Las coyunturas que atraviesan los procesos en Sud América ameritan un análisis genealógico, sobre todo que tenga en cuenta la acumulación de las experiencias históricas, esta tarea exige que se deba agudizar la mirada escrutadora ante la emergencia de las contradicciones profundas de sus procesos. No se pueden ocultar estas contradicciones cambiándole de nombre, llamándolas por ejemplo tensiones creativas, lo que suena a una descarnada ironía; tampoco se puede esconder la intensidad de las contradicciones acudiendo al uso sin crítica de las teorías recurrentes, por eso mismo desgastadas.

Las crisis ponen en tela de juicio las teorías, así como también a los discursos de justificación. Estos comportamientos conformistas son inútiles tanto para comprender los procesos en curso como para actuar políticamente, ya sea para defender los procesos o los gobiernos, que no son lo mismo, o se trate, de modo distinto y consecuentemente, profundizar los procesos mismos. Ante este anacronismo, podríamos decir que ocurre como que cada época, incluso cada proceso, exige una teoría adecuada que le ayude a comprenderse. Hay de alguna manera una interpretaciónactualizada que se construye en concordancia con su época, su periodo, incluso su coyuntura. En lo que respecta a la época que vivimos, pues así la llamaremos debido a su novedad y desplazamientos evidentes en los fenómenos y acontecimientos; época entonces abierta por la guerrilla zapatista en la selva lacandona y desplazada hasta los Andes y la Amazonia, expresada en las conquistas de autonomías indígenas y en la apertura hacia el Estado plurinacional; por lo tanto a esta época no se la puede comprender si es que repetimos los mismos aparatos conceptuales y formaciones enunciativas utilizadas para abordar otras revoluciones y otros procesos, sobre todo dados durante el siglo XX.

Las crisis en cuestión, los contextos y las coyunturas experimentadas no solamente que no son las mismas, sino que pertenecen a otra época, la de por lo menos los tres siglos pasados. Esto es particularmente importante anotar, pues se hacen denodados esfuerzos para descifrar lo que ocurre en Sudamérica recurriendo a tesis e hipótesis usadas para describir y explicar contextos compuestos por protagonistas y actores sociales conocidos. Los protagonistas y actores sociales del presente, sujetos y subjetividades inherentes a la dinámica de los procesos, son otros. No estamos ante un proletariado organizado en grandes sindicatos, tampoco estamos ante partidos marxistas que asumieron la lucha anticapitalista en las condiciones de la guerra imperialista, por lo tanto que enfrentaron las transformaciones del capitalismo en su imbricación profunda con el capital financiero y los Estado-nación imperialistas.

No estamos ante partidos marxistas que tuvieron que presenciar la derrota del movimiento obrero en la Europa occidental y la victoria de las revoluciones antiimperialista en la cercana periferia, la Europa oriental, y en la lejana periferia, la China. Victoria revolucionaria que tuvo que vivir las consecuencias de su aislamiento y el dramatismo de la construcción del socialismo en un solo país; tarea por cierto imposible. Tampoco estamos, en el caso de las revoluciones nacionalistas del Asia, del África y América Latina, ante las emergencias nacional-populares, que aglutinan a proletariados más o menos organizados, a campesinos que luchan por la reforma agraria y a sectores populares urbanos que se plantean la recuperación soberana de los recursos naturales. Estas experiencias han sido intensan y dibujaron un siglo XX envuelto en la pasión de grandes proyectos revolucionarios, expresados en figuras más o menos homogéneas como proletariado, campesino, pueblo; incluso en protagonistas como partido de clase, incluso frentes de clase, pensados como construcción de hegemonías. Fue un siglo ultimatista, a decir de Alain Badiou[1].

Los movimientos de liberación nacional recorrieron las periferias del sistema-mundo capitalista y lo sometieron a un gran desafío. Las revoluciones del siglo XX, socialistas y nacionalistas, cambiaron el mundo, pero no pudieron transformarlo. Asistieron a una mutación del capitalismo y sus formas de dominación mundial; como parte de la finalización de la guerra fría, los grandes proyectos y las grandes narrativas quedaron descolocadas, los Estados socialistas de la Europa oriental se hundieron estrepitosamente y los Estado-nación, construidos por los nacionalismos, fueron invadidos despiadadamente por el proyecto neoliberal cuyo objetivo era la desposesión y despojamiento.

Ante el nuevo orden mundial de la dominación capitalista y la reorganización misma de su propia estructura, de sus ritmos y circuitos, de sus formas de producción y administración, era menester desplegar nuevas miradas, por lo tanto nuevas teorías. Sin embargo, ante los intentos de hacerlo, la costumbre de las viejas teorías resistió las posibilidades de una nueva forma de pensar. Atacaron inquisidoramente a las nuevas propuestas y a los intentos de desplazamiento teórico[2]. Sin embargo, la emergencia de las nuevas contradicciones se abrió paso develando los espesores, las cartografías y las luchas de las realidades del presente. La constitución de nuevos sujetos, nuevas subjetividades, nuevas narratividades en curso, se abrieron paso a través de luchas inéditas. A estas alturas, las viejas teorías y las viejas formas de organización quedaron puestas en evidencia en su anacronismo político. Sin embargo, de alguna manera persisten intentando usar fragmentos de las grandes narratividades y de las viejas teorías. Lo que se convierte en un obstáculo epistemológico en el recorrido de la elaboración de una nueva interpretación y comprensión de la época y de sus procesos.

Uno de los sujetos y subjetividades interpeladoras en el presente, interpeladoras de las formas actuales del capitalismo, de sus formas de control y dominio, es la subjetividad indígena, que recurriendo a su memoria larga, interpela al sistema capitalista como sistema destructor de la naturaleza. Estos sujetos y estas subjetividades indígenas se han convertido, desde el cuestionamiento a los tratados de libre comercio, en los desplazamientos y movilizaciones más conmovedoras de lucha contra el dominio y el control del capital en sus formas actuales. Sus formas de organización no son sindicales ni conforman partidos, son formas de organización comunitarias y conforman confederaciones y alianzas territoriales. Son como conjuntos dinámicos sustentados en lo común, en la propiedad común, en la herencia común, en los saberes y en las deliberaciones colectivas. Efectúan reconocimientos de los recorridos territoriales, desmontan las cartografías estatales y reterritorializan en la cultura el espacio ecológico. El planteamiento nuclear es la autonomía indígena, el autogobierno y la libre determinación, en tanto que el horizonte abierto es el desmontaje del Estado-nación en esa transición del llamado Estado plurinacional.

Hay otros sujetos y subjetividades, constituidas en el desplazamiento de las luchas contemporáneas contra el capitalismo. En las ciudades tumultuosas, espaciadas por la ocupación migratoria, devenida del campo o de los pueblos y ciudades intermedias, ciudades donde el proyecto neoliberal ha desencadenado su dogmatismo monetarista, transfiriendo la crisis al costo social, se han formado perfiles de resistencia basados en la auto-convocatoria y la autogestión, proyectándose en formas de organización de coordinación de lo múltiple, de las plurales demandas, politizando la defensa de la vida y del agua. Se podría hablar de la figura movediza y mutable del proletariado nómada, pero también de la figura espinosista de multitud, que permite comprender la dinámica molecular de estos movimientos anti-sistémicos contemporáneos. En las movilizaciones de estas coordinadoras y coordinaciones de las múltiples organizaciones auto-convocadas se ha gestado la idea renovada de la Asamblea Constituyente.

Inherentes a estas constituciones subjetivas y de subjetividades, de resistencias, de proyectos emancipatorios y de liberación, se han articulado subjetividades y discursos interpeladores que han coadyuvado a la formación de las nuevas discursividades críticas. Estas subjetividades interpelan a las dominaciones desde la perspectiva feminista, cuestionan el Estado en su condición patriarcal, develando los más antiguos imaginarios, relaciones y estructuras que hacen de cimiento al mismo Estado y a la genealogía de las dominaciones, cuyo eje tiene que ver con la dominación masculina y las formas de fraternidad cómplices. El feminismo radical de-colonizador cuestiona el dominio del cuerpo, su modulación y manipulación; cuestiona también la configuración de la política como identificación del enemigo. Base de toda la genealogía del Estado moderno.

Otras subjetividades y afectividades abiertas tienen que ver con la defensa de la ecología y de los ecosistemas, de la biodiversidad y los ciclos vitales. Ante la evidencia de los desastres ecológicos provocados por el sistema capitalista, su compulsión extractivista, su desenfreno industrial, su compulsión consumista, generando depredaciones incontenibles y destrucciones irreversibles de naturaleza, la consciencia ecológica, apoyada por el conocimiento científico y las teorías de la complejidad, se han generado movimientos ecologistas en defensa de la naturaleza que interpelan directamente el sistema capitalista, su desarrollo depredador y su consumismo virtual.

Todas estas subjetividades y sujetos, todos estos movimientos anti-sistémicos contemporáneos, todas estas luchas sociales e interpelaciones colectivas han puesto en la mesa la cuestión del Estado como tema central. Se plantea una transformación profunda de la forma, del contenido, de la expresión y de la praxis de esta instrumentalidad política, que también puede entenderse como heurística política, así como espaciamiento encadenado de maquinarias y aparatos articulados en función de poder. Ciertamente, se podría entender esta interpelación al Estado como una reminiscencia de la crítica marxista al Estado; empero, no es así. La lucidez del marxismo crítico, que se remonta a Marx, sobre esta cuestión se expresa cuando se llega a la conclusión dialéctica de la destrucción del Estado. Esto lo hizo Marx desde su Crítica a la filosofía del Estado de Hegel; esto lo recogieron y lo profundizaron los marxistas críticos y anti-estatalistas. En cambio los marxistas estatalistas derivaron en una matización de estas tesis, incluso su ocultamiento, dejándose seducir por la fabulosa maquinaria del Estado, apostando a su uso para la transformación. Lo que ocurrió después, todos lo conocemos, los revolucionarios fueron transformados y usados por la razón y las lógicas del Estado, restaurando al capitalismo por las vías burocráticas y las formas del capitalismo de Estado.

La interpelación y el cuestionamiento contemporáneo del Estado son distintos. Se visualiza al Estado desde la lectura de las relaciones, estructuras, diagramas, cartografías del poder, en tanto materialidades de fuerza que atraviesan los cuerpos. Entonces la crítica es a estas lógicas, estrategias, mapas de poder, agenciamientos y dispositivos de fuerza que afectan a los cuerpos. Desde esta perspectiva es ineludible el desmantelamiento del Estado como parte del desmontaje de las múltiples formas de dominación, la deconstrucción de los diagramas de fuerza, es decir, del biopoder. No es posible pensar un uso reformista del Estado para transformar la sociedad; este proyecto no es posible. Es indispensable la sustitución de este instrumento político por las formas de la democracia participativa, directa y comunitaria, por las formas de asociación productivas y producentes, por las formas de gobierno de las multitudes. La autogestión, la autonomía, la autodeterminación, son las formas de la política más allá de la política, circunscrita a la estrategia de identificación del enemigo.

La radicalidad de los desafíos de estos movimientos anti-sistémicos contemporáneos no es de ninguna manera bien apreciada por las interpretaciones heredadas y fosilizadas. Primero, por los grupos de decisión que llegan al gobierno; segundo, por la intelectualidad que recurre a las teorías testamentarias, atemorizada ante la posibilidad de los desbordes de las multitudes; tercero, por políticos de izquierda y nacionalistas que comparan lo que ocurre con dilemas de experiencias pasadas.

Los grupos de decisión del gobierno tienen ante sí obviamente una gran responsabilidad, también tienen hacia atrás la experiencia de gobiernos de izquierda y progresistas que cayeron por no gobernar y ser destrozados por los frentes abiertos, con la derecha y con la izquierda esencialista. Ante esta responsabilidad histórica y teniendo en cuenta la experiencia pasada, los grupos de decisión del gobierno optan por lo cauteloso, por el pragmatismo y el realismo político. ¿Esta es la solución? ¿Es la mejor solución al problema de gobierno? Lo primero que hay que decir al respecto, es que no se pueden confundir los contextos históricos, son claramente diferentes; estos gobiernos no se enfrentan ante la posibilidad de una dictadura militar, como en el periodo de la guerra fría; tampoco se enfrentan al retorno del proyecto neoliberal, porque efectivamente no terminaron de salir de esta órbita. Se enfrentan a algo muy grave, a su propia incapacidad para transformar las estructuras de poder y las estructuras económicas.

El pragmatismo político ha conducido a los gobiernos progresistas actuales a su propia capitulación ante las fuerzas dominantes en el mundo, en la región y en el país. De manera extraña, después de las primeras confrontaciones, terminaron de conformar nuevas alianzas con las burguesías o fragmentos de las burguesías y con los nuevos ricos. Terminaron atrapados en la exigencia de continuar con el modelo extractivista, incluso de una manera expansiva, renunciando en la práctica a la industrialización, al mercado interno y a la soberanía alimentaria. Comprometidos con las empresas trasnacionales que decían combatir, repitiendo los circuitos comerciales de los recursos naturales, incluso con el imperio contra el que dicen luchar. Sus economías rentistas generaron el apego a políticas cortoplacistas, como la de los bonos, que si bien redistribuyen parte del ingreso, no resuelven para nada la problemática de la desigualdad social, de la explotación y de la discriminación.

La justificación de estas políticas públicas es patética. Se trata de conflictos por la redistribución, se trata de tensiones creativas que nos enseñan, no de contradicciones – vaya a saber uno qué quiere decir esto -, se trata de confrontaciones que se pueden resolver en el marco del diálogo. Lo que ocurre es lo contrario, el gobierno al defenderse de los conflictos termina enfrentándose a las movilizaciones, reprimiendo, atacando y criminalizando la protesta; descartando por lo tanto el diálogo. La demostración de que estamos ante la explosión contradicciones profundas, en su devenir antagónico, es la distancia abismal entre lo que hacen los gobiernos en la práctica y lo que mandan sus constituciones. El modelo real efectivo optado es diametralmente opuesto al modelo ideal de sus constituciones. La contradicción más fuerte es la que se da cuando se constata que mantienen la misma administración pública, la misma normativa de la administración pública, las mismas prácticas gubernamentales liberales, restaurando el viejo Estado cuando deberían haber transformado la administración, las normas administrativas, las practicas de gobierno y al propio Estado.

Llama la atención que la intelectualidad de izquierda se detenga ante los mismos dilemas. Prefiera los lugares comunes; reconocer el papel del Estado, pensar transiciones suaves y diferidas, criticar las violencias, empero no llegar a la crítica de la matriz de estas violencias que son la estructuras de poder. Criticar al extractivismo, empero desentendiéndose de su vínculo con los Estado-nación subalternos, por lo tanto sin llegar a realizar una crítica política. Por eso terminan proponiendo reformas, nuevas políticas públicas ejecutables desde el gobierno, manteniendo la forma Estado, pues desconfían de que se puedan encontrar alternativas de gestión en las comunidades y las multitudes movilizadas. La burbuja de la academia los atrapa en esa distancia confortable de la reiteración enunciativa, alejados de la producción de saberes colectivos de los movimientos sociales anti-sistémicos contemporáneos. Prefieren lo conocido, el apoyo crítico a los gobiernos progresistas, que apostar a lo desconocido, la aventura desbordante de los movilizados. Esta es la razón por la que los intelectuales se quedaron hurgando en la utilidad de viejos conceptos y viejas teorías, sin atreverse a la aventura creativa de nuevas miradas teóricas y nuevas experiencias enunciativas.

En todo caso, se entiende más a los políticos experimentados, que al evaluar los problemas del presente recurren a su experiencia. Entonces prefieren optar por la defensa del gobierno frente a la conspiración de la derecha, aunque esa derecha haya desaparecido por ser derrotada o porque se ha acoplado al carro o por que no es ya ningún peligro efectivo, pues la derechización se da en el gobierno progresista. Ciertamente no se pueden descartar de esa experiencia la contingencia de los peligros; por ejemplo, no se puede caer en confundir estos gobiernos con los gobiernos neoliberales, como si fueran exactamente lo mismo, como hace cierta izquierda tradicional. Sin embargo, no se puede aceptar la visión estática, como si no se tratara de la dinámica de los procesos y sobre todo de identificar las posiciones ante los problemas, posiciones alteradas por la propia evolución de los problemas. Por eso estos políticos experimentados, de izquierda y nacionalistas, no logran visualizar la derechización del propio gobierno. No logran ver que la salida política a las contradicciones del proceso no se encuentran en un gobierno atrapado en la lógica del poder, sino en las movilizaciones de las resistencias a la restauración, en la continuidad de las luchas emancipatorias, en el proyecto descolonizador de las constituciones. El proceso sólo se puede profundizar con la movilización general y la participación de los colectivos y comunidades.

El conflicto en Bolivia

Después de la movilización prolongada que dura seis años de lucha (2000-2006), se dan dos gestiones de gobierno (2006-2008, 2009-2012); entre ambos periodos podemos observar contradicciones y dualismo. El periodo de las luchas es creativo e intenso, debido al despliegue de la potencia social; el periodo de las gestiones es, al contrario, poco creativo y escasamente ingenioso, debido a que la actividad se relega al ejecutivo, deteniéndose la movilización de las organizaciones sociales involucradas en el proceso. Entre las dos gestiones, una es más conservadora que la otra o, incluso, podríamos decir que una gestión se opone a la otra. La primera gestión cumple parcialmente la Agenda de Octubre, impuesta por la guerra del gas (octubre de 2003), la segunda gestión se opone a la Agenda de Octubre y a la Constitución aprobada. La opción que se toma es claramente por la continuidad expansiva del modelo extractivista, siguiendo las consecuencias de una política monetarista, obsesionada por el equilibrio macroeconómico, trayendo como consecuencia compromisos con las empresas trasnacionales y el capital financiero, además de establecer alianzas con las burguesías y los nuevos ricos. El gasolinazo (diciembre de 2010) y el conflicto del TIPNIS (2011-2012) muestran el desplazamiento del gobierno hacia una política anti-popular y anti-indígena, contraviniendo a la misma Constitución. La crisis y la deriva del proceso son evidentes e ineludibles.

Los problemas inherentes a la crisis del proceso se pueden resumir en el perfil y la composición del conflicto. Al respecto podemos decir que los conflictos mayores tienen que ver primero, con el enfrentamiento del gobierno con las naciones y pueblos indígenas originarios, centrados en la defensa de la madre tierra en el TIPNIS; segundo con el costo social de la política monetarista y de equilibrio macro-económico, descuidando la inversión productiva. Como consecuencias de esta política conservadora se tiene un estancamiento del proceso de nacionalización, incluso podríamos decir que se habría entrado a la regresión de la desnacionalización en el mismo proceso; también se vive la gravitación del estancamiento en la economía rentista, que funciona apropiándose de los ingresos devenidos de la exportación de recursos naturales y destinados al gasto, no a la inversión productiva. Se está entonces lejos de políticas que apuntan a la industrialización de las materias primas, así como al cambio de modelo económico, buscando el modelo productivo. No hay inversión productiva, tampoco una inversión en la formación de recursos humanos, en la masa crítica de científicos, que podrían sostener un proyecto industrial. Por lo tanto estamos mucho más lejos de una discusión efectiva de cómo se aborda una industrialización ecológica. Estas reminiscencias sólo se podrían explicar por imaginarios de antiguos deseo de discusiones olvidadas o por recursos retóricos de justificaciones imposibles.

La política monetarista también lleva a otros problemas. La inversión en la estructura y logística de salud ha quedado detenida en las transformaciones y construcciones del periodo de la revolución nacional (1952-1964), se puede decir incluso que se hicieron algunas inversiones con apoyo internacional en la infraestructura de salud hace medio siglo. Estos problemas se agudizan en la medida que crece la población, sobre todo la población que requiere atención médica. Estos problemas no se pueden resolver ampliando el horario de trabajo de los médicos de seis a ocho horas. Esta medida no es más que demagógica y oculta los problemas de fondo de la salud; muestra además los límites estrechos de la política coyuntural de los bonos. El conflicto con los médicos ha develado las profundas debilidades del sistema de salud, además de una mentalidad de funcionarios que comprende a la labor médica y de salud como parte de las tareas burocráticas del empleado público. Estos empleados públicos no gozan de los beneficios de la ley del trabajo.

La falta de inversión productiva, la falta en la inversión de la estructura y logística de la calidad de vida, por lo tanto el ahorro monetarista, inciden también en las condiciones salariales de los trabajadores. Bolivia tiene el perfil de los salarios más bajos del continente; la necesidad de mantener el poder adquisitivo de los salarios es una demanda básica y elemental de los trabajadores. El gobierno no puede responder ante esta demanda, en periodos de paulatina sostenida inflación, recurriendo a índices de precios al consumidor de estructuras de la canasta familiar no realistas, que esconden la verdadera inflación en los precios de la alimentación y la vestimenta. El conflicto de la COB se ha venido agudizadizandoen los últimos años, ante una doble demanda de los trabajadores; por un lado nivelación de los salarios, por otro lado el interés de los obreros y trabajadores en un modelo productivo. Las respuestas del gobierno han sido evasivas y centradas en argumentos monetaristas. Sin embargo, el gobierno tiene como espejo propagandístico el incremento de las reservas internacionales.

Otro conflicto periódico, anual, es el tenido constantemente con los maestros. Esto tiene que ver con por lo menos cuatro aspectos; el tema salarial y de sueldos, el tema de la jerarquización e institucionalización, también el tema de la infraestructura y logística educativa y el complicado tema de la transformación educativa. Comenzando por lo último, el conflicto con los maestros debido a la reforma educativa, desde el periodo de las reformas neoliberales, y debido a la revolución educativa, desde el desarrollo y promulgación de la Ley de Educación Avelino Siñani-Elizardo Pérez, en el gobierno de Evo Morales Ayma, viene arrastrándose desde hace años. ¿Por qué no se ha incorporado a los maestros a este proceso, abriendo espacios de discusión, pero sobre todo de participación? ¿Por qué esta discusión entre el magisterio y el gobierno parece un diálogo entre sordos y mudos? ¿Por qué se invita a muchas organizaciones sociales a debatir la ley, se las escucha, se anota, pero no se incorpora nada de lo que proponen, pues ya se tenía una ley preparada por el ejecutivo, que incluso amortigua la concepción descolonizadora? ¿Cómo se puede hacer una revolución educativa sin la participación de los profesores? Dejemos estas preguntas pendientes. Lo que se constata, como en otros casos y en otras leyes, es la falta de participación y la falta de voluntad del gobierno y la Asamblea Legislativa por abrir espacios de participación en la construcción colectiva de la ley, como establece la Constitución.

Por otra parte, en la coyuntura, han vuelto a aparecer múltiples conflictos regionales y locales, vinculados a demandas de departamentos, provincias, municipios y poblaciones limítrofes. También hay que anotar las demandas por la distribución de regalías hidrocarburíferas; este es el caso del conflicto entre Tarija y Chuquisaca por el campo Margarita. Estos conflictos son como síntomas del atraso de la descentralización administrativa y política y de las autonomías. La concepción centralista preponderante en el gobierno, en el Estado y en la Ley Marco de Autonomías, ocasiona la repetición de los problemas debidos a la pesadez de un Estado centralista y de un sistema financiero del país también centralizado. No se quisieron sacar las consecuencias del entramado de las competencias autonómicas, tampoco de las trasformaciones estructurales que exige la Constitución en lo que respecta a la condición autonómica del Estado. No se asume las potestades legislativa y de gobierno de las autonomías. Por lo tanto estos conflictos regionales y locales son recurrentes y derivados de los problemas que acarrea el centralismo.

Como se puede ver, el conflicto en Bolivia es consecuencia de profundas contradicciones inherentes a las paradojas del proceso. Estas contradicciones no solo muestran dilemas existenciales y políticos, sino también devela las tendencias políticas de las fuerzas involucradas, la encrucijada en la que se encuentra el proceso mismo. No se puede soslayar la crisis del proceso y el dramatismo de la coyuntura minimizando las contradicciones. Esta retórica política de la minimización de los problemas ya muestra la desconexión de los gobernantes respecto de la realidad. Asombran no solo los argumentos que se emplean, que tratan de expresar un desesperado optimismo, cuando los conflictos tienden a extenderse e incrementar su intensidad; también asombran en lo que respecta a la tarea primordial política, tarea que tiene que ver con la aplicación de la Constitución, con las transformaciones estructurales e institucionales necesarias en la construcción del Estado plurinacional, comunitario y autonómico.

Los gobernantes creen que ya estamos en el Estado plurinacional sencillamente porque ya se ha aprobado la Constitución y se han cambiado los símbolos y los nombres. Aparentemente no se dan cuenta que este sólo es el barniz, mientras no se efectúen las transformaciones institucionales y estructurales, en el sentido del pluralismo institucional que requiere el Estado plurinacional. Esta confusión no hace otra cosa que expresar que nunca tuvieron una concepción del Estado plurinacional, siempre creyeron que era el mismo Estado-nación con aditivos alegóricos a la plurinacionalidad. La colonialidad continúa y está cristalizada en el gobierno.

Notas:

1. Revisar de Alain Badiou: Siglo XX. México2003; Siglo XXI. En una conferencia sobre el mismo tema, siglo XX, el 24 de abril del 2000 dijo también: Finalmente, entonces, la pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿qué es la política? El siglo XX fue un gran siglo para la política. El escritor francés André Malraux decía que en nuestro siglo la política fue lo que reemplazó al destino. Entonces el destino del siglo es la política, y la tragedia del siglo es la política. Pero se acabó el siglo. Y ahora ya no sabemos lo que es la política. Somos ignorantes y estamos ciegos. Y como somos ignorantes y ciegos, nos vemos librados a las fuerzas materiales más poderosas, entonces hoy somos todos esclavos, esclavos del mercado y de la Bolsa. Porque el poder actualmente es el poder de las Finanzas y el poder del mercado., Y como no sabemos lo que es la política, somos esclavos del poder. Inclusive los propios gobiernos son esclavos de la Bolsa y del mercado. Entonces, cuando votamos sabemos que estamos reemplazando a un esclavo del capital por otro esclavo del capital.

2. Esto se puede observar en la furibunda respuesta de académicos celosos y de izquierdistas ortodoxos a las propuestas de Antonio Negri y Michael Hardt en su trilogía, Imperio, Multitud y Commonwealth. En la mayoría de los casos de la polémica que ya dura años lo que se nota es más el esfuerzo en la descalificación que el intento de debate, análisis y reflexión.

* Activista del grupoComuna, un colectivo de intelectuales bolivianos que, según Emir Sader, supo “recomponer la articulación entre la práctica teórica y la política”, y abrió un rico “debate civilizatorio” entre de diferentes cosmovisiones y concepciones de desarrollo, Estado y democracia.