica terreno llano y sabanoso rodeado de bosques, con suelos más o menos fértiles; mientras que el Ávila lo recibe por el apellido del primer propietario de estas tierras. Durante esa época la zona servía de descanso a ganaderos que transitaban entre las villas de Sancti Spíritus y Puerto Príncipe (hoy Camagüey). Por eso los monteros (conductores y pastores de ganado) se referían al lugar como el ciego de Ávila, nombre que ha trascendido hasta nuestros días.

La ciudad de Ciego de Ávila exhibe una arquitectura vernácula con una libre interpretación del clasicismo ecléctico, a lo que se unen ejemplos puntuales de otras influencias por el árabe, de raíz andaluza; el barroco y el art-decó. En el área más céntrica se ubican edificaciones de valores patrimoniales como el teatro Principal, el hotel Sevilla, el museo de Arte Decorativa, La Cruz Verde y la Antigua Colonia Española, convertida en Casa de la Cultura.

También se encuentran el antiguo Ayuntamiento, hoy sede de la Asamblea Municipal del Poder Popular (gobierno local) y el edificio donde radicó la comandancia española, actualmente el Museo Provincial de Historia. Por ese contorno salta a la vista la espléndida iglesia San Eugenio de la Palma (santo patrón de Ciego de Ávila) ubicada en el mismo punto donde surgió el curato a finales del siglo XVIII.

Hasta hace poco el sitio más acogedor y agradable era el parque José Martí, antigua plaza Alfonso XII. Ese mérito lo ocupa hoy el moderno boulevard, construido hace unos años y devenido el lugar más atractivo de la vida social avileña. Construido en la céntrica calle Independencia, el paseo de cuatro cuadras de largo, se ha convertido en un sitio de confluencia del comercio, la recreación y la interactividad de los habitantes de esta ciudad cubana.

El paseo, concebido con una moderna arquitectura y buen gusto artístico, unido al cambio de imagen de esa zona citadina, por la remodelación de antiguos edificios y corredores, es hoy importante en la vida familiar y en la visita de los foráneos. Precisamente, uno de los elementos identificativos de la ciudad de Ciego de Ávila son sus portales, los que impresionan por la amplitud y variedad de estilos, diferentes a los de otras regiones cubanas.

Aqui forman parte inseparable de las edificaciones, tienen carácter colectivo, funcionan como corredores públicos, son típicos de la localidad y han perdurado por más de 100 años. Su surgimiento se remonta al siglo XIX, cuando fueron construidos con materiales propios de la época, como guano y tabla, o teja criolla, sostenida sobre madera rolliza, con soportes en el suelo, en pie derecho u horcones, hechos de madera dura..

Más adelante, con la llegada del eclecticismo, el portal colonial adquirió elementos propios de ese movimiento artístico. Sus columnas se modificaron y adoptaron las más disímiles variedades: estiradas, lisas, salomónicas y seccionadas. Con los capiteles ocurrió algo similar; en ellos estuvieron presentes todos los órdenes griegos y romanos. Nuevos frisos adornaron la ciudad y variedad de balaustradas brindaron pretiles distintos para cada inmueble.

A partir de entonces el territorio salta a la vista de pobladores y visitantes como ciudad con largos y espaciosos corredores que sirven para proteger del sol y la lluvia a quienes transitan por las más céntricas calles. De ahí la iniciativa de denominar a Ciego de Ávila como la ciudad de los portales, considerados hoy uno de los principales símbolos de esta provincia del centro de Cuba.

Santiago de Cuba: viaje al África nuestra

Un viaje a las raíces se emprende hace más de dos décadas desde esta ciudad mediante la Conferencia Internacional de Cultura Africana y Afroamericana, que acaba de realizar su duodécima edición. En un sostenido empeño, el Centro Cultural Africano “Fernando Ortiz” tiende cada dos años estos puentes de amistad y solidaridad a partir de un mayor conocimiento de la huella de ese continente en el devenir de los pueblos americanos y caribeños.

Para atestiguar la pertinencia de la cita, efectuada del 12 al 16 de abril, bastarían las palabras del embajador de la República del Congo, Pascal Onguembi, decano del cuerpo diplomático en Cuba con 12 años de ejercicio. Hasta las lágrimas, dijo, lo emocionaron las reflexiones de la joven investigadora Kezia Henry Knight, de la provincia de Camagüey, acerca de la Conspiración de Aponte en Puerto Príncipe desde las Actas Capitulares.

De tal forma lo impresionaron las ideas expuestas por la especialista de la Oficina del Historiador de esa provincia, que decidió enviar la ponencia a su país para divulgar el valioso contenido, reflejo de la rebeldía esclava y la manipulación colonialista a fin de reprimirla y menospreciarla. Con esta indagación, la licenciada en Historia del Arte se propuso un homenaje a tan significativo acontecimiento en su bicentenario y la búsqueda abarcó esos documentos históricos de la villa de Santa María del Puerto del Príncipe -hoy Camagüey-, desde junio de 1811 hasta abril de 1812.

Justamente en mayo siguiente fue decapitado Aponte, negro liberto, artista y carpintero, devenido símbolo de la sublevación antiesclavista y de los afanes de dignidad humana de aquellos a quienes llamaban los colonialistas, eufemísticamente, “enemigos domésticos”.

Para muestra, un botón, y en mayor o menor medida así se expresa la repercusión de la Conferencia, donde confluyeron estudiosos y artistas de varios países y de la nación anfitriona a fin de dar luces nuevas a un acervo espiritual que tiene aún mucho por descubrir y valorar.

En ese sentido se inscribieron la reseña histórica del desarrollo de la cultura mandinga y su presencia en Gambia, a cargo del embajador Yusupha Dibba, y las ponencias acerca de las rebeliones de esclavos africanos en Venezuela y la oposición a la trata atlántica, el cimarronaje y los palenques en las localidades cubanas de Trinidad y Remedios.

La conspiración de La Escalera en Matanzas, la guerrita del 12 en El Caney, el Partido de los Independientes de Color, la aventura de Alá en Africa y la influencia islámica en la cultura cubana de origen africano, el cabildo arará visto a través de las fuentes orales y la batalla contra el racismo en Cuba fueron, entre otros, asuntos que centraron el interés de los participantes.

De una u otra forma estuvieron presentes en los debates los miles de hombres y mujeres arrancados brutalmente de sus tierras y obligados a una nueva forma de sobrevivir, sin renunciar a sus costumbres y creencias. En las disertaciones académicas afloraron las expresiones de resistencia y rebeldía de los esclavos ante la represión y humillación coloniales, sus formas de preservar prácticas ancestrales y aportes en la formación de nuevas identidades bajo la égida europea.

El Simposio de Medicina y Cultura volvió a ser uno de los espacios vitales de la cita, con experiencias en la labor de trabajadores cubanos de la salud en Haití, Venezuela, Ghana, Timor Leste, Guinea Ecuatorial, Angola y Mozambique.

Estudiantes jamaicanos en la ciudad expusieron enfoques religiosos de la sexualidad de jóvenes africanos en la Facultad de Medicina y el vínculo de la medicina tradicional del continente con la occidental. Los acercamientos teóricos incluyeron también talleres sobre danza, teatro, música y artes plásticas, además de un amplio espectro con asuntos referidos a la religión, la historia y la etnología, la raza, el género y la identidad, la literatura y la lingüística.

A partir de esta edición se incorporó la Muestra Itinerante de Cine del Caribe y su pieza Alma africana, donada al evento, fue un emotivo momento para acompañar a la protagonista, una mujer que viaja imaginariamente en busca de sus raíces. Hasta la urbe llegaron artistas y estudiosos de Brasil, México, Estados Unidos, Suecia, Argentina, Canadá, Chile y Perú, interesados en continuar develando esa impronta trascendente en la región latinoamericana y caribeña.

Una vez más estuvo presente una representación del cuerpo diplomático africano en Cuba y especialmente, aparte de Onguembi y Dibba, los embajadores de Nigeria y Mozambique, Laraba Elsie Bhutto y Miguel Costa Mkaima, respectivamente. Durante el panel acerca de Africa en el siglo XXI, los diplomáticos trazaron la ruta de la esperanza. Mediante ella, los hijos de esa tierra deben encontrar, con la ayuda de su sabiduría y espiritualidad ancestral, la fórmula del desarrollo para rebasar siglos de explotación.

Conservación y alta biodiversidad

Las bellezas naturales de Cuba, en particular los cayos dedicados a la recreación, constituyen hoy atractivos fundamentales durante la 32 Feria Internacional de Turismo FITCuba 2012 que sesiona del 8 al 11 de mayo en Cayo Santa María, en la porción centro-norte cubana, perteneciente a la central provincia de Villa Clara.

Cuba es el archipiélago mayor de las Antillas, con 110.922 kilómetros cuadrados. Paisaje exuberante en sus 5.746 kilómetros de costas. Para completar su agradable panorama posee 200 bahías, dos mil cayos e islotes y 588 kilómetros de playas clasificadas por su importancia turística.

Las cayerías se encuentran distribuidas desde el norte, el Archipiélago de las Coloradas y el de Sabana-Camagüey o Jardines del Rey; y al sur, el de los Jardines de la Reina y el de los Canarreos, los más importantes. Actualmente, para los turistas existen muchos sitios de moda en Cuba, pero los cayos continúan como espacios verdaderamente espectaculares.

Podemos mencionar Cayo Coco (Jardines del Rey), Cayo Largo del Sur, y otros más pequeños como Cayo Santa María, Las Brujas, Ensenachos, Saetía o los que se extienden a partir de Punta de Hicacos. En cuanto a Jardines del Rey y Cayo Largo del Sur, se aprecia que desde la céntrica provincia de Ciego de Ávila (a más de 400 kilómetros hacia el este desde La Habana) se llega a los cayos de Jardines del Rey. El viaje es mediante una vía nombrada “pedraplén”, con una extensión de 17 kilómetros en los cuales sólo se observa agua a ambos lados (también se puede llegar por avión).

Cayo Coco y Guillermo son los dos en explotación en estos momentos, pero se prevé ampliar las condiciones a Providencia, Caoba, Sabinal, Guayaba, Romano, Paredón Grande, y Antón Chico. Coco constituye el cuarto islote en extensión de Cuba, con 370 kilómetros cuadrados y 22 kilómetros de playas virginales, además de abundancia de vegetación, sobre todo manglares y cocoteros. Un apasionante mundo se encuentra en Cayo Largo del Sur, distante

unos 177 kilómetros de La Habana, sitio exclusivo, de gran atractivo para el turista y que cada día cobra más auge en el mercado mundial.

Otros de interés están en el occidente, provincia de Pinar del Río, por ejemplo, Cayo Levisa, con tres kilómetros de hermosas playas y barreras coralinas para los amantes del buceo. También consideran los expertos a los cayos Buba, Mono y Piedras del Norte como sitios ideales, para paseos y buceo, alrededor de Varadero.

Con ecosistemas únicos, de significación internacional, el Parque Nacional Guanahacabibes sobresale por su biodiversidad y los esfuerzos para conservar las riquezas del entorno en la península cubana homónima, aseguraron hoy expertos. Ese occidental paraje, salpicado de farallones y diente de perro, es sitio de anidación de tortugas marinas, iguanas y abundantes especies de pájaros, algunos de los cuales encuentran abrigo en una de las últimas selvas del Caribe.

Preservar el patrimonio natural de la localidad, que marca el límite oeste de la isla, es desvelo de los científicos locales, expresó a Prensa Latina Lázaro Márquez, director del Parque Nacional Guanahacabibes, núcleo de la Reserva de la Biosfera de igual nombre. Comentó que la zona alberga ecosistemas de extraordinaria singularidad, entre los que destacan los bosques semideciduos, las franjas de vegetación litoral de manglares y los complejos de vegetación de costa arenosa y rocosa.

Igualmente revelantes resultan los arrecifes coralinos hallados al sur, catalogados entre los más diversos del área caribeña y los mejor conservados de Cuba, donde abunda la variedad negra. Estos fondos de espectacular belleza ofrecen oportunidades exclusivas para el buceo contemplativo y funcionan como bancos genéticos de especies de gran valor desde el punto de vista estético y económico, aseguró Márquez.

Al referirse a los programas de monitoreos de especies amenazadas resaltó los avances del dedicado al estudio y cuidado de las tortugas marinas, desarrollado durante 14 años y que ha permitido profundizar las investigaciones sobre los antiguos habitantes del océano, actualmente en peligro de extinción. El proyecto en el que participan profesores y estudiantes de la Universidad de La Habana, contribuye a prolongar la existencia de esos reptiles.

La protección de los sitios de nidificación de aves e iguanas y de otras áreas de desove, resulta también prioridad de los especialistas de la apartada demaración, antiguamente conocida como El Cabo. Guanahacabibes -precisó- descuella entre los escenarios protegidos de la nación antillana por poseer el inventario más completo y actualizado sobre los moluscos marinos, registro avalado por sistemáticas pesquisas, durante las cuales se realizaron nuevos reportes para la ciencia.

Dirigidas a niños y al resto de los pobladores, las iniciativas de educación ambiental sustentan las misiones conservacionistas en un entorno privilegiado, insistió el estudioso. Con tres senderos diseñados para el turismo ecológico, la península recibió en una década a más de 20 mil visitantes extranjeros interesados en los recorridos hacia la cueva Las Perlas, el itinerario del bosque al mar y un paseo por el Cabo de San Antonio. La observación de tortugas marinas es otra de las ofertas recientes, muy demandada por viajeros provenientes de Europa y otros continentes, aseveró.

Río San Francisco: Espacio de pura naturaleza

San Cristóbal, Artemisa, la zona aledaña al río San Francisco muestra ante nuestros ojos una vegetación variada y abundante, con paisajes tupidos para preservar especies endémicas y una tranquilidad a envidiable. Justo a la mitad entre La Habana y Pinar del Río, la naturaleza nunca deja de sorprendernos. Formando parte de la Sierra del Rosario se encuentra la cuenca hidrográfica del Río San Francisco.

Nuestro grupo espeleológico, en su incesante búsqueda tropezó con el resolladero (lugar por donde aflora parte del cauce subterráneo del río) del Brazo de la Cueva, nombre singular para un boquete en este caso impresionante. El río San francisco posee dimensiones considerables, ante un relieve de poca en altura. Algunos de sus saltos posee más de 20 metros de altura, por donde, en tiempos de abundantes precipitaciones, corre el agua espumosa y cristalina.

Debido a la alta humedad relativa, la vegetación es espesa y los arboles crecen en busca de la luz, brindando buena sombra en las márgenes del río. Las aves, como los zorzales gatos, los sinzontes, gavilanes, cartacubas, tocororos, zunzunes y tomeguines, se cuentan entre las endémicas, y vuelan y cantan de un árbol a otro, ignorando la presencia humana.

Menos a la vista, pero formando parte del área, están las jutías conga y carabalí, y varias especies de murciélagos y aves nocturnas como el sijú cotunto y la lechuza. Mariposas de vivos colores revolotean en las flores silvestres del río y otras menos vistosas se acercan al limo de las orillas con camuflajes que las hacen parecer hojas secas, menos atractivas, pero bien interesantes.

José García acoge a los investigadores y visitantes que se acercan a la zona, brindándoles de sus cosechas de aguacate, del árbol del pan, malangas, plátanos y guayabas, frutos todos en correspondencia con las condiciones del sitio. La zona es un área cargada de cuevas verticales, que sumen el agua de lluvia para llevarla hasta río, muchas no exploradas, pero bien localizadas por los moradores.

Estos brindan sus conocimientos, valiosos por demás, pues no hay mejor mapa que el de los conocedores directos de cada zona. Los campesinos Sara González y Julián Pérez, dueños de un lugar bello y confortable, rodeado de plantaciones de plátano y café y cercano a la carretera de Cinco Pesos, conocen otros lugares e historias del área. Su vivienda se encuentra en una posición elevada, con buena vista hacia todo el sitio, utilizado antes del año 1959 para la cría de ganado vacuno.

En sus terrenos se localizan cinco cuevas verticales y, a un kilómetro, se encuentra la de Los Alzados, que conserva las camas de fugitivos que estuvieron allí escondidos en la década de los años sesentas del siglo XX. Sara y Julián concuerdan en que las cuevas atraviesan las lomas de lado a lado y en que todos los arroyos que nacen en las lomas penetran en El Rosario, para luego emerger por el Brazo de la Cueva, y convertirse en el río San Francisco.

También cuentan que en una Guásima visible desde el patio de la casa, en un lugar elevado y muy cercano a la carretera, fue donde se izó por primera vez la bandera cubana en la zona. Como dato interesante, en la zona de El Rocío hay cuevas de dimensiones considerables, y en la del Cuajaní las hay verticales grandes, cercanas a los cafetales. Se abre a los ojos de los espeleólogos un nuevo sistema cársico, con mucho terreno para la investigación.

Las caudalosas aguas del San Francisco, junto el escurrimiento del agua de la lluvia, han tenido increíble funcionamiento natural entre las calizas de fácil erosión. Se abre allí un lugar cargado de accidentes cársicos que, en ocasiones, sirve de refugio a especies valiosas de la fauna cubana, y en otras alberga pozas de cristalinas aguas que invitan al baño.

Entre sus leyendas y tradiciones se refiere la de que, al sembrar un cocotero, debe hacerlo una niña de cinco años o menos, pues así la planta no crecerá mucho y ofrecerá sus frutos en menos tiempo. Allí queda mucho trabajo para expediciones sobre cartografía, antropología, hidrología, biología, entre otras tantas especialidades que pueden escudriñar sus rocas.

La Bodeguita del Medio, entre autoctonía y bohemia

Fue un lugar de culto para la intelectualidad habanera en la década del 50, en el siglo XX. Allí disfrutaba una bohemia saturada por el placer de la música y la conversación, por los sabores y olores de una cocina criolla prodigada en masas de cerdo, yuca con mojo, tostones (plátanos verdes fritos aplastados a puñetazos o a golpes de mano de mortero), tasajo, frijoles negros “dormidos”, guardados en sabio reposo desde el día anterior para espesar su textura y acrecentar su delicia. Hoy continua siendo un santuario, un Olimpo terrenal en el mismo centro de la Habana Vieja.

Fundada en 1942 bajo el nombre de Casa Martínez -en honor a su propietario, Angel Martínez, un emigrante español atraído por los encantos de la isla-, La Bodeguita del Medio, bautizada así en 1946 por su ubicación a medianía de la calle Empedrado, cerca de la Plaza de la Catedral (en pleno corazón de la ciudad antigua), muy pronto se convirtió en uno de los emblemas de Cuba.

Comida criolla, mojitos, música tradicional y atmósfera bohemia se conjugan en Empedrado 207, en el corazón de La Habana Vieja, donde se erige un pequeño establecimiento que a lo largo de siete décadas se ha convertido en símbolo de Cuba. La Bodeguita del Medio, más que un restaurante de comida típica, representa una síntesis de tradición e identidad que atrae a visitantes de las más variadas geografías del orbe, muchos de los cuales, incluso antes de llegar a la isla, ya son conocedores del prestigio del lugar.

El 26 de abril el centro gastronómico festejó su aniversario 70, acompañado por una historia de reconocimiento internacional y el empeño de brindar un servicio de calidad, tanto a las más prestigiosas figuras de las artes, las letras, el deporte y la política, como al más anónimo de los visitantes. Un equipo de 52 personas tiene hoy la misión de continuar la historia del restaurante, en el cual, según comentó una de ellas a Prensa Latina, el trabajo representa un compromiso y un honor, “pues somos la imagen de Cuba ante los cientos de clientes que nos visitan”.

En La Habana Vieja de 1942 todavía persistía la fuerte huella de la vida y la arquitectura colonial, como parte de la cual abundaban las casas con techos elevados, zaguanes amplios, aljibes y caños de barro, y los pequeños comercios que servían de sustento a la economía de numerosas familias.

El villareño Ángel Martínez tuvo por aquella época la posibilidad de adquirir una vieja bodega llamada La Complaciente, y a pesar de que muchos no le auguraban éxito al negocio, el local fue remozado y abierto al público con el nombre de Casa Martínez. Como en el resto de las bodegas de su tipo, en ella se vendían, entre otros productos, arroz, manteca, frijoles, huevos, especias, alcohol, luz brillante, laterías y todo aquello que pudiera ser comercializado.

De acuerdo con Sonia Ramos, quien ha trabajado en La Bodeguita desde el año 2000, quiso la coincidencia que cuatro años después de abierto el establecimiento, se colocara en un local próximo la editora de Félix Ayón, quien ante la carencia de teléfono se vio obligado en reiteradas ocasiones a utilizar el de la Casa Martínez.

Como parte de ese contacto cotidiano el tipógrafo estrechó su vínculo con el dueño de la bodega y se volvió comensal habitual en el comercio de su vecino, cuya esposa, Armenia, solía preparar un apetecible menú de picadillo, carne de puerco, tasajo o chilindrón, arroz y frijoles negros.

Escritores, intelectuales y artistas de la época asistían con frecuencia a la editora de Ayón; con el paso del tiempo, las reuniones comenzaron a tener como sede la Casa Martínez, y para 1948 era común encontrar en el interior de la bodega a figuras como Enrique Labrador Ruiz, Carlos Puebla o Rita Montaner, recordó Ramos. Fue precisamente el impresor quien cambió el nombre del establecimiento por el que conserva en la actualidad, pues al concertar una cita en el lugar, se refirió a él como la bodeguita del medio, para diferenciarla del resto de los locales de ese tipo, generalmente ubicados en las esquinas.

La prosperidad de la Casa Martínez fue creciendo, se dejaron de vender los productos menos consumidos y aumentó a cuatro el número de mesas para atender a los clientes; además, Silvia Torres, conocida como la China, sustituyó a Armenia en la cocina y se encargó, desde ese momento, de elaborar la comida del lugar.

Ya en 1950, el local asumió definitivamente el nombre de La Bodeguita del Medio, con el cual comenzó a adquirir fama en Cuba y el extranjero, amparada en la calidad de la comida, el ambiente tradicional, y las constantes visitas de reconocidas personalidades de la época.

En la actualidad La Bodeguita del Medio tiene capacidad para atender unos 120 comensales, en medio de una decoración conformada por mesas rústicas de pino, taburetes campesinos, y la más variada colección de objetos: lienzos, banderitas, cabezas de animales disecados, billetes y monedas de los diferentes países, entre otros.

“My mojito in La Bodeguita, my daiquiri in El Floridita”, las palabras de Ernest Hemingway se exhiben en el interior del local, y recuerdan que el autor de Por quién doblan las campanas también hizo del establecimiento un espacio de visita frecuente, atraído, sobre todo, por su reconocido coctel. En el segundo piso, dos mesas están reservadas a nombre de un par de insignes clientes: el afamado cantante estadounidense Nat King Cole, quien hizo del establecimiento un sitio de visita habitual, y el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén.

Es Guillén el autor de poema que recibe al visitante a la entrada del local, ese que expresa “La bodeguita es ya la bodegona,/que en triunfo al aire su estandarte agita”, y fue también el bardo quien inició la costumbre de estampar firmas y mensajes en las paredes del lugar. Con ese acto comenzó una tradición devenida símbolo, pues todo aquel que pasa por La Bodeguita quiere dejar siempre testimonio de su estancia a través de mensajes en las paredes, muros, mesas, columnas…en cada espacio del lugar.

Premios Nobel como Gabriel García Márquez, Rigoberta Menchú y Adolfo Pérez Esquivel, jefes de Estado como Luis Inacio Lula da Silva y Rafael Correa, deportistas de la talla de Muhammad Ali, actores como Sean Penn y Pierce Brosnan han dejado su huella en el local, contó con orgullo Ramos.

De acuerdo con la trabajadora, estar en La Bodeguita significa un tremendo reto, no solo por la cantidad de personas que asisten diariamente, de las más variadas procedencias, sino porque buscan en el lugar una amplia fuente de información sobre nuestro país. En ocasiones llaman de otros países para hacer reservaciones, y cuando están aquí, nos preguntan sobre cualquier tema, desde cultura e historia de Cuba hasta recomendaciones de los lugares que no pueden dejar de visitar.

Entre el mojito y la comida criolla

La casa es conocida internacionalmente por el mojito, que ha tomado fama mundial como el coctel cubano por excelencia, apuntó Carlos Rodríguez, dependiente gastronómico de La Bodeguita del Medio. Una de las cosas que más atrae a los clientes, agregó, es el conocimiento de que las ofertas corresponden siempre a nuestra comida tradicional, a los platos normalmente presentes en la mesa del cubano, tales como el arroz, los frijoles, los moros y cristianos, la carne de puerco, el picadillo.

Para Rodríguez, el principal medidor de la calidad de los productos es el hecho de que muchas personas repiten la visita, se sienten tentados a regresar al lugar y recibir el trato familiar y afable de sus trabajadores. Reinaldo Socorro, jefe de turno de la cocina, manifestó que los conocimientos para la elaboración de los alimentos los adquirieron de los fundadores, pues la comida cubana tiene características muy específicas, como el uso de las especias, que no siempre coincide con los cánones de la gastronomía internacional.

Conocedor de innumerables secretos sobre los platos típicos de la isla, Socorro, quien labora en La Bodeguita desde 1992, comentó que diariamente suelen atender unos 200 comensales, los cuales siempre llegan atraídos por la comida criolla y solicitan las opciones más autóctonas.

Otro atractivo importante del establecimiento es la música en vivo que siempre acompaña a las ofertas gastronómicas, con la presencia habitual de grupos tradicionales que complacen a los visitantes con las canciones más emblemáticas del repertorio cubano. La Guantanamera, el Chan Chan, Hasta siempre, comandante, y Yolanda son los temas que siempre están entre las preferencias de los clientes, y nos da tremendo orgullo observar que muchos de ellos, sin ni siquiera hablar español, conocen las letras y las cantan, destacó Beatriz Vázquez, limpiadora de área.

Así, con la atractiva singularidad de ser un lugar en el que se conjuga la autoctonía con el deseo de estar en el mismo espacio que han compartido numerosas personalidades desde la década de los cuarentas del siglo XX, crece en Cuba y el mundo la fama de La Bodeguita del Medio, que a sus 70 años se mantiene tradicional y bohemia.

El remate lo ponía -y lo sigue poniendo- el mojito, un trago a base del ron diáfano de la isla, preferiblemente con un añejamiento de tres anos, agua carbonatada, limón, un toque de angostura y yerbabuena, capaz de derretir en minutos los cubos de hielos puestos a navegar en esa mezcla de apariencia inocente, que baja suave por la garganta para aposentarse después, como fuego liquido, en los sentidos. Como colofón, los buñuelos, un postre de masa esponjosa elaborada con yuca, aderezado con almíbar ligera, ambarina

De las paredes de la Bodeguita, resguardadas tras marcos de cristal y madera, cuelgan viejas fotos con las imágenes de algunos de sus visitantes ilustres del mundo del cine de otras épocas, como Spencer Tracy, Errol Flyn, Ava Gardner, Marlon Brando y Edward G. Robinson.

Es un restprán rústico, con portón a la calle, un exiguo bar donde apaciguar la sed y el calor, taburetes forrados con piel de chivo y una atmósfera familiar, de continuo festejo. Mesas con manteletas de papel, desde las cuales ojear como se cocina el manjar que luego encenderá el apetito de los comensales. Una mirada que es como una anticipación del disfrute cercano.

La leyenda de La Bodeguita, multiplicada en sus 70 años la edificaron, piedra a piedra en Cuba, glorias nacionales como Alejo Carpentier y, sobre todo, el poeta Nicolás Guillén, quien la inmortalizó con un manojo de versos improvisados al calor de la farra.

La Bodeguita del Medio

es este sitio que ves;

ponte un trago, amigo, pues,

que el trago aquí es un remedio.

Pero si aduces que estás

de cuerpo y alma, muy bien

Pues ponte el trago también,

que así no te enferm