En el cine existen tres formas narrativas típicas. La narración directa o lineal, cuando los sucesos de la historia se relatan según el orden cronológico en el cual efectivamente se suceden. La narración retrospectiva, así llamada porque el orden de la misma invierte, parcial o totalmente, la colocación de los acontecimientos. Y el narratage, que puede ir unido a una de las formas precedentes.

Esta última se caracteriza por la presencia de una voz en off, la cual comenta lo que ocurre en la pantalla y constituye el nexo narrativo de las acciones del filme. Gracias a este recurso, los sucesos se articulan dramáticamente y adquieren una dimensión emocional específica, deseada por el realizador.

Tal como expresara la actriz Joan Fontaine, “Hitchcock utilizó el narratage en mi película Rebeca porque, en el fondo, no era otra cosa que un cuento de hadas y yo era Cenicienta”. No se incluye, por supuesto, aquella forma narrativa en que la sucesión de los acontecimientos se hace en un sentido eminentemente arbitrario e ilógico. Como es el caso de los filmes abstractos y surrealistas.

Y aquella otra en la que los acontecimientos previstos proceden cronológicamente a los demás. Como sucede en la famosa cinta Entreacto, de René Clair. Por la sencilla razón de que se trata de procedimientos excepcionales.

La narración directa o lineal, la más corriente y habitual, no plantea problemas especiales de estética en sentido netamente estructural. No ocurre igual con las otras dos, debido al equívoco en que ha incurrido parte de la crítica al considerarlas técnicas narrativas típicamente cinematográficas, incrementando y, en cierto sentido justificando de esa manera, el aluvión de películas en las cuales tales procedimientos se emplean sin ninguna razón artística de peso.

Y es que la narración retrospectiva no es un método peculiar del cine. Su origen en la literatura es remoto. Y está ligada a algunas obras maestras, como la Divina Comedia. En el teatro se hace presente en Aristófanes. Mientras que en música aparece mucho después. Como en Muerte y transfiguración, de Richard Strauss, donde un enfermo, en lucha con la muerte, ve pasar todas las etapas de su vida.

En el cine probablemente surja con Los proscritos, del sueco Victor Sjostrom, en los años de la Gran Guerra, en la que asume por vez primera una precisa función expresiva cuando aparece en pantalla el recuerdo de la vida pasada de los dos protagonistas, refugiados en una solitaria cabaña después de una fuga desesperada.

Sin duda algo más que una simple “novedad” narrativa. Se trata de un recurso para convertir al recuerdo en símbolo de una evasión ideal que lleva todo el contenido de la obra a un plano de inmenso lirismo. Desde entonces se ha usado y abusado de la retrospectiva, asumiendo, por su extraordinaria fuerza visual y por la gran posibilidad de variaciones de su empleo fílmico, un particular aliento dramático capaz de suscitar intensas sugestiones emotivas.

Al respecto, es bueno mencionar El ciudadano, de Orson Welles. Uno de los más significativos ejemplos de la narración retrospectiva de la historia del cine. Un mosaico insólito y genial, donde el cineasta resume este procedimiento y obtiene lo que persigue: el desorden moral y las absurdas contradicciones de la vida de Kane. Y todo mediante elementos subjetivos que acaban por integrarse en una objetividad de comprensión humana.

Considerar características del cine a esta técnica narrativa resulta, pues, un error. Ya que sólo puede revestir valor estético si su empleo responde esencialmente a las profundas exigencias de la inspiración lírica del realizador o del guionista. Pero nunca es en sí misma un medio expresivo.

Con el narratage sucede algo parecido. Uno de los primeros filmes que lo usó fue El poder y la gloria, de William Howard, en el cual se hacía efectiva la doble narración de la vida de un hombre, comentada favorable o perjudicialmente por dos jueces.

Numerosos realizadores lo han utilizado después. Pero, por lo común, la voz extraña a la acción visual ha constituido siempre un residuo de aspiraciones vagamente literarias en la economía del filme, debido, sobre todo, a la alteración de sus más puros valores visuales.

O peor aún: denunciando la imposibilidad de los autores para realizar con la sola acción fílmica el contraste ideológico de la obra. Sin olvidar que, tanto la retrospectiva como el narratage no siempre preexisten a la realización del filme pues pueden originarse en el momento de rodar.

Algo que puede ser en extremo perjudicial ya que no existen dos fases separables. Una de invención y planificación. Y otra de filmación. Hay una sola: la creadora. A ella se debe el director en su incesante batallar por el buen cine y por alcanzar la feliz consumación de su universo poético.

* Historiador y crítico cubano de cine. Colaborador de Prensa Latina.