Nombres de ríos que recuerdan el genocidio de etnias enteras; nombres de salares, rocas o provincias nacidos del desprecio o el capricho; nombres, en fin, que no representan a esa diversidad cultural tan signo de los tiempos y que ahora cuenta con una representación institucional inusitada. ¿No llegó la hora de revisar y corregir errores históricos? ¿No es el momento de sembrar el camino en aras de la construcción de una sociedad respetuosa de sus culturas y sus identidades? Proponemos el debate y lanzamos una propuesta, esperando una respuesta de parte de las nuevas autoridades nacionales.

Un topónimo es toda aquella palabra utilizada para designar un paraje, una región, una ciudad, un río, una laguna, cualquier lugar que se desee singularizar en la geografía. ¿Son indispensables los topónimos? Para los llamados esquimales del cobre en Canadá, no. Inmensos espacios utilizados para la caza y la pesca no tienen nombre. Los cazadores los conocen por haberlos recorrido desde su juventud, los han “fotografiado” en su espíritu y los reconocen cuando los vuelven a encontrar. Pero en las sociedades sedentarias y organizadas como la nuestra necesitamos toponimia fija. Según el geógrafo Paul Claval, “las relaciones complejas son posibles únicamente si los individuos o los grupos pueden localizarse y si los recorridos están guiados por marcas bien visibles en el espacio. El poder se apropia de las tierras anotando en registros, planos o mapas las colecciones de los nombres de los lugares”.(1)

Toponimia: cultura y poder

Nombrar los lugares es enmarcarlos dentro de una cultura y dentro de un poder determinado. Nombrar un territorio es el principio de su apropiación simbólica. La toponimia es una herencia cultural y el origen y sentido de los nombres aluden a la evolución histórica que los produjo. En Bolivia, como en el resto de los países de América Latina, el bautismo de los lugares representó, en la mayoría de los casos, una imposición, un hecho violento y traumático, tanto en la época colonial como en la republicana. Los topónimos son símbolos de sometimiento cultural. Hoy, en el actual contexto democrático y con un país que dice haber cambiado a partir de la emergencia de los nuevos parlamentarios que representan a su diversidad étnica y cultural, con un prefecto y viceministros originarios —incluso una viceministra de educación—, nos preguntamos: ¿debemos revisar y cambiar algunos topónimos en todo el territorio nacional? ¿Debemos incentivar el estudio de la geografía histórica para indagar en los archivos y en la memoria colectiva en torno a los nombres originales de los lugares? ¿Debemos promover el estudio de la etimología de una gran mayoría de los topónimos existentes para saber qué es lo que significan? ¿Debemos cambiar los mapas y los manuales oficiales? ¿Debemos impulsar el conocimiento de la toponimia en los colegios y universidades? Ante la gravedad y las urgencias de la crisis económica, podría parecer un desatino o una ociosidad. Pero, en verdad, es todo lo contrario. Sería deseable y pertinente que la toponimia sea estudiada, revisada y corregida y que la misma pueda ser un reflejo del cauce común por donde debería transitar una sociedad multiétnica como la nuestra. Macario Tumiri Laura se preguntó en este mismo medio: ¿Cómo debe ser concebida una memoria que contribuya a la justicia social e histórica y, al mismo tiempo, a la convivencia pacífica de identidades y culturas?(2) No hay memoria si hay olvido. No hay memoria sin reparación histórica y simbólica. La recuperación de los topónimos originales es parte de esa reparación del daño causado a las culturas andinas y amazónicas por el poder dominante. Si queremos escribir una nueva historia de respeto y tolerancia entre las culturas, es necesario que replantemos la versión oficial de esa historia, toponimia incluida. Dice el Popol Vuh, el texto sagrado de la cultura maya, que si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia. Esa otra historia reclama el reencuentro con sus topónimos verdaderos.

Nombres impuestos y teñidos de sangre

Javier Terrado, citado por el beniano Arnaldo Lijerón Casanovas, afirma que “los topónimos son palabras que no tienen valor fuera del espacio físico en el que han nacido y en el que viven”.(3) ¿Qué otro valor poseen —si no es el del recuerdo del genocidio que sufrieron las etnias amazónicas en la época del auge de la extracción del caucho— los topónimos Heath, Ivon y Orton que nominan a tres ríos de la Amazonía boliviana? ¿No deberíamos restituirles sus hidrónimos originarios: Sonene en Ese Ejja para el río Heath, Jeneyasu en araona para el río Ivon, Datimanu en araona —”río de las tortugas”— para el río Orton? Por decoro patriótico y honor nacional urge restituirles sus nombres, afirma Said Zeitum López, actual senador suplente por el departamento del Beni.(4) ¿A quien recuerda Puerto Acosta, otrora una estratégica plaza comercial en el altiplano norte y porqué no se le restituye Waychu, su poético nombre original?(5) Hay cientos de ejemplos en todo el territorio de Bolivia.

Esta preocupación por la toponimia no es aislada. El mismo Lijerón anota en su tesis: “el Instituto Geográfico Militar soslaya la rica herencia etnolingüística del heterogéneo territorio boliviano, pues publicaciones últimas de este organismo técnico estatal nada dicen de la toponimia para confeccionar cartas nacionales y departamentales, o simplemente temáticas. Existen mapas republicanos que trastruecan o borran estos signos lingüísticos, en desmedro de nuestra identidad pluricultural”.

Los cambios de nombres son, en muchos casos, producto del capricho. El historiador aymara Carlos Mamani Condori refiere el bautizo de varios sitios arqueológicos por los Portugal ignorando el contexto cultural que los rodea. Así, “hicieron aparecer ‘horcas‘ y ‘baños‘ del Inka, en una fiebre nominalista que poco o nada esclarece sobre la organización económica y social de la antigüedad andina”.(6)

El capricho y el afán de figuración también condujeron a los diputados de la Nación al cambio de topónimos. En 1966, un diputado de la extinta Falange Socialista Boliviana cuyo nombre merece recogerse como arquetipo de la futilidad parlamentaria, Daniel Delgado Cuevas, presentó un proyecto de ley para trocarle el nombre a la provincia Caupolicán, al norte del departamento de La Paz, por el del escritor Franz Tamayo. Todavía vivía Nazario Pardo Valle quien fustigó la propuesta y esta sólo pudo imponerse en 1972 cuando la dictadura banzerista enseñoreaba Bolivia. El historiador apoleño César Augusto Machicao Gámez sigue bregando por la restitución del nombre primigenio.(7)

No sólo importa el nombre; también su significado

Pero el problema no sólo es toponímico sino etimológico. Tan importante como llevar el nombre correspondiente es saber que significado tiene. Allí cobra sentido pleno en el presente y se convierte en una herramienta que fortalece y fundamenta la lucha por el respeto a la identidad. Como ejemplo, sobre el regiónimo del mismo espacio geográfico antes citado, caracterizado por la imponente cordillera de Apolobamba, un bolivianista tan meritorio como Thierry Saignes se atrevió a proponer una etimología al nombre Apolo. Según el francés, “ulo” designa a los gusanos que comían las hojas de coca. “Apu-ulo” sería “el señor de los gusanos” en una región que históricamente se ha caracterizado por el cultivo de la hoja sagrada como lo atestiguan numerosas fuentes etnohistóricas. El malogrado estudioso galo propugnó el hallazgo de etimologías convincentes a los principales topónimos del país.(8) Saber cómo nos llamamos es saber de dónde venimos y también es saber hacia donde queremos ir.

Hay casos de una actualidad apremiante como ese topónimo que denomina como “Rocas de Dalí” a un conjunto geológico de una belleza singular ubicado en el desierto de Los Lípez. Ya el propio Lípez es todo un desafío de interpretación y cada una de las variantes semánticas sugeridas encierra significados que abrevan en la historia y la riqueza cultural de la región. El topónimo que recuerda al pintor surrealista español nació al calor de la creciente industria turística local y así está destacado en la cartografía oficial (9). Con Gastón Ugalde, nos preguntamos si no somos capaces de cambiarlo por uno de mayor relevancia dentro del contexto cultural regional, tomando en cuenta la herencia que atesora como lo demuestran los estudios realizados para la elaboración del plan de manejo de la Reserva Nacional de Fauna Eduardo Avaroa donde están ubicadas las citadas rocas. En este mundo globalizado, aún subsisten rutas de caravaneo hacia los oasis del desierto y los valles que entusiasmarían al finado Chatwin. Los hombres que van y vienen conocen cada piedra. Sería bueno preguntarles a ellos cómo las llaman.

Los municipios también reclaman

Esta inquietud por la corrección en el uso de los topónimos no es sólo académica o citadina: el año pasado conocí el reclamo de las autoridades originarias de Sabaya, sudoeste de Oruro, para el cambio del nombre de su provincia, Atahuallpa, que según ellos significaba sin honra “gallina”. Ese topónimo no los representaba y pedían su suplantación mediante un memorial a la Comisión de Descentralización y Participación Popular del Senado de la República que presidía Erika Brockmann.

Los representantes de la mancomunidad de municipios Incahuasi que incluye a los de Llica y Tahua, en el noroeste del departamento de Potosí, insisten en que la denominación correcta del salar más grande del mundo entero es Tunupa y no Uyuni como figura en todos los mapas nacionales e internacionales. El mito y la historia les dan la razón. Sólo el desprecio republicano por las tradiciones de las culturas milenarias explica esa denominación —que surgió a partir de la llegada del ferrocarril a esas tierras en la última década del siglo XIX— y sería un acto de justicia reparadora enmendarlo.

Estoy seguro que la nueva realidad política del país propicia un debate a fondo sobre el tema y que sería saludable que eso suceda. Insisto: Algunos dirán que esto es una manía de eruditos y se equivocan de lleno: la toponimia se sitúa en la base de la identidad. Si queremos recuperar la memoria histórica para que fecunde la vida democrática, es preciso tomar cartas en el asunto.

Una propuesta

Las nuevas autoridades que encabezan el Ministerio de Educación deberían tomar la iniciativa. El ministro Isaac Maidana, la viceministra de origen quechua Esther Balboa, la viceministra de cultura María Isabel Álvarez Plata y el viceministro Rubén Poma, hombres y mujeres que ya han dado pruebas de conocer la realidad profunda del país, podrían convocar a la conformación de una comisión de especialistas

ad honorem

que investigue la toponimia nacional, su origen y etimología, con el fin de clasificarla y elaborar una enciclopedia o diccionario de topónimos bolivianos. Este corpus documental medular debería servir tanto para la introducción del estudio de la toponimia dentro del diseño curricular de la Reforma Educativa así como para nutrir y sustentar un necesario debate parlamentario que promueva una Ley en torno a la restitución de muchos de los topónimos originarios de ríos, lagos, salares, montañas, pueblos, ciudades, sitios arqueológicos, áreas protegidas, cantones e incluso provincias de los diferentes departamentos de la República. Esa Ley debería incluir la conveniente reproducción cartográfica de esos topónimos para que el Instituto Geográfico Militar edite los mapas correspondientes. A la vez, se podría instruir al Servicio de Caminos y al Viceministerio de Turismo para que implementen —donde así convenga— la señalización pertinente. Este esfuerzo podría sentar las bases para emprendimientos de mucho mayor alcance como el desarrollo de una cartografía cultural boliviana, una propuesta básica para forjar una matriz de desarrollo del turismo sostenible que puede brindar muchos beneficios al país y en especial ingresos a las comunidades originarias que son las portadoras de esa cultura y esa identidad que se desea preservar. Por otra parte, un trabajo de esta naturaleza también habilitaría a los gobiernos municipales para la tarea de cambiar el nombre de calles y plazas cuyos nombres ofenden la convivencia intercultural, más allá de lo consuetudinario que pueden ser algunos de ellos. Me imagino que esta labor de reafirmación cultural y de nuestra identidad que se propone puede contar con el apoyo del Vicepresidente de la República, el connotado historiador Carlos D. Mesa.

Creemos que llegó el momento en que la diversidad cultural tan proclamada y tan elogiada se refleje en la diversidad toponímica del territorio boliviano. Es urgente la indagación etnohistórica y en la memoria colectiva para esclarecer y enmendar los errores, olvidos y omisiones que se han cometido en el pasado contra este patrimonio invalorable del acervo histórico y lingüístico de Bolivia. El derecho a la libertad y el derecho a la identidad cultural son los derechos fundamentales de los pueblos. Es hora de asumirlos, defenderlos y promoverlos. Si queremos construir Nación, es hora de llamar a las cosas por su nombre. Las autoridades tienen la palabra.

Notas

(1) Paul Claval: La geografía cultural. EUDEBA, Buenos Aires, 1999, págs. 172-173.

(2) Macario Tumiri Laura: La necesidad de una memoria cultural para abolir el apartheid en Bolivia. El juguete rabioso, La Paz, 4 de agosto de 2002, pág. 7.

(3) Arnaldo Lijerón Casanovas: Toponimia y cultura en Bolivia. Tesis de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua, leída por su autor en la ciudad de La Paz, el 29 de septiembre de 2000. Tomado de internet.

(4) Said Zeitum López: Amazonía boliviana. Introducción al estudio de la temática norteamazónica. Primera parte. Visión, La Paz, 1991.

(5) “Cada amanecer en el ulular del viento del lago se inserta un agudo ‘waiichu‘. El pájaro gris brinca de techo en techo. Parece inquieto despertador musical. El trino se volvió aymara. Nombró al ave y el ave nombró al pueblo”. En: Wankar: Tawantinsuyu. 5 siglos de guerra queswaymara contra España. Mink‘a, Chukiapu, 1978.

(6) Carlos Mamani Condori: Los aymaras frente a la historia. Dos ensayos metodológicos. Ayuwiyiri, Chuquiyawu, 1992.

(7) Para una información completa, ver: César Augusto Machicao Gámez: Historia de Apolo y de la provincia Franz Tamayo. Prefectura del departamento de La Paz, 1990.

(8) Thierry Saignes: Hacia una geografía histórica de Bolivia: Los caminos de Pelechuco a fines del siglo XVII. En: Procesos históricos de la Amazonía continental. Revista DATA #4, INDEAA, La Paz, 1993.

(9) Ver Viceministerio de Turismo: Mapa Turístico de la Región de Uyuni- Lagunas. Potosí- Bolivia. Escala 1: 500.000. S/d. Lo increíble es que el slogan de la institución es “lo auténtico aún existe”.