El debate sobre el derecho a ejercer el periodismo tiene muchas aristas y no es nuevo. Los colegios profesionales suelen actuar como filtros para impedir que los ciudadanos sin título se desempeñen en este oficio, pero esa posición es precaria, en la medida en que la democratización de los medios y el derecho a la comunicación ganan terreno.

En Bolivia se ha reabierto la discusión, y dos posiciones encontradas se manifiestan nuevamente: los que no admiten que el periodismo sea ejercido por personas que no tienen un título profesional, y los que defienden el derecho a la comunicación de todos los ciudadanos.

Pertenece al primer grupo la “Plataforma de defensa del ejercicio profesional de la comunicación social”, documento firmado por varias instituciones académicas de Cochabamba, donde se afirma con exceso de mayúsculas que “el periodismo no es un oficio”, y que a los periodistas que trabajan en los medios de información debe exigírseles un título profesional.

En el segundo grupo, en el que me incluyo, está entre otros José Luis Exeni, reconocido especialista de la comunicación, quien afirma algo que suscribo en todas sus palabras: “la comunicación e información, esos derechos humanos fundamentales de la ciudadanía, son demasiado importantes como para dejarlas libradas al monopolio de

comunicadores y periodistas.”

Mi opinión sobre el tema es la de alguien que ha ejercido y ejerce el periodismo de opinión sin tener un título. Lo he hecho durante casi cinco décadas, desde que estaba en la secundaria, y he publicado cerca de 2.000 artículos en más de 200 publicaciones periódicas en Bolivia y otros países de América Latina, en América del Norte y en Europa, así como en Asia y África. Fui corresponsal de varias publicaciones y soy aún miembro de consejos editoriales.

En Bolivia, además de haber escrito en una veintena de diarios, revistas y páginas web, he sido miembro de la Asociación de Periodistas y del Sindicato de Trabajadores de la Prensa. Incluso ocupé cargos en alguna directiva, y nadie objetó que yo no tuviera un título de periodista. En resumidas cuentas, tengo una trayectoria que muchos periodistas titulados quisieran tener y, francamente, no me quita ni me pone que algún cuerpo colegiado me diga si soy periodista o si tengo derecho a ejercer. Esa es una decisión que deben tomar los directores de los medios que publican mis textos.

El tema de fondo, es la calidad profesional de los periodistas, y mi argumento es que los que salen titulados no son necesariamente mejores que los otros, es más, son peores.

José de la Colina dice que “uno sólo empieza a escribir cuando deja de redactar”. Ciertamente, no espero que los periodistas sepan escribir, pero que al menos sepan redactar, pero lo que constato todos los días es que los nuevos periodistas, titulados y de carrera universitaria, redactan y hablan torpemente. Eso no dice bien de sus profesores, pero no quiero echarles la culpa a ellos, porque tengo la impresión de que la batalla está perdida por otras razones.

Para empezar, hay que tener madera para ser un buen periodista. Creo que la baja calidad de los profesionales titulados actualmente se debe a que no tienen el temple necesario para ejercer el periodismo, que ahora se diluye bajo el rótulo de “comunicación social”, y que se ha convertido en una carrera de moda. Las escuelas, facultades y carreras de periodismo se multiplican como hongos, y la demanda crece como espuma, porque es un título “fácil” de obtener. No doy un centavo por el 90% de los estudiantes que llegan a las aulas con la intención de ser periodistas. En el mejor de los casos, uno de cada diez será un profesional competente. Los estudiantes de ahora no me permiten suponer que el periodismo en Bolivia será mejor en el futuro, sino cada vez más mediocre y oportunista.

Los periodistas de largo oficio solíamos decir de los novatos sin iniciativa, que eran “colgandijos” porque su labor de reporteros se limitaba a estirar el brazo y poner la grabadora lo más cerca posible de algún político que ofrecía una opinión, mientras otros colegas con experiencia hacían las preguntas. Ese perfil mudo e inseguro (o también temerario pero mediocre) abunda, lamentablemente.

A lo largo de los años he coleccionado experiencias amargas con estudiantes de periodismo, y a veces las he narrado como ejemplos. En Sucre, por ejemplo, durante una conferencia frente a un centenar de estudiantes de “comunicación social” de la docta Universidad de San Francisco Xavier, pude constatar luego de unas pocas preguntas, que muy pocos, por no decir ninguno, tenía la menor idea de quien era Luis Espinal, Marcelo Quiroga Santa Cruz o Jorge Sanjinés, cuyos nombres aparecen regularmente en los medios y en las conversaciones.

No hace mucho tuve una experiencia similar en La Paz, cuando un profesor, amigo de larga data, me invitó a conversar con sus estudiantes sobre comunicación y cambio social. Pocos minutos después de comenzar me invadió nuevamente la sensación de que estaba hablando en un idioma codificado, ya que muy pocos en la audiencia parecían entender lo que yo estaba diciendo (y ojo, que no soy de los que habla o escribe “en difícil”).

Como lo he hecho en otras ocasiones, comencé con una cita de Kafka, que me gusta por venir de quien viene: “Es fácil escribir recetas, lo difícil es comunicarse con la gente”. Luego hice el análisis histórico y comparativo de los enfoques de comunicación jerárquica y participativa, y mencioné el informe MacBride, la Unesco, los Objetivos de Desarrollo del Milenio, y alguna otra referencia esencial; pero nadie había leído ni conocía siquiera por referencias el informe de la Unesco, y apenas dos o tres en el salón estaban al tanto de los ODM de Naciones Unidas.

Semanas después mi amigo profesor me comentó que en los resúmenes sobre mi charla un estudiante escribió que Kafka era un líder de los movimientos de liberación en África, y otro, que se trataba de un personaje de la Segunda Guerra Mundial.

El hecho de que se tratara de alumnos recién ingresados a esa universidad, no constituye una excusa, pues supongo que antes ya habían cursado la secundaria, la mayoría de ellos en colegios privados.

La curiosidad debería ser un atributo básico y esencial en cualquier joven y sobre todo en aquellos que pretenden convertirse en periodistas. Curiosidad que a esa misma edad nos llevaba a devorar libros, revistas, periódicos, y a estar informados sobre lo que pasaba en el mundo o en el barrio. Y eso que no teníamos ni computadora ni internet.

Los nuevos talismanes tecnológicos y las prótesis electrónicas que adornan hoy como joyas de nuevo cuño a los jóvenes estudiantes, así como su habilidad en el uso de los recursos digitales, parece que sirven poco a la hora de conocer siquiera superficialmente lo que pasa en el mundo. Un peligroso autismo colectivo los lleva a utilizar los instrumentos como anteojeras, sin una perspectiva panorámica.

Ciertamente, hay que estudiar mucho para ser un bien periodista y más aún para convertirse en un especialista de la comunicación. Pero esto no significa que quienes no tienen certificados de grado y maestrías no puedan ejercer libremente su derecho a comunicar. La propia capacidad de quienes ejercen el oficio debería ser un parámetro suficiente para que en un proceso de selección natural, avancen los mejores. Si yo fuera director de un medio de información, preferiría a un periodista comprometido y creativo sin título, que a uno flojo y mediocre con título.

En varias ocasiones, en artículos y en conferencias, he subrayado la importancia de “jerarquizar” mediante maestrías y doctorados la profesión de los comunicadores para el cambio social, pero no con el objetivo de crear una élite de especialistas arrogantes, sino de poner un pie firme en los niveles de decisión desde donde se dirigen y deciden los programas de desarrollo. Pero, insisto, ello no debería excluir a quienes se han formado en la práctica y que valen por su experiencia y su compromiso.

Si hago una revisión somera de los colegas periodistas que aprecio y admiro, probablemente el 80% ha ejercido sin un título de periodista, pero posee algo que es más importante, la pasión por el oficio y una experiencia que podríamos calificar de “política” (en el sentido de participación ciudadana en la construcción de la sociedad), de la que carecen muchos de los profesionales graduados.

Además, el ejercicio del periodismo no se agota en los periódicos, emisoras de radio o estaciones de televisión comerciales, porque tiene que ver con un derecho ciudadano, el derecho a la comunicación. ¿Qué pasa, por ejemplo, con las radios comunitarias? ¿Alguien tiene alguna autoridad moral para impedir que en las radios mineras o en las radios campesinas ejerzan como periodistas colegas que carecen de un título académico?

Si hacemos un poquito de memoria, las radios mineras mantuvieron informada a la población boliviana, a costa de las vidas de sus trabajadores, en momentos críticos como el golpe de García Meza en 1980, cuando los medios de información de las ciudades habían sido clausurados o funcionaban sometidos a la censura militar. ¿Alguien osará impedir a las radios comunitarias que contraten al personal que les venga en gana, de acuerdo a sus necesidades?

Por lo menos deberíamos estar agradecidos y reconocer que en las gestas más importantes del periodismo boliviano, han sido los ciudadanos quienes han ejercido el periodismo y defendido el derecho a la comunicación con un valor y una integridad moral que no es frecuente en muchos periodistas titulados.

(Publicado en Nueva Crónica, no. 103)