Este año, el reloj de la catedral metropolitana de Sucre cumplirá 240 años de funcionamiento, si aceptamos los datos aportados por el escritor Joaquín Gantier y 226 si nos atenemos a lo que sostiene una página electrónica dedicada a la capital y sus atractivos turísticos.

Gantier dice en su libro dedicado a Jayme de Zudañez que el reloj de la catedral fue colocado en 1772 y marcó la hora de la emancipación iniciado el 25 de mayo de 1825. El otro dato, asegura que el arzobispo Pedro Miguel de Argandoña, mandó su compra en Londres (1765) invirtiendo 568 libras esterlina.Tras llegar al puerto de Buenos Aires, fue trasladado por una recua de mulas por el camino de Jujuy y llegó a Sucre en 1784 y tras su instalación fue estrenado en 1786.Como se puede ver, entre la orden de compra y el día de su estreno, existen 21 años comprensibles, pues en la época estos aparatos recién se encontraban en etapa de perfección y eran construidos por mecánicos.

Los historiadores de Chuquisaca tendrían que ocuparse de este asunto para dejar adecuadamente informada a la población y turistas, pues se trata de un reloj con verdadera historia. Los “díceres” son otro componente de su devenir. Por ejemplo, se dice que su mecanismo es de madera roble y que su mantenimiento es costoso. ¿Qué hay de verdad? Creemos que es hora de esclarecer este asunto de interés.

Los revolucionarios de mayo que eran una asociación casi secreta, actuaba bajo el nombre de la “Sociedad de Independientes” y había decidido que el día del estallido, se tocarían las campanas de la catedral metropolitana, seguidas de las de San Francisco, San Miguel, La Merced y San Felipe.

El abogado Pedro Ignacio de Rivera fue comisionado para ir entre el pueblo e iniciar la revolución tocando la campana de la catedral, pero, se le adelantó su compañero de luchas Juan Manuel Lemoyne que tocó las de San Francisco. Era la noche del 25 de mayo, cuando los revolucionarios lograban la renuncia del presidente de la Real Audiencia de Charcas, don Ramón García León y Pizarro. Se le adelantaron en las acciones, pues horas antes, había ordenado el arresto de los revolucionarios. Al ser tomado preso Zudañez, era conducido rumbo a la plaza mayor cuando ocurrieron los acontecimientos.

Rivera iba junto al pueblo exigiendo su liberación, agitaba al pueblo, por lo que retrasó su misión de tocar las campanas de la catedral. Al escuchar las de San Francisco, corrió al atrio donde le dio unas monedas a un muchacho para su suba y toque los bronces, como ocurrió poco después.

Para entonces, el presidente de la Audiencia era conducido preso a uno de los salones de la universidad. A la medianoche, el bando con su renuncia fue leído ante el gentío. El reloj de la catedral dio sus doce campanadas y según dice el escritor Joaquín Gantier, al escucharlas, el renunciante expresó: “Con un Pizarro comenzó la dominación española; con un Pizarro comienza hoy la independencia”.

Con el inicio del proceso revolucionario que luego se extendió a otros lugares, se esperaba terminara el boato de las autoridades, la riqueza mal distribuida. La diferencia de clases sociales y de razas. Las diferencias por el color de la piel. Pero no fue así. Los españoles, también llamados chapetones o gachupines, simplemente se pasaron a los indepentistas y todo quedó igual.

El orgullo de los españoles, que llegaba al desprecio y la humillación, persistió. El engreimiento de los ibéricos, se mantuvo. Los que habían nacido por estas tierras continuaron considerados salvajes, sin derechos ni al uso de la palabra.

Esperaban la pronta liberación de su rey que estaba preso y reemplazado por José Bonaparte, llamado “Pepe Botella”. Tenían la esperanza de recuperar sus privilegios. El rey recuperó su reinado, pero América ya había iniciado un proceso de liberación que duraría quince años. Pero, esa es ya historia.

El reloj de la catedral, situado en la esquina de “Rumi Cruz” en el barrio de Munaypata, aún está allí. Si pudiera hablar, nos contaría los acontecimientos de aquella noche del 25 de mayo, que pronto volveremos a recordar.

* Periodista.